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domingo, 20 de septiembre de 2026

Cada cosa en su sitio


 

Dedico un día completo a la lectura de Cada cosa en su sitio, de Azorín, que es un libro, como casi todos los suyos, donde resulta complicado utilizar las etiquetas convencionales. ¿Son cuentos, realmente? Digamos que son páginas de Azorín. Es lo más atinado. O, si se quiere, pequeños cuentecillos que quizá no sean tales, valga la paradoja. Antes bien, parecen viñetas, dibujos de acuarela, leves pinturas de orden psicológico, apuntes casi al modo carpetovetónico, en los que los personajes charlan mientras pasean por el monte, dialogan en la consulta de un médico, en la celebración de un bautizo, sentados frente a un balcón o degustando un poco de vino, morigeradamente. Esas situaciones le permiten al escritor de Monóvar reflexionar sobre la luna, los primores de los olivos, el disfrute de los paisajes campesinos, los viejos relojeros vocacionales, la inveterada costumbre madrileña de ir a tomar el sol en la Puerta del Sol, el trabajo brumoso de las almazaras, los avatares de la historia de España o el carácter melancólico de ciertos espíritus… Y eso sin olvidarnos de algunas sorpresas morrocotudas (que también las hay en el tomo y que anonadan por venir del “conservador” Azorín). Por ejemplo, uno de sus personajes anhela la diversificación administrativa de España (“Siempre, en España, se han usado las palabras patria y nación con referencia a las regiones. Los autores clásicos están llenos de eso. Y si antiguamente se hablaba de nación, en la certidumbre de que existen varias naciones en España, con más verdad se puede hablar hoy. La nación es comunidad de tradiciones y sentimientos. Hoy lo sabemos perfectamente. Nación es Cataluña y nación es Vasconia”); y otro (por quedarme en dos citas y dejar el resto para el futuro lector), repudia abiertamente la férrea intransigencia de la religión católica, con su infame Inquisición (“Se consuela uno un poco pensando que dentro de algunos siglos no habrá en España ni persecuciones por las ideas, ni represión del pensamiento, ni procesos arbitrarios, ni mucho menos bárbaras torturas”).

En todas las páginas, Azorín establece su propio ritmo de escritura, esas frases cortas que tanto irritan a algunos, la lentitud de su mirar (“No he de salir ya de este paso. No salir de su paso, es decir, no perder la serenidad, la ecuanimidad, es una norma esencial en la vida. Otros que escriban como quieran: yo escribo… como escribo”, p.128). Y, por supuesto, las obligadas visitas al diccionario que las páginas del alicantino Azorín exigen, con su vocabulario inusual, antiguo, de rancio abolengo. Anotaré diez de esas palabras, por si alguien quiere someterse a examen: galicinio, crezneja, tabelión, engurrio, liara, alborga, maganto, cojijo, ostugo y revellín. Vocablos que yo ignoraba y que, probablemente, jamás usaré o volveré a ver escritos en otros autores; pero que me encanta descubrir en las páginas de don José, como quien ojea paños antiguos al revolver las entrañas del arca de la abuela.

viernes, 1 de noviembre de 2024

Las confesiones de un pequeño filósofo


 

No necesito muchas palabras para definir lo que los lectores encontrarán, como he encontrado yo, en el interior de este libro. De hecho, precisaré solamente una: Azorín. Quienes hayan recorrido alguna de sus obras, me entenderán de forma clara. Quienes se apresten a su primera aproximación al prosista alicantino, que lo recuerden para futuros abordajes. Porque Azorín es siempre Azorín. Si no fuera porque podría ser juzgado como broma, usaría para etiquetar a Azorín la fórmula con la que definen al entrenador José Mourinho: Special One. Es exactamente eso. “Dudo ante las cuartillas [nos dice] de si un pobre hombre como yo, es decir, de si un pequeño filósofo, que vive en un grano de arena perdido en lo infinito, debe estampar en el papel los minúsculos acontecimientos de su vida prosaica” (p.46). Por fortuna, esta vacilación se queda en un simple recurso retórico, pues de inmediato el escritor de Monóvar comienza a explicarnos cómo fue su infancia, con sus maestros ásperos, que le provocaban “una angustia indecible” y que convertían el colegio en “una caverna lóbrega” (p.57), donde se veía obligado a incorporarse a unos ritmos estúpidos, de los que se liberaba mirando por las ventanas (temprana fascinación por el paisaje) y escuchando el tañido de las campanas (las eternas campanas de sus páginas mejores). A la vez, nos va dando noticia, en pequeñas viñetas deliciosas, sobre algunos de sus familiares, sobre las profesiones pequeñitas, que siempre lo han impresionado (las tenerías, los percoceros, los regatones) y, continuamente, sobre la localidad de Yecla, que nos retrata con tintes más bien oscuros, derivados quizá de su tristeza infantil: “un pueblo terrible” (p.70), “una ciudad soberbia y extraña” (p.73), “un poblachón sombrío” (p.112), etc.

Pero decía al principio que este volumen es puro Azorín; y eso significa que, si no disfrutas con el ritmo lento y melancólico de su mirar y de su prosa desde las primeras páginas, déjalo. No insistas. Es su forma de mirar y de contar. No hay en ella evoluciones ni cambios. O la tomas o la dejas. Yo, desde luego, la tomo. Es uno de mis clásicos.

miércoles, 3 de enero de 2024

Los clásicos futuros

 


Es difícil (y aun imposible) emitir un dictamen sobre los escritores que serán recordados y aplaudidos en el porvenir, porque estamos incapacitados para conocer el curso que seguirán (si es que alguno siguen) las directrices estéticas o temáticas del futuro. Si ya nos resulta paradójico o asombroso que, en el presente, triunfe tal o cual autor, que no se adapta de ninguna manera a nuestros gustos, imagínense de qué autoridad dispondremos para calibrar cuáles soportarán y cuáles no la erosión inmisericorde de los calendarios. Pero Azorín tuvo la osadía de acometer esa labor en su trabajo Los clásicos futuros, donde apostó de forma clara por un octeto de nombres que, a su juicio, brillarían incluso décadas más tarde: José María de Pereda, Benito Pérez Galdós, Clarín, José María Matheu, Miguel de Unamuno, Pío Baroja, Rubén Darío y Ricardo León. Veamos qué ha quedado de ellos, un siglo más tarde.

No hace falta ser un lector avezado para descubrir que Galdós, Clarín, Unamuno, Baroja y Rubén Darío sí que han ratificado el pronóstico. Pereda (a quien ya no se lee ni en Santander), Matheu (al que devoró el más atronador de los silencios) y Ricardo León (el “modernista castizo”, como se le llegó a bautizar) resulta evidente que no. El porcentaje de aciertos (y disculpen que lo someta a la dureza fría de las matemáticas, y que parezca bromear) no es malo: 62%.

Déjenme añadir dos apuntes, que me han llamado de forma especial la atención. El primero nos invita a ser moderados en nuestros juicios. Azorín, llevado quizá por un exceso de subjetivismo, se atreve a convertir una conjetura en párrafo de mármol (“José María Matheu acabará por triunfar. Triunfará, en tanto que se hunden tanta novela ñoña, ridícula u obscena, exaltadas en las gacetillas, celebradas por una crítica complaciente, premiadas por institutos, accesibles al favor y a la parcialidad”, p.135); y, como es evidente, yerra… salvo que admitamos la posibilidad de que ese éxito de Matheu aún resulte posible. Quién sabe. El segundo apunte es mucho más delicado, porque el escritor de Monóvar, después de visitar la biblioteca de Clarín y ojear una libreta manuscrita que había quedado olvidada sobre una mesa, declara sin empacho: “He cerrado el precioso cuaderno y me lo he metido en el bolsillo” (p.125). Y, con una cierta desvergüenza, remata su confesión con unas palabras que no sé si buscan nuestra disculpa o nuestra complicidad: “No, no cometía latrocinio; usaba de un derecho no escrito”. Es decir: como yo lo admiraba mucho, puedo quedarme con sus papeles íntimos sin dar cuenta a la familia. Para qué vamos a maquillar esta secuencia, si habla por sí misma.

Salvada esa anécdota desagradable, el libro es delicioso.

sábado, 16 de septiembre de 2023

Lecturas españolas

 


Ese amor por lo antiguo, esa pasión lánguida y constante por el tiempo pasado (costumbres, libros, paisajes, tradiciones), que es innegable en Azorín, ha servido para que se le juzgue muchas veces como “reaccionario”, tanto literaria como políticamente; pero se trata a mi juicio de una notoria equivocación. Es evidente que el escritor monovero ama muchos aspectos del ayer, quién habría de negarlo. Ahora bien: extraer de ahí un juicio marmóreo sobre su alma entera es hipérbole torpe. Leamos, por ejemplo, lo que dice en “La España de Gautier”, uno de los artículos que se incluyen en estas Lecturas españolas, porque ilustra muy bien una parte de su ideología, acaso poco tenida en cuenta: “Lo pasado no se puede volver a vivir; la corriente del tiempo no puede ser remontada. Las calzas atacadas, como los cachivaches de la casa, las diversiones, las costumbres, todo se modifica y cambia. Vivamos nuestro tiempo”. No es (coincidirán conmigo) la frase de un retrógrado, sino la de alguien que aplaude también las bondades del presente. Porque Azorín es sobre todo eso: la mirada silenciosa y reflexiva de quien desea empaparse de su entorno de forma profunda. De ahí la lentitud y la minucia de sus descripciones: quiere observarlo todo, registrarlo todo, ponerle a todo un pequeño foco de admiración y de palabras, para que participemos de su experiencia y nos enriquezcamos con ella.

En Lecturas españolas, Azorín nos habla de la forma en que Juan Luis Vives recrea escenas humildes (acaso reminiscencias de la infancia) en sus libros; de su amor por la vida de aldea (utilizando como base el libro célebre de Antonio de Guevara); de la modernidad reflexiva de Saavedra Fajardo, que pedía a todos sus compatriotas tolerancia, mesura, apertura de mente y respeto colaborativo con los demás; de su predilección por la poesía festiva, no la barroquizante, de Luis de Góngora (“lo que prevalecerá”); de su reivindicación del casi olvidado aragonés Mor de Fuentes; o de su admiración rendida y absoluta por Benito Pérez Galdós o Pío Baroja… Todos esos españoles gigantescos fueron dejando su impronta en la vida nacional. A veces, de forma visible; a veces, secretamente. Pero su legado nos ha conformado como país. Frente a todas las lacras que nos han lastimado secularmente, y que Azorín enumera con rigor (“Causa de la decadencia de España han sido las guerras, la aversión al trabajo, el abandono de la tierra, la falta de curiosidad intelectual”), nos queda la esperanza de que aprendamos de estos prohombres cuál es el camino para afrontar de mejor manera el futuro.

Vuelve a maravillarme el escritor alicantino. Vuelve a dejarme en silencio (leer a Azorín supone adentrarse en una burbuja de silencio y calma).

Era un grande.

lunes, 17 de enero de 2022

Bohemia

 


Dedico una tarde a pasear por los cuentos que Azorín reunió en su breve tomo Bohemia, del año 1897. En ellos nos encontramos con una serie de propuestas en las que el humor, la melancolía y el amor a la literatura mezclan sus caudales en diferentes dosis, para verterse en ocho pequeños relatos con la inconfundible marca azoriniana (frases cortas, adjetivaciones abundantes, paisajismo). A veces, dominará un cierto humor amargo, como el que alienta en “Fragmentos de un diario” (un literato-periodista que no tiene apenas para comer y que, tras sufrir un desvanecimiento por inanición, tiene que ver cómo los demás atribuyen su desmayo a una borrachera); a veces, se centra en la llorosa situación de una mujer que, tras ser abandonada por su marido y haber criado sola a su hija, ve cómo el desnaturalizado padre la reclama años después (“La ley”); o nos conmoverá con el trabajoso suicidio de un paralítico que se siente un estorbo para su familia (“Una vida”); o hará que nos llegue la tristeza cuando conozcamos la historia de ese aspirante a escritor que, obsesionado con la idea de escribir un libro sobre los colores y formas del entorno, nunca encuentra el impulso ni el momento para ponerse a la tarea (“Paisajes”).

Pero quizá la historia más sorprendente (y también, creo, la que más se escapa de sus temáticas habituales) es la que lleva por título “Una mujer”. Apenas tres personajes intervienen con voz: el propietario de una funeraria, su esposa y el amante de ella. Durante todo el relato los protagonistas son los dos últimos, que se pierden en deliquios amorosos y en mimitos constantes… hasta que el marido regresa y el infortunado amante se ve obligado a esconderse en un ataúd, para no ser descubierto. ¿Advertirá el esposo la estratagema o conseguirán los amantes salir indemnes de la embarazosa situación? Azorín, habilísimo, nos ofrecerá una conclusión asombrosa, que ningún lector podría haber esperado.

miércoles, 22 de diciembre de 2021

Buscapiés

 


Continúo con mi exploración por los primeros libros del monovero Azorín, y hoy me paseo por las sátiras y críticas que reunió en el tomo Buscapiés, publicado en 1894, primerizo pero ya interesante. Sin disimular las intenciones que lo animan, el escritor declara nada más empezar el volumen que, frente a los métodos analíticos de otros estudiosos, él opta por acogerse a los suyos, menos sutiles y menos correctos. De tal manera que, desde la primera página, establece cuáles son las luces que van a guiar su trabajo: “Me quedo con mi ruda sinceridad y con mi estilo pedestre”, pregona. Y así es, en efecto, porque no se arredra a la hora de llamar “duro de mollera” al conde de Coello; señala sin ambages que novelistas como José María de Pereda “amontonan palabras sin decir nada”; dictamina que frente al bondadoso humanismo de Buda “me río yo de ese Dios del Sinaí”; señala ostensiblemente con el dedo hacia ciertas “personas cultas, aunque académicas”; o asegura que Pedro Antonio de Alarcón no ha escrito en toda su vida ninguna novela “que merezca leerse dos veces”.

Singularmente mordaz se muestra con la autora de Los pazos de Ulloa o Insolación, fingiendo (de forma quizá no demasiado galante) que doña Emilia ha muerto; que el sacerdote que ha acudido a confortarla en sus momentos últimos jura no volver a coger grillos en la dehesa si la dama se recupera; que el entierro “promete ser muy lucido”; y que “entre las muchas coronas que sabemos se depositarán sobre el féretro, figura una, hermosísima, de siemprevivas, del gremio de ultramarinos de esta corte, y que lleva el siguiente lema: ¡Agradecimiento eterno!”.

Una obra juvenil, deliberadamente provocativa, más pirotécnica que brillante, en la que Azorín aún no había encontrado su auténtica voz.

domingo, 12 de diciembre de 2021

Moratín



En el año 1893, un Azorín que a sus veinte años todavía firmaba con el seudónimo de Cándido, publicó en la Librería de Fernando Fe un pequeño opúsculo con el título de Moratín (Esbozo), donde realizaba una interesante aproximación al conocido dramaturgo dieciochesco, autor entre otras piezas de El sí de las niñas.

Comienza explicándonos que si durante los siglos XVI y XVII las letras españolas brillaban en Europa su ciencia se reducía a “una regular cantidad de tratados, algunos en verso para mayor claridad, sobre la manera de fabricar la piedra filosofal”. La llegada del siglo XVIII no mejoró el panorama, con una enseñanza universitaria dominada por la pedantería y los discursos huecos, un escaso interés por la divulgación científica (con las excepciones de Feijoo y Hervás y Panduro), una Iglesia que seguía obstinada en impedir el avance del conocimiento (con una Inquisición que “si antes era despótica e intransigente, ahora lo era mucho más”) y una literatura dominada por los aburridos preceptos clasicistas.

En ese ambiente nació Leandro Fernández de Moratín, que distaba mucho de ser genial pero sí que mostraba un innegable talento para la composición dramática.  Azorín, siempre enamorado de la figura del Fénix de los Ingenios, no resiste la tentación de establecer la comparación entre ambos, jugando con seis adjetivos de profunda exactitud (“Lope es genial, espontáneo, grande; Moratín, ingenioso, nimio, atildado”). Habría podido ser un brillante dramaturgo, pero la asfixia que los preceptos de la época ejercían sobre el ánimo de Moratín le impidieron alzar el vuelo; y le impidieron también comprender a quienes lo habían hecho antes que él, como William Shakespeare (“La obra del poeta inglés es como un inmenso bosque, grande y varia. Admirar a Shakespeare es como admirar la Naturaleza”).

Como cierre de esta aproximación biográfica y crítica, el escritor de Monóvar nos regala un resumen inmejorable del hacer moratiniano: “Los recursos escénicos de Moratín son lógicos y sencillos. Los diálogos, correctos y fáciles. Los modismos y muletillas, usados con mesura. Los personajes hablan con propiedad y entran y salen con razón, pero adolecen muchos de ellos de falsedad manifiesta”. Es difícil que se pueda decir tanto con tan pocas palabras.

Discrepo (también es justo declararlo) con una idea de esta obra: afirma Azorín que si Leandro Fernández hubiera nacido en el siglo XVII habría sido junto a los Lope, Quevedo o Calderón una figura de altísima importancia y brillo. No lo veo tan claro. Más bien tiendo a pensar que, instalado junto a prodigiosos escritores como los que cita, Moratín habría pasado inadvertido y hoy lo consideraríamos una figura de segundo o tercer orden. Por el contrario, entiendo que la fortuna de este dramaturgo madrileño consiste precisamente en que no nació entre genios; y eso le permite sobrevivir como monarca teatral del siglo XVIII, aquel erial.

miércoles, 6 de mayo de 2020

Angelita




Ángela Miranda es una joven melancólica que, paseándose siempre con un libro entre las manos, medita sobre su vida, sobre el futuro, sobre cómo habrá de actuar el paso del tiempo sobre ella. Un día, en medio de uno de sus lánguidos paseos, se tropieza con un desconocido que parece saber bastante sobre la asombrada muchacha y que, por sorpresa, le regala una sortija muy especial: girándola, ella podrá hacer que el tiempo avance a su antojo, situándose de golpe en un porvenir emplazado a dos, tres, cinco, diez años más allá, dependiendo de las vueltas que le dé al raro anillo.
La tentación es tan infantil como poderosa; y Angelita, quizá no resulte necesario explicarlo, parece dispuesta a comprobar si las palabras del misterioso caballero encierran una burla o son verídicas. Así que, aprovechando la soledad de su casa, agarra el anillo… y le da varias vueltas.
Es entonces cuando descubre que ahora está casada, tiene una sirvienta de lo más curiosa y es madre de un chiquillo. ¿Cómo es posible que todo esto haya tenido lugar? ¿Cómo reconocerá a su marido cuando lo vea, si ni siquiera conoce su nombre, su profesión, sus gustos o su aspecto físico?
Partiendo de ese peldaño tan sugerente, e invitándonos a subir por la asombrosa escalera, Azorín nos ofrece en esta obra teatral una reflexión muy elaborada sobre el paso del tiempo, sobre la imposible felicidad del ser humano (sujeto siempre a vaivenes e incertidumbres) y sobre la plácida serenidad que se adquiere cuando la persona vive en paz con su realidad presente.

jueves, 10 de octubre de 2019

Castilla




Revisito Castilla, de Azorín, en la edición del profesor Inman Fox (Espasa-Calpe, Madrid, 1997), y, en esta ¿cuarta? lectura debo formular sobre tan famoso libro un juicio más bien ambiguo. Sé que fue un prosista con hallazgos interesantes, que yo he aplaudido (y que supongo que seguiré aplaudiendo en el futuro), pero ahora me ha fatigado su martilleo de frases cortitas, de vuelo algo torpón, como temerosas de desplegarse. Es como si Azorín le tuviera miedo a las oraciones subordinadas, y se creyese obligado a decirlo todo por logaritmos, con frases jaculatorias. Lo suyo son los telegramas con adjetivos. Y por lo que respecta a los temas, ¿pues qué se puede decir? Han quedado (seamos sinceros y reconozcámoslo) totalmente desfasados. Azorín vive preso (aunque él no lo sepa, y sus comentaristas se empeñen en ignorarlo, quizá porque piensan más como filólogos que como lectores) en su circunstancia, que a veces es más ratonera de lo razonable. Mira los trenes, los oficios viejos, las herramientas herrumbrosas, los caminos llenos de polvo, los matojos, los campanarios de las iglesias. Y siempre parece una especie de cateto que se queda deslumbrado y que quiere fijar con el formol de la pluma su infantil y superficial maravilla. Se salvan de la quema “Una ciudad y un balcón”, que es un apunte de prodigiosa belleza; y “Las nubes”, que podría haber sido mejor (hay más jugo en esa naranja del que Azorín extrae), pero que no está mal.
Sigo aplaudiendo una frase que ya subrayé en 1999: “El grado de sensibilidad de un pueblo (...) se puede calcular, entre otras cosas, por la mayor o menor intolerabilidad al ruido”.

martes, 18 de junio de 2019

Lope en silueta




Fervor. Es la palabra que mejor condensa el espíritu de estos escritos que Azorín consagra al Fénix de los Ingenios. No hay medias tintas. No hay contención en el elogio. “Son él y Cervantes los dos más descollados personajes de nuestras letras”, afirma en la página 11. “Lope es inmenso”, anota a continuación. “Todo está en Lope”, consigna con aplauso. Y de tal suerte son las alabanzas y tan elevados se yerguen los ditirambos que, incluso cuando hay que aproximarse a determinados comportamientos inmorales del potro gallardo que va sin freno, Azorín encuentra la disculpa elegante: “Se coloca de un salto fuera del clima moral corriente. Sus coetáneos viven en un clima y él vive en otro. En ese otro clima moral, Lope pasa con facilidad y fluidez de un estado a otro estado” (p.18). O, dicho con más llaneza: que el dramaturgo se pasa las normas por el arco del triunfo y que hace bien. No se puede ser más claro, ni más tolerante, ni más encomiástico.
Da igual que don Luis de Góngora lo desprecie (“Góngora se piensa superior a Lope y se siente inferior”, p.22), porque el Fénix no le devuelve el sentimiento (“A Góngora no le ha odiado nunca Lope. Lope no tiene tiempo de odiar”, p.44). Da igual que sus enemigos literarios le prodiguen sus saetas: Lope les contesta de la forma más irritante posible: escribiendo cada día mejor. Su imaginación parece no tener fin; su pluma no conoce desmayos. Y esto se demuestra sobradamente en libros como La Dorotea, el libro de “más atrevida invención verbal en nuestra lengua” (p.43).
Libro entusiasta y de lectura agradabilísima.

miércoles, 13 de junio de 2018

La ruta de don Quijote



Leí La ruta de don Quijote cuando apenas tenía veinte años y se me antojó un libro vacío y de prosa insufrible, una roñosa exaltación de la caspa. Ahora, treinta años más tarde, lo releo con el poso que da la madurez y sigo pensando lo mismo. A Azorín se le puede tolerar en pequeñas dosis (dos o tres páginas), pero intentar dedicarle más de media hora de lectura seguida a este volumen se erige en tarea de Hércules. El no decir nada y, lo que resulta peor, decirlo con un infinito aporte de adjetivos, vuelve empalagosamente inaguantable su prosa. “Ya el cronista se siente abrumado, anonadado, exasperado, enervado, desesperado, alucinado por la visión continua, intensa, monótona de los llanos de barbecho, de los llanos de eriazo, de los llanos cubiertos de un verde imperceptible, tenue”. Es el comienzo de un capítulo. “Las calles son anchas, espaciosas, desmesuradas; las casas son bajas, de un olor grisáceo, terroso, cárdeno; mientras escribo estas líneas, el cielo está anubarrado, plomizo; sopla, ruge, brama un vendaval furioso, helado; por las anchas vías desiertas vuelan impetuosas polvaredas; oigo que unas campanas tocan con toques desgarrados, plañideros, a lo lejos”, se lee en el arranque de otro. Y así durante cien páginas.
José Ortega y Gasset habló de los “primores de lo vulgar” que se advertían en su prosa, pero tampoco hubiera sido disparate afearle este estilo hablando de la “vulgaridad del primor”. Azorín arroja adjetivos como quien esturrea semillas. A voleo, a manotazos, a ver si alguno cuadra. ¿Constituye esto una obra excelente? Yo creo que no. En ningún sentido. Temáticamente, porque supone un elogio de la pobreza, de la pana, del polvo, de la precariedad (a la que quiere aureolarse, de forma incomprensible, de misticismo). Estilísticamente, porque es una prosa de bombardeo y ñoñería, basada en la hipertrofia de adjetivos, quizá el resultado más burdo, menos elegante y menos trabajado.
Puedo disculparle la petulancia de considerarse una especie de Elegido para dejar constancia de aquellos paisajes y aquellas personas (“Yo tengo que realizar una misión sobre la Tierra […] con estas cuartillas que he de llenar hasta el fin de mis días”, cap.I), pero no la impericia de utilizar medio kilo de azúcar para elaborar una magdalena.
O sea, que no, don José. Esta vez no.

lunes, 12 de octubre de 2015

Diario de un enfermo



Escribió el madrileño Ramón Gómez de la Serna, en uno de sus libros singulares, que no hay discusión posible: o se tiene la mitología del café o no se tiene. Equivalía este juicio perogrullesco a sostener que es inútil emitir dictámenes sobre gustos, porque están condenados al fracaso. Con la prosa de José Martínez Ruiz, Azorín, ocurre algo parecido: o te seduce desde el principio o no le encuentras asidero por donde amarrarla. Entre quienes opinan que se trataba de un genio y quienes esclafan que su prosa era cobarde (Paco Umbral dixit), a duras penas se habilita un término medio. Para quienes deseen comprobar cuál es su postura, el sello Cátedra acaba de lanzar el Diario de un enfermo (edición de Monserrat Escartín Gual), que fue la primera producción novelística del alicantino, publicada allá por 1901.
El eje argumental, tan débil como prescindible, se vertebra alrededor de un joven novelista hiperestésico que, después de numerosos paseos por la ciudad y sus alrededores, acaba enamorándose de una chica pálida, elegante y silenciosa con la que acaba contrayendo matrimonio. Apenas más. Pero esta condición de “argumento feble” no constituye una flaqueza o un error del monovero, sino que es directamente buscada por Azorín, que está mucho más interesado por otros elementos en su libro, como la observación minuciosa de los paisajes, el retrato detallista de las figuras humanas que va encontrando en sus paseos o el apunte sociológico sobre costumbres, vestimentas o ritos sociales de su entorno. Construyendo pequeños cuadros narrativos en forma de diario, y dejando que la sensibilidad del lector vaya uniendo esos bloques entre sí como si fueran teselas de un mosaico, Azorín deja en nuestras manos una especie de vidriera anímica de gran colorido y de alta sensibilidad.
Estilísticamente, Diario de un enfermo es una obra que ya anticipa de modo muy claro lo que serían las restantes producciones de José Martínez Ruiz: frases cortas, donde las aliteraciones y los paralelismos trazan una envoltura musical muy llamativa, que se percibe con nitidez en cualquier página que escojamos al azar; léxico amplio, con propensión a utilizar expresiones añejas, campesinas o en desuso; grandes dosis de adjetivos, que salpican el texto a veces de una forma un poco atosigante; y un tono general de melancolía que impregna cada párrafo con una especie de bruma perforada por el sonido de las campanas.
No puede dejarse de lado en este volumen la fabulosa introducción y el prolijo apartado bibliográfico que la doctora Monserrat Escartín Gual, docente en la universidad de Girona, aporta para comprender mejor la obra. Un total de 230 páginas nos sitúan ante el libro con una amplitud de datos absolutamente anonadante, que nos despejan todas las dudas posibles sobre este volumen que el narrador alicantino nunca consideró digno de elogio. De hecho, resulta curiosa la forma en que, durante décadas, no fomentó ninguna reedición, ni se animó a incluirla en ningún tomo de obras selectas, ni de fragmentos escogidos, ni similares (los detalles pueden leerse entre las páginas 207 y 209).

En suma, una oportunidad magnífica para valorar mejor la figura de José Martínez Ruiz (1873-1967), uno de los componentes más notables de la generación del 98. En concreto, del que más cerca estuvo de Murcia (en concreto, de Yecla, donde sus huellas todavía se respiran por doquier).

miércoles, 30 de julio de 2014

Libros, buquinistas y bibliotecas




Que Azorín fue un lector voraz de todo tipo de volúmenes era algo que sabíamos de sobra los aficionados a la literatura. Pero el trabajo que ha abordado Francisco Fuster en la editorial Fórcola es, simplemente, impagable: ha rastreado «en los cerca de cinco mil quinientos artículos de prensa que publicó en distintos periódicos de España y Argentina durante sus más de sesenta años de profesión» (p.18) aquellos que el escritor de Monóvar dedicó al mundo de los libros, hasta conformar este volumen, que no duda en definir como «autorretrato de un bibliófilo».
Azorín reivindica en estas páginas dispersas el placer de la lectura («Por gusto han de ser leídas las obras literarias», p.28); señala que el capricho de los eruditos de poner infinitas notas a pie de página con miles de fruslerías filológicas se le antoja «deleznable, frívolo y pedantesco» (p.30); opina sobre las peculiaridades de la cultura española, en comparación con la del resto del continente europeo («Las naciones son grandes —como los individuos— por el espíritu. Grecia, Francia, Italia, Alemania han influido en el mundo por la inteligencia. Cuando toda Europa se renovaba, ¿qué hacía España?», p.32); deplora la falta de instinto comercial y de sano afán propagandístico de la mayor parte de los editores españoles de su tiempo, reacios a las técnicas que permitan difundir y vender mejor los libros; opina sobre la condición enriquecedora de las obras que leemos («Las lecturas que se hacen para saber no son, en realidad, lecturas. Las buenas, las fecundas, las placenteras son las que se hacen sin pensar que vamos a instruirnos», p.85); se sumerge en largas consideraciones sobre la importancia que tienen las lecturas durante la infancia y la adolescencia, indicando que jamás debe vedarse a los niños ninguna obra, que los libros especialmente compuestos para ellos se le antojan una tontería y que la principal virtud que han de atesorar esos primeros volúmenes es abrir para los chavales la puerta de la fantasía («La imaginación es la prenda más exquisita con que cuentan los humanos», p.214) ; y hasta se permite la inclusión en estas páginas de algunas pinceladas teñidas por la misantropía («Las visitas roen nuestro tiempo; por poco que se lleven, siempre se llevan cuatro o seis páginas posibles», p.88).
La obra, como no podía ser de otro modo siendo Azorín su autor, está compuesta en un estilo ágil, de frases cortas y directas, donde el maestro de la generación del 98 no deja de enseñarnos palabras olvidadas o marginales, que él refresca para nosotros. Por ejemplo, ¿han pensado alguna vez cómo se llama esa telita que separa los granos en el interior de una granada? ¿Y saben cuál es el nombre exacto de la telita que separa el huevo de su cáscara (visible cuando el huevo está cocido y le retiramos el envoltorio)? Pues ambos vocablos los tienen en la página 177, tan sonoros como marginales.

Azorín puede encandilar o irritar (algunos críticos opinan que es uno de los estilistas mayores de la prosa castellana del siglo XX; y otros, como Paco Umbral, abominan de él), pero jamás deja indiferente. Súmenle a esa condición única las magníficas fotografías en blanco y negro que completan el volumen y convendrán conmigo en que el delicioso sello Fórcola nos acaba de regalar una obra hermosa y admirable.

martes, 15 de abril de 2014

El político



No me queda muy claro, después de leer esta obra, si Azorín pretendía elaborar con ella un manual de instrucciones, un catálogo de cinismos o una parodia. Porque, en verdad, la imagen que aquí propone para las figuras políticas es tan peculiar como sorprendente: les pide que jamás se acuesten tarde (p.11), que sean unos enamorados del campo (p.12), que no lleven sortijas (p.14), que no usen colonia (p.15), que lean pocos libros (p.93)… Azorín, salvo que fuera un iluso redomado o un completo imbécil, no se pudo tomar en serio, ni formular en serio, estas indicaciones. No tendría sentido moral, ni tampoco intelectual. Así que yo, desde el capítulo IV, opté por relajarme y tomarme el volumen como un vademécum irónico, en el que se mezclan las sonrisas, los aforismos agudos, las sentencias irritantes y las lecturas azorinianas (Gracián, Feijoo, Saavedra Fajardo, Maquiavelo). Y, empapándolo todo, la especial prosa del alicantino, con su respiración corta y su ritmo tenue, siempre tan grato de seguir.

Anoto, como invitación a su lectura y como cierre, algunas frases del libro, por parecerme las más dignas de reflexión y conservación: “Es achaque de hombres vulgares el descubrir a todos su pensamiento”. “La fatigosa labor de sonreír a unos y a otros, de estrechar manos y de proferir cosas frívolas”. “En estos tiempos modernos en que los juicios se formulan rápidamente y en que todo el mundo escribe, debemos considerar que existen muchas reputaciones gloriosas que no tienen fundamento ninguno”. “El elogio de los admiradores es lo que más pone a prueba la fe y la constancia de un artista”. “Nada hay más contradictorio que la vida”. “No dé el político en la candidez de creer en la famosa distinción entre el derecho y la fuerza. No hay más que una cosa: fuerza”. “Contra lo que el tiempo ha ido estratificando, sólo con el tiempo se puede luchar”. “La vanidad es el exceso por más; la modestia es el exceso por menos”. “La exactitud es lo que debe esforzarse en conseguir todo literato y todo orador”.