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viernes, 9 de mayo de 2025

Animales de compañía

 


En estas páginas misceláneas de Juan Manuel de Prada (que vieron la luz al final del siglo XX en Sial) descubrimos cómo el escritor vizcaíno vuelve a cautivarnos con su mirada lenta y profunda, que penetra en las cosas y los seres y los radiografía con la exquisitez proteica de su vocabulario, con ese humor sutil que a veces destila la inteligencia. Así, señala las servidumbres traumáticas del actual culto al cuerpo (“Mujeres maltratadas”, “La barriga”); reivindica a ciertos personajes que chapotean en los arrabales del arte (“Ed Wood”, “Bela Lugosi”); dispara humoradas hiperbólicas contra la publicidad abusiva (“Correo comercial”); desgrana los pormenores de una persecución erótica desquiciada de la que fue víctima (“Escalofrío”); apuesta por la nitidez y la libertad lingüísticas, aunque estas vulneren las mentecatas dictaduras de la corrección política (“Lápiz rojo”); incurre con aplicado fervor en el sarcasmo (“Libros con prospecto”); visita los barrios de la ternura (“Berenjeno”); y nos enumera el catálogo variopinto de sus filias y fobias (“Tuteo”, “La matanza”, “Gimnasios”). Pero tampoco desdeña la inserción de evocaciones autobiográficas, quizá las más elocuentes, emotivas y reveladoras del volumen (“El seiscientos”, “Alopecia”, “S.L.” o “Timidez”).

Todo Prada (o al menos una buena parte de él) está aquí. Estas son las botellas que el joven náufrago, recién llegado a la inhóspita isla de Madrid, fue regalando al mar con la esperanza de comunicarse con sus semejantes. Luego, conforme los meses van desgranando la letanía impiadosa de su goteo, él afirma que su público está formado por “tres o cuatro lectoras que todavía me soportan” (afirmación que tiene más de coquetería que de análisis riguroso).

Otra muestra más del primer Juan Manuel de Prada, brillante y ambicioso en el mundo de las letras.

lunes, 14 de abril de 2025

Reserva natural

 


La publicación de este volumen (que se produjo, madre mía, hace más de un cuarto de siglo. Cómo pasa el tiempo) supuso una cierta sorpresa entre el público lector de 1998, porque Juan Manuel de Prada venía de protagonizar dos sonoros bombazos con Las máscaras del héroe y con La tempestad (ganadora del premio Planeta) y, de pronto, aterrizaba en las mesas de novedades de las librerías con un volumen de artículos. Pero tras ese momento de estupor se pudo comprobar que el espíritu de la obra respondía al mismo patrón: el de un prosista “millonario de metáforas” (el sintagma es suyo), con un talento caudaloso y con una oceánica capacidad de lenguaje, que solventa con la misma elegancia un ditirambo lírico dedicado a los mineros de España (“Germinal”), una profesión de fe literaria (“Ramón, primitivo, fetichista”), una acusación contra los nuevos sistemas educativos (“Contra la ESO”), la genuflexión agradecida frente a un periodista leído y admirado (“Cien veces Alcántara”), la denuncia inflexible del fetichismo cultural (“El Guernica”), la irónica burla ante la impostada bondad de cierta famosilla (“Lady Caridad”) o la feroz andanada contra esa “lepra exportable” (sic) que fue la canción La Macarena.

Alguien dijo una vez que de los genios hay que aprovechar hasta las migajas, pero se olvidó de precisar que, casi siempre, las presuntas migajas de los elegidos (y no es improbable que Prada sea uno de ellos) superan en belleza, valor y exquisitez a las más trabajadas producciones de esas legiones de mediocres que a menudo nos distraen en los escaparates libreros con sus novedades.

Una obra para abrir, al azar, por cualquier página y quedar deslumbrado con su estilo.

domingo, 2 de enero de 2022

Las esquinas del aire

 


Hace algo más de veinte años, coincidiendo con la muerte de la barcelonesa Ana María Martínez Sagi (1907-2000), el escritor Juan Manuel de Prada publicó un libro extensísimo (casi seiscientas páginas) donde abordó la figura sorprendente y enigmática de esta mujer que fue lanzadora de jabalina, esquiadora, reportera, poeta, profesora universitaria, directiva del F.C. Barcelona, feminista, republicana y, por encima de todo, esclava de una pasión dulce y tormentosa, lacerante y sublime, que la mantuvo en pie durante toda su vida: la que sintió por Elisabeth Mulder, que también practicó la poesía y de la que estuvo secretamente enamorada.

Juan Manuel de Prada, decidido a contarnos con todo detalle aquella existencia poliédrica y hasta cierto punto desconocida, fundió tres caudales vigorosos para nutrir su obra: de un lado, unas arduas investigaciones hemerográficas (que le entregaron la vida social de Ana María); de otro, la lectura atentísima de sus libros de poemas (con los que obtuvo una imagen nítida de su vida espiritual); y, por fin, la escucha de unas cintas magnetofónicas grabadas por la escritora en sus días postreros (donde quedaba impresionada su vida cordial). Y el resultado no es una biografía, ni una novela, ni un ensayo. El resultado es un libro, un libro raro, espléndido y conmovedor, donde se busca exonerar del desdén y de la amnesia las peripecias de una mujer que sufrió mucho y que falleció en enero de 2000, erosionada por el olvido general.

Todos los recursos habituales en De Prada están aquí reunidos, para deleite de los lectores: la minuciosa capacidad descriptiva (esa librería de Joaquín Tabares, que tanto recuerda al agobiante cubil de Veguillas, de Las máscaras del héroe), el sentido del humor (una hilarante entrevista con Pere Gimferrer, que se encuentra en el capítulo IX del Libro Primero), la densa frondosidad de su léxico, la prodigiosa belleza de sus comparaciones o su fina hondura psicológica.

Una obra para disfrutar de la mejor literatura.

lunes, 19 de abril de 2021

El séptimo velo

 


Tras haber publicado volúmenes tan irreprochables desde el punto de vista literario como Las máscaras del héroe, Las esquinas del aire o Coños, Juan Manuel de Prada dio a la imprenta El séptimo velo, donde aunaba todos sus logros anteriores y los ponía al servicio de una trama fascinante en la que nos invitaba a viajar a la Francia ocupada por los nazis, para que reconstruyéramos la historia de Jules Tillon, un héroe de la Resistencia que ha combatido por sus ideales; que ha sido zarandeado por la lealtad y la traición; que ha experimentado las incurias de la tortura; y que, ungido por el amor de dos mujeres, Olga y Lucía, ha atravesado su particular infierno en la Tierra, golpeado por el destierro, el desgarro y la amnesia.

Hacia el final de la página 304 de la novela encontramos la clave del título que la bautiza: “La mente humana es como Salomé al inicio de su danza, escondida del mundo exterior por siete velos de reserva, timidez, miedo… Con sus amigos, el hombre normal se quita primero un velo, luego otro, puede que hasta tres o cuatro en total. Con la mujer a la que ama se quita cinco, o quizá seis si entre ellos existe gran confianza, pero nunca los siete. A la mente humana también le gusta cubrir su desnudez y guardar su intimidad para sí”. Es una definición metafórica sin duda excelente, y que sirve para que comprendamos mejor la atribulada historia de Jules Tillon, el hombre cuyo pasado quedó envilecido de niebla por efecto de la desmemoria.

Más de seiscientas páginas tiene esta obra; y en cada una, sin desmayo y sin vacilación, anida el primor literario, una voluntad de música o diamante que se extiende por frases, párrafos y capítulos, y que embriaga al lector con eficacia de hechizo. Y es que, aunque la figura pública de Juan Manuel de Prada resulte discutible, su literatura me parece que no lo es tanto.

viernes, 30 de octubre de 2020

Coños

 


En la página 84 de esta edición anota Juan Manuel de Prada: “Escribo este libro a vuelapluma, por supuesto, con esa facilidad de los que somos ricos en metáforas”. Y ante una afirmación de ese calibre sólo caben dos posturas: admitir que dice la verdad (y calificarlo de estilista prodigioso) o suponer que exagera (y calificarlo de estilista prodigioso). Porque nadie que lea estas páginas podrá incurrir en la torpeza de obviar su brillantez (ni siquiera Paco Umbral, el Gran Exigente, lo hizo). Para determinados lectores, la abrupta textura temática de algunos capítulos, o la esencia misma del libro, se antojará insufrible; pero resulta imposible negarle su explosiva fascinación literaria: metáforas, adjetivos, música de las frases, comparaciones, hipérboles… Juan Manuel de Prada construye un homenaje (situado palmo y medio al sur) a Senos, de Ramón Gómez de la Serna. Y lo hace liberando una volcánica lubricidad verbal y humorística.

Paseándonos por sus líneas nos encontramos con egiptólogos que se encoñan con momias, sonámbulas que van ofreciendo sus sexos tras gasas nocturnas, sirenas de morfología inquietante o perturbadora, tenistas que cuando corren permiten la visión inesperada, mujeres que cosen a máquina sin bragas, lesbianas que se unen en conciertos fricativos, gitanillas que ofrecen su sexo en lugares escondidos (para que el payo que lo disfruta no sea convertido en un colador por las navajas raciales de sus protectores), faquiresas que ofrecen espectáculos anonadantes al público, viudas que conservan todo el furor en sus coños dormidos o expectantes, filipinas que esconden una sabia gruta y que la usan con fruición hasta que se van con “un cantante de baladas cursis” o incluso coños silenciados en la morgue, que aún perturban a ciertas personas.

No hay límites para la imaginación y para la joyería estilística de Juan Manuel de Prada. Así que aproximarse a este libro supone recibir un huracán de literatura, difícilmente olvidable. Absténgase, eso sí, las personas mojigatas en exceso: si se lo toman demasiado en serio se indignarán casi en cada página. Pero qué coño…

jueves, 31 de octubre de 2019

La vida invisible




Todos arrastramos culpas, y secretos, y velados pliegues del corazón o del calendario que intentamos ocultar a los ojos de los demás. Y Juan Manuel de Prada, en su novela La vida invisible, trata de aproximarse a algunas de esas llagas contando la vida de Fanny Riffel, una seductora y curvilínea pin-up de los años 50 que se pierde en los jardines atroces de la locura y que sumerge su madurez y su ancianidad en el varadero de los manicomios, donde la acompaña, como un Lucifer inverso (demonio transmutado en figura angélica), Tom Chambers, que la empujó por el tobogán del oprobio y que ahora dedica sus años a la tarea de redimir su ultraje.
Esa historia se cruzará (mediante habilísimos juegos de bisagras, paralelismos, analogías y ecos) con la historia de Alejandro Posada, un joven escritor que, empujado por su novia Laura, viaja hasta Chicago y conoce a Elena Salvador, con quien vive un brevísimo episodio erótico antes de intentar olvidarla (Alejandro está a punto de casarse). Pero el Destino se complacerá jugando a las simetrías, y fundirá las existencias de los dos hombres, Alejandro y Tom (ambos inicialmente culpable, ambos finalmente redentores), y de las dos mujeres, Fanny y Elena (ambas adheridas al barro, ambas liberadas), con ese testigo unificador (Laura) que se convierte en el quinto vértice del pentágono.
Los lectores, hipnotizados desde las primeras páginas por el arte fabulador y literario de Juan Manuel de Prada, comprenden pronto que se hallan ante una gran novela, donde fulgen las metáforas (“El silencio era alto y hostil como un acantilado de hielo”, p.14), las hipérboles (“En su voz cabía una tristeza del tamaño del universo”, p.500), los aforismos (“En los cementerios siempre es otoño”, p.355) y hasta el humor de raigambre ácida (se dice de unos rascacielos que “parecían candidatos a unas pruebas de casting convocadas por Bin Laden”, p.61).
Al adentrarnos en La vida invisible nos adentramos en una selva de vocabulario que protege, en su centro, un templo lleno de tesoros. Provéanse de machetes y embárquense en la aventura.

martes, 6 de marzo de 2018

Desgarrados y excéntricos



Es más que evidente. Se puede discrepar (yo discrepo) de las posturas ideológicas y religiosas de Juan Manuel de Prada. Se puede considerar que ha conducido su actividad articulística por senderos no del todo razonables. Pero lo que también me parece evidente es que el cabronazo escribe como Dios. Una de las demostraciones palmarias es su muy voluminosa obra Desgarrados y excéntricos (Seix Barral, Barcelona, 2001), con la que he disfrutado por segunda vez y que, también por segunda vez, me ha estremecido. He disfrutado con los primores de la sintaxis y el léxico de Prada; y me he estremecido pensando en la crudeza que puede mostrar el mundo de las letras con los ilusionados advenedizos que llegan a él con las alforjas no demasiado repletas de talento (o quizá sí repletas, pero careciendo de instinto depredador).
Las vidas de estos pobres mediocres son terribles, y también ilustrativas, y también llorosas. Hay en ellos (aunque pueda parecer lo contrario) muchas lecciones que aprender, quizá porque fueron los últimos ilusos. Lo único que yo le reprocharía a Juan Manuel de Prada es que haya abordado la crónica de sus existencias y de sus obras con ese despiadado tono general que adopta, y que lo acerca a la crueldad umbraliana. Un leve cachondeo es admisible (o puede serlo); una ligera mirada cínica puede ser aplaudida por los lectores. Pero el ensañamiento sistemático (se disfrace de lo que se disfrace) es poco amable.
Dicho eso, la obra es literariamente soberbia. No me supone ningún problema reconocerlo y pregonarlo.

“La literatura también se construye con la mampostería del olvido, y no sólo con las vigas maestras de la celebridad”. “En España las noticias se construyen con rumores, y no con la sustancia aburrida de la verdad”. “Sus palabras, como las de cualquier hombre libre, pastorean de todas las ideologías y de ninguna”. “En España el pensamiento no encauzado siempre ha provocado ronchas y sabañones”. “Todo odio constituye, en el fondo, una expresión amarga de la veneración”.

sábado, 19 de agosto de 2017

Las máscaras del héroe



Novela larga, juvenil y perfecta, que leí y reseñé en la prensa murciana allá por septiembre de 1996: Las máscaras del héroe, de Juan Manuel de Prada (Valdemar, Madrid, 1996). La releo ahora con más reposo, pero con el mismo deslumbramiento estilístico que entonces. En ella, Fernando Navales nos cuenta las peripecias reales o inventadas de Pedro Luis de Gálvez, poeta olvidado del primer tercio de nuestro siglo, que recayó desde la niñez difícil y la juventud bohemia hasta la infamia y el crimen. Con un estilo brillante, sinuoso de metáforas, imaginativo y fértil, Juan Manuel de Prada se adentraba por los vericuetos de la novela con un increíble primer paso, de extraña e incontestable perfección. Además, y por si todo lo ya expuesto no se antojara suficiente, la amenidad preside sus líneas cuando nos habla de las correrías nocturnas de aquellos vividores que poblaron el Madrid de los años veinte y treinta; del asesinato de Canalejas (en el que Gálvez actuó como cómplice, según Prada, y teniendo a Ramón Gómez de la Serna como encubridor ignorante del asesino); del intento de desvirgar a Jorge Luis Borges en un prostíbulo (Navales es quien, según propia confesión, llega a abrirle la bragueta); de un concurso de pedos en la célebre Residencia de Estudiantes; del saqueo nocturno de un camposanto; del nacimiento de la Falange; de un atentado frustrado contra José Antonio Primo de Rivera; etc.
Otro detalle que llama la atención es la advertencia final de Prada, en el sentido de que los personajes del volumen, aun los históricos, han sido tratados con perfecta creatividad literaria. Me gusta que estas frases figuren al final del tomo, y no al principio: le añade verosimilitud, porque nos “desengaña” cuando ya hemos salido de la historia, y no a priori.

“Con demasiada frecuencia, la verdad sólo encubre la falta de imaginación”. “Mejorar la vida de la Humanidad no es obra de una generación, sino de muchas y de muchos esfuerzos”. “El escritor de raza se distingue del diletante por su instinto asesino, lo cual no quiere decir que escriba mejor o peor”. “La pornografía es otra forma de la taxidermia”. “Los espejos no reflejan la realidad, sino que la anticipan”. “Para ser un humorista cabal, hay que padecer algún desarreglo gástrico”. “Un escritor se fortalece perseverando en sus errores”. “Nada tan socorrido como atribuir las calamidades de la patria a un gobernante extinto”. “El remordimiento es una especie de cobardía retrospectiva”