jueves, 20 de febrero de 2020

El niño que no quiso llorar




Es verdad que el odio no requiere para desplegarse y ejercerse ninguna condición especial en la víctima salvo, quizá, su espíritu vulnerable: el saber que las gafas, el color de su piel, los kilos de más, el acento extranjero o la deformidad física que lo acompañan facilitan el desarrollo de la crueldad insensata. También es verdad que la inhibición o el silencio de quienes conocen o presencian el salvajismo del maltratador ayudan a fortalecer en él la sensación de impunidad.
En el mundo de la enseñanza (colegios e institutos), este fenómeno lamentable que siempre ha existido, aunque no con la virulencia sádica que ahora permiten las redes sociales y los teléfonos móviles, recibe el nombre de acoso (me resisto a la palabra inglesa, innecesaria en nuestro idioma). Y Santiago es en esta novela de José Antonio Jiménez-Barbero la víctima elegida por Sergio, Susana, José Andrés y otros descerebrados, capitaneados por Nacho, como blanco de sus insultos, agresiones e intimidaciones. El chico, que vive en un entorno familiar muy delicado (un padre con problemas de alcoholismo y paro; una madre que tuvo que aceptar un trabajo precario para conseguir algo de dinero) y que carece de amigos que lo apoyen, tendrá que vérselas con esta desagradable situación sin más ayuda que la que le ofrece algún profesor bienintencionado y, sobre todo, su nueva amiga Lucía, recién llegada al colegio.
Pero la espiral de violencia que cerca al chico no hará sino crecer: desde las burlas hasta la agresión física, desde la difusión de imágenes suyas en Internet hasta las chanzas telefónicas. Y los acosadores pronto se darán cuenta de que Santiago (tan firme en su resistencia) tiene un punto vulnerable: por ahí comenzarán ahora a atacarlo.
Novela dura, incómoda, realista y virulenta, El niño que no quiso llorar nos lleva de la mano por terrenos pantanosos hacia los que habitualmente no dirigimos la mirada, porque su crudeza nos resulta desasosegante y nos muestra la zona en sombra de algunos de nuestros niños y adolescentes.

miércoles, 19 de febrero de 2020

Anales de la casa subterránea



Muy poco después de haber publicado Mediodía en la otra orilla (Universidad de Murcia, 2000), Ángel Manuel Gómez Espada ofreció a sus lectores el volumen de relatos Anales de la casa subterránea (Editora Regional, 2002), donde reunía doce narraciones cortas de inteligente factura y perfecta ejecución.
El lenguaje se utiliza en ellos con una divertida frescura adolescente, y las finuras del estilo comparten habitación en sus páginas con instantes de bien dosificado coloquialismo (registro en el que desde siempre el autor ha brillado de manera especial) y hasta con vocablos que los manuales de retórica observarían con rancio gesto de prevención (carajo, joder, hostia, puñetero, cojones, putada, coño, etc). Dentro del volumen resultan también muy llamativas las frecuentes muestras de humor, que van desde el tono negro de “Felpudo maldito” hasta el tinte agridulce de “La chica del póster”, pasando por la socarronería carcajeante de “Obra narrativa completa de Lucas Yerbabuena” o los matices macabros de “Una antología”. Los cuentos titulados “A orillas del Oise” (elegante y con un espléndido final melancólico) y “Pérdidas” (bellamente breve) podrían figurar en cualquier antología del relato murciano, por la forma perfecta en que han sido resueltos.
Repite mucho un amigo mío que lo que se va a ser, se va siendo. El formidable escritor al que actualmente conocemos ya alboreaba en estas páginas.

lunes, 17 de febrero de 2020

El estado de sitio




Termino la obra teatral El estado de sitio, de mi adorado Albert Camus, que se ambienta en Cádiz y que nos explica de una manera poética una epidemia de peste en la ciudad.
Es una pieza que se lee con agrado y con admiración literaria, pero sospecho que verla representada debe de ser menos admirable, porque sus figuras (Nada, Diego y Victoria) son preciosos ángeles con las alas de mármol: bellísimos, pero quizá no airosos de vuelo. Es lo malo que tiene buena parte del teatro simbólico e ideológico: que sus diálogos son hermosos, mas no creíbles. Parece como si los personajes se enzarzasen en un fuego cruzado de sentencias y aforismos que, a la larga, desmotivan al lector.
Subrayo muchas frases en el tomo, de las cuales doy aquí un pequeño resumen: “He conservado mi libertad de despreciar”. “Yo no concibo la inactividad más que en los cuarteles y en las listas de espera”. “No insista. Tengo un carácter débil”. “Vivir y morir son dos deshonras”. “Yo tengo la mirada fija del que manda”. “Ningún hombre tiene bastante virtud para que pueda consentírsele el poder absoluto”.

domingo, 16 de febrero de 2020

El hondero entusiasta




No fue el segundo libro publicado por Pablo Neruda, pero sí el segundo que redactó, tras haber concluido Crepusculario. Y aunque las influencias de otros autores (sobre todo, Carlos Sabat Ercasty) eran notorias, la voz del joven chileno se iba afianzando.
Si nos fijamos ya en el poema que abre el tomo (“Hago girar mis brazos”) veremos que es ciertamente notable, porque constituye una densa cartografía cordial del poeta. Son 85 ilustradores versos guiados por las luces del paralelismo, la anáfora y la repetición léxica de hondos matices negativos (sufro, dolor, noche, sed, viento), que sorprenden además por las durísimas adjetivaciones, marcadamente siniestras, que jalonan el texto (fuegos oscuros, largo sollozo, espanto erguido, país negro, llanto helado, noche enemiga, resaca invencible, esfuerzos baldíos). No hay duda posible: nos hallamos ante la marmórea radiografía espiritual de alguien que sufre y que vuelve tinta sus dolores como exorcismo.
Y si nos desplazamos hasta el colofón del poemario comprobaremos cómo dibuja premeditadamente un guiño para sus lectores con el poema titulado “Es cierto, amada mía” donde, entre efusiones impetuosas, manifiesta su deseo de acercarse a la mujer con voluntad genésica (“Y tú, en tu carne, encierras / las pupilas sedientas con que miraré cuando / estos ojos que tengo se me llenen de tierra”. De ahí al labriego salvaje que socava a su amada y “hace saltar al hijo del fondo de la tierra” (imagen con la que abriría su siguiente libro) hay un paso muy corto.
Todo el volumen es, salvados los escollos juveniles de rigor, la angustiosa búsqueda del adolescente que suplica el vislumbre de una luz o la atenuación de una condena en la que, paradójicamente, cumple funciones de reo y de carcelero (“Libértame de mí. Quiero salir de mi alma”). Tal vez así se explique mejor que Neruda se dirija a la mujer con desgarrados imperativos agónicos (no menos de sesenta se llegan a contar en el breve tomo: ansíame, agótame, dímelo, bésame, muérdeme, incéndiame…). El corazón de Neruda era un volcán que hervía ante la urgencia de la erupción, pero que aún se dispersaba en fumarolas y cráteres adventicios, que quedarían concentrados y resueltos en Veinte poemas de amor y una canción desesperada.

sábado, 15 de febrero de 2020

Historias y deseos




Después de haber publicado los poemarios amorosos La cifra mágica (1997) y Las estaciones de la locura (2000), la escritora Ana María Tomás puso en las librerías su primer libro de columnas periodísticas bajo el rótulo de Historias y deseos (Nausícaä, 2001).
Preocupada fundamentalmente por conectar con sus lectores, la escritora jumillana recurre a un eclecticismo que le había dado ya por entonces una amplia popularidad regional: mezcla refranes, citas cultas (Cervantes, Voltaire, Zorrilla o Marcial), canciones de moda (Víctor Manuel o Alejandro Sanz), anécdotas del mundo de la publicidad, noticias aparecidas en periódicos, programas de televisión, alusiones a personalidades bien conocidas de la cultura murciana (José Perona, Carles Egea o Ramón Jiménez Madrid), etc. Da la impresión de que su afán para amoldarse al discurso medio de sus lectores carezca de límites; pero esta contención expresiva no le impide obtener fórmulas verbales ingeniosas, como cuando nos habla de la “ignorancracia” que padece la sociedad actual (p.25) o cuando alude al ansia de mortificar a los que disfrutan con la ingestión de azúcares (saña que define con el nombre de “dulcecidio” en la página 49 del volumen).
Un ramillete de flores que perderán frescura, inevitablemente, con el paso de los años, pero que mantienen aún un tibio aroma que vuelve feliz su lectura.

viernes, 14 de febrero de 2020

La devoradora




Vicente Blasco Ibáñez fue un escritor que ganó millones con sus obras, tanto por las ventas en forma de libro como por las adaptaciones cinematográficas, en Estados Unidos fundamentalmente. Esto le permitió, entre otras cosas, vivir en entornos sociales donde pudo conocer de cerca a personajes como los que aparecen en esta novela, que tituló La devoradora. Allí nos encontramos con Olga Balabanova, exbailarina del Teatro Imperial de San Petersburgo que se ha ido convirtiendo desde su salida de Rusia en una asidua del Casino de Montecarlo. Allí ha vivido durante mucho tiempo junto al gran duque Cirilo Nicolás, en un exilio dorado. Ahora, fallecido el noble, sigue sobreviviendo con la venta de sus joyas; y sin abandonar nunca los ambientes lujosos ni las salas de juego.
La narración podría haberse convertido, siguiendo esa línea, en la mera crónica de una decadencia. Pero Blasco Ibáñez introduce en escena a un austero joven bolchevique, Boris Satanow, que es enviado por las autoridades soviéticas hacia la viciosa Costa Azul, para que propague la revolución entre los proletarios galos. Para camuflar mejor su identidad, le entregan una fabulosa cantidad de dinero en joyas, que le haga parecer un multimillonario ocioso y le facilite la infiltración en los ambientes más adecuados. Será inevitable entonces que el ingenuo muchacho (que admiraba en su adolescencia a la bailarina) se encuentre con la Balabanova y que surja algo entre ellos.
Interesante reflexión sobre el lujo, sobre la candidez y sobre la fatuidad hueca de ciertos ambientes, esta novela corta de Vicente Blasco nos muestra de qué forma tan sencilla (y tan rápida) consigue el dinero corromper a las personas, hasta el punto de envilecerlas y lograr su degradación moral.

jueves, 13 de febrero de 2020

Luis Cernuda




Luis Cernuda, el hombre difícil, el personaje de reacciones viscerales e inesperadas que mostraba “su rechazo de puerco espín a los que querían invadir su ámbito íntimo” (I, 13), el poeta más intenso y quizá más incomprendido del 27, es el protagonista de esta biografía en dos volúmenes que Antonio Rivero Taravillo compuso “no tanto por irrumpir en la intimidad del hombre, sino para comprender más cabalmente su obra” (II, 16) y que el sello Tusquets editó, tras haber obtenido el primero de los tomos el prestigioso premio Comillas.
Con ese objetivo tan honestamente expresado, Antonio Rivero lleva a cabo una reconstrucción delicada y enérgica (utilizo ambos adjetivos como deliberados elogios al ensayista) de la vida de Luis Cernuda, llena de pliegues no siempre plausibles y llena también de luces de inolvidable esplendor. Mediante un rastreo detalladísimo a través de epistolarios, memorias, archivos y entrevistas, logra reconstruir (casi como el paleontólogo que invierte infinitas horas en otorgar orden y sentido a los huesos desperdigados de un triceratops) la vida, los viajes, las incertidumbres, las emociones, los instantes de amor, las decepciones del poeta sevillano. También, con enorme honestidad (“Esta biografía de Cernuda no puede ni quiere ser hagiográfica”, nos explica en la página 328 del segundo volumen), Antonio Rivero nos da cuenta de las zonas menos sonrientes del autor de La realidad y el deseo: las envidias, las abruptas rupturas, las descortesías e incluso la sospecha incómoda de que Cernuda pudo protagonizar en 1950 una experiencia pedófila en México. Y es que esta obra “más que reunir cristalitos de colores más o menos vistosos en el calidoscopio, busca componer con los trozos disponibles un espejo de cuerpo entero del poeta” (I, 16).
A lo largo de estas páginas admirables nos dirá que Cernuda fue, en su infancia, “indiferente a los helados” (I, 50); que tomó de ciertos actores cinematográficos muchos de los rasgos que definieron su estética personal (I, 116); que su extrema pulcritud lo llevaba a afeitarse dos veces al día y arreglarse él mismo el cabello, con la ayuda de unos espejos (I, 281); que participó activamente en la defensa de la República (primero, colaborando con las Misiones Pedagógicas; después, con su compromiso antifascista durante la guerra civil); que pasó por Francia y por Inglaterra, antes de instalarse definitivamente en México durante sus últimos años (el clima frío de los países europeos abatía su ánimo); y que murió de un infarto (sin ninguna compañía), tras levantarse y hacer la cama.
Permítanme que le ceda la palabra al propio Antonio Rivero Taravillo, porque el modo bellísimo en que culmina su obra no admite superación: “Evidentemente, Luis Cernuda no está en la fosa 48, fila 4, sector C, del Panteón Jardín; ni está tampoco, o no del todo, en esta biografía. Él escribió: Nadie podrá ya evocar para el mundo lo que en el mundo termina contigo” (II, 347).

martes, 11 de febrero de 2020

El mono desnudo



Termino el estudio antropológico El mono desnudo, de Desmond Morris, que me traduce J. Ferrer Aleu (RBA, Barcelona, 1993) y que, desde una vieja conversación con mi amigo Paco Giménez Gracia, tenía muchas ganas de abordar.
Y lo primero que se me ocurre decir es que reconozco mi perplejidad (¿o mi instintivo rechazo?) ante los planteamientos del autor. Es verdad que somos monos desnudos, y es verdad que lo sabemos; pero nos gusta imaginar que hemos distanciado mucho a ese lejano pariente, y que apenas nos unen a él pequeños tics ocasionales. No obstante, llega la estadística y el análisis riguroso, y hay que aceptar la evidencia: tampoco hemos sido capaces de avanzar demasiado en el camino de la civilización.
Jamás había reflexionado tanto sobre el significado profundo de acariciar a un animal, o de rascarme, o el hecho de comer los alimentos calientes, o los ritos religiosos como ceremonia de sumisión al macho dominante. Las observaciones e ideas de Morris en este volumen constituyen una verdadera revelación. Que irrita (quién lo dudará), pero que enriquece.
Subrayo con una sonrisa esta frase del tomo: “El Homo sapiens (...) es un mono muy parlanchín, sumamente curioso y multitudinario”.

lunes, 10 de febrero de 2020

Para detener el tiempo



En 1990, al mismo tiempo que publicaba el breve poemario A través de la luz (Siddhart Mehta Ediciones), Juana J. Marín Saura entregó a la imprenta su obra Para detener el tiempo, que apareció en el prestigioso sello Rialp. Allí, la escritora de Alcantarilla profundiza en las dolencias amorosas más íntimas y nos explica que las ilusiones se han marchado para siempre de su corazón (“Se han ido transformando en gorrión los sueños”, p.11). Herida por la amargura de una presencia que se evadió de su lado y que no parece dispuesta a regresar, deja que las lluvias y las estaciones más lánguidas la invadan (“Ha dejado de llover / y a ella, las manos se le van / cubriendo de otoño”, p.25).
Cercada por la triste ausencia de este ser amado, se abandona a una soledad de lirio que languidece, y contempla teléfonos mudos, espejos deshabitados y lágrimas que se derraman sin aviso. La escritora declara amargamente que “está cansada de ser / un solitario corazón cansado que camina” (p.34), y entretiene la prolongada amargura de sus horas releyendo cartas, recordando el brillo de unos ojos que ya no están, abriendo libros que son como pozos negros, y dejando que la escritura (“la burbuja de oxígeno por la que logra respirar”, p.60) se convierta en su único auxilio.

domingo, 9 de febrero de 2020

La coartada




En la Florencia de los siglos XIV y XV hubo una familia cuyo poder resultaba casi omnímodo: los Médicis. Controlaban la banca con mano de hierro; cuatro de sus miembros se alzaron hasta el papado; dos de sus mujeres llegaron a ocupar el trono de Francia; fueron los responsables de reunir las obras de arte que ahora se pueden contemplar en la Galería Uffici; protegieron a Miguel Ángel, a Galileo Galilei… Sin duda, unos de los clanes más poderosos de todos los tiempos. Y, por lo mismo, uno de los más suculentos para extraer obras literarias, por lo variado y asombroso de sus componentes.
Fernando Fernán Gómez es el autor de la pieza dramática La coartada, donde se reconstruye el intento de asesinato de dos integrantes de esta familia (Lorenzo y Julián) durante la celebración de una ceremonia religiosa. En esa trama negra se encuentran involucradas la Iglesia (personificada en el tenebroso cardenal Riario) y la familia Pazzi (rivales de los Médicis). En un principio, se encomienda la misión homicida al despiadado Montesecco, famoso por su audacia, su sangre fría y su absoluta carencia de escrúpulos; pero una inoportuna vacilación de éste (quien se resiste a matar dentro de un templo religioso) hará que se elija a otra persona para ejecutar el crimen: el clérigo dominico Esteban Maffei, pusilánime pero dispuesto a mostrar su fidelidad a la Iglesia al precio que sea necesario.
Mediante una hábil ingeniería escénica, Fernán Gómez consiguió una obra de sólida textura, inquietante desarrollo y brillante resolución literaria (obtuvo el segundo puesto en el premio Lope de Vega) que nos acerca a los pantanosos terrenos de la abyección (y la debilidad) humana.

sábado, 8 de febrero de 2020

Mixtura



Después de haber publicado La celada fuente (1986) y Onégeses. Los despojos de un sueño (1988) se produjo un largo silencio editorial en torno al nombre de Fuensanta Muñoz Clares, que quedó felizmente clausurado en 2004 cuando la Editora Regional de Murcia tuvo el notorio acierto de publicarle el volumen de relatos Mixtura, compuesto por veintiuna piezas en las que la escritora mostraba que podía desenvolverse con la misma eficacia cuando abordaba temas amorosos (“Primavera en la Isla”), memorialísticos (ese orinal obtenido en la feria, en “Falsa palangana”) o costumbristas (“Travesti en el estanco”).
Todos los cuentos del volumen, por unas razones o por otras (temáticas, estilísticas, psicológicas) atesoran virtudes más que suficientes para que el lector les otorgue su aplauso; pero si tuviera que decantarme por algunos de ellos, mi elección es clara: “La llave” (donde se aborda el espinoso y dolorosísimo tema del maltrato femenino, que nunca deja por desgracia de estar de actualidad), “Hugo el portugués” (donde la voz y las trenzas de una niña, ya transformada en mujer, nos invitan a reflexionar sobre los azares de la vida) y “La visita” (una amarga meditación sobre la marginalidad).
Llama la atención el modo en que el personaje de Felicitas aparece, como una especie de Guadiana protagonista, en varios relatos del volumen: “El zapatero”, “Travesti en el estanco”, “Una caja blanca”, “Falsa palangana”, etc. ¿Se esconderá ahí algún personaje real o algún guiño autobiográfico? ¿Y lo habrá en esa profesora irónica que, tras leernos una redacción quinceañera refractaria a la ortografía, cierra con sus comentarios eruditos el cuento “Oveja mía, oveja mía”?
Háganse el favor de leer esta obra. Les va a gustar.

jueves, 6 de febrero de 2020

Todo es perfecto




Dejamos que nuestros ojos se adentren en la primera página de este libro de relatos escrito por Verónica Martín (Caja Segovia, 2010) y notamos que el corazón se nos acelera, porque estamos corriendo. Somos de pronto dos hermanos y, por causas que resultaría demasiado complejo explicar, acabamos de cometer un pequeño robo de droga. Parece que nos hubieran brotado alas en los pies, como al dios Mercurio. Y de pronto, cuando los pulmones están a punto de estallarnos, ocurre el desastre: un tren invisible surge a gran velocidad y mata a uno de los fugitivos, siendo el otro detenido por la policía.
Más adelante, caminaremos solos por la calle, con un océano de lágrimas en los ojos y la garganta obturada: nos acaban de decir que padecemos una gravísima enfermedad de la que tenemos pocas posibilidades de salir. Y cuando estamos a punto de derrumbarnos aparece de pronto un vendedor ambulante que nos ofrece una pulsera. Para conseguir que se la compremos nos dirá que esa pulsera tiene la virtud de aliviar las tristezas de la gente que la porta. Y nos la colocamos en la muñeca.
Son solamente dos ejemplos de las bondades narrativas que este libro incorpora y que alcanzan su culminación en el, quizá, mejor relato del volumen: el que le da título. Allí conoceremos a la pequeña Aurora, una niña solitaria cuya madre ejerce la prostitución y que es cuidada frecuentemente por su anciana vecina Mimi. No les digo más.
Acérquense a este libro. Creo que puede darles más de una alegría literaria.

martes, 4 de febrero de 2020

Galería de apátridas




Casi al mismo tiempo que se mostraba a los lectores su colección de cuentos El oro celeste (Xordica, 2003), Manuel Moyano publicó un volumen de retratos con el título de Galería de apátridas (Nausícaä), un fresco burbujeante donde convivían personajes extravagantes o directamente anómalos, cuyas trayectorias vitales habían convergido (como la del propio Manuel Moyano, cordobés pasado por Barcelona) en la localidad murciana de Molina de Segura: desde Salvador García Aguilar (quizá el más ilustre de todos, porque en su palmarés literario se incluye el premio Nadal de novela) hasta Fina Nieto Jara, monja budista, pasando por el polifacético José Antonio Arnaldos Salazar (pintor, hombre de teatro, diseñador y presentador televisivo) o Juan García Nieto (que se define y proclama “Decano de los Presos Españoles”, tras cuarenta años de permanencia entre rejas).
Nos encontramos, pues, ante un prontuario simpático y casi inverosímil (aunque fidedigno) que nos descubre que la rareza, la anomalía o la singularidad habitan junto a nosotros, y que solamente si nos fijamos con atención la descubriremos y seremos capaces de valorarla.
Si, además, tales apuntes están redactados por uno de los mejores estilistas de España, el resultado es tan admirable como imperecedero.

lunes, 3 de febrero de 2020

Al final del trayecto




En el año 1997, el caravaqueño Luis Leante vio publicada su obra Al final del trayecto, con la que había obtenido el premio Odaluna de novela. Se trataba (si no me falla la memoria) de su cuarto libro editado.
El protagonista es un hombre llamado Pablo, antiguo integrante de la División Azul, que llega al pueblo de Moravia, y cuya vida se nos va desgranando con indagaciones hacia atrás y hacia delante en el tiempo. El autor distribuye cada capítulo en tres planos: el que nos relata la actualidad, el que nos habla de los años del pueblo y el que nos refiere las vivencias en Rusia. Quizá lo mejor de la obra sea la forma en que Luis Leante crea la atmósfera insana y claustrofóbica del encierro de Pablo: hay momentos en que resulta terrorífico imaginar el día a día de este personaje (sobre todo cuando, tumbado en su cama, “piensa en el otoño, en su oscuridad y en su silencio, y piensa en la noche de todas las noches, en la noche del fin del mundo, y se siente como una momia inflada, resucitada de la nada. Y siente el peso de sus huesos y la tensión de sus venas y las motas de polvo posándose sobre él y sobre la cama y sobre el suelo y sobre las miles de telarañas que se aprietan en el interior del cuarto”, pp.175-176).
Todas las ignominias de la guerra, toda su mezquindad y todo su horror flotan en estas páginas como lo haría un aceite maloliente en las aguas del puerto.
Un Luis Leante musculoso desde el punto de vista técnico, convincente desde el punto de vista argumental y seductor desde el punto de vista literario. ¿Se puede pedir más?

domingo, 2 de febrero de 2020

Metralla




No he leído jamás unos relatos sobre el mundo de la guerra como los que reúne Jesús Zomeño en su antología Metralla. Así de claro. Así de contundente. Así de admirativo. Desde que cayó en mis manos su volumen De este pan y de esta guerra (Contrabando, 2016) me sentí conmovido, zarandeado, invadido por sus propuestas, que trascienden lo histórico (Primera Guerra Mundial) y se instalan directamente en el análisis profundo del ser humano: sus miserias, su rapacidad, sus claudicaciones, sus miedos, sus desgarros, su débil textura (resuelta a veces en lágrimas y a veces en vileza). Quizá por eso el título que encabeza este tomo (donde se reúnen relatos de cuatro volúmenes, más algunos inéditos) resulte tan adecuado: las palabras del escritor albaceteño salen propulsadas en todas las direcciones y van incrustándose, desgarrando, aniquilando el corazón y el alma de sus lectores.
¿Ejercicio de crueldad gratuita? En modo alguno. Más bien adecuación entre las palabras y el mundo de realidades que palpitan detrás: la ulceración horrenda de todo lo que rodea el combate (disentería, pérdida de la fe religiosa, vísceras, insensibilidad); el chico que dibuja una bicicleta en su casco, como esperanza y como evasión; el pobre delincuente juvenil que encauza su vida hacia la guerra, para variar el trazado de sus días; la ilusión de un queso que el soldado oculta de la hambruna de sus compañeros y de las dentelladas de las ratas; la fetidez insoportable de las trincheras; la fiebre, que coloniza cuerpos y almas con su incendio de miedo; el muchacho que mastica patatas mal cocidas mientras a su lado se pudre un cadáver que no tiene fuerzas ni para apartar; los saqueadores, que revolotean tras el silencio macabro de la lucha; los sepultureros, desbordados por un trabajo tan infinito como absurdo…
Cada meandro de la guerra, cada pliegue inmundo, cada herida, cada infamia, cada truculencia, quedan aquí, en estas páginas duras y estremecedoras, que Jesús Zomeño ha bruñido para la eternidad.

sábado, 1 de febrero de 2020

La voz en los espejos




Con este poemario delicado, firme y maduro, el poeta Miguel Sánchez Robles (Caravaca de la Cruz, 1957) obtuvo el premio Bahía. En él nos habla de la urgente necesidad que todos tenemos de enfrentarnos cada día con la imagen que el espejo nos devuelve y comprender, sin aspavientos, que “vivimos atrapados en íntimas derrotas” (p.11). El poeta, aferrado a una lucidez que desarma y asombra por su contundencia, está convencido de que no debemos ilusionarnos con nada de cuanto nos rodea (“La esperanza era ayer”, escribe en la página 26) y que lo más inteligente y sensato que se puede hacer es beber “los vinagres de las brújulas” (p.40).
El horizonte que nos dibuja Miguel es terrible, angustioso, desolador (aunque lo percibamos también como indiscutible); el futuro está tintado de acíbar; todos los senderos están camuflados o malheridos por la niebla; las manos amigas son “de pronto invisibles” (p.29); y, con ese marco de referencia, “francamente te olvidas de vivir; y a menudo hace frío” (p.48).
Inútil será también que intentes ponerte a salvo utilizando alguna estratagema, porque no hay camino que lleve indemne a la meta y porque continuamente “las rodillas tropiezan con el asco” (p.63). Perdida la ilusión y anulada la esperanza, queda el espejo, siempre el espejo, esa lámina inmisericorde y gélida en la que debes mirarte para descubrir con honestidad que todo es confuso, y que tus ojos sangran de impotencia (“La vida está en ti como una herida / que escasamente aciertas a poner en un verso”, p.18).
Es difícil que pueda encontrarse una presentación lírica más rotunda, más clara y más desencantada que ésta que Miguel Sánchez Robles nos ofreció, hace ya algunos años, desde Algeciras.