Mostrando entradas con la etiqueta Neruda Pablo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Neruda Pablo. Mostrar todas las entradas

domingo, 1 de febrero de 2026

Tercera residencia

 


Releo con entusiasmo renovado las páginas de Tercera residencia, que leí en 1988, con veintidós años. Y vuelven a fascinarme las dos líneas vertebrales que descubrí en estos versos encendidos y galvánicos de Pablo Neruda: en primer lugar, el viento surrealista, que llena de imágenes asombrosas los poemas y que los vuelve tan fascinantes; en segundo lugar, el aliento combativo que respiran las estrofas dedicadas a su militancia ideológica (la guerra civil de 1936, el Ejército Rojo, Simón Bolívar, etc.).

Por lo que respecta al primer apartado, confieso mi incapacidad para entender bastantes de los versos, porque las metáforas surrealistas y las adjetivaciones intrépidas que el chileno despliega continuamente me los vuelven impenetrables; pero, a la vez, constato también mi entusiasmo a la hora de interpretarlos, porque las sugerencias de Neruda dan pie a lecturas que, si no se corresponden con lo que él quería expresar, sí que revelan con claridad mi forma de leerlos.

En cuanto al bloque “político” (que muchos denigrarán por su tendenciosidad, pero que yo respeto por los durísimos momentos de guerra que le tocó vivir), no creo que resulte posible negar la validez lírica de estancias como “España en el corazón”. En un tiempo de urgencia y deflagraciones, de muerte y de traiciones, imagino que tiene que resultar punto menos que imposible mantenerse en una posición racional y equilibrada (aunque personas como Manuel Chaves Nogales sí que parecieron lograrlo). En esa efervescencia de ira y de angustia, Pablo canta a las Brigadas Internacionales, a la batalla del Jarama, a los antitanquistas… Y su voz, aunque el paso del tiempo moderase o corrigiese radicalmente algunas de sus aristas, no puede ser tildada de chata o panfletaria. Neruda consigue muchos poemas de belleza terrible, de retrato purulento, de crónica bombardeada.

Pertenezco al grupo de quienes discrepan con algunas de sus ideas y fervores, pero que aplaude sus versos. Una cosa, en literatura, no quita (no debe quitar) la otra.

lunes, 12 de enero de 2026

Navegaciones y regresos


 

Continúo mi camino de relecturas (aquellos libros de juventud, que ahora retomo con las manos arrugadas) y elijo hoy Navegaciones y regresos, del chileno Pablo Neruda, tótem de mi adolescencia y agua fresca en mi madurez. No entraré en sus posiciones políticas, no entraré en sus vaivenes eróticos, no entraré en ciénagas como la de su hija Malva Marina: todo eso pertenece al ámbito de lo criticable, sin duda, pero se sale del espacio literario, que es el que me interesa. Me quedaré con sus palabras, con sus versos de luz y de arrollador poderío. Me quedaré con su oda al ancla (que inevitablemente me lleva a recordar la foto del ancla que tenía en Isla Negra); me quedaré con su oda al caballo (pero no al airoso y elegante, sino al triste animal derrotado por tantos años de servicio a su amo); me quedaré con sus odas a los objetos pequeños (el plato, la taza, la cuchara, los utensilios de modestia silenciosa); me quedaré con sus adjetivaciones sugerentes e increíbles (“El desorden huraño de la roca”); me quedaré con sus asombrosas definiciones líricas (cuando llama al elefante “Cuero de talabartería planetaria”, cuando dice que los ojos de un perro son “dos preguntas húmedas”, cuando etiqueta a Ramón Gómez de la Serna como “oso de azúcar”).

Soy consciente de que no todos los libros de Neruda son igual de valiosos, pero creo que su voz siempre lo es: esa capacidad torrencial que tenía para esmaltar imágenes, metáforas, comparaciones. Por eso, sin duda, seguiré releyendo sus libros.

viernes, 22 de julio de 2022

La espada encendida

 


De vez en cuando me gusta volver a los libros que leí hace años o décadas, para comprobar cómo han cambiado ellos dentro de mí (o cómo he cambiado yo a la hora de meterme dentro de ellos). Es una experiencia que recomiendo, porque se me antoja muy reveladora. Este verano repito el experimento con La espada encendida, un poemario peculiar y edénico de Pablo Neruda que se inspira en un conocido episodio de la Biblia (la colocación por parte de Dios de un ángel que, armado con una espada, impide la vuelta de Adán y Eva al Paraíso que acaban de perder por su desobediencia). En la transfiguración poética del autor chileno, los protagonistas son Rhodo y Rosía, dos enamorados que sobreviven al holocausto de la humanidad, y que juntos han de construir la vida y el planeta.

La lírica densidad de su pasión alcanza momentos felicísimos en el capítulo X, aunque también en el XXIV y en el XXVII. En realidad, todo el tomo constituye un apretado haz de amorosos parlamentos y de virginales consideraciones, que nos hablan de la convulsión del sexo, de la soledad y del deber. Quizá mi capítulo favorito sea el LXXXVII, con su letanía anafórica, que alcanza cumbres de una belleza impactante.

Creo que el libro, no siendo uno de los más citados ni recordados de Pablo Neruda, se puede seguir leyendo con aplauso.

martes, 21 de junio de 2022

Nuevas odas elementales

 


Fui, durante mi juventud, lector fervoroso de Pablo Neruda. Devoré todos sus libros (pero no como aquel político que juraba haberse empapuzado las obras completas de Lope: yo sí que me leí de verdad las de Neruda) e incluso escribí sobre algunos de ellos, en revistas, congresos y sitios así. Ahora, desde la distancia de la madurez, vuelvo a las célebres Nuevas odas elementales, sabiendo lo que me voy a encontrar (adiós al “factor sorpresa”); y reconozco que las he disfrutado serenamente. Es decir, sonriendo con sus innegables aciertos, cabeceando admirativo ante algunos de sus versos y, también, disculpando con benevolencia los clichés efectistas que, colocados aquí y allá, en mi juventud me pasaron inadvertidos por bisoñez lectora.

Neruda sabía lo que estaba haciendo y lo hizo con destreza. Su estilo era potente y millonario en lujos verbales (sobre todo, adjetivaciones y metáforas); y creo que hay que leerlo sin prejuicios y en la juventud, para sentir su deslumbramiento de amanecer y música (Tagore pertenece al mismo ámbito). Cómo no sentirse feliz al comprobar que, para el insigne autor chileno, el diccionario es “la bodega del vocabulario”; el mar es “el profundo hotel de las sirenas”; o la lluvia una “transparencia oblicua de hilos”. Docenas de fórmulas de ese tipo pueden ser subrayadas en el libro por el joven lector.

La magia de Neruda me ha devuelvo a la juventud. Releerlo ha sido quitarme años del DNI y reverdecer emociones que apenas estaban inauguradas. Que Dios lo bendiga.

jueves, 16 de septiembre de 2021

Incitación al nixonicidio y alabanza de la revolución chilena


¿Es posible que los responsables de esta edición entendieran que con la misma estaban contribuyendo a engrandecer la memoria poética de Pablo Neruda? Es posible, desde luego: las drogas producen efectos muchas veces incomprensibles para quienes no las frecuentamos. Pero si se encontraban limpios de alcohol y otros estupefacientes resulta bastante complicado justificar la publicación de este tomo insensato, mediocre, bilioso e indigno de la grandeza poética del escritor chileno. Magro favor a su memoria. Que lo escribiese (o vomitase) en un calentón resulta admisible. Que sus herederos estimasen atinado darlo a la luz pública no resulta ni comprensible.

Es una obra que apenas supera la categoría de panfleto, en el que ni una sola de las composiciones merece la relectura. Una lástima que el compromiso político (que puede producir frutos estéticamente dignos) haya generado en este caso una monstruosidad tan chata, alicorta y boba.

Suspiro y olvido.

martes, 18 de agosto de 2020

Veinte poemas de amor y una canción desesperada




En su libro Ensayo sobre el amor humano escribió el filósofo francés Jean Guitton que “cada uno cree que el deseo de la especie resuena secretamente sólo para él”. Y opino que estas palabras ilustran de manera exacta el deslumbramiento que la pasión erótica prodiga sobre aquellos a quienes impregna. Y opino también que esa galvánica ilusión es la que posibilita que alguien como Pablo Neruda, con menos de veinte años, se dejase arrebatar por la fiebre y compusiera estos poemas, mezcla de equilibrio formal y torbellino interior, que serán con el paso de los años en “el gran libro amatorio del siglo XX” (lo dijo Paco Umbral en Las palabras de la tribu) y que conseguiría convertirse en todo un superventas de la poesía.
Jugando con una gran variedad de metros y estructuras (estrofas de cuatro versos, pareados, rima consonante y asonante, alejandrinos, endecasílabos), el poeta chileno se embarcó en la elaboración de un bellísimo diccionario sensual, en el que para hablarnos de la amada acude a las imágenes de la flecha, del musgo, la ola, la caracola, el pez, el pino, el rocío, la noche o la nube; y nos hablará de la ciruela de su boca, del racimo de su cabeza, de las uvas de sus manos, de su cintura de niebla, del pájaro que se refugia en sus cuerdas vocales, de la ancha casa roja de su corazón o de sus caderas que parecen islas. Son imágenes que participan de la idealización y del atractivo físico, del éxtasis romántico (“Mi voz buscaba el viento para tocar tu oído”) y del deseo sexual más arrebatado por esa mujer “donde mis besos anclan y mi húmeda ansia anida”.
Pero lo más importante es que la persona que toma este libro e inicia su lectura no está interesada por las conjeturas sobre las raíces modernistas del poeta, ni toma en consideración la debilidad formal (más que evidente) de algunos de los poemas, ni sonríe con displicencia ante las desmesuras de un estilo que todavía se encontraba en formación. Esa persona que descubre el prodigio sensual y literario de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, en cualquier fecha, sólo atina a pensar: “Esto es lo que yo siento”, “Esto es lo que me gustaría decirle”, “Esto es lo que me gustaría que me dijera”. Por eso, este pequeño libro se ha convertido en un clásico de la literatura del siglo XX.

jueves, 6 de agosto de 2020

Canto general




Pocas cosas nuevas se pueden decir de este libro mastodóntico, ambicioso, irregular, airado, reivindicativo, provocador, coral, telúrico y dolorido; de este libro de geologías, lavas, maremotos, pájaros, héroes, humillaciones y banderas; de este vademécum de heridas, de este catálogo de golpes, de esta notaría de silencios. Al principio, Neruda lo concibió con el título de Canto general de Chile, pero pronto su burbujeo lo amplió hasta la expansión continental. Algún crítico exagerado (como hace Enrico Mario Santí en la introducción de este tomo) habla de sus “más de quince mil” versos, pero la realidad es que se queda en los trece mil, lo que lo convierte en un volumen notable, pero situado por debajo de otros, como La divina comedia (algo más de catorce mil), La araucana (por encima de los veintiún mil) o el Orlando furioso (que triplica el esfuerzo nerudiano).
Las tres veces que lo he leído me ha impresionado la fuerza arrolladora de su inicio, con los ojos del poeta paseándose por la pureza natural del paisaje americano, con sus cordilleras, sus ríos arteriales y sus cóndores majestuosos, hasta que por fin llegan “la peluca y la casaca” de los españoles. Y q            ué decir de su segunda sección (“Alturas de Macchu Picchu”), esa larga, profunda, cavernosa y emotiva invocación al hombre americano del ayer, al ‘hermano’ que lo precedió en el sufrir de su tierra y que fue dilacerado por la crueldad de sus explotadores. O de la tercera, donde enumera las tropelías innumerables de los invasores hispanos: Hernán Cortés (“Corazón muerto en la armadura”), Pedro de Alvarado (“El halcón clandestino de la muerte”), Francisco Pizarro (“El cerdo cruel de Extremadura”), Magallanes (“Su barba llena de gusanos”) y hasta Inés Suárez, la compañera de Valdivia (“Infernal harpía”). O de la cuarta, donde tienen aposento los libertadores, que se prolongan por siglos: Cuauhtémoc (“Tu corazón como un venado”), Caupolicán (“Un rostro del bosque”), Lautaro (“Elástico y azul”), Túpac Amaru (“Padre Justo”), San Martín (“Extenso como todos los héroes”), José Martí (“Almendra pura”), Emiliano Zapata (“Tierra y aurora”) o Sandino (“Era un árbol que se enroscaba / o una tortuga que dormía / o un río que se deslizaba”).
Neruda, después de esa presentación profundamente hermosa en su continente y profundamente maniquea en su contenido, tiene que sumergirse en la época posterior, en la cual la situación se enturbia y advienen los caudillos nefastos, los líderes tenebrosos, el listado inmundo de los dictadores, que se extiende por todos los países al sur de los Estados Unidos hasta mediados del siglo XX.
Escondiéndose y escribiendo a trompicones, en pequeñas hojas y en lugares de lo más inverosímil (conviene recordar que se había puesto precio a su cabeza y que tuvo que refugiarse en sitios diferentes, en los que permanecía hasta que la prudencia aconsejaba cambiar de escondite), este maravilloso Canto general se presenta como una crónica emocionada y burbujeante que admite muy pocos parangones en la poesía hispana. Un auténtico monumento. Discutible desde el punto de vista del “contenido” (tendrá defensores y detractores: desde eruditos hasta fanáticos), pero embriagador desde el punto de vista poético.

martes, 21 de julio de 2020

Los versos del capitán




He aquí un libro hermoso que, releído en la madurez, acrecienta su hermosura. Es mi impresión. Lo devoré con veinte años y me embriagó (aquellas imágenes, aquellas adjetivaciones, aquellos juegos sonoros, aquellos encabalgamientos espléndidos); ahora, con cincuenta y cuatro, le descubro la misma pasión interna, pero le añado la valoración estilística que, en mi juventud, sólo me llegó como alboroto y cascada, como fogonazo y trueno. Creo que Los versos del capitán es una obra trascendente e imperecedera (iba a escribir “inmortal”, y no me atrevo: es demasiado pronto para establecer ese juicio), porque ha sabido traducir la espontaneidad de los sentimientos y codificarla con un lenguaje lírico que cualquier lector puede sentir como suyo. No como emanado de sí (porque reconoce la excelencia del poeta y admite que lo supera en sus mecanismos verbales), pero sí como suyo en un plano emocional, cordial, íntimo: “esto” es lo que yo sentí en el puro instante del enamoramiento y “éstas” (ojalá) habrían sido las palabras mejores para decirlo.
Juvenil y maduro a la vez, el poemario nos muestra a un autor que busca en la amada a la pareja sexual, a la hermana, a la madre, a la amiga, a la compañera (sangres coordinadas, corazones simétricos, almas siamesas) y que es capaz de celebrarla con versos de una trabajadísima naturalidad, de un burbujeante fulgor. “La reina”, “Tu risa” o “El tigre” alcanzan un admirable nivel de belleza, que Pablo Neruda mezcla con nítidas remembranzas del Canto general (“Las vidas”) y con exploraciones telúricas (que a veces sorprenden por su simplicidad, pero que en otras ocasiones asombran por su elaboración).
Un volumen que provocará asombro y aplauso en todo tipo de públicos durante generaciones, porque el amor no pasa de moda. Y la mejor poesía amorosa, tampoco. Pablo Neruda fue, sin duda, un gigante en ese ámbito.

martes, 21 de abril de 2020

Anillos




En 1926, el chileno Pablo Neruda publicó, en colaboración con Tomás Lago, un singular librito al que aportó once prosas muy curiosas.
En “El otoño de las enredaderas” nos ofrece una variante juvenil del tópico latino tempus fugit, que redacta con estructura de epanadiplosis y que cierra con unas líneas musicales, innegablemente poemáticas (“Lo empuja el viento, lo apresura la lluvia, por los senderos del mar, lo empuja el viento, lo apresura la lluvia, y la estela de ese navío está sembrada de pájaros amarillos”).
En “Primavera en agosto” asistimos a una radiante explosión de luz, donde el poeta parece estar hablando, más que de su entorno, de su propio alborear, de su “alegría profunda, después de la ensimismada tristeza”. La lástima es que en su desarrollo ondeen más interjecciones de las aconsejadas por el buen gusto literario (“Ah primavera”, “Oh alegría”).
Y en “Atardecer” encontramos una abigarrada alegoría: el chileno nos invita a contemplar los fulgores desfallecientes de una jornada bajo el disfraz luminoso de un circo, de una “profunda carpa” atravesada por ráfagas de color. Allí nos muestra los “trapecios ardiendo”, la majestad negra de los caballos, la quietud de las amazonas, la rítmica alocución de los timbales, el cardíaco cruzar de los volatineros o la melancólica tristeza de unos “despaciosos payasos amarillos”; aparte, claro está, de las inevitables jaulas donde suena periódicamente el “rugido de los leones guardianes”.
Pero quizá los más interesantes sean los cuatro apuntes últimos (que el crítico Hernán Loyola estima que ya anticipan Residencia en la tierra): “Desaparición o muerte de un gato”, “T.L.”, “Tristeza” y “La querida del alférez”, donde de pronto se observa un tono más maduro, más cuajado, más innovador, casi entrando en la madurez expresiva del futuro premio Nobel.

viernes, 10 de abril de 2020

El habitante y su esperanza




Con este nombre bautizó Pablo Neruda un relato cuyos protagonistas son dos cuatreros y una mujer llamada Irene, esposa de uno y amante del otro. La lírica estructura de la narración y las digresiones paisajísticas y sentimentales que aquí se observan han provocado siempre una notable confusión entre algunos de sus exégetas, que han llegado a decir que la trama de la obra es “incoherente” (así lo dictaminó Fernando Alegría) o que resulta imposible encontrar en ella “un desarrollo realista” (Enrico Mario Santí). Verdaderamente, la pieza resulta poco usual, pero si se lee con atención es fácil descubrir el hilo argumental en el que se apoya.
No está ahí, desde luego, la parte más débil de la obra. Si en esa zona quisiéramos fijarnos, podríamos referirnos (y ahí creo que con más razón) a una cierta rigidez de la prosa nerudiana, a la inexistente pintura de algunos personajes nombrados (Andrés, José Silva) o a la pobreza inusitada de sus adjetivaciones (vaho blanco, pajareras altas, árboles largos, oscuridad negra, etc). Podríamos también aludir a la inesperada bilis tumultuosa que el poeta chileno destila en el prólogo contra los escritores consagrados de su país (“Los equilibrados imbéciles que forman parte de nuestra vida literaria”), contra el sistema social en su conjunto (“Soy hombre tranquilo, enemigo de leyes, gobiernos e instituciones establecidas. Tengo repulsión por el burgués”) y contra su propia obra, de la que se distancia cautelarmente (“He escrito este relato a petición de mi editor. No me interesa relatar cosa alguna”).
Pero también conviene señalar los aspectos más llamativos de la obra. Si tuviera que elegir, me quedaría sin dudarlo con el nebuloso modo de su conclusión (ya opinó una vez Jorge Luis Borges que la ambigüedad puede ser una riqueza) y con la brillantez de sus símiles y metáforas, que ya insinúan al Neruda futuro. Así, nos comunica que la rubicunda Irene está enriquecida por una “salud de piedra de arroyo” (II); que hay cuatro hermosos caballos que “descansan echados a la orilla del agua como los países en el mapa” (III); que las manos frías de una muerta estaban “ahuecadas como queriendo aprisionar humo” (VIII); o que las olas que se estrellan en la orilla forman en la arena un “anillo de humedad de culebra infinita” (XI). Son diamantes (nadie lo negará) engastados en una joya (yo tampoco lo negaré) de plata.

domingo, 16 de febrero de 2020

El hondero entusiasta




No fue el segundo libro publicado por Pablo Neruda, pero sí el segundo que redactó, tras haber concluido Crepusculario. Y aunque las influencias de otros autores (sobre todo, Carlos Sabat Ercasty) eran notorias, la voz del joven chileno se iba afianzando.
Si nos fijamos ya en el poema que abre el tomo (“Hago girar mis brazos”) veremos que es ciertamente notable, porque constituye una densa cartografía cordial del poeta. Son 85 ilustradores versos guiados por las luces del paralelismo, la anáfora y la repetición léxica de hondos matices negativos (sufro, dolor, noche, sed, viento), que sorprenden además por las durísimas adjetivaciones, marcadamente siniestras, que jalonan el texto (fuegos oscuros, largo sollozo, espanto erguido, país negro, llanto helado, noche enemiga, resaca invencible, esfuerzos baldíos). No hay duda posible: nos hallamos ante la marmórea radiografía espiritual de alguien que sufre y que vuelve tinta sus dolores como exorcismo.
Y si nos desplazamos hasta el colofón del poemario comprobaremos cómo dibuja premeditadamente un guiño para sus lectores con el poema titulado “Es cierto, amada mía” donde, entre efusiones impetuosas, manifiesta su deseo de acercarse a la mujer con voluntad genésica (“Y tú, en tu carne, encierras / las pupilas sedientas con que miraré cuando / estos ojos que tengo se me llenen de tierra”. De ahí al labriego salvaje que socava a su amada y “hace saltar al hijo del fondo de la tierra” (imagen con la que abriría su siguiente libro) hay un paso muy corto.
Todo el volumen es, salvados los escollos juveniles de rigor, la angustiosa búsqueda del adolescente que suplica el vislumbre de una luz o la atenuación de una condena en la que, paradójicamente, cumple funciones de reo y de carcelero (“Libértame de mí. Quiero salir de mi alma”). Tal vez así se explique mejor que Neruda se dirija a la mujer con desgarrados imperativos agónicos (no menos de sesenta se llegan a contar en el breve tomo: ansíame, agótame, dímelo, bésame, muérdeme, incéndiame…). El corazón de Neruda era un volcán que hervía ante la urgencia de la erupción, pero que aún se dispersaba en fumarolas y cráteres adventicios, que quedarían concentrados y resueltos en Veinte poemas de amor y una canción desesperada.

jueves, 16 de agosto de 2018

Odas elementales




Yo no creo que Pablo Neruda sea el mejor poeta sudamericano, ni el mejor poeta del siglo XX, ni otras fórmulas que he leído sobre él. El error, me parece, consiste en considerarlo “poeta” en sentido tradicional. Neruda es, más bien, una fuerza de la naturaleza, algo imposible de medir con instrumentos convencionales, un ciclón, un maremoto, un seísmo, una tormenta tropical. Neruda tiene ojos de demiurgo, dedos de alfar, imágenes que le chisporrotean en la mente y, quizá, con el permiso de Borges, las mejores adjetivaciones del idioma.
Esto se advierte también en sus Odas elementales, un proyecto de sencillez formal mentirosa donde burbujea un lirismo impactante y donde el escritor, alejado de los temas e imágenes más frecuentes, nos habla de cebollas, caldillos de congrio, molinos, fogoneros, tomates asesinados, barro, frascas de vino, castañas o panaderías. Es decir, otorga entidad lírica a todo lo mirado, demostrando que la poesía surge del ángulo de la contemplación, y no de la existencia de presuntos “temas” poéticos.
A través de un catálogo alfabético deslumbrante, que se inicia con el aire y acaba con el vino, el chileno nos propone su lección de optimismo (“No sufras / porque ganaremos, / ganaremos nosotros, / los más sencillos, / ganaremos, / aunque tú no lo creas, / ganaremos”) y nos explica la condición vital de sus composiciones, extraídas de la contemplación de su entorno (“Mis poemas / no han comido poemas, / devoran / apasionados acontecimientos, / se nutren de intemperie, / extraen alimento / de la tierra y los hombres”). Además, desafía a la pobreza, negándose a que siga extendiendo sus garfios entre los seres humanos; desafía al mar, al que amenaza con arrebatarle los alimentos por la fuerza; o desafía a la tristeza, negándole el paso a su casa. Y, por supuesto, nos deja sus versos de amor, tan bellos como inmortales (“Mis ojos se han gastado en tu hermosura, / pero tú eres mis ojos”).
Al cerrar el volumen te sientes invadido por una ola que contiene gotas de vigor, optimismo, felicidad, pureza y hermosura; y sabes que Pablo Neruda te sigue embriagando, como te embriagó a los veinte años; te sigue gustando, como te gustó a los treinta años; te sigue convenciendo, como te convenció a los cuarenta años.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Crepusculario



Crepusculario es sustancialmente una obra de Neruda, pero aún no lo es del todo accidentalmente. Uso esta terminología aristotélica para significar que el espíritu del volumen ya nos muestra a un escritor potente, a un zahorí de bellezas; pero que la forma en que traduce ese huracán íntimo es todavía imperfecta. Neruda ha buceado poderosamente por el océano de los libros y, al emerger, su piel está húmeda de influencias y salina de plagios. Pero esta actitud no es en modo alguno vituperable, ni motivo de burla. Todo escritor joven nace de una superposición de adherencias y busca con su ayuda su propio sendero creativo.
Se percibe en casi todos los poemas de este volumen, como si una niebla los impregnase, que aquel chico oscuro, tímido y solitario no era feliz. ¿Simple prurito adolescente de significación? ¿Malditismo romántico llevado a su extremo? La martilleante insistencia del escritor parece avalar la sinceridad de su pena: “Estoy triste, pero siempre estoy triste” (Farewell); “Sé que la vida es triste” (Los jugadores); “Mordiendo solo todas mis tristezas” (Barrio sin luz); “Mi cuerpo triste” (Aquí estoy con mi pobre cuerpo); “Mi queja triste” (Tengo miedo); etc. Y las posteriores declaraciones autobiográficas del vate chileno confirmarían una y otra vez la autenticidad de esa desolación.
Inquieto, febril, casi arrebatado, Neruda indaga en múltiples direcciones: baraja moldes estróficos diferentes (cuartetos, sonetos, romances); juega con una polimetría nerviosa (versos de 7, 8, 9, 11, 14, 16 sílabas); y hasta se permite ejercicios lujosos con la rima: bien decantándose por consonancias extremas (crepúsculo-corpúsculo-músculo); bien recurriendo a ironías semánticas (impolutas-putas). ¿Y a quién no seduce el precoz riesgo estrepitoso de sus encabalgamientos, el luminoso poder evocador de sus símiles (“Incontenible como un amanecer”), el lirismo desprejuiciado de sus metáforas, la belleza de sus adjetivos desplazados (“La angustia inmóvil del acero”) o el espesor de sus imágenes acumulativas (“Rodaban, ululando como tigres, los trenes”)? Es como si nada le bastase. O, mejor, como si pretendiera caminar todos los senderos para ver por cuál transita con más comodidad y con mejores resultados.

Una voz, que aún estaba desperezándose, había nacido.

lunes, 15 de mayo de 2017

Tentativa del hombre infinito



El exquisito sello Cátedra acaba de editar, con un espléndido trabajo de exégesis de Hernán Loyola, el juvenil texto poético Tentativa del hombre infinito, de Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, más conocido en el ámbito de las letras como Pablo Neruda. Este poco conocido volumen constituye, en la producción del chileno, una bisagra evidente entre su etapa simbolista y su etapa surrealista, como señaló hace años el estudioso Fernando Alegría.
Se trata de una obra realmente extraña, no demasiado extensa, llena de nervio, “sobrecogedora pero ininteligible” (en opinión de Saúl Yurkievich), y que tiene mucho de desbordamiento, de vómito existencial, de riada anímica. Flotan en ella candelabros, hogueras, hojas, crepúsculos, matorrales, proas, luces, campanas, amores, vientos, túneles, mareas, atardeceres, fotografías, besos, frutas, niños, metales, peces, trapos, panes, victrolas, luciérnagas y bosques. Es como si los mundos antiguos de Neruda (el mundo triste de Crepusculario, el mundo reordenador de El hondero entusiasta, el mundo erótico de Veinte poemas de amor y una canción desesperada) abdicasen de su estatus cósmico y se despeñaran por los taludes de una desgarradora pesadilla surreal, pórtico ya de las Residencias.
Como es lógico suponer, este vuelco conceptual ha de ir acompañado también de un giro drástico en la forma. No podía ser (casi nunca lo es) de otro modo: cuando rasgamos un naipe, ambas caras resultan destruidas. Consciente de que las revoluciones han de ser absolutas (o no son nada), el joven escritor decide desautorizar los preceptos caducos de la ortodoxia: niega la puntuación, descree de las mayúsculas y cancela el rigor militar de la sintaxis castellana, logrando lo que Enrico Mario Santí definió en su momento como “suite visionaria”, donde los vocablos nocturnos se convierten en los grandes protagonistas (sueño, luna, dormir, estrella, sombra, etc. “Noche” aparece en 26 ocasiones). Como es lógico, los lectores quedan a menudo desconcertantes, sobre todo sabiendo que es la obra que publicó Neruda tras sus transparentes Veinte poemas de amor y una canción desesperada.
Neruda comprende que el ático de los sueños está ahí, esperando ser visitado y descrito con palabras (desconcertadas, o nebulosas, o balbucientes, pero palabras); y asume ese reto con el empuje y la confianza que sólo un muchacho lleno de ilusiones podía desplegar. Haciendo anatomía de sus propias entrañas, Neruda se muestra desnudo al sol de la poesía y nos entrega unas páginas tan difíciles como confesionales.
Aparecen en las páginas del libro, flotando como nenúfares sobre un magma de color oscuro, asombrosos juegos visuales o táctiles (“la sonrisa se extiende como una mariposa en su rostro”, “el aire estaba frío en tu corazón como en una campana”, “amanecía débilmente como un color de violín”, “amanecen los puertos como herraduras abandonadas”, etc). Pero resulta evidente que en sus líneas generales nos encontramos ante una obra difícil, casi críptica, donde las pesadillas, las imágenes turbulentas y las adjetivaciones extrañas parecen dejar óxido en la lengua de los lectores.  Quizá por eso el crítico Alberto Cousté pudo afirmar que Tentativa es “acaso el menos leído de los libros de Neruda, y sin duda el que menos comentarios ha merecido de sus exégetas”.
Con esta edición de Cátedra, es posible que comience a entenderse mejor esta obra juvenil del premio Nobel chileno.

domingo, 8 de noviembre de 2015

Cartas de amor



Explicaba en una de sus páginas memorables Francisco Umbral que del genio se aprovechan hasta las migajas. Y en el caso del chileno Pablo Neruda (como en el caso del también chileno Roberto Bolaño), este aserto adquiere la condición más exacta, porque no dejan de aparecer en las mesas de novedades de las librerías volúmenes con sus inéditos, sus cartas o sus borradores. Lo cual resulta, para sus fieles, una fontana de impagable felicidad. Ahora es el prestigioso sello Cátedra el que, en edición de Gabriele Morelli, nos ofrece las Cartas de amor del premio Nobel de Literatura del año 1971.
El volumen se abre con 33 cartas más anecdóticas que valiosas (20 enviadas a Laura y 13 dirigidas a Terusa), pero luego comienza a llenarse de informaciones interesantes con los envíos a Albertina Rosa Azócar. En esta sección, que se extiende más allá del centenar de misivas, le dice que recuerda y añora cada porción de ella, desde la frente hasta las uñas de los pies, y que sufre de nostalgia (“Todo, todo me hace falta hasta la angustia, como tú nunca, nunca podrás comprenderlo”, p.129); le dedica párrafos donde poesía y humor van de la mano (“Me gusta la palabra manzana. MANZANA. Si tengo alguna hija se llamará manzana, sin duda”, p.148); le traslada su sensación de soledad por vivir en Temuco (“Por qué mi madre me parió entre estas piedras?”, p.150); y, al final, le va mostrando su decepción gradual por la manera forzosa, breve y huérfana de pasión con la que ella responde a sus mensajes. Después aparece un pequeño bloque de 6 cartas, extrañamente espaciadas, dirigidas a la argentina Delia del Carril (con la que contrajo matrimonio en 1943 y a la que designa con el gracioso apodo de Hormiguita). Y, por fin, un total de 47 comunicaciones con Matilde Urrutia, su Patoja, con la que habla de caracolas, viajes, mares, coches estropeados, amaneceres, contratos editoriales, flores y medicamentos.
El panorama parece, desde luego, completo, porque toda la viveza lírica que palpita en los versos del autor de Veinte poemas de amor y una canción desesperada está latiendo en estas páginas epistolares. Pero una sorpresa impactante aguarda a los lectores de Pablo Neruda entre las páginas 65 y 72 del estudio preliminar, donde el profesor Morelli explica la existencia de un amor desconocido del vate chileno: la jovencísima y escultural Alicia, sobrina de Matilde Urrutia. Al parecer, la propia Matilde los encontró a ambos metidos en la cama, lo cual desmonta la posible interpretación platónica de su vínculo. ¿Y dónde están los “cientos de cartas” (sic) que el sexagenario Neruda le envió a esta muchacha? Misterio. Alicia ha procurado siempre refugiarse “en un obstinado silencio: no ha querido que nadie recordara su historia sentimental con Pablo ni que leyera sus palabras de amor. Escondiéndose en un anonimato sigiloso, ha querido custodiar solo para sí misma la íntima experiencia que vivió con el anciano poeta” (p.69). Solamente nos queda la esperanza de que dentro de un tiempo (ojalá no demasiado) estos papeles eróticos últimos se encuentren a disposiciones de sus admiradores, si así es la voluntad de su receptora.

Un tomo, por tanto, para adentrarse en el alma de Pablo Neruda y para recorrer de su mano la historia de su vida sentimental. Todo un lujo.