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domingo, 22 de noviembre de 2020

El vuelo de la paloma

 


Pocas zonas podrían señalarse en el mundo más conflictivas y enrevesadas (ideológica, militar y religiosamente) que Oriente Medio: un hervidero de credos, agravios históricos, venganzas sucesivas, matanzas, negociaciones interminables, traiciones y relaciones cambiantes entre grupos y facciones, que pasan de la alianza al odio en cuestiones de días o semanas. El escritor y antiguo diplomático canadiense Ian Thomas Shaw ha tenido el coraje (incluso cabría decir que la intrepidez) de sumergirse en ese mundo caliente, inestable y turbio, que tan bien conoce, para entregarnos una novela titulada El vuelo de la paloma, que ha traducido Aurora Carrillo para el sello Dokusou.

Allí nos encontramos con el veterano periodista francés Marc Taragon (aunque su apellido real es “Tarragona”, pues sus padres eran catalanes), que maniobra para conseguir un proyecto de paz para la convulsa zona; con Marie Boivin (una astuta periodista que se aproxima a Taragon, no solamente atraída por su fama sino porque espera extraer de él una información importantísima); con Hoda, un viejo amor de Marc que floreció en sus primeros tiempos de estancia en Beirut; o con Evan, que visita con demasiada frecuencia la embajada de Australia, lo que provoca las sospechas del joven Marc… Unidos a ellos, una espesa telaraña de suníes, kurdos, palestinos, alauíes, drusos, chiítas, judíos, sirios, maronitas, continuos controles de carretera, agentes del Mosad, aeropuertos con socavones provocados por los bombardeos, guardias malencarados que disparan o chantajean o violan con absoluta impunidad, ruinas humeantes, operaciones de espionaje y contraespionaje, críticas a la política norteamericana y constantes menciones a topónimos (Gaza, Tel Aviv, Líbano) que durante años han salpicado periódicos e informativos de televisión.

Una novela que, para ser disfrutada en profundidad, requiere que los lectores conozcan las líneas básicas del conflicto y los nombres de algunos de sus actores principales (Arafat, Walid Jumblatt, Kissinger). De lo contrario, es probable que hacia la página 70 no tengan más remedio que rendirse.

miércoles, 8 de febrero de 2012

El plan maestro




Casi todo el mundo conoce las monstruosas atrocidades que los nazis infligieron durante aquel inicuo régimen llamado Tercer Reich: la masacre de millones de personas en los campos de concentración, el desdén homicida con el que vulneraron fronteras e invadieron países, el racismo criminal que desplegaron sin encontrar apenas resistencia... Pero ya no son tantos los que saben que para sustentar "científicamente" aquel reino de horror llegó a constituirse un instituto de investigaciones raciales: la Ahnenerbe, fundada por Heinrich Himmler en 1935.
Ahora, la investigadora Heather Pringle, en un certero y documentadísimo trabajo que lleva por título El plan maestro (Arqueología fantástica al servicio del régimen nazi) y que publica contundentemente Random House Mondadori con su sello Debate, analiza todas las insensateces, demencias, fraudes y crímenes que se cometieron por parte de los responsables de aquella institución, que comenzó de un modo más o menos idílico (buscaban restos arqueológicos que demostraran que los primitivos arios habían sido los fundadores de casi todas las culturas notables del mundo: desde la casta sacerdotal de los brahmanes o los jefes mongoles hasta los samurais de Japón, y para ello organizaron expediciones a Libia, Irán, el Tíbet, las islas Canarias, Islandia, Sudamérica y otros lugares); que derivó hacia el puro latrocinio (ellos fueron los asesores que determinaban, sin vacilación, qué piezas artísticas o arqueológicas debían ser expoliadas en los museos de todos los países que habían sido invadidos); y que acabó del modo más espantoso y más indigno: colaborando con sus conocimientos médicos en la tortura y el exterminio de los judíos, a quienes se les cercenaba la cabeza para formar colecciones de cráneos que se pudieran estudiar y exhibir en las universidades del Reich.
La investigadora Heather Pringle, sabiendo que son muchos quienes aún se niegan a aceptar la evidencia del horror nazi, no habla nunca basándose en suposiciones. Al contrario, respalda cada afirmación con un documento; cada acusación, con un informe firmado por Himmler, Ernst Schäffer, Bruno Beger o cualquier otro implicado; cada monstruosidad, con un dato histórico o fotográfico irrebatible. El libro es, pues, horrendamente exacto, horrendamente cierto. Y nos instala de lleno en la incomprensible frialdad con la que aquellos engendros torturaron, mutilaron, humillaron, robaron, violaron y asesinaron a todos los que consideraban inferiores.
Las fronteras morales pueden quedar vulneradas por muchas personas, eso es evidente. Pero la gran incógnita (con la que Heather Pringle cierra este valioso trabajo) radica en preguntarse por qué unas personas cultas, inteligentes y dotadas de sentido común, fueron capaces de abocarse de una forma tan criminal y tan descerebrada por el terraplén del horror. Seguimos sin conocer la respuesta para esa interrogación.