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martes, 12 de marzo de 2024

Una estrella

 


Es difícil saber cuántos dolores (y qué hondos) afligen a la persona que tenemos delante. Y esa dificultad puede conducirnos al error de etiquetarla, sin más base que la sospecha, la “lógica” o los prejuicios. Estrella Torres, una atractiva joven pelirroja, se encuentra en la barra de un bar bastante hediondo, casi al filo de la medianoche. Está tomando notas en un cuaderno y le formula varias preguntas al camarero quien, suspicaz, no sabe qué actitud mantener con ella. ¿Será una policía? ¿Una periodista? ¿Alguien que busca problemas? Para tranquilizarlo, la muchacha le explica que está escribiendo una novela y que quiere conocer a los jugadores de póker que se encuentran en la parte de atrás, como parte de su proceso de documentación. Es una demanda extraña, en verdad, pero al menos no incurre en lo inquietante.

Todo cambiará cuando entre en el local un borracho que responde al nombre de Juan Domínguez, quien la reconoce como la hija de su buen y fallecido amigo Rafael Torres, otro bebedor y jugador irredento. En ese punto, las máscaras caen al suelo y comprendemos que Estrella ha acudido a ese tugurio infecto para exorcizar los demonios que calcinaron su infancia y la de su madre, por culpa de un ludópata que jamás las trató de forma cariñosa, ni las protegió, ni les sirvió de ayuda. Todos los insultos, todas las recriminaciones, todos los gritos que no pudo lanzar su padre a la cara podrá ahora verterlos sobre Juan, quien padece a su vez el desprecio de una hija que no quiere verlo. Dos seres heridos que, de una forma cenagosa, se atraen y se repelen, se odian y se necesitan. Se complementan.

Otra fructífera excursión de Paloma Pedrero por las zonas más oscuras del alma humana, que a través del diálogo (sofocante, lleno de bilis y antiguas heridas) nos golpea con brutal eficacia.

sábado, 24 de febrero de 2024

El color de agosto

 


Fantasmas, errores, cuentas pendientes, exabruptos que se quedaron atorados en la garganta, recriminaciones mudas, miradas asesinas, reproches, odios… Todos disponemos, en nuestro interior, de un baúl atiborrado de estas emociones, a las que no dimos salida en su momento y que fermentan y pueden llegar a pudrirnos. El tamaño y la acrimonia son variables, pero su existencia misma es innegable.

Paloma Pedrero, dramaturga por cuyas obras me he paseado ya varias veces (le profeso una amplia admiración), nos presenta en El color de agosto a dos mujeres que estuvieron muy vinculadas en el pasado y que ahora, tras ocho años de agria separación, vuelven a encontrarse. María es, en la actualidad, una exitosa artista plástica, que vende sus cuadros por auténticos dinerales. Dispone de un estudio amplio y luminoso, de una vivienda lujosa y de una cartera de clientes que se disputan sus obras. Laura, que fue su inspiradora y su maestra, no ha tenido ni la mitad de su suerte, y vive casi en la pobreza. A causa del azar (María busca una chica que pose para ella y le muestran una imagen de Laura), se produce el reencuentro. Pero hay demasiada acidez acumulada en el espíritu de las dos, y el choque de trenes resulta inevitable.

Rápida en sus diálogos, profunda en sus pinceladas psicológicas y certera a la hora de deslizar insinuaciones emocionales, Paloma Pedrero nos regala una pieza corta, contundente, amarga, en la que descubrimos todos los laberintos que sus dos protagonistas cobijan o esconden. Y donde también descubrimos que cada uno de nosotros (cada una de nosotras) podríamos ser Laura.

Vertiginosa, profunda y espléndida.

sábado, 18 de marzo de 2023

Ana el once de marzo

 


Ana, Ana y Ana.

Ana se encuentra en una residencia para mayores, a la cual ha llegado la noticia del brutal atentado de la estación de Atocha. Ella sabe que su hijo Ángel utiliza diariamente ese servicio ferroviario, pero ignora si se encontraba a bordo de alguno de los vagones afectados. Hoy, además, se cumplen cuarenta años del día en que su marido, abandonado por la amante de turno, la dejó embarazada.

Ana, con la angustia pintada en el rostro y la tensión agarrotando sus músculos, espera noticias sobre Ángel, su esposo. Las autoridades le han entregado una bolsa de plástico con su chaqueta y le han pedido que tenga paciencia y aguarde novedades. Apenas tiene fuerzas para llorar. Su matrimonio está afectado por algunas grietas (sabe que Ángel se ve con una amante), pero ella continúa muy enamorada. En la bolsa suenan constantemente los mensajes que inundan el móvil de Ángel: debe de ser la otra, preocupada.

Ana, sin poder preguntar de forma directa por Ángel (no es familia), se desahoga enviando mensajes de voz a su móvil. Qué podría hacer, si no. Está inquieta y teme que la esposa legítima pueda escuchar esas comunicaciones, pero no acierta a descubrir otro modo de saber de él. La noche anterior se separaron enfadados y pretende que vuelvan a verse, para que un abrazo borre las lágrimas.

Tres mujeres de nombre idéntico, alrededor de un ángel de barro. Y Paloma Pedrero, dramaturga excelsa, logrando que la suma de sus voces construya una sinfonía triste, intensa, arácnida, por la que nos sentimos atrapados. Mujeres que aman y no son amadas con la misma nobleza; mujeres que suplican y no son escuchadas; mujeres que lloran en silencio.

Todas las mujeres, la mujer.

martes, 28 de febrero de 2023

En la otra habitación

 


Una madre y una hija, frente a frente. Son (y se saben) muy distintas. La madre, Paula, es una mujer que ha saltado los cuarenta, es profesora de Arte Dramático y sigue siendo muy atractiva. La hija, Amanda, tiene exceso de peso, viste de una forma desaliñada y exhibe la hurañía de quien no es feliz, porque se minusvalora. Existen entre ellas viejas cuentas sin resolver, que la situación dramática de En la otra habitación pone de manifiesto desde sus primeras páginas: cuando Paula le confiesa a su hija que está esperando a un amante (el primero con el que piensa engañar a su esposo), Amanda mostrará su rechazo, su perplejidad y su ira, que se acrecienta cuando se entera de la identidad del chico: un alumno de tercero de Dirección. ¿Cómo es posible que su madre esté dispuesta a arriesgar la estabilidad de su matrimonio… por un gilipollas (es el sustantivo que la joven emplea)? En el diálogo, tenso, cortante, ofensivo, que se desarrolla entre ellas descubriremos los traumas de infancia de Amanda, su actual bulimia, el desprecio que siente por esos hombres que no ven más allá de lo físico; y también descubriremos cómo Paula ha ido tramando su relación con Mario, cómo se ha ido endureciendo desde el punto de vista personal y profesional para alcanzar el éxito en un mundo de hombres dominantes… Y en medio, como una bisagra, la presencia de Mario, que las vincula de un modo mucho más directo de lo que Paula podía imaginar al principio de la conversación.

Paloma Pedrero consigue, no solamente dibujar a la perfección dos maneras de enfrentarse a la existencia, sino dos temperamentos que, nutridos por la misma sangre, pero distintos (y distantes) en todo lo demás, se ven abocados al choque.

Absorbente y desasosegante.

sábado, 18 de febrero de 2023

Los ojos de la noche

 


A veces, cuando la desesperación alcanza su máxima altura dentro de nosotros y las lágrimas son tan abundantes y espesas que ni siquiera se deslizan por nuestra cara, elegimos un sendero turbulento o irreversible en el que adentrarnos; un camino que, a pesar de su condición ríspida, se nos figura el único viable. En esos instantes, nada tienen que decir el cerebro, la sensatez o la cordura, porque es el desgarro el que se apropia de la voluntad, es la desesperación la que enarbola sus banderas.

Una mujer madura y con buena posición económica, infeliz en su matrimonio y huérfana de afectos, ha decidido contratar a un muchacho ciego y se lo ha llevado a la habitación de un hotel. No busca la animalidad primaria del sexo, no quiere deslizarse por el grotesco tobogán del engaño. Quiere algo más: ser escuchada. Que un ser sin ojos, pero con oídos, se convierta en el recipiente sobre el que verter su frustración, su soledad, su desconcierto. Pero la ceremonia no va a celebrarse del modo en que ella previó, porque el muchacho, refractario a su condición pasiva o ancilar, le formulará preguntas, la obligará a explicarse, la observará. Así que el aterrador propósito que ella acariciaba en secreto para el final del día (y que descubrimos en las páginas postreras) sufrirá una mutación imprevista.

Dueña de una capacidad casi hipnótica para introducirse en el alma de sus personajes y desnudarlos ante nosotros (y ante sí mismos), la dramaturga madrileña Paloma Pedrero nos ofrece en esta intensa pieza una dura reflexión sobre el modo triste (y quizá inexorable) en que las ilusiones se marchitan y nos dejan como único regalo su niebla pegajosa. La mujer (quien simbólicamente se llama Lucía) ya no disfruta de un cuerpo terso y juvenil; y ha perdido, además, toda lujuria con respecto a su esposo, figura que adopta líneas de paisaje. Pero el muchacho (quien simbólicamente se llama Ángel) es capaz de atravesarla con sus ojos vacíos y revelarle pliegues escondidos y emociones larvadas que ella, sin saberlo, portaba en el alma. Es difícil escenificar con más brillantez el encuentro (combate y caricia) entre dos corazones.

Paloma Pedrero, siempre lúcida y memorable.

domingo, 12 de febrero de 2023

En el túnel un pájaro

 


Enrique Urdiales, un autor dramático de éxito que ahora se encuentra en una residencia de ancianos aquejado por un cáncer terminal, recibe la noticia de que su hermana Ambrosia (de la que no ha sabido nada desde que los separaron en la primerísima infancia) ha logrado dar con él a través de un programa televisivo y pretende el reencuentro. Furibundo, desconfiado y huraño, se niega al principio a mantener ese contacto, pero cuando finalmente sucumbe a la reunión descubre que entre ambos se ha establecido una extraña corriente íntima que los vincula. La sigue llamando “vieja” y fingiéndose loco, porque su orgullo es tan grande como su susceptibilidad, aunque comprende que la necesita a su lado; sobre todo, desde que ha decidido incluirla en la última obra teatral que quiere componer, antes de que la muerte lo neutralice. Margarita, la enfermera que cuida de él, le sugiere el título de En el túnel un pájaro, habida cuenta del amor que siempre ha sentido Enrique Urdiales por la figura de san Juan de la Cruz, el gran pájaro solitario. El problema es que no logra escribir el acto final que le dé sentido a la tragedia. Lo encontrará, no obstante, cuando Ambrosia llegue un día con un frasquito de licor muy especial y con unas palabras que susurra en el oído de Enrique: “Ahora se te pasará todo, todo lo malo. Lo he preparado yo para ti”. Luego, abrazándolo, dejará que él se duerma para siempre. Que vuele alto. Como el pájaro solitario.

Reflexión impresionante sobre la vejez, la decrepitud, la consunción, el dolor y la muerte, esta pieza de Paloma Pedrero (Madrid, 1957) mezcla con extrema eficacia el humor y la crueldad, el sexo y el sarcasmo, la compasión y la esperanza, y nos enfrenta con uno de los temas más duros de afrontar para el espíritu humano: la eutanasia por amor.

domingo, 3 de mayo de 2020

El pasamanos




Segundo Bueno es un viejo frutero retirado que, con las piernas destrozadas por la enfermedad, no puede salir de casa por un motivo tan trivial como marmóreo: su casera no accede a poner una simple barandilla, un pasamanos, que le permita bajar a la calle a pasear con su mujer, echar pan a las palomas o tomar un café en el bar de la esquina. Durante años ha insistido ante su casera con ruegos y papeles judiciales; pero viendo que no hay forma de doblegar su terquedad rácana decide recurrir a un programa de televisión, que se haga eco de su estado. Lo que el pobre hombre ignora es que la mecánica lacrimógena del mismo comenzará a presionar para que él adopte una pose mendicante, que el digno jubilado no está dispuesto a secundar.
Pero el lector se lleva también algunas sorpresas adicionales conforme avanza por la obra, porque descubre que los motivos que impulsan a Segundo Bueno para atrincherarse en su ortodoxia no son tan cristalinos como se pudiera pensar en las primeras páginas. Y es que todos escondemos miedos, salivas tragadas y frustraciones, que no siempre resulta sencillo asumir.
Con esta pieza dramática, la madrileña Paloma Pedrero explora y disecciona a la perfección los límites, siempre tan tenues y tan peligrosos, que separan la justicia de la caridad, la honradez del chantaje y la honestidad del miedo, hasta componer una obra teatral que define perfectamente el mundo de hoy en día.

martes, 7 de abril de 2020

Cachorros de negro mirar




Pablo tiene diecisiete años y vive en una buena casa burguesa, con unos padres de izquierdas que le pusieron su nombre en homenaje al fundador del PSOE. Pero él, aturdido por su juventud y por la verborrea extremista que despliega “Surcos” (otro joven de veintidós años que actúa como su instructor), se ha convertido en un prefascista que dice odiar el desorden, ama la bandera y la patria y se muestra dispuesto a enfrentarse, incluso físicamente, con quienes pertenezcan a cualquier minoría que le parezca despreciable. En ese mundo brutal y primario, Pablo ha sido rebautizado como “Cachorro”.
Cuando se inicia la acción nos encontramos a ambos jóvenes en la casa de los padres de Pablo, que se encuentran fuera. Es agosto, la temperatura es alta, beben alcohol y están aburridos: mala mezcla. Surcos, para combatir el tedio y lograr que Cachorro se vaya habituando a sus métodos violentos, ha tenido una idea de lo más desagradable: contratar por teléfono los servicios de un travesti para divertirse a su costa. Pronto, la idea de divertirse degenerará en el proyecto de darle una paliza; después, Surcos habla incluso de castrarlo con un machete que lleva siempre encima. Cachorro, sumiso al principio, irá poco a poco sintiéndose más inquieto con los planes de su compañero, pero no sabe bien cómo frenarlo.
Ésta es la angustiosa situación que Paloma Pedrero urde en Cachorros de negro mirar, una inquietante pieza teatral donde los nervios del lector son puestos a prueba con diálogos tensos, ideas desagradables y abruptos brotes de violencia que rozan la psicosis y que se resuelven en un final desasosegante.
Siempre es un enriquecimiento leer a esta dramaturga madrileña.

martes, 24 de octubre de 2017

La llamada de Lauren...



Pedro tiene unos treinta años. Trabaja como administrativo e imparte clases, porque necesita un dinero extra para mantener el hogar que comparte con Rosa. Pero, a pesar de todas las apariencias de normalidad con las que intenta moverse por el mundo, no ha terminado aún de comprender (o de aceptar) quién es. Tras varios años de relación con su pareja, y aprovechando que es día de carnaval, ha decidido dar rienda suelta a un viejo deseo que le palpita en lo más íntimo de su ser: se coloca un sujetador con relleno, se apropia de unas bragas ajenas, se calza unos zapatos de tacón vertiginoso y comienza a contonearse al son de la música. Cuando Rosa entra en casa, él perfecciona su operación de travestismo pidiéndole que se coloque un traje masculino, se ponga un bigote, trate de impostar la voz y “la” seduzca como lo haría Humphrey Bogart. Pedro, obviamente, es la felina Lauren Bacall.
Al principio, la mujer se avendrá a este juego, pero pronto comienza a inquietarse: Pedro se está comportando de una forma demasiado agresiva, demasiado extraña, demasiado turbadora. ¿Qué se esconde detrás de su actitud? Cuando él comience a desgranar ante la mujer algunos de los episodios de su infancia, ella comprenderá más nítidamente a qué situación se enfrenta.
Esta breve pieza de Paloma Pedrero nos adentra en el mundo de los deseos ocultos o reprimidos, en la trastienda anímica que muchas personas esconden o sobrellevan. Y lo hace con una delicadeza fiereza, con una cruda ternura, que se resuelve en la significativa escena final.

Eficaz, como siempre, la dramaturga madrileña consigue colocar ante nuestros ojos una situación tan incómoda como necesaria. Un espejo oscuro en el que muchos rostros se mirarán con desasosiego.