martes, 6 de octubre de 2026

Una niña está perdida en el siglo XX

 


Marius está huyendo. No sabemos de qué o de quién. Simplemente, está huyendo. Atraviesa la ciudad con tensión y prisa. Y de pronto se encuentra con Hanna, una niña de 14 años que porta una caja y que está buscando a su padre, a quien se supone en Berlín. Lo que la caja contiene son las fichas pedagógicas que pueden ayudarla en su educación, porque Hanna tiene trisomía 21 (síndrome de Down). Incomprensiblemente, Marius se arroga la misión de ayudarla, y en su búsqueda comienzan a encontrarse con todo tipo de personaje estrafalarios o simbólicos: Josef Berman (un fotógrafo que ha logrado reunir desasosegantes y asombrosas colecciones de imágenes, tanto de animales como de personas con discapacidad); Fried Stamm (quien, junto a sus hermanos, repartidos por toda Europa, llenan las ciudades de carteles para lograr la “desactivación de los hábitos mentales”); Moebius y Raffaela (dueños de un hotel cuyas habitaciones no tienen número sino nombres de campos de concentración nazis); Terezin (un anciano judío que escucha de manera obsesiva la música que lo acompañó mientras estuvo preso); Vitrius (un anticuario que vive en la cuarta planta de un edificio en ruinas, a la que se accede por una escalera que pende sobre el vacío y que completa un listado de números que inició un antepasado suyo); Agam (un miniaturista inquietante, capaz de reducir a un espacio infinitesimal un mensaje o el plano de una ciudad)…

Y a estos personajes cargados de simbolismo se les unen algunas escenas no menos perturbadoras, que el lector recorre con la piel erizada. El primer ejemplo podría ser el instante en que Marius y Hanna tienen que llegar, a oscuras, a su habitación, avanzando a tientas por los pasillos de un hotel. El segundo (hay un buen surtido de ellos, que no querría desbaratar con mi reseña), la secuencia final de la novela, en la que ambos son absorbidos por una multitud que grita de forma caótica y virulenta.

Una niña está perdida en el siglo XX nos propone un mundo de enigmas y de claves que es necesario interpretar y que se convierten en un código sofocante, poliédrico, revelador. Franz Kafka, Heinrich Böll y Bertolt Brecht se dan la mano en sus páginas.

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