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domingo, 23 de octubre de 2022

El triciclo

 


En su obra El triciclo (que leí en 1987, mientras estudiaba en la universidad de Murcia, y que releo treinta y cinco años después), el melillense Fernando Arrabal ejecuta un asesinato sin malicia, justificado por la vital necesidad que tienen los pobres protagonistas de mantener a toda costa su vehículo. “El hombre de los billetes”, exterior a su candoroso reducto, va a ser la víctima que los va a salvar de la ruina con su inmolación. “Los policías”, igualmente exteriores, serán la mano que los condene y ejecute, la mano que simboliza a una sociedad más vasta, más cruel y más injusta. ¿Por qué todos los elementos represores actúan así contra ellos? “Porque pueden”, sentencia Apal, un personaje que solamente duerme, tal vez hastiado de conocer a la perfección los mecanismos del engranaje. En esas dos palabras se esconde una crítica ronca, desangelada y abatida. “Nos quitarán el triciclo”, podría servir como resumen brutal de la pieza, la asunción dolorida de que les van a arrebatar su modo de subsistencia, su ilusionado mundo.

Cuántas cosas dice Arrabal en pocas páginas.

Cuánta madurez fatigada, escondida bajo un argumento con toques infantiles.

Tengo que seguir explorando sus obras.

miércoles, 8 de septiembre de 2021

Carta a José María Aznar


En el suelo, junto al contenedor de papel que hay cerca de mi casa, encontré hace un par de días el libro Carta a José María Aznar, de Fernando Arrabal (Espasa-Calpe, 1994). Y tuve la curiosidad de llevármelo y leerlo; más que nada, porque nunca he ocultado mi admiración por varias de las piezas dramáticas del autor de Melilla. Aquí, por desgracia, lo veo convertido en monaguillo vergonzoso de un futurible, al que no duda en pedirle una actuación basada en la mano firme (“Los ciudadanos ya no quieren ilusionarse con utopías. Las éticas generadoras de estas quimeras basadas en la convicción suelen degenerar en atropellos y corrupciones”) y en el pragmatismo (“Los poetas podemos y debemos soñar. Un hombre de Estado que sueñe a la hora de gobernar debería ser condenado a perder sus derechos políticos ad vitam aeternam”).

Arrabal dedica después una amplia colección de páginas a mostrar su desacuerdo con las políticas que se basan en la decisión mayoritaria de los ciudadanos (“La voz del pueblo no es la voz de Dios”), porque le parece que pueden convertirse en peligrosas (“La mayoría no puede imponer a la minoría la violación de la moral”). Supongo que ese conjunto de ideas haría que la obra fuese Cara a José María Aznar (por jugar con el título y quitarle hierro al asunto).

Podría copiar aquí otras citas del libro, pero me parecen demasiado lastimosas (y quizá demasiado injustas). Tengo muchos libros de Arrabal, y probablemente lo seguiré leyendo en el futuro, pero de esta obra me voy a olvidar rapidísimo. A mí no me ha parecido un trabajo valioso, ni literaria ni políticamente. No entiendo cómo pudo firmarlo. Tampoco sé cómo se sintió Arrabal cuando, años después, su ídolo protagonizó actuaciones como la de la Guerra del Golfo. Tampoco sé si me interesa.

martes, 29 de junio de 2021

Pic-Nic

 


Desde que entré en la universidad, allá por 1985, habré leído veinte o veinticinco obras de Fernando Arrabal. Eso me convierte, creo, en un lector bastante asiduo del melillense, con el que en ocasiones me irrito por sus payasadas y al que a veces aplaudo puesto en pie. De todo hay en la viña del señor Arrabal. Hace unos días, una compañera de instituto me pidió que le prestase Pic-nic; y he aprovechado la coyuntura para releerla.

He vuelto a estar con Zapo en la trinchera, en una pausa del conflicto bélico en el que participa a su pesar (lo reclutaron sin que él tuviera conocimiento alguno de los motivos del combate); he vuelto a ver cómo sus padres, los señores Tepán, se acercan hasta él con todo lo necesario para organizar un pic-nic de domingo (la inevitable tortilla de patatas, los suculentos bocadillos de jamón, el vino tinto, la ensalada y los pasteles); he escuchado cómo Zapo no está demasiado seguro de haber matado a nadie durante los tiroteos en los que ha intervenido (“Es que disparo sin mirar”); he observado cómo Zepo, un atribulado enemigo que andaba por allí con más despiste que osadía, es capturado e incorporado a la merendola; he vuelto a leer la idea del señor Tepán acerca de parar la guerra para que todo el mundo puede volver a su vida pacífica y cotidiana (fruto de su brillante cacumen de “universitario y filatélico”); y he vuelto a estremecerme con el final horrendo, silencioso y apocalíptico de la obra.

Arrabal es genio y es niño. Bromea y sentencia. Convierte la lucidez cristalina del sentido común en arma revolucionaria y provocadora. Es el gato de Cheshire del teatro español del siglo XX. Sí, definitivamente creo que voy a retomar sus obras para irlas incorporando a mi blog. Es decir, para incorporar a mi blog al Rubén juvenil que las recorrió asombrado y las colocó en su mochila lectora para siempre.

viernes, 29 de mayo de 2020

Oración




En esta Oración de Fernando Arrabal nos encontramos con una pieza dramática tan breve como curiosa. Solamente dos personas aparecen en escena, y entre ellas se urden diálogos rápidos, reiterativos, bordeando los cauces de la simplicidad y de la ironía. El hombre se llama Fidio; la mujer, Lilbe. Juntos a ellos aparece la figura de un ataúd pequeño, que contiene el cadáver de un niño. Desde que la criatura está muerta, han decidido cambiar el rumbo de sus vidas y convertirse en personas buenas. Para lograrlo (será difícil), el varón ha decidido que ambos van a seguir al pie de la letra las instrucciones salvíficas que contiene la Biblia. Con una seriedad que no se sabe si es burlesca, Fidio le va resumiendo a Lilbe algunas de las historias que contiene la obra: la creación de los primeros seres humanos, el nacimiento de Jesús, la llegada de los Reyes Magos, la crucifixión… Ella, obnubilada y casi se diría que convencida, asiente. Sí, es necesario que sean buenos a partir de ahora.
Para ello, tendrán que dejar de mentir. Tendrán que dejar de acostarse juntos. Tendrán que dejar de matar (como han matado al niño que yace en el ataúd): total, la diversión siempre les dura tan poco… El lector, que ha asistido durante las primeras líneas a su diálogo sin saber muy bien si hablaban en serio o eran dos zumbones sacrílegos, siente que su piel se estremece. Y la saliva circula cada vez con más dificultad por la garganta, conforme van desgranando sus actos.
Fernando Arrabal vuelve a situarse con esta pieza en la zona donde más cómodo ha estado siempre: el ámbito de la provocación. (Y que conste que lo digo de una forma admirativa). Mezcla de ingenuidad y de iconoclastia, su texto admite casi todas las reacciones, menos una: la indiferencia.

lunes, 11 de mayo de 2020

Los dos verdugos




Se puede aceptar que el dramaturgo melillense Fernando Arrabal es un histrión muchas veces apayasado y que, a la vez, es uno de los creadores más fascinantes de la escena española de la segunda mitad del siglo XX. Yo estoy en la línea de aceptar ambas afirmaciones. Recuerdo que mi primera experiencia con su obra fue el acercamiento a Tormentos y delicias de la carne, y que aquellas páginas me parecieron diferentes, asombrosas y plausibles. Luego me sumergí en piezas como El cementerio de automóviles, El triciclo o El arquitecto y el emperador de Asiria, que he conservado con cariño en mi biblioteca durante muchísimo tiempo, y ante las cuales también me quité el sombrero como lector.
Hoy me acerco hasta la propuesta que tituló Los dos verdugos, tan breve como intensa, en la que nos enfrentamos a una venganza familiar nauseabunda: una mujer decide denunciar a su marido ante los dos verdugos que presiden la escena desde el inicio de la obra; y ellos, tras apresarlo, lo azotan y torturan fuera de escena hasta provocarle la muerte. Mientras, la sádica esposa mantiene una falsa cara de humildad y resignación ante sus dos hijos: uno, dócil y faldero, que se niega a creer que su madre sea culpable de la delación y que la defiende en todo momento; otro, enervado por la mansedumbre espuria de su progenitora, que no solamente ha perpetrado la denuncia con total sangre fría, sino que entra de vez en cuando en la sala de tortura para burlarse del marido, afearle su pasado e, incluso, verter vinagre y sal sobre sus heridas… Tras una serie de discusiones tensas, el hijo dócil y la madre embustera envolverán con su palabrería al hijo airado para que deponga su actitud, pida perdón a la madre y regeneren entre los tres el núcleo familiar, inaugurando un futuro distinto.
El interrogante que Fernando Arrabal nos deja en el cerebro no puede ser más nítido ni más perturbador: ¿quiénes son, realmente, “los dos verdugos”? ¿El par de profesionales silenciosos que se limitan a cumplir con su desagradable tarea; o la madre y el hijo que logran derrotar la queja compasiva del hijo rebelde?