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lunes, 22 de junio de 2026

Mañana nunca lo hablamos

 


Tras seis meses sin leer ningún libro del guatemalteco Eduardo Halfon vuelvo a uno de sus títulos: Mañana nunca lo hablamos, un eneaedro de historias donde se respira un continuo perfume autobiográfico, que tan grato y tan brillante se vuelve en su pluma: el niño que se interroga sobre lo que habría pasado si su padre, como le dice, se hubiera ahogado a su misma edad (“El baile de la marea”); el niño que acompaña a su tío, bombero voluntario, por los escenarios derruidos que un terremoto ha provocado en la ciudad (“Polvo”); el niño que vuelve a casa apesadumbrado, con una carta del colegio donde intuye malas noticias para él (“El poder de la euforia”); el niño enfermo, que sufre terribles dolores de cabeza y ha de ser hospitalizado (“Muerte de un cácher”); el niño que padece la llegada de unos militares, que invaden la casa donde su tío Salomón está a punto de leer el futuro en los restos de una taza (“El último café turco”); el niño que encuentra, con su hermano, unas revistas pornográficas y son descubiertos por su madre (“Mujeres buenas y mujeres malas”); o el niño que ve interrumpida la normalidad de su existencia cuando sus padres le explican que van a trasladarse a Miami, porque la atmósfera de su país resulta ya irrespirable y vuelan demasiadas balas (“Mañana nunca lo hablamos”).

Cada relato es una pequeña joya de delicada factura, con perfiles de acuarela, que nos entrega una arista anímica del autor. Creo que leer este libro es una magnífica idea. Les sugiero que lo hagan.

domingo, 16 de noviembre de 2025

Elocuencias de un tartamudo

 


Disfruto, como quien saborea una pequeña caja de bombones selectos, el libro Elocuencias de un tartamudo, de Eduardo Halfon. E insisto en mi idea de ir, poco a poco, leyendo todas sus obras: me encanta su forma de escribir.

Aquí, en este volumen publicado por Pre-Textos, nos encontramos con un bello ramillete de historias entrañables (“A veces Micaela”) o terribles (“Peligro de extinción”), donde se conserva en toda su pureza el aroma de la oralidad, y que fueron escuchadas por el narrador “en Guatemala, en México, en Iowa City, en La Habana, en La Rioja, en Ginebra” (p.12). Pero que nadie piense que esa oralidad se traduce en un estilo desgalichado o ramplón. El guatemalteco dota siempre de un brillo especial a sus páginas y se preocupa de que los adjetivos y los verbos fuljan con una gracia extrema (uno de los personajes “hablaba áspero, como roncando las palabras”, nos dice en la p.31). De tal manera que, seducidos por la maravilla de su escritura, vamos enterándonos de cómo el baile puede salvar una vida (“La pinta brava de un varón”), cómo existen árboles que necesitan ayuda e instrucciones para fructificar (“La serenidad del brujo”) o cómo ciertos profesores indignos, tras ser denunciados por acoso sexual, optan por poner fin a su respiración (“Siempre un pecho”).

Una exquisitez, vaya.

domingo, 26 de octubre de 2025

Un hijo cualquiera

 


Este es el cuarto libro que leo de Eduardo Halfon y, como me ocurrió tras reseñar el segundo, y el tercero, me formulo la misma pregunta: ¿por qué no lo leo con más frecuencia, si sus páginas me parecen magníficas? ¿Por qué no reseño un par de libros suyos al año, si los tengo en la estantería? Imagino que la única respuesta atinada es encogerse de hombros, porque igual me ocurre con Shakespeare, o con Stevenson, o con García Márquez. Los libros están ahí. Los autores están ahí. Y sabemos de algunos a los que volveremos y de otros a los que hemos despedido para siempre. Halfon volverá pronto a mi blog, con una quinta reseña; y luego con una sexta; y a saber hasta dónde. Lo admiro y soy consciente de que visitaré sus obras, tarde o temprano.

En Un hijo cualquiera he tenido la dicha de encontrarme con secuencias bellas y conmovedoras, con tristezas y reflexiones que han conseguido emocionarme o hacerme pensar, con frases que he subrayado en el libro con emoción y gratitud. He leído sobre la circuncisión de su hijo recién nacido (“Un pequeño corte”); sobre sus alergias, que comenzaron a manifestarse en la infancia (“Historia de mis agujas”); sobre el suicidio como horizonte nebuloso (“La puerta abierta”); sobre la pantorrilla femenina que embriagó su atención a los veintiocho años en la capital francesa (“Unos segundos en París”); sobre la muerte por sobredosis de una chica de su juventud (“Primer beso”); sobre el primer desastroso cigarrillo que tuvo la mala idea de fumarse a los trece años (“Gefilte fish”); sobre la tristeza de tener que proteger a su hijo durante la epidemia de 2020 (“Wounda”); o (debo detener en algún punto el resumen) sobre la iniciación musical clásica de ese hijo (“Domingos en Iowa”).

¿Mis secuencias preferidas? Sería difícil destacar alguna, porque el libro en su conjunto me parece excelente y egregio; pero quizá optaría por “La nutria verde” (una preciosidad, de contenido lirismo y de vigorosa ternura) y por “El último tigre” (en la que somos invitados a agacharnos y leer unas placas del suelo, tan sencillas como emotivas).

Definitivamente, no creo que acabe 2025 sin volver a visitar otro(s) libro(s) de Eduardo Halfon. Se lo merece. Me lo merezco.

martes, 17 de octubre de 2023

Movimiento perpetuo

 


Termino el libro Movimiento perpetuo, de Augusto Monterroso, y lo hago con una (¿cómo diríamos?) moderada sonrisa. He ido viendo cómo el autor nos sugería la conveniencia de elaborar una detallada antología sobre las moscas; nos hablaba de los seudónimos como disfraz literario tímido e imperfecto; dedicaba tres páginas de fervorosa admiración al argentino Jorge Luis Borges; acopiaba una irregular colección de palíndromos o nos detallaba las sorprendentes peripecias sufridas mientras intentaba desprenderse de medio millar de libros. El humor, sí. La condición miscelánea del volumen, también. Algunas frases que he subrayado con rotulador rojo (“Dios todavía no ha creado el mundo; sólo está imaginándolo, como entre sueños. Por eso el mundo es perfecto, pero confuso” / “Hoy me siento bien, un Balzac; estoy terminando esta línea”), por descontado. La elegancia de la prosa, quién lo duda.

Pero (¡ah, la aspereza jodida de los nexos adversativos!) al final surge la pregunta de si este volumen me ha resultado memorable. Y lo cierto es que no. Hay algunos hermosos hilitos de colores, pero no alcanzo a encontrarle la belleza al tapiz. Y mira que lo he intentado de buena fe. La culpa, desde luego, será mía. Aceptado. Sin bromas: aceptado.

Pero (¡ah, otra vez la aspereza jodida de los nexos adversativos!) me tendría que pensar mucho, pero mucho, una segunda visita a este autor.

lunes, 29 de enero de 2018

Saturno



La figura del padre, tiránica, enigmática, distante y gélida. Ese padre que arañó la infancia del narrador y que ahora lo lleva a elaborar un texto donde recuerda, donde analiza, donde ajusta cuentas. Ese padre que provocó en el alma y en la voz narrativa unos enormes impulsos de amargura, de incomprensión, de suicidio.
Con estas páginas donde lo narrativo y lo lírico se mezclan con datos históricos (sobre todo, de escritores que escogieron la vía del suicidio, cuyos finales son dibujados con elegantes pinceladas sobrecogedoras), Eduardo Halfon consigue un texto que se me antoja imposible de resumir. Incluso imposible de comentar. Es tan duro, tan denso, tan Kafka, tan lágrimas retenidas, tan perplejo, tan mentirosamente apolíneo, tan palpitante, que resulta cruel abordarlo como “texto” desde un punto de vista crítico: es pura vida doliente, puro escozor hecho tinta. Y con una filigrana de voces y planos cruzados que sorprende y deleita.
En resumen, un relato testimonial y sangrante sobre las difíciles relaciones entre un padre y un hijo que, se lo aseguro, se les quedará para siempre en su memoria.
Así que háganse a ustedes mismos un favor, olvídense de estas palabras mías y corran a leer las de Halfon.

En serio.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Signor Hoffman



Desde hace ya varios años, los libros del guatemalteco Eduardo Halfon están imprimiendo un sello de renovación importante a la literatura que nos viene desde el otro lado del Atlántico. Y no porque se trate de un nuevo representante exitoso del post-boom, ni del post-post-boom, ni de ninguna de esas tontunas que los críticos más desocupados inventan con periodicidad. Se trata de que, simplemente, Eduardo Halfon es un formidable narrador. Lo ha demostrado con libros como El boxeador polaco o Monasterio, y lo ratifica una vez más con los seis relatos que componen Signor Hoffman, publicado por la editorial Libros del Asteroide. En ellos continúa desarrollando y ampliando en matices la fórmula que ya había desplegado en obras anteriores: historias empapadas por detalles autobiográficos, una cuidadosa selección de perspectivas y de secuencias, unos personajes dibujados con pinceladas breves pero hondas y un estilo literario que incorpora el sello inequívoco del autor. De este modo, los lectores siempre se encuentran en una zona difusa, donde no saben qué porcentaje de lo narrado corresponde a hechos “reales” (perdón por las comillas) y qué porcentaje hay que etiquetar como hechos “ficticios” (nuevamente perdón por las comillas). Pero lo que cuenta al final es que las seis piezas se ensamblan entre sí formando una especie de gran retrato que deslumbra por su belleza y entristece por la dosis de dolor que muestra... En “Signor Hoffman” nos habla de un antiguo campo de concentración en la zona de Calabria, al que Eduardo Halfon acude para impartir una charla; en “Bambú” lo acompañaremos en su coche en viaje hacia la costa, para disfrutar de un día de baño que termina agriándose por lo que allí observa; en “Han vuelto las aves” nos acercaremos al mundo cafetero de Guatemala, con sus estafas, sus grandezas y sus miserias; en “Arena blanca, piedra negra” tendremos que orientar los ojos hacia Belice, lugar donde Halfon realizará una lectura en su universidad (si se lo permiten los inconvenientes que irá encontrando por el camino); en “Sobrevivir los domingos” conoceremos a Marjorie Eliot, que regala audiciones como homenaje a un ser que ya no está; y en “Oh gueto mi amor” cerraremos el círculo volviendo a un paisaje relacionado con la persecución de los judíos (el autor lo es)... En resumen, seis facetas de un diamante purísimo, hermoso, extraordinario, que conviene leer en consonancia con los libros anteriores de Halfon, y que seguro que tendrá continuación en los que vengan a partir de ahora. Estamos ante uno de los grandes.

jueves, 25 de diciembre de 2014

Monasterio



Saber quiénes somos es un ejercicio de aprendizaje más complicado de lo que parece. ¿Somos quienes nos dictan que somos? ¿Somos aquellos que fuimos al nacer? ¿Nos sentimos confortables en la religión, la lengua, la nacionalidad o la familia que el azar nos impuso desde el momento en que vinimos al mundo? ¿O quizá nos sentiríamos mejor (y en qué medida) liberándonos de esos corsés? ¿Hacia qué espacios nos conduciría la nueva luz?
El escritor guatemalteco Eduardo Halfon (1971) acaba de publicar en Libros del Asteroide su obra Monasterio, donde los elementos autobiográficos y narrativos se mezclan en una fértil combinación literaria que sobrecoge a los lectores. Nos habla de dos hermanos que acuden a Israel para asistir a la boda de su hermana, que se ha convertido en una judía recta y ultraortodoxa; y uno de ellos, llamado Eduardo (aunque su nombre judío es Nissim), vive en la constante duda de su propia identidad religiosa. ¿Se siente judío o dejó de experimentar esa pulsión hace ya años? ¿Salir de esa etiqueta es una traición o un modo de liberarse? El choque con el ambiente que ve en Israel (con su hermana y su futuro cuñado absortos en un mundo de ritos mecánicos y absorbentes; con el ambiente duro y amurallado de la ciudad; con su tensión armada; con sus inquinas difícilmente disimulables) sólo se verá atemperado por el reencuentro con Tamara, una chica hippie a la que conoció en Guatemala en un bar escocés y que ahora trabaja como azafata en Lufthansa. Ante ella tendrá también que reflexionar sobre su pensamiento religioso y sobre su esencia misma. Toda la tristeza del desarraigo, del disimulo, de la incomodidad y el fingimiento, flotan en las historias que van apareciendo por estas páginas, sobre todo en la zona final del libro, donde se nos desgranan las existencias malbaratadas de unos seres que tuvieron que mentir o camuflarse para salvar sus vidas: el hombre que suplantó una identidad que no era la suya para escapar del horror de un campo de concentración; el niño que fue disfrazado de niña por sus padres y recluido en un monasterio católico, con su nombre auténtico escrito en la palma de la mano (nombre que se borró tras muchos días de mantener la mano cerrada y apretada)... Tantas lágrimas. Tanta valentía forzosa. Tanta melancolía.

Monasterio es, en mi opinión, uno de los libros más líricos, emocionantes y cuajados de 2014.