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viernes, 29 de agosto de 2025

Misterio en la cueva

 


Cuando Antón organiza una caminata de senderismo por la sierra de la Pila con algunos adolescentes (entre ellos, su sobrina María, que necesita perder algunos kilos) no puede ni imaginarse el terremoto que van a sufrir. Al principio, todo transcurre con normalidad (bromas, sudor, algún chubasco leve, conversaciones intrascendentes); pero, de pronto, el panorama se enturbia cuando Pablo, uno de los chicos, desaparece. Como es revoltoso e inquieto como un rabo de lagartija, nadie se altera durante los primeros minutos, porque suponen que anda saltando por las peñas o recolectando hierbajos curiosos (su gran afición). Pero conforme transcurre el tiempo, la inquietud los va ganando. ¿Por qué no vuelve a reunirse con el grupo? ¿Por qué no responde a los gritos de reclamo? Finalmente, logran dar con él: está herido tras un resbalón y, con mucho esfuerzo, logran trasladarlo al hospital de Molina. Hasta ahí, como se puede observar, nada que escape a la relativa normalidad de una excursión adolescente. El problema surge cuando el chico, delirando, habla de la persona muerta que, según él, ha visto en una cueva de la montaña. Activadas las fuerzas de seguridad, se comprueba que en efecto hay un cadáver en la gruta, y todo conduce a deducir que se trata de Bernardo, un antiguo empleado de banca que lleva un tiempo viviendo como anacoreta en el monte.

A partir de ese instante, y gracias a los papeles que dejó escritos el anciano, vamos reconstruyendo su historia, que comienza en un seminario, continúa con su matrimonio y termina con sus trabajos: primero, en una oficina bancaria; más tarde, creando un colegio privado; por fin, eligiendo la vía ermitaña para intentar encontrarse a sí mismo, en un mundo triste, caótico e hipócrita, donde parecen haberse perdido los valores más importantes. Así, Bernardo se ve como “un viejo que abomina de la sociedad, que no tiene cabida en ella y que ha elegido, aunque un poco tarde, el retiro para encontrarse con la naturaleza en estado virginal” (p.61); y que, aficionado a formularse grandes preguntas, se juzga a sí mismo “un Unamuno contemporáneo, una mezcolanza de Camus y de Nietzsche” (p.100).

En este punto, cualquier lector se estará preguntando qué sentido tiene hablar en el título de “misterio”, cuando los hechos resultan tan cristalinos. Y la respuesta es contundente: pronto se descubrirá que el muerto no es Bernardo, porque este aparece vivo a las pocas semanas, quejándose de que le han robado sus papeles. ¿Quién es, entonces, la persona que ha sido enterrada, tras confundirla con él? Y, sobre todo, ¿quién tiene los escritos del anacoreta y por qué no los ha entregado a la policía o la familia?

Una novela que esconde muchas sorpresas argumentales y, también, muchas y valiosas reflexiones sobre el sentido de la vida.

jueves, 15 de abril de 2021

Salvador Sandoval, poeta de nuestra tierra

 


Los pueblos pequeños son muy productivos para los poetas, puesto que les proporcionan silencio, paisaje y calma para escribir. Pero, a la vez, pueden convertirse en auténticas trampas mortales para ellos, porque les secuestran el reconocimiento más amplio que les podrían regalar sus semejantes, en forma de aplauso. ¿Cuántos finos estilistas o elegantes autores de versos se habrán diluido en el silencio de la aldea? ¿De cuántos eficaces narradores no nos habrá llegado noticia, por haber vivido en lugares sin tradición cultural, que no les ofrecían posibilidades para su asentamiento y difusión?

Por fortuna, no todas las voces que surgen en localidades pequeñas están condenadas a la sepultura cruel del silencio, porque el poeta que las alienta tiene la suficiente energía como para liberarse de los estrechos márgenes del pueblo natal (sin renunciar a él) y porque hay estudiosos que, con sus análisis y su labor crítica, contribuyen a la difusión de esta voz.

Es el caso del poeta de Las Torres de Cotillas Salvador Sandoval López, que vio su vida y su obra diseccionadas con extremada minucia y con excelente amenidad por la profesora Mª Ángeles Moragues Chazarra, en un libro bellamente ilustrado por Pedro Serna y que se completa con un breve y delicado conjunto de fotografías. Se nos habla aquí de un hombre nacido en 1928, maestro vocacional, corresponsal de prensa y profesor de latín en sus ratos libres, que sólo se animó a dar a conocer sus primeros poemas gracias al consejo del gran Francisco Sánchez Bautista. Un hombre sencillo, alejado de todos los estruendos de la fama; que siempre nos ha hablado en sus poemas del ayer y de su pueblo (sus dos núcleos temáticos de mayor envergadura, según indica la autora del estudio); y que fue cosechando galardones por su obra, con lentitud y firmeza. Primero obtuvo el premio “Polo de Medina” en el año 1972 por su obra Descendamos al valle; luego, el premio “Albacara” de 1986 por Maizales y retamas; y además un elevado número de premios (dentro y fuera de Murcia) a poemas sueltos, que la doctora Moragues enumera con escrúpulo entre las páginas 62 y 71 del tomo.

La obra, respetando el espíritu del poeta analizado, está escrita con una difícil sencillez porque, sin abandonar la elegancia de la expresión ni el rigor de los conceptos, no incurre jamás en arideces filológicas. Y otro detalle que convierte esta obra en un volumen de inusual factura es la sinceridad con que la profesora Mª Ángeles Moragues aborda el análisis del escritor torreño. Cuando ha de ser laudatoria, lo es; pero cuando se impone el señalamiento de una obra menor, también lo hace, sin que le tiemble el pulso ni se sienta inclinada a la mentira o la disculpa. Y eso honra a la investigadora, porque nos facilita la labor de creer en sus palabras. Así, por poner dos únicos ejemplos, cuando alude al himno que Salvador Sandoval López escribió en 1989 para san Onofre y san Antonio, por encargo del sacerdote de Alguazas, nos dice que “no es, precisamente, el más conseguido si se valora desde la perspectiva poética” (p.53); o cuando nos menciona el pregón de Semana Santa que el poeta de Las Torres de Cotillas compuso y declamó en mayo de 1990 en la iglesia de Nuestra Señora de la Salceda, y nos susurra que “en esta ocasión el verbo claro de Salvador no fue tan afortunado” (p.60).

Una ocasión, pues, excelente, para acercarnos al mejor conocimiento de la obra de este escritor, cuya obra (y son palabras de la profesora Mª Ángeles Moragues) “forma un todo unitario como si de unas memorias se tratara, como si fueran una novela versificada en la que el protagonista es el propio poeta” (p.49).

lunes, 22 de agosto de 2016

LLegarás a Recuerdo



No supuso una sorpresa para los lectores murcianos la aparición de este libro, Llegarás a Recuerdo (Azarbe, 2007), tercera obra publicada por el gran José Cantabella. Y no sorprendió porque, aparte de que ya se trataba de un autor conocido, en sus líneas generales mantenía la espléndida tónica que ya mostró en sus volúmenes anteriores: Amores que matan (2003) e Historias de Chacón (2005). El autor, consciente de estar construyendo un territorio muy particular (aunque inequívocamente inspirado en Murcia, pues habla del Jardín de la Seda, el café del Arco, el teatro Romea o el museo Ramón Gaya), indica que toda persona que se acerque a estas páginas debería encontrarse, para entenderlas bien, “en un estado de ánimo diferente, un estado alterado” (p.7).
Y lo que encontrará ese lector predispuesto es un manojo de historias bien chocantes: el robo que ejecuta un hombre para aliviar su impostergable deseo de leer (“El lugar secreto de los libros”); las reflexiones irónicas y mordaces sobre las erosiones que el matrimonio incorpora a la vida de pareja (“Una separación formal”); las sonrientes instrucciones farmacológicas de “Hombres”; la crónica apolínea de una obsesión hereditaria (“Carta a mamá”)... y así hasta veinticinco relatos, todos ellos magníficos.

Algunas intertextualidades camufladas con ingeniosa habilidad, pero que podrá descubrir un lector atento (Federico García Lorca en la página 73; Julio Cortázar en la 89; etc) añaden la sabrosa pimienta culturalista a un volumen de amena lectura y de espléndida formulación literaria.

lunes, 2 de noviembre de 2015

MecCano poético



Conocí la obra de María José Sánchez Vázquez de un modo casual, gracias a mi amigo Pascual García, que me puso en las manos El sembrador de sueños y me recomendó su lectura. Desde entonces he tenido la suerte de leer y tratar a esta poeta de Moratalla, alma dulce y sonrisa de paz, a quien resulta impensable representarse en la memoria sin que a su lado esté Matías, bastión, solicitud, compañía y amor.
Ahora María José vuelve a hacernos felices a los lectores publicando un texto de gran originalidad que se titula MecCano poético, que tiene mucho de juego y de demostración lírica. En sus páginas, la autora se atreve a experimentar con muy variados moldes estróficos y métricos, de los que siempre obtiene resultados muy notables, tanto en los trayectos cortos como en los de respiración más alta. Y esto nos sirve para comprobar que su talento no circula por conductos de tipo convencional, sino que se ensancha y diversifica por mil ramales. Aquí hay madera. Y no solamente madera flexible de olmo o madera dura de fresno, sino todas las variantes. María José decide en cada poema el tratamiento específico que éste le sugiere, y lo hace con inteligente criterio intuitivo: rimas, acentos y vocablos se alían en una danza cuyo ritmo decide ella con su batuta de maestra indiscutible.
No pierdan la oportunidad de acercarse hasta las páginas de este magnífico MecCano poético y seguro que me agradecerán la sugerencia.

martes, 21 de octubre de 2014

69 huellas eróticas



Hay un cuento en el Sendebar donde un hombre, al volver a casa, descubre que su perro tiene las fauces ensangrentadas y, creyendo que ha devorado al bebé de la familia, lo mata sin más contemplaciones. Luego descubre con horror que lo que ha hecho el animal ha sido, por el contrario, destrozar a una serpiente que intentaba acercarse a la cuna del chiquillo. El pago por su valerosa actuación ha sido recibir un castigo inmerecido por parte de su dueño. La moraleja estaba, obviamente, implícita: nunca juzgues a la ligera o por las apariencias.
Viene a colación esta historia por el error que cometería quien pensase que el último trabajo de Mariángeles Ibernón Valero (69 huellas eróticas) es un tomo de poesía libidinosa, reducible a lo obsceno o lo genital. Nada más lejos. Hay en él imágenes excitantes, claro está; y mucho incendio carnal, como tiene que ser en versos de estas características. Pero también hay mucha atención al lenguaje, al cuidado formal y estético, al equilibrio rítmico, al juego musical de los sonidos que conforman cada texto. Mariángeles Ibernón no construye poemas burdos, ni tontamente flamígeros: sabe perfectamente lo que está haciendo. Construye pequeñas casitas de deseo, hogueras condensadas, diamantes sexuales. Y logra su propósito porque en el sintagma “poesía erótica” se concentra mucho más en el sustantivo que en el adjetivo.
Lo concretaré con un ejemplo estadístico, numérico, que parecerá irreverente a algunos degustadores de poesía pero que esgrimo con respeto... En este libro se habla del sexo o del pubis en tres ocasiones, y de los pechos femeninos en nueve; pero se mencionan dieciséis veces los labios y veintisiete veces la boca. Las cifras cantan. ¿No es señal más bien transparente de que estamos ante un producto de inequívoca condición verbal?

Los 69 pequeños poemas que componen este trabajo logran turbar, convencer y seducir a quienes se acercan hasta ellos. Me parece que es un logro digno de ser aplaudido.

domingo, 13 de julio de 2014

Donde aguarda la luz



Cuando se conoce en persona a María José Sánchez Vázquez resulta muy difícil escribir sobre sus páginas (estén escritas en prosa o en verso) sin tener presente de forma inmediata la dulzura inagotable de su compositora, que cautiva de forma indeleble a quienes tienen la suerte de estar cerca de la escritora de Moratalla o conversar aunque sea unos minutos con ella. Sus publicaciones en libro son realmente escasas: una novela de agradable factura que se titulaba El sembrador de sueños (2004) y ahora este poemario que, con el título de Donde aguarda la luz (2014), publica el sello Azarbe. Pero entiendo que son suficientes para hacerse una idea nítida de su calidad literaria.
Muchas son las directrices que se pueden advertir en este poemario. Cuando María José gira su mente hacia el pasado se da cuenta de que las imágenes que en la memoria se almacenan no siempre guardan un orden claro, pero tal vez ahí reside una parte de su atractivo: lo aleatorio puede ser tan lírico como bello («Si se pudiesen etiquetar los recuerdos / con los datos precisos para no ser olvidados..., / sería más fácil acceder a ellos / cuando la mente se hace perezosa, a la fuerza, / y se pierde por entre las estanterías /de un almacén caótico / de experiencias no archivadas. / Pero tal vez sea mejor así. / ¿Acaso sujeta la flor sus pétalos / para siempre?»). De esa forma, avanzando en la vida, parece que el ayer se transmuta en pérdida triste y que el futuro es una grisura inexistente, de la que nada esperamos («La nostalgia terrible de una vida perdida / anida en las arrugas de mi frente, / donde la ilusión se enreda en un turbio laberinto / de esperanzas marchitas. [...] / Porque lo que temí perder, ya lo he perdido / y lo que ansié ganar, ya no lo espero»).
Pero que no nos engañe este lánguido abatimiento de la escritora de Moratalla. Hay un hilo hilvanador que lo une y lo justifica todo, y que todo lo inunda de luz: el amor. Gracias a sus latidos es posible enfrentarse con éxito a las asechanzas del mundo. De ahí que el poemario esté dedicado a Matías, que el padre de la poeta sea homenajeado por su «risa invencible» (“Toda tu ausencia”), que de su madre recuerde con gozo su «destello tallado» (“Memoria de un destello”) y que reserve para su hija María una de las páginas más hermosas del tomo (“El mejor regalo”). En esa misma línea de amor poetizado puede localizarse en las páginas 35 y 36 uno de los textos más destacados del volumen, “La marca”, en el que una mujer descubre en el cuello de la camisa de su amado un rastro de carmín que ella no ha impreso (podría haber salido de aquí, también, un relato breve. Queda cursado el desafío).

Dueña de un estilo sobrio, eficaz y elegante, María José codifica en este libro algunos de los temas más interesantes de la poesía y, en general, del vivir humano (el amor, la melancolía, la amistad, la muerte) y lo hace con una fluida y sorprendente naturalidad, como si nos hablase en voz baja directamente al corazón. Quizá por eso Donde aguarda la luz se lee con tanto agrado.

lunes, 3 de marzo de 2014

Poemas de amor



José Cantabella (Murcia, 1963) es cuentista y poeta de impresionante ritmo metódico: cada dos años entrega a sus lectores un nuevo volumen con su producción. En 2003 arrancó con las historias de Amores que matan; en 2005 continuó con Historias de Chacón; en 2007 redondeó su producción cuentística con Llegarás a Recuerdo; en 2009 se acercó hasta los terrenos de la poesía con su Afán de certidumbre; y en 2011 siguió esa interesante línea lírica con Los sueños cotidianos. Ahora, con una leve corrección de meses, descubrimos en las mesas de novedades de las librerías un nuevo libro de versos que lleva el título de Poemas de amor y que se edita bajo el sello Azarbe.
En estas páginas se vuelve a confirmar que José Cantabella es capaz de describir, con palabras sencillas y con un vuelo rítmico muy leve, algunos de los estadios fundamentales del amor: desde el tristeza hasta el placer, desde la posesión hasta el abandono, desde las paradojas verbales hasta lo inefable. Así, el poema con el que arranca el tomo es toda una declaración de principios, pues sirve como delicioso arranque no sólo textual sino también amoroso («Voy a grabar tu nombre con mis ojos / en el pétalo fresco de una rosa; / luego, voy a lanzarlo / con todas mis fuerzas, decidido, / para que la suave brisa / lo lleve hasta tu corazón»). Pero es que ese amor adquiere pronto matices donde flota lo autorreferencial: en uno de los poemas, el escritor murciano alude a uno de sus personajes literarios favoritos, el Horacio Oliveira que inventó Julio Cortázar para su novela máxima (p.15); en otro, incluirá una alusión a Recuerdo, ese ámbito geográfico o sentimental que José Cantabella inventara unos años antes para su libro de relatos Llegarás a Recuerdo. Descubrimos de esa manera que el autor está ahí, implicado en el texto, mezclado en él, tejido entre sus líneas de un modo inextricable, lo que convierte el poemario en un documento de gran valor no sólo lírico sino también psicológico, porque nos permite intuir algunas de las pulsiones que mueven e interesan al autor.
Igualmente notable se antoja la reflexión que observamos en el poema “Ocho”, donde el escritor se interroga sobre los perfiles innombrables del placer. El sexo produce éxtasis, el orgasmo se manifiesta en forma de uñas horadando una espalda y trazándole caminos de pasión. Pero una vez sereno se detiene a la hora de conceptualizar el instante: «¿Feliz? / no es ese el adjetivo, / tal vez no haya ninguno». Y es que, en efecto, como bien intuyó Jorge Guillén, el lenguaje del amor se topa siempre con la condición inefable de su tema.
Y si los lectores buscan un poema donde se reflexione sobre el amor, la fugacidad y la paradoja que conlleva siempre el juego desear-obtener-olvidar, les recomiendo que se acerquen hasta la memorable página 35 y descubran el modo bellísimo en que lo consigna en el poema “Tan fugaz como el amor”.

Valiéndose de versos cortos y largos, de polimetrías juguetonas y hasta de composiciones donde verso y prosa son convocados en una técnica mixta (un ejemplo se puede observar en “Algunas palabras”), José Cantabella ofrece en este libro un muestrario amoroso al que merece la pena acercarse, porque nos entrega delicias en cada página.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Servidor de ustedes



Dos novelas, en apariencia muy diferentes, cohabitan en este volumen que fue publicado en el año 2005. Y en ambas se puede constatar el buen hacer literario de su autor, José María López Conesa.
La primera se llama Servidor de ustedes y nos acerca hasta las dudas teológicas de don Diego, un humilde sacerdote de provincias que, después de quince años de entrega absoluta, desinteresada y vocacional a sus feligreses, descubre erosionados los cimientos de su fe cristiana por el ácido de la duda. Y aunque continúa realizando su labor de manera puntual se siente desazonado. Bien está, se dice, hacer el bien. Pero si no es capaz de descubrir la fragancia y la luz de Dios empapando esas acciones, ¿qué sentido tiene estarlas ejecutando desde la posición de sacerdote? Para aliviar un poco la amargura que lo corroe decide compartir algunas reflexiones con su amigo de infancia David Campos, que trabaja ahora como abogado y que lo escucha con tanto afecto como tristeza.
La segunda obra lleva por título Amores bajo la torre Eiffel y se centra en una temática distinta: el viaje de estudios que protagonizan unos jóvenes y que los llevará por Francia, Austria e Italia. En ese autobús heterogéneo se reúnen unos personajes muy variopintos: dos chicas que están comenzando a vivir la grata experiencia de su homosexualidad, que pretenden gozar sin tapujos hipócritas (Sandra y Silvia); un ingenuo estudiante que procede del ámbito rural y que soporta no pocas chanzas de sus compañeros (Crispín); un conductor divorciado y con bruscos cambios de carácter, que chocará con docentes y chavales (Antonio); una profesora de inglés que no termina de encontrar la felicidad en los brazos de ningún hombre (Gloria)... Todos los incidentes esperables de un viaje de estas características (paseos culturales por museos, alumnos detenidos por pequeños robos, ruidos nocturnos en el hotel, escarceos eróticos de los desenfrenados chicos, retrasos en los horarios) se dan cita en estas páginas, y José María López Conesa sabe contarlos con fluidez y eficacia.
Acabado el tomo, el lector comprende que las dos historias, siendo tan disímiles, ofrecen un nexo que las vincula: ambas nos hablan de personas que se buscan a sí mismas, personas que sufren, personas que dan zarpazos para encontrar su sitio en el mundo, personas que anhelan respuestas. Y José María López Conesa, con la plasticidad de su prosa, consigue que todas sus peripecias nos resulten atractivas y convincentes.

Un libro, sin duda, para leer y conservar.

sábado, 4 de mayo de 2013

Calamidad y desperfectos



Toda edad (incluso las poéticas) debe tener su voz, su intensidad, su tono, su volumen, y está bien que así sea... Lo digo porque acabo de terminar un espléndido poemario de la joven Noelia Illán Conesa y no puedo estar más entusiasmado con los versos que me han asaltado desde sus páginas. Me gusta su constante burbujeo de erudiciones diversas; el modo natural, sorprendente, en que Shostakovich rima en sus líneas con Enrique Bunbury o Nirvana; la fluidez con la que Goethe, Propercio, Robert Musil, Bukovski o Flaubert se dan codazos y se acomodan en el mismo sofá de versos, bajo la mirada ciega de Borges o las citas sarcásticas de Woody Allen.
Me ha dado la impresión de que Noelia sabe lo que se hace y lo hace muy bien. Tiene una cultura tentacular (es profesora de Clásicas) y la desparrama a su antojo, con gran sabiduría, burlándose de normas y almidones, de progres y de rancios. Porque su poesía es su territorio, y en su territorio sólo ella fija las normas, eleva torres, construye túneles, taladra evidencias, se rodea de amigos, viaja a Marruecos, duerme sola o acompañada o escribe poemas boca abajo. Es su privilegio. Es su decisión. Y quienes la leemos salimos borrachos de propuestas, acribillados de metáforas, llenos de luz y cigarrillos de madrugada. Tan pronto nos brinda un delicioso “Vocabulario mínimo” (p.36) como nos actualiza historias antiguas desde una mirada nueva (“Proserpina Palinodia”), nos habla de naufragios del alma (los únicos naufragios, los auténticos naufragios, los peores naufragios), de chicas solitarias que comen nachos por una calle de Murcia o de infancias que reposan en cajas de cartón... Y lo anega todo con adjetivos dulces, con verbos como zarpazos y con juegos de palabras donde se decanta por el lirismo insólito (“Desolada, como la luna”), deportivo (“Campeón del mundo de los besos pesados”) o filosófico (“Tempus non fugit”).
Noelia Illán arde en la explosión de la palabra, le saca chispas a la vida y al idioma golpeando contra el pedernal. Y el resultado lo tenemos aquí: cuerpos, libros, almas, labios, música y alcohol, combinados con la fuerza de un talento incuestionable. O dicho de otro modo más simple: densa, vívida, poderosa poesía. En mí tiene desde ahora a un lector entusiasta.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Narciso despeinado



Cuenta la leyenda que Narciso, el hermoso joven griego que enamoraba a todas las mujeres con su simple presencia imborrable, provocó un dolor inmenso a la ninfa Eco, cuando desdeñó con altanería su amor. Y que la diosa Némesis ejecutó sobre él una venganza terrible: hacer que el mancebo se enamorara de su propia imagen reflejada en el agua y que, deseando unirse a ella, se ahogara. Estamos, pues, ante una historia de tintes morales, donde la soberbia de quien se juzga irresistible sufre el severo correctivo de la muerte.
El joven poeta Alberto Caride (1982) nos ofrece en estas páginas el prontuario lírico de un Narciso que, lejos de la vanidad un poco absurda que aqueja a tantos versificadores iniciales, se nos presenta febril, atrevido y auténtico. Un Narciso dionisiaco e indagador de caminos. O, como él mismo escribe, “despeinado e inseguro” (p.18). A veces, se permite malabarismos verbales de gran vistosidad, como cuando elabora un poema de amor ciñéndose al protocolo alfabético de las preposiciones (p.22); a veces, ejecuta una reflexión de gran tino sobre la necesidad de asimilar y olvidar a los poetas predilectos, para que el flujo de la verdad inunde el texto con su luz (Poeta de los nombres); a veces dibuja estados de ánimo pretéritos, que lo constituyeron como actualmente es (“Buscábamos la diferencia porque la semejanza / no podía completarnos de ninguna forma posible, / y aunque al final no pudiéramos mezclar agua y aceite / el intento era una forma de fracaso muy digna / que nos daba la medida de nosotros mismos”, p.26); a veces ejecuta homenajes tan emocionantes y desgarrados como el que rellena los versos del poema Se nota tu ausencia (pp.31-33); a veces, en fin, marmoliza fórmulas de gran belleza, como cuando señala a todos aquellos que “tratan ingenuamente / de poner puertas al canto” (p.49).
El gran poeta José Daniel Espejo dice en el prólogo de esta obra que “una poética es un conjunto de elecciones” y es una verdad tan simple como incontestable. Alberto Caride Brocal ha elegido un sendero poético y se ha dedicado a pasear por él durante unos años, observando su flora y su fauna, recogiendo muestras de minerales vistosos, extasiándose con el paisaje que lo circundaba, estableciendo su filatelia de amaneceres, caricias, cafés y fuegos. En estas páginas nos ha condensado lo mejor de su contemplación y lo mejor de su depuración. No se trata, pues, de una obra primeriza, titubeante o azarosa, ante la que debamos desplegar el ejercicio de la disculpa, la limosna del elogio inmerecido. El poeta ha conquistado tenazmente un registro, ha cincelado un modo de decir y lo ha hecho suyo. De tal suerte que cuando se releen sus versos (yo he releído tres veces el poemario, para mejor empaparme de sus luces) se comprende que estamos ante alguien con vocación de verdad y de permanencia. Las páginas de este Narciso despeinado depararán muchos instantes de gozo a los enamorados de la auténtica poesía.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Los sueños cotidianos




El escritor José Cantabella (Murcia, 1963) no ha faltado a la cita bianual que tiene con sus lectores desde hace casi una década. Tras haber publicado tres excelentes volúmenes de relatos (Amores que matan, 2003; Historias de Chacón, 2005; Llegarás a Recuerdo, 2007) le tocó el turno a un libro de poemas (Afán de certidumbre, 2009), género al que vuelve con Los sueños cotidianos, donde brilla otra vez con la excelencia de su verbo. Tratar de resumir la belleza de un libro de versos es siempre empeño condenado al fracaso, pero permítaseme que al menos me acerque a alguna de las composiciones, que considero especialmente notables. Así, “Amantes prohibidos, prohibidos amantes” se revela como un ejercicio hondo de observación acerca del ser humano, a través de dos personas que, habiendo estado enamoradas, ahora se ignoran con meticulosa aplicación e ingresan en la invisibilidad el uno para el otro. El autor lo sintetiza en una fórmula tan sencilla como inquietante: “¿Cómo puede, el amor, ignorar su pasado?” (p.17). Otras veces será el humor el que aparezca en sus versos. Y es que, si el argentino Jorge Luis Borges afirmaba que la teología era una rama de la literatura fantástica, el poeta murciano se atreve incluso a conjeturar quién pudo ser el iniciador temático de esa convergencia; y el resultado de sus reflexiones lo tenemos en “Jonás”, cuyo protagonista afirma haber permanecido varios días en el interior de una ballena. El amor está presente en varias de las composiciones, pero sobre todo en dos: “De amores” y “Obama y tú”. El primero es uno de los poemas de amor más sencillos y más hermosos que he leído en mucho tiempo; el segundo, dedicado por el autor a su mujer, Carolina, tampoco desmerece de ese dictamen.
Pero hay muchas más cosas en Los sueños cotidianos. Quien quiera disfrutar y reflexionar con una interpretación nueva de un relato infantil tradicional puede acercarse hasta “Blancanieves” (p.35). Y si desea aventurarse en un homenaje implícito a Julio Cortázar (uno de los grandes fetiches de José Cantabella, según se desprende de sus cuentos), ahí está “Poe-más” (p. 43). Y si se desea acompañar al poeta en su languidez, qué mejor manera que acompañarlo en un trayecto ferroviario (“Viaje a Madrid”). Y si queremos reflexionar sobre la geminación inquietante de los días que constituyen nuestra existencia, sin duda el poema “Hoy” nos será de incalculable utilidad. José Cantabella, en prosa y en verso, demuestra una vez más que su visión del mundo y su estilo literario merecen un puesto respetable en las estanterías de nuestra biblioteca.

sábado, 8 de agosto de 2009

Afán de certidumbre



Hay muchos tipos de poesía, y todos tienen su segmento de público lector: la culturalista, la oscura, la ñoña, la ingeniosa, la melancólica, la comprometida, la experimental... A mí, desde hace años, sólo me dejan impresión duradera en el alma aquellos versos que, sea cual sea el ropaje que los cubre, brillan con la luz de la emoción. Eso le pido a la poesía: belleza emocionada. O emoción embellecida. Un pulso de sangre que, saliendo rojo del corazón, se vuelve negro de tinta en la mano de quien escribe. Y lo acabo de encontrar en otro libro: en el volumen lírico Afán de certidumbre, de José Cantabella. Hasta ahora, su producción se centraba en el mundo del relato breve, en el que había compuesto maravillas como Amores que matan (2003), Historias de Chacón (2005) y Llegarás a Recuerdo (2007). Y cuando sus lectores esperábamos una nueva entrega de cuentos, pensando que la secuencia de años impares así permitía deducirlo, nos sorprende con este poemario de breve estructura pero deliciosa técnica, en la que el autor murciano tiende su mirada y explora el mundo, en la más amplia extensión de la palabra: celebra el gozo de vivir, descubriendo en cada amanecer los matices de la felicidad posible (“El nuevo día”); ingresa en la metafísica con la lectura matutina de un periódico (“Noticia esperada”) o con el verbo final de un poema (“Dos hombres mirándose”); intenta establecer una difícil solución de consenso para conjugar los avariciosos territorios del amor y de la literatura, que tantas veces coliden entre sí (“Pacto”); compone sinfonías urbanas donde una tormenta acompaña a los seres humanos, en su paseo de cotidianidad y amor (“Lluvia”); retrata los clichés de una familia ‘típica’, de la cual busca distanciarse, por juzgar banales sus ritmos y sus rituales (“Familias”); nos entrega episodios de apariencia autobiográfica, como cuando se detiene a contarnos el reencuentro con un viejo docente, que lo martirizó de niño con su intransigencia nada pedagógica (“El maestro”); o, en fin, esculpe líneas en las que le comunica al mundo su eviterna pasión por Carolina, con quien comparte el sendero de vivir (“Celebración del amor eterno”).
Y todo esto con un lenguaje de limpia sencillez, donde los adjetivos, los sustantivos y los verbos están tan bien elegidos, tan escrupulosamente calculados, que no tienen necesidad de mancharse de retórica barata. José Cantabella hubiera hecho las delicias de aquel Juan Ramón Jiménez que le pedía a sus poemas “el nombre exacto de las cosas” o de aquel Antonio Machado que pretendía contar “lo que pasa en la calle”. Algunos reticentes podrían pensar que esa desnudez es falta de pericia o de capacidad; pero se equivocará quien así razone. Existen lenguajes líricos que precisan de una escritura y una lectura inocentes, y que sólo desde la inocencia entregan su tesoro. Aduciré un ejemplo cinematográfico: en la película Profesor Holland hay un instante en que Richard Dreyfuss le está contando a su esposa que, de joven, escuchó un disco de John Coltrane y no le gustó. Pero que, cuando lo escuchó por segunda, por tercera, por cuarta vez, fue descubriendo los pliegues de belleza que cobijaba. Y así se convenció de que John Coltrane era un genio, y que su música le llegaba al corazón.
La poesía (y éste es el gran descubrimiento de la modernidad, a la que José Cantabella pertenece) no necesita de la pirotecnia. Su misma pureza, si es real, sirve para construir el edificio del poema. Hay una música secreta dentro de los buenos versos, y el autor murciano la ha descubierto, para delicia de quienes lo leemos desde hace tiempo.
Y si a tales maravillas verbales le unimos el exquisito tratamiento visual que la pintora Francisca Fe Montoya le ha dado al poemario, adornándolo con imágenes de tan gran sencillez como poder evocador, el resultado global no puede ser tildado sino de excelente.