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lunes, 26 de agosto de 2019

El día de gloria




Cierro la última página de la obra teatral El día de gloria, escrita por Francisco Ors (Ediciones MK, 1983), que tiene un tema muy interesante (el modo en que una mujer se libera de las opresiones que la limitan), aunque su formulación argumental me parece forzadísima. Está bien que Ors quiera mostrarnos el grado humillante de postración de un ama de casa, pero el modo en que carga las tintas en el dibujo de su entorno aproxima la historia a los taludes de la hipérbole (y casi de la inverosimilitud): un marido déspota y violento, que en el ámbito sexual ya ha dejado de ser un aliciente; una hija guapísima, que ha convertido en deporte olímpico el sexo con todo tipo de parejas; una hija fea, que ha optado por irse a vivir con un antiguo presidiario; una hija independiente y egoísta, que le deja siempre a su niña, para que sea la abuela quien la críe y cuide; un hijo homosexual que se va a vivir con un amigo de la familia (que tiene la edad suficiente como para poder ser su padre); etc.
Esa acumulación de circunstancias asfixiantes me ha parecido excesiva, con lo que la eficacia de la pieza teatral se resiente. Me cuesta creerme ese mundo, tan esperpénticamente trazado. De ahí que no haya conseguido sentirme tocado por la catarsis, ni siquiera cuando la protagonista decide mandarlo todo al cuerno con una acción liberadora.
Si ves en una fiesta a una mujer con el cuello sepultado de collares, pendientes aparatosos, anillos en todos los dedos, tres pulseras en cada muñeca, una diadema de oro, etc, no puedes estar seguro de si es realmente hermosa. Algo así me ha pasado con El día de gloria: su exageración la mata.

sábado, 26 de enero de 2019

Viento de Europa




Se acerca el verano de 1936 y, en medio de un ambiente político y social muy enrarecido (que pronto habría de explotar en la guerra civil), nos encontramos a dos hombres que hablan con perfecta calma: uno es médico y el otro es su paciente (llamado Ernesto). Entre ellos circulan los resultados de un análisis, que demuestran que el consultante tiene sífilis como consecuencia de su trato con prostitutas de baja condición. Pero lejos de entristecerse por haber contagiado a su esposa, a la que desprecia pero de cuyas propiedades vive, lo que el desalmado pretende es que el doctor lo ayude a convencerla de que ha sido ella la culpable, por no respetar la higiene en algún sitio público. El galeno, interesado en adquirir a buen precio unas minas que Ernesto le podría conseguir con una simple firma de su mujer, accede a la vileza.
Añadamos al cóctel el nombre de Ernestina, hija de Ernesto y Hortensia, que está harta del trato vejatorio que su padre inflige a su madre y que está planeando huir con ella. Añadamos también a Pablo, novio de la muchacha, que participa en el plan de fuga. Añadamos al padre de Pablo, que sueña con la posibilidad de que, una vez libre de la tiranía de su marido, Hortensia acceda a casarse con él.
Con esos ingredientes resulta fácil imaginar que la tragedia acecha en cada página en forma de insultos, amenazas, intimidaciones, agresiones físicas y mentiras que apenas esconden su condición interesada, que colocan muchas veces al lector un nudo en la garganta. Francisco Ors conduce de un modo inteligente las líneas argumentales de esta historia hasta desembocar en un final de aroma casi operístico. Una pieza muy convincente.