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lunes, 1 de enero de 2024

Autobiografía

 


Hay una serie de libros que siempre me estoy proponiendo leer y nunca termino de decidirme a abordarlos en serio, porque me intimidan un poco su volumen y su densidad: El Paraíso perdido, El Kalevala, Ulises… Entre ellos tendría que incluir sin lugar a dudas El origen de las especies, de Charles Darwin, que tengo en la estantería desde hace más de treinta años y que parece ulularme y echarme en cara mi cobardía. Así que cuando he tenido en las manos la Autobiografía del célebre naturalista (mucho más humilde en sus dimensiones) me he dicho que sí, que era razonable recorrer sus páginas. Y qué buena idea, oigan. Por su sencillez, por su claridad, por su franqueza, por la honesta exposición de sus aciertos y de sus errores, el autor me ha ganado.

Nos cuenta al principio que fue un niño ingenuo, al que su amigo Garnett tomaba estrepitosamente el pelo (le hizo creer que poniéndose determinado sombrero lo eximirían de pagar en las tiendas); que era compasivo (aunque no omite añadir que una vez apaleó de forma absurda a un pobre perro); que gustaba de salir a pescar (más tarde, incluso a cazar); que alcanzaba buena velocidad cuando se ponía a correr; y que admiraba la forma de escribir de William Shakespeare. En los estudios no fue brillante, aunque tampoco haragán: simplemente se podría decir que sus intereses eran distintos a los de sus compañeros (“Durante el tiempo que pasé en Cambridge no me dediqué a ninguna actividad con tanta ilusión, ni ninguna me procuró tanto placer, como la de coleccionar escarabajos”). Y, en los días finales de 1831, se produjo el gran cambio de su vida: se embarcó en el Beagle como naturalista, sin retribución alguna, para permanecer varios años dando la vuelta al mundo, a las órdenes del capitán Fitz-Roy. Quizá no resulte ocioso anotar aquí una anécdota tan poco conocida como hilarante: “Cuando ya había intimado mucho con Fitz-Roy, me dijo que había estado a punto de no ser aceptado ¡a causa de la forma de mi nariz! Él era un discípulo apasionado de Lavater y estaba convencido de que podía juzgar el carácter de un hombre por la configuración de sus facciones; y dudaba de que una persona con una nariz como la mía tuviera la energía y decisión suficientes para hacer la travesía”.

Otro detalle que llama la atención es que cuando se refiere a su libro El origen de las especies el meticuloso Charles Darwin indica que “ha sido traducido a casi todos los idiomas europeos, incluso a algunos como el español”. Creo que ese “incluso” subraya el nivel científico que se le suponía a España durante la segunda mitad del siglo XIX. Fue un libro rompedor y explosivo, que generó infinidad de burlas y groserías insultantes, pero Darwin también aquí es comedido: “Me alegro de haber evitado las controversias, y eso lo debo a Lyell, que hace muchos años, y en relación con mis obras geológicas, me aconsejó firmemente que no me enredara en polémicas, pues raramente se conseguía nada bueno y ocasionaban una triste pérdida de tiempo y de paciencia”. Y no quiero dejar de apuntar aquí el párrafo con el que concluye su escritura: “Con unas facultades tan ordinarias como las que poseo, es verdaderamente sorprendente que haya influenciado en grado considerable las creencias de los científicos respecto a algunos puntos importantes”.

Sí, tengo que vencer mi pereza y sumergirme en El origen de las especies. Alguien que piensa y escribe así sin duda se lo merece.

lunes, 27 de noviembre de 2023

La cata

 


Parece una simple cena que se celebra en una lujosa mansión de Londres, pero hay algo más latiendo al fondo. El anfitrión, Mike Schofield, se ha propuesto retar a uno de sus invitados (Richard Pratt) con una apuesta para ver si logra identificar un vino exclusivo y minoritario que guarda en su casa. Son ya varias las ocasiones en las que ha intentado vencerle, poniendo en su copa un caldo rarísimo, mas nunca lo ha logrado: Pratt siempre acierta con la procedencia y con la añada. Esta noche, con la presencia del narrador y su esposa, que actúan como testigos de la insólita apuesta, Mike Schofield se siente tan seguro de vencer que acepta las condiciones surrealistas y draconianas que Pratt estipula: si pierde, cederá al dueño del vino la propiedad de sus dos casas; si gana, el otro le concederá la mano de su hermosa hija Louise. Al principio, todos vacilan, entre la sonrisa nerviosa y la indignación, porque consideran que se trata de algún tipo de broma absurda y machista… hasta que queda claro que la apuesta es firme. Schofield, consciente de la rareza de su vino y completamente seguro de salir victorioso, presiona a su mujer y su hija para que acepten. Y lo hacen.

En esta narración, que Roald Dahl construye con los ladrillos de la perplejidad y con el cemento del humor, asistimos a un crescendo tan sutil como imparable: ¿cuál de los dos contendientes se alzará con el triunfo en este combate de gallos engreídos? ¿El anfitrión, que se jacta de su condición de nuevo rico y que pretende epatar a su invitado? ¿O tal vez lo haga este último, cuyo paladar es tan afilado como su arrogancia? Descúbranlo ustedes leyendo la obra.

lunes, 21 de agosto de 2023

El cupón falso

 


Algunos actos de nuestra vida acaecen sin generar consecuencias, pero no ocurre así, de ninguna manera, con el cupón que falsifica Mitia por consejo de un amigo. El muchacho necesita dinero para pagar una deuda, su padre es un hombre estricto que no quiere adelantarle esa cantidad… y la tentación que le pone ante los ojos su amigo Majin es muy poderosa: con una pluma, añade un 1 delante del 2’5 del cupón y aumenta así diez rublos de su valor. Una pequeña gamberrada de jóvenes, si se quiere, pero que tendrá consecuencias apocalípticas en manos de Lev Tolstói, quien usa este arranque argumental para urdir la historia de El cupón falso, que traduce Víctor Gallego e ilustra Ana Pez (Nórdica Libros).

Moviéndose de mano en mano, ese cupón falso genera un efecto “bola de nieve” absolutamente abrumador: personas que se sienten engañadas y que optan por engañar a otros, personas que se abalanzan por el camino oscuro y cometen crímenes, personas que pierden toda confianza en el ser humano y se dedicarán a sembrar el mal por donde vayan… Pero también (porque al efecto “bola de nieve” sucede el efecto boomerang) personas que descubrirán la luz de la fe (sobre todo a través de la lectura de la Biblia) y que enmendarán los yerros de su existencia para adentrarse por un sendero distinto. Tolstói nos invita así a que lo acompañemos por un viaje circular, que se inicia con el desaprensivo adolescente Mitia y que culmina años más tarde con el ingeniero Mitia. Un viaje que, obviamente, presenta inequívocos tintes morales y nos obliga a reflexionar sobre la condición humana y sobre los efectos de nuestras acciones, por nimias que nos parezcan a simple vista.

Es curioso. Pasan los años, cambian los gustos, sufren una evolución drástica los intereses de los lectores; pero los genios (Tolstói lo fue) permanecen con su brillo intacto. A esa eternidad la llamamos Gloria.

domingo, 30 de octubre de 2022

La Casa Rosmer

 


Beate, la desequilibrada esposa del reverendo Rosmer, se suicidó ante un tiempo; y desde entonces todo parece haberse enrarecido a su alrededor: la asistenta Rebekka no termina de encontrar su nuevo papel en la casa, ahora que la señora no está; el rector Kroll (amigo íntimo de Rosmer) se muestra inquieto por los rumores que circulan alrededor de la nueva situación doméstica del reverendo; y por el pueblo cunden las ideas progresistas (encabezadas por Mortensgård), que tienen a los poderosos “de toda la vida” sumamente alterados. Con esos mimbres iniciales, el noruego Henrik Ibsen hace que comience a funcionar su drama La Casa Rosmer, que leo en la traducción de Cristina Gómez-Baggethun para el sello Nórdica. Y si el punto de arranque es delicado, mucho más delicados y cenagosos se volverán los hechos a las pocas páginas, porque los lectores nos convertimos en dianas sobre las que el autor dispara sus certeras flechas: ¿qué motivó realmente el suicidio de Beate? ¿Qué extraños episodios de su pasado oculta Rebekka desde que llegó a la casa? ¿Qué siente en verdad el reverendo Rosmer por esa mujer, justo cuando se plantea apostatar de su fe religiosa? ¿Qué papel jugarán Kroll y el resto de sus amigos en el futuro de Johannes Rosmer, cuando manifieste su deseo de sumarse a las huestes progresistas que desean cambiar la mentalidad del pueblo? Y, de fondo, unos misteriosos y fantasmales caballos blancos que anuncian la muerte.

Siempre eficacísimo a la hora de provocar la inquietud en el lector, Henrik Ibsen despliega una trama en la que los remordimientos de conciencia, las medias verdades, las ideologías rancias y la tortura de los espíritus van conformando una historia llena de meandros y tinieblas, que se resuelve de un modo inesperado.

Qué delicia de autor. Qué dominio de los resortes dramáticos y psicológicos. Qué brillantez en los diálogos. Espléndido.

sábado, 12 de septiembre de 2020

Delibes en bicicleta

 



En ocasiones, un pequeño detalle vital puede servir (si los ojos que lo contemplan son inteligentes y sensibles) para ofrecer una imagen significativa del talante de una persona. Esa técnica vertebradora es la que maneja Jesús Marchamalo en su reciente libro Delibes en bicicleta (publicado por Nórdica e ilustrado por Antonio Santos) para acercarnos hasta la figura del narrador vallisoletano, tan querido como admirable, tan austero como inmortal. Y el objeto elegido, como el mismo título del volumen declara, es una bicicleta. La bicicleta con la que el temeroso niño Miguel aprendió a moverse sobre dos ruedas; la bicicleta con la que recorrió cien kilómetros para ver a su novia; la bicicleta que usan sus descendientes para recordar al gran patriarca familiar a través de paseos constantes.

Un genio en bicicleta (llámese Albert Einstein, León Tolstoi o Sylvia Plath) es un ser humano dejándose acariciar por el viento y haciendo gala de su sencillez. Posiblemente por eso resulte una imagen tan adecuada para representar a Miguel Delibes, cazador a rabo, andariego impenitente y magnífico escritor.

Un delicado homenaje que se lee con una sonrisa en los labios.

lunes, 3 de junio de 2019

Cartas a Felice




Hecho 1: estas Cartas a Felice, del checo Franz Kafka, están traducidas por Pablo Sorozábal, ocupan más de ochocientas páginas y han sido editadas por el sello Nórdica en un sólido volumen encuadernado con tapa dura.
Hecho 2: resulta imposible elaborar un resumen o reseña de todas las emociones, positivas y negativas, tentaculares o concentradas, risibles o dramáticas, que en el volumen laten. Es tarea condenada al fracaso.
En síntesis (y debo advertir que la síntesis es inevitablemente pobre, porque se edifica sobre la poda de matices), Franz se preocupa al principio de atraer a Felice y, después, cuando ella acepta la relación y todo parece que se encamina hacia el matrimonio, da la sensación de tragar saliva y comienza a poner inconvenientes: se dibuja a sí mismo con tintas negativas, enumera sus defectos, la atosiga con preguntas y exigencias de cartas, le recuerda su salud precaria y sus numerosos ángulos temibles, le expone lo reducido de su sueldo… Pero cuando aprecia que Felice se distancia o se enfría vuelve al acoso, recordándole que es indispensable para él, que su vida carece de sentido sin ella y que deben verse. Y cuando ella se pliega a ese encuentro, a Franz vuelve a dominarlo el pánico y repite el ciclo. Al final, tras dos compromisos matrimoniales fijados y después cancelados por el inestable Franz, sus caminos se separaron para siempre.
Lo ilustraré con citas de la obra, en lo que podríamos definir como resumen-viaje por las emociones del libro.
Comienza previniendo a Felice Bauer, con el disfraz del humor, contra sí mismo (“¡Qué humores me dominan, señorita! Una lluvia de neurastenias cae ininterrumpidamente sobre mí”, 15). Y de inmediato alude a su destino literario, el único que parece preocuparle (“Mi vida, en el fondo, consiste y ha consistido siempre en intentos de escribir, en su mayoría fracasados”, 36). Después descarga su primer mazazo (“Yo no tendré nunca un hijo”, 54), aunque más tarde intente conmoverla con una súplica tímida (“Necesito más afecto del que merezco”, 56), que vuelve a girar hacia la prevención (“Estoy justo lo suficientemente sano para mí, pero no para el matrimonio, y menos aún para tener hijos”, 61).
Cuando Felice ya ha dado muestras bastantes de mostrarse comprensiva con él y ha tolerado más de una rareza y más de un exabrupto, Franz recurre a una imagen tan nítida como infranqueable (“Tengo la sensación de estar ante una puerta cerrada, detrás de la cual vives tú, y que jamás se abrirá”, 318); y trata de frenar las ilusiones de convivencia de la muchacha (“A mi lado no podrías vivir ni dos días seguidos”, 323-324). Franz no desdeña ni siquiera las hipérboles más risibles o disparatadas para mitificarse negativamente (“Con el despliegue de energías que necesito para mantenerme con vida y no perder el juicio hubiese podido construir las pirámides”, 362). Obsesionado con la voluntad de desanimar a Felice le explica que si se casaran él se encerraría a escribir en su cuarto y no querría trato con familiares o amigos; que apenas aceptaría hablar con ella más que unos minutos al día, si se encontrara de humor por el buen resultado de su escritura; y que, por ejemplo, no estaría dispuesto a admitir más dieta doméstica que la vegetariana (que ambos deberían respetar a rajatabla). Y concluye: “Ojalá poseas el don de no decepcionarte” (444). Este retrato íntimo llega a extremos patológicos cuando Franz le indica a Felice: “Estoy tirado en el suelo a tus pies y te suplico que me eches a patadas” (467). No obstante, se quejará amargamente cuando ella, intimidada por tantas rarezas, inconvenientes y prevenciones, decida distanciarse de él. Entonces se sentirá triste, abandonado, incomprendido y golpeado por un infortunio que no se merece y que lo conduce de nuevo a la queja hiperbólica (“Mi infelicidad es más grande que todas las montañas”, 686).
Ese tobogán de emociones explosivas se repite una y otra vez, quizá porque, como le escribió Max Brod a Franz, “tú eres dichoso en tu desdicha”.
Si has leído alguna obra de Kafka (o más de una) y has quedado prendado de la personalidad del escritor checo, aquí encontrarás un material riquísimo para formarte una imagen más completa sobre él.
Imprescindible.

martes, 28 de marzo de 2017

El bolso de Blixen



Afirmaba Baltasar Gracián que “más obran quintaesencias que fárragos”, pero ese inteligente dictamen no ha sido seguido (ni en España ni en ningún lugar del mundo, que yo sepa) por los compositores de biografías, mucho más afanosos a la hora de acopiar detalles que a la hora de seducir a los lectores eligiendo los más rutilantes. Por fortuna, he aquí ante nuestros ojos una excepción: las páginas que Jesús Marchamalo le dedica a la baronesa Karen Christence Blixen, más conocida en el mundo de las letras como Isak Dinesen, autora de Memorias de África. Con una extensión mínima (si las trasvasamos a folios, las 48 páginas de este volumen se convierten en poco más de 15), el periodista madrileño logra una semblanza deliciosa, lírica, sinóptica, diamantina, donde se nos presenta a esta mujer nacida cerca de Copenhague, flaquísima desde la infancia, cuyo padre se ahorcó sin motivo conocido y que, casada con su primo Bror, fue propietaria de una explotación cafetera en el continente africano.
Jesús Marchamalo selecciona elegantemente los datos biográficos de la escritora y los une a pinceladas paisajísticas, fotografías donde aparece junto a Marilyn Monroe, anécdotas despóticas, informaciones curiosas sobre su alimentación o enfermedades que la aquejaron. Y el conjunto, lejos de convertirse en un texto snob o superficial, alcanza una categoría casi borgiana, donde los detalles cuajan hasta convertirse en un delicioso retrato puntillista.

Se entra en este pequeño volumen identificando a Isak Dinesen con la frase “Yo tenía una granja en África” (palabras que popularizó el cine con el apoyo de los actores Meryl Streep y Robert Redford) y se sale con una imagen mucho más completa de ella, gracias al minucioso ramillete de diapositivas vitales que Marchamalo ha cribado, abrillantado y reunido para nosotros. Sin duda, una lectura hermosa, que las ilustraciones de Antonio Santos redondean para el sello Nórdica.

jueves, 4 de febrero de 2016

Atlas de la España imaginaria



Si Jorge Luis Borges, en colaboración con Margarita Guerrero, construyó en su día un volumen con el título de El libro de los seres imaginarios; y José María Merino redactó una novela llamada Días imaginarios; y Francisco López Serrano ultimó una novela con el nombre de El tiempo imaginario; y Alison Lurie se decantase por el marbete Amigos imaginarios para encabezar la obra que le publicó Tusquets en 1989, ¿qué extrañeza puede causar que el leonés Julio Llamazares nos ofrezca ahora, en la editorial Nørdica Libros, un volumen bajo el rótulo de Atlas de la España imaginaria?
La aventura narrativa que nos propone es tan hermosa como sugerente: pasearnos por lugares de España que, en virtud de su aparición en obras literarias o en frases hechas, parecen pertenecer al mundo de la ficción. Pero Llamazares se encargará de ofrecernos un recorrido urbano, paisajístico, histórico y antropológico por estas pequeñas localidades. Así, nos explicará que Jauja es una localidad andaluza de unos mil habitantes, inmortalizada por Lope de Rueda en uno de sus pasos, y que en ella nació el bandolero José María El Tempranillo; que Babia es una comarca leonesa en la que los reyes descansaban y cazaban, y de la cual procedían los fundadores de las primeras mantequerías y perfumerías de Madrid; que Pinto y Valdemoro son dos localidades de la zona central de España, que protagonizan una frase tan ambigua como inexplicada; o que los cerros de Úbeda son la zona donde murió san Juan de la Cruz y nació Antonio Muñoz Molina... Además, por las páginas de la obra desfilan la ínsula Barataria, las Batuecas o Fuenteovejuna, tan famosas como desconocidas.
Con rigor descriptivo, con pupilas de fotógrafo y con aliento de poeta, Llamazares nos pasea por estos rincones diminutos de la España literaria y nos entrega unos fotogramas deliciosos donde nos habla de árboles, monumentos, anécdotas, reyes, campesinos y bribones. El tomo se completa con ilustraciones de David de las Heras y, sobre todo, con unas impresionantes fotografías de José Manuel Navia, que cierran y coronan este hermoso libro editado en tapa dura por Nørdica Libros
Con rigor descriptivo, con pupilas de fotógrafo y con aliento de poeta, Llamazares nos pasea por estos rincones diminutos de la España literaria y nos entrega unos fotogramas deliciosos donde nos habla de árboles, monumentos, anécdotas, reyes, campesinos y bribones. El tomo se completa con ilustraciones de David de las Heras y, sobre todo, con unas impresionantes fotografías de José Manuel Navia, que cierran y coronan este hermoso libro editado en tapa dura por Nørdica Libros.

martes, 28 de diciembre de 2010

Kafka & Borges




Si nos paramos a analizarlo con una cierta calma descubriremos que una buena cantidad de los escritores a los que consideramos clásicos del siglo XX han sido, aparte de unos estilistas de primera magnitud, grandes constructores de laberintos. Unos estaban camuflados en la ciudad donde los escritores habitaban; otros, en el lato y minucioso territorio de su memoria; otros, en la poliédrica estructura de sus almas. Pero todos, indefectiblemente, nos mostraron que nuestro entorno o nuestro interior pueden ser diamantes de complejísimo brillo: James Joyce, Marcel Proust, Julio Cortázar, Fernando Pessoa... Parece como si nuestra época necesitase de ese tipo de artistas que dan forma y nombre a las angustias metafísicas, a los horrores llenos de niebla que acechan, cercan y sepultan al hombre moderno.
El checo Franz Kafka y el argentino Jorge Luis Borges son, por derecho propio, Grandes Maestres de esa logia exquisita; y la editorial Nórdica ha tenido la feliz idea de reunir en un solo tomo, de asombrosa factura, tres textos del argentino (La casa de Asterión, Un sueño y El laberinto) junto a la monumental pieza La metamorfosis, del checo. Y todas las páginas del volumen están inteligentemente ilustradas por Verónica Moretta, que las enriquece gracias a su sensibilidad, aportándoles un aroma nuevo.
El conjunto, que hará las delicias de los auténticos enamorados de los libros, se muestra en las librerías en una cuidada edición de 999 ejemplares que harán bien de ojear los buenos lectores, porque resulta de lo más seductora: rotulaciones que quiebran el ritmo visual (pero que respetan el ritmo narrativo), páginas con perforaciones casi mondrianescas, juegos donde la geometría se pone al servicio del relato... Todo un despliegue técnico, de gran fuerza expresiva, que respalda las propuestas de esos dos genios de la literatura universal.
Jorge Luis Borges nos habla en estas páginas de un singular personaje llamado Asterión que, consciente de su monstruosidad, se aísla voluntariamente de sus contemporáneos en un reducto casi inexpugnable, donde trata de acorazarse del odio; pero, a la vez, nos deja bien claro que le urge relacionarse con los demás, mezclarse con ellos, sentirse unido a la calidez de su estirpe humana. En otro de los relatos (Un sueño), Borges nos hablará de un rey que, humillado por su vecino, termina acometiendo una venganza tan eficaz e implacable como incruenta, con un aroma inequívoco de apólogo oriental.
Franz Kafka, como bien sabemos, nos comunica en La metamorfosis (uno de los seis textos privilegiados que, según le dijo a Max Brod en sus instrucciones testamentarias, debía salvarse de la destrucción de sus escritos) la desazón de un pobre oficinista que despierta una mañana con el horror pintado en el rostro al descubrir que se ha transformado en un monstruoso insecto, y que ha de afrontar la repugnancia de su familia ante esta desagradable mutación: perderá su trabajo, su hermana se convertirá en la limpiadora oficial de su habitación, su madre se alejará de su presencia, su trabajo corroborará el desdén que siente por su hijo, que siempre lo ha decepcionado desde que nació...Mi amigo Pascual García me dijo una vez que, a su juicio, los textos y autores clásicos son aquellos a los que uno puede acudir varias veces a lo largo de la vida y siempre les descubre detalles que le pasaron inadvertidos en la primera lectura, sorpresas de nuevo colorido y gozos sin explorar. Yo estoy de acuerdo con ese dictamen. Por eso no he abandonado nunca la relectura de Kafka o de Borges, desde que agoté sus obras hace años. Escribió Friedrich Nietzsche que quien vuelve a los orígenes siempre encuentra nuevos principios. Ahora podríamos completar esa afirmación con este libro en la mano: quien deja que una editorial con sensibilidad (Nórdica), una artista con talento (Verónica Moretta) y una traductora con sólidas virtudes (Ángeles Camargo) rotulen ante sus ojos un sendero diferente, aprenderá sin duda que las obras inmortales de la literatura no son algo muerto, embalsamado y colocado en el interior de una vitrina, sino cofres que aún cobijan sorpresas, diamantes con facetas inexploradas. Esta edición es la prueba manifiesta. Yo me siento muy feliz de tenerla en mis manos.

sábado, 6 de febrero de 2010

Persona



Uno de los descubrimientos más inquietantes de la modernidad radica en haber constatado que no nos conocemos a nosotros mismos, que somos cónclaves de interrogaciones, laberintos de nieblas. Y ese desasosiego inesperado (creíamos que los espejos nos decían la verdad, y de repente descubrimos que no es así) nos erosiona y nos derrumba. Porque ser incapaces de explicar el universo o de atinar con un desarrollo matemático y energético que clarifique el mundo del átomo se nos figuran, a la postre, ignorancias asumibles. Pero pensar en uno mismo y no ser capaz de encontrar respuestas nos depara una infinita perplejidad y una infinita angustia. Ya no se trata de que, para decirlo con el título famoso de Juan Bonilla, «nadie conoce a nadie», sino de algo peor: ignoramos nuestro propio interior. De ahí que obras literarias como Rayuela (de Julio Cortázar) o Rinoceronte (de Ionesco), obras pictóricas como las acometidas por Salvador Dalí o Giorgio de Chirico... y películas como «Persona», del realizador sueco Ingmar Bergman, sirvan de excelentes metáforas para ilustrar la zozobra del ser humano actual.
Ahora, la editorial Nórdica nos propone que recordemos esta pieza a través de la versión redactada por el propio Bergman, que traduce Carmen Montes y a la que pone prólogo Jonás Trueba. En su página inicial, el director escandinavo nos explica que no está escribiendo en este volumen el guión de una película, sino algo cuyo ritmo recuerda más bien a una melodía. Y no sólo eso, sino que exhorta al lector que la afronte «para que disponga libremente del material que aquí pongo a su disposición» (p.15). Su argumento, por otro lado, es tan sumamente conocido por los amantes del cine que apenas necesita comentarios: la enfermera Alma (que apenas tiene 25 años) ha sido contratada para cuidar a la señora Elisabet Vogler, una actriz de éxito que, de pronto, ha decidido enmudecer sin que aparentemente medie una causa que lo justifique: ni física ni mental. Alma intenta, sin demasiada fortuna, ir suavizando el comportamiento de la señora Vogler, de quien tiene que interpretar los gestos y a quien, incluso, lee las cartas que le van llegando... Una doctora, amiga de la actriz y encargada de pautar su tratamiento, opina que Elisabet y su enfermera deberían trasladarse a la casa que dicha doctora tiene en la costa: así estarán también aisladas (es la base de la terapia), pero cambiarán de aires. La paciente no mejora del todo, pero atraviesa ciclos de mayor euforia, en los que llega a escribir cartas, pasea o pesca. Alma comienza a tutear a Elisabet. Y le cuenta, entre otras cosas, que le gustaría terminar sus días, dentro de muchos años, en un centro de retiro sólo para enfermeras, que se encuentra en el mismo interior del hospital («Eso es lo que a mí me gusta. Mantenerse fiel a algo de forma inquebrantable, pase lo que pase. Eso es lo que pienso que hay que hacer. Significar algo para otras personas», p.43). Le cuenta también que un día, de forma más bien absurda, se dejó hacer el amor en la playa por un chico al que no conocía (en una escena que recuerda a algunas páginas de El extranjero, de Albert Camus), y se quedó embarazada. Luego se vio en la obligación de abortar. Es entonces cuando Elisabet (justo al final del capítulo 14) le habla por primera vez, diciéndole que se vaya a la cama para que pueda descansar.
Eso no quiere decir que el proceso de recuperación haya entrado en su fase final: al contrario, habrá constantes avances y retrocesos, que nos permitirán descubrir con lentitud calculada, y a veces irritante, los entresijos mentales de la actriz... y de su enfermera. Los lectores, absortos por la densidad psicológica de las dos mujeres, asistirán a este singular diálogo-monólogo con la certidumbre de estar abriendo cajas de Pandora. Quienes pudieron ver en su día la obra cinematográfica de Bergman tienen ahora la oportunidad de completar su recuerdo con un texto en el que el autor sueco (fallecido en 2007) introduce alguna clave más, que enriquece su controvertida película de 1966. Muy adecuada para las personas que estén dispuestas a enfrentarse con los miedos profundos del ser humano.