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martes, 7 de octubre de 2025

Variaciones sobre metamorfosis

 


Leo con profundo interés la pieza teatral Variaciones sobre metamorfosis, del colombiano Carlos José Reyes, que se plantea una revisión escénica de la famosa novela homónima de Franz Kafka. De inicio, apenas nos es dado advertir ninguna desviación del argumento que el checo creó en sus páginas: Gregorio Samsa es un viajante de comercio que, con mucho esfuerzo, está logrando que las deudas de su familia se reduzcan rápidamente y que, además, siente tal adoración por su hermana Greta que se ha propuesto pagarle los estudios en el Conservatorio. El ambiente familiar (aquí comenzamos a notar las primeras divergencias) es feliz y luminoso: todos sonríen, todos se hablan con cariño, se regalan cosas, se dirigen los unos a los otros con extremada amabilidad… A la mañana siguiente, Gregorio no es capaz de subirse al tren de las ocho para dirigirse al trabajo, porque no se encuentra bien; y un representante de la empresa acude raudo para descubrir la causa de su absentismo laboral. Es entonces cuando todos descubren que el buen muchacho se ha convertido en… algo.

Cualquier persona que haya leído la novela de Kafka se estará preguntando dónde residen entonces las novedades o las aportaciones que imprime el dramaturgo bogotano a la vieja historia del checo. Y la respuesta puede centrarse, en mi opinión, en dos factores: el primero, el giro “economicista” que puede observarse en el personaje del Principal, que viene como representante de su empresa y que no muestra interés ninguno por el estado de salud de Gregorio, concentrándose de modo obsesivo en la necesidad de que todos los empleados trabajen y trabajen, produzcan y produzcan, imperturbables ante cualquier otra consideración no dineraria; el segundo, el ingrediente sexual que muestran los inquilinos en la segunda parte, cercando a Greta, rozándose con ella en el pasillo y dejando caer en sus oídos insinuaciones tan inapropiadas como turbias, hasta lograr incluso la incomodidad de la persona que está leyendo.

Pero, ante todo, les pediría que fijaran su atención en la degradación del padre, la madre e incluso la hermana del protagonista cuando, en la secuencia final, se disponen a comer. Verán cómo se sorprenden… y extraen conclusiones.

Creo que será interesante buscar otras piezas de este autor, fallecido hace ahora un año.

domingo, 27 de julio de 2025

La Virgen de los Sicarios

 


No descubrimos el nombre del narrador hasta la página 78 de esta novela. Se nos dice antes, eso sí, que es colombiano, que ha escrito “unos cuantos libros” (p.37) y que no tiene una imagen demasiado buena de sus compatriotas: “Mis conciudadanos padecen de una vileza congénita, crónica. Esta es una raza ventajosa, envidiosa, rencorosa, embustera, traicionera, ladrona: la peste humana en su más extrema ruindad” (pp.27-28). Ha vuelto, después de muchos años, y se ha encontrado con un Medellín destrozado por la droga, los tiroteos, el robo y las extorsiones de todo tipo. De hecho, el retrato que nos traslada sobre el mundo de las comunas es estremecedor: “Ha de saber usted y si no lo sabe vaya tomando nota, que cristiano común y corriente como usted o yo no puede subir a esos barrios sin la escolta de un batallón: lo “bajan”. ¿Y si lleva un arma? Se la “bajan”. Y bajado el fierro le bajan los pantalones, el reloj, los tenis, la billetera y los calzoncillos si tiene o trusa. Y si opone resistencia porque este es un país libre y democrático y aquí lo primero es el respeto a los derechos humanos, con su mismo fierro lo mandan a la otra ribera: a cruzar en pelota la laguna en la barca de Caronte. Usted verá si sube” (p.31). Nadie aporta soluciones: ni la Iglesia, que se pierde en estupideces caritativas o buenistas; ni los responsables políticos, que forman una mafia corrupta, sin excepciones (“Todo político o burócrata (que son lo mismo, puesteros) es por naturaleza malvado, y haga lo que haga, diga lo que diga no tiene justificación. Jamás presumas de estos su inocencia. Eso es candor”, p.62); ni tampoco la ciudadanía, acogotada por el miedo y anestesiada por el fútbol y el sexo.

En ese mundo de violencia continua y asfixiante, en el que los niños de doce años ya disponen de revólver y comienzan a trabajar como sicarios, el narrador conoce a Alexis, un adolescente de ojos verdes del que se enamora y que, desde el primer minuto, demuestra ser un demonio destructor, temperamental, caprichoso e impulsivo, que mata a cualquiera por una mirada, por un insulto o por simple arrebato. Es decir, porque puede. Porque es el Señor del Gatillo. Lógicamente, la supervivencia de alguien así es quebradiza; y será otro sicario quien, por una venganza personal cuyo sentido descubrimos en la página 115, termine con su respiración, dejando al narrador en un estado de profunda tristeza y de profunda soledad.

Crónica terrible, cruda y violentísima sobre un mundo sin Dios, donde los seres humanos alcanzan el fondo de su propia vileza y donde todas las relaciones se vertebran sobre la brutalidad, el miedo o la amenaza, La Virgen de los Sicarios es una novela incómoda y magistral, donde Fernando Vallejo combina con gran brillantez registros populares y cultos (el lenguaje de los sectores más bajos de la sociedad colombiana se entrevera con alusiones a Honoré de Balzac, Dostoievski, Schönberg, Rufino José Cuervo, Cervantes, Don Juan Tenorio, Homero, Antonio Machado, Jorge Luis Borges, Jules Verne o Arthur Adamov) y donde, con ayuda del humor negro, retrata un mundo casi inimaginable para quienes lo leemos desde la comodidad de nuestros sillones. Solamente un narrador excepcional puede conseguir que escuchemos el estruendo de las detonaciones y que veamos y casi oigamos el fluir de la sangre por el orificio de las balas.

He indicado en la primera línea de la reseña que, hasta la página 78, no leemos el nombre del narrador y protagonista de esta historia. Lo anoto en la última, por si desean conocerlo: Fernando.

martes, 3 de junio de 2025

Cuando era feliz e indocumentado

 


Gabriel García Márquez nos resume, con gracejo y amenidad (la mezcla de sucesos memorables y bagatelas irónicas es altamente divertida), el año 1957:  nos ofrece una crónica sobre la fuga carcelaria de Patricio Kelly, líder de la Alianza Revolucionaria Argentina; nos realiza un resumen de las intervenciones que los religiosos llevaron a cabo para contribuir al derrocamiento del dictador Pérez Jiménez; nos suministra un buen número de datos sociológicos, económicos, migratorios y políticos sobre la Venezuela de finales de los años 50; nos relata la angustiosa situación que tuvo que vivir Carmelo Martín Reverón cuando su hijo de 18 meses fue mordido por un perro rabioso y debió emprender una carrera contrarreloj en busca de un medicamento que lo librase de la muerte; nos reseca el gaznate cuando nos recuerda la feroz sequía que asoló Caracas y que puso a su población al borde de la muerte por deshidratación; nos ofrece un retrato del juvenil e impetuoso revolucionario Fidel Castro, justo en los días en que comenzó su lucha en la Sierra Maestra; nos habla del célebre caballo de carreras Senegal; y, en fin, dice en voz alta que sus ojos horrorizados vieron en cierta ocasión siete sicilianos muertos.

Son historias periodísticas que nos informan de sucesos y personajes a los que el tiempo, en su mayor parte, se ha tragado y oscurecido, pero que se mantienen en pie gracias a la escritura habilidosa y convincente del narrador colombiano, que las exonera de su caducidad inevitable.

Un libro menor, pero de lectura amena.

sábado, 3 de febrero de 2024

El olvido que seremos

 


Existe un tipo de valentía que jamás van a entender, por mucho que se esfuercen (y tampoco harán el intento, puesto que escapa a su comprensión), aquellas personas que todo lo resuelven mediante la brutalidad y el salvajismo: la valentía de elegir la calma. La valentía de mirar, apretar los dientes y refugiarse en la sensatez. La valentía de la serenidad. Y esa valentía es la que empapa, construye y guía de forma serenísima las páginas de El olvido que seremos, del colombiano Héctor Abad Faciolince. No era, desde luego, lo “lógico”, porque el escritor nos está contando la vida de un hombre, su padre, que fue asesinado por los poderes fácticos de su país (legales o ilegales) de forma vil e inmisericorde: a balazos y en plena calle. Para un hijo que idolatra a su progenitor, este acto vandálico podría haberse convertido en el detonante de un comportamiento animal, irreflexivo y virulento; mas no fue así. El autor de estas líneas nos dice que la causa hay que buscarla en su cobardía, pero yo me permito poner en duda esa explicación. Con el acto cívico de elegir palabras en lugar de balas, de ordenar recuerdos en lugar de cartuchos, de iluminar anécdotas en lugar de provocar fogonazos con bombas, Héctor Abad Faciolince apuesta por el mármol del libro. Un mármol (es hombre inteligente y lo sabe bien) que también será pulverizado por el paso de los años, porque ya somos el olvido que seremos y porque todo (desde los seres humanos hasta el planeta mismo) será una vez olvido y desintegración y nada. Pero qué gran orgullo cívico y qué gran felicidad literaria que, durante veinte años, este narrador haya meditado, pulido y conformado el modo de convertir su dolor en un torrente de palabras, que los demás podemos recorrer sobre la canoa de nuestra admiración, plenos de escalofríos y lágrimas, dejando que nuestras manos se sumerjan en la corriente y sientan su frescor, su liquidez azul, su belleza.

En El olvido que seremos hay mucha grandeza, y no solamente me refiero a la literaria, que he completado con la audición de varias entrevistas realizadas al autor con motivo de este libro: la grandeza de quien no usa la adrenalina, sino los vocablos. Nos queda la palabra, decía un poeta español. Nos quedan siempre las palabras, nos dice también este novelista colombiano. Qué enorme suerte, haber descubierto esta obra, que ya se ha convertido para mí en inolvidable.

“Cuando uno lleva por dentro una tristeza sin límites, morirse ya no es grave”, anota con languidez vigorosa en la página 178. Me pongo en pie ante la persona que ha convertido esa tristeza sin límites en un monumento literario.

lunes, 13 de noviembre de 2023

El amanecer de un marido

 


No recuerdo cuándo llegó a mis ojos por primera vez el nombre de Héctor Abad Faciolince, ni quién lo invocaba. Lo que sí recuerdo es que, desde entonces, han sido seis o siete las ocasiones en que ha vuelto a aparecer ante mí, siempre con la etiqueta de narrador espléndido, de cuentista y novelista admirable. Así que cuando hace unos días caminaba por los pasillos de la biblioteca Salvador García Aguilar, de Molina de Segura, buscando obras que llevarme a casa y apareció este libro ante mi cara, me dije: “Ya. Hoy”. La decisión fue atinada: el libro es muy bueno. Estoy hablando de El amanecer de un marido (Seix Barral), entre cuyas páginas he podido encontrar un catálogo muy variado de historias, todas ellas (salvo “Novena”, a la que no conseguí tomarle gusto) memorables: el hijo que come todos los jueves con su madre en el asilo donde está ingresada y que, por un despiste, no acude una vez (“Álbum”); el matrimonio que viaja hasta una exótica playa y se enturbiará con una infidelidad flagrante (“La fiebre en Tolú”); la mujer que decide abandonar a su marido para que él rehaga su vida cordial cuando aún hay tiempo (“En medio del camino de la vida”); la más hermosa carta de suicidio que pueda soñar la imaginación humana (“Memorial de agravios”); la desolación lánguida con la que un marido descubre en el correo electrónico el adulterio de su esposa con un amigo común (“Alguien oculta algo”); las citas literarias que el autor secuestra a Manuel y Antonio Machado, José Asunción Silva y otros autores para introducir sigilosamente en un relato (“Mantis religiosa”); la forma en que el atractivo físico puede desembocar en una tragedia doble (“Juventud, divino tesoro”); las sorpresas que puede encontrarse un pobre periodista cuando compra el suntuoso piso de un narcotraficante que fue asesinado a balazos en su salón (“La guaca”); los tonos melancólicos que impregnan el regreso a Turín de un maduro profesor cuya esposa lo está traicionando; o (y no se pierdan este relato por nada del mundo) las sobrecogedoras páginas que redacta un escritor antes de que (o para que no) vengan a matarlo los descontentos con sus publicaciones en prensa, sean paramilitares, millonarios, gobierno o narcos.

Sí, Héctor Abad Faciolince es un fantástico narrador. Ahora lo puedo decir con la autoridad breve que me da haber leído un libro suyo. No será el último.

jueves, 22 de octubre de 2020

El coronel no tiene quien le escriba

 


Ignoro las veces que habré leído El coronel no tiene quien le escriba. Tal vez cinco o seis. Quizá alguna más. Y en cada abordaje que ejecuto a la obra me encuentro con la misma sensación de pureza, de elegantísima prosa, de vocabulario exacto, de poesía natural (sin duda, largamente urdida, pero de expresión inocente y como encontrada), que me convencen de la maestría absoluta del escritor Gabriel García Márquez. El cuadro que aquí nos presenta está integrado por personajes vivos, por paisajes definidos y por temperamentos firmes que, no obstante, fluyen de un modo inaudito. En algún sitio he leído (¿Paco Umbral?) que la grandeza estilística de un autor consiste en dar la sensación de haber logrado su objetivo sin esforzarse, como si la música del relato hubiera tomado posesión de él y se expresara de forma autónoma e inequívoca.

La historia del coronel y de su esposa asmática, del hijo que fue “acribillado nueve meses antes en la gallera, por distribuir información clandestina”, del avariento don Sabas, del abogado que está siempre “tendido a la bartola en una hamaca” y que se ve impotente para conseguir la anhelada pensión que permita salir a su representado de la pobreza, de los amigos fervorosos de su hijo (que se obstinan en que el gallo que criaba el muchacho al morir llegue a la época de las peleas, para servir como redención de todos ellos) o del médico bondadoso, que conforta a la delicada esposa del coronel y que le presta a éste los periódicos, para que se entere de la actualidad, no podría haber sido contada de otra forma. Es imposible que fuera contada de otra forma. El novelista colombiano ha escrito con un estilo único una historia única. Sencilla en su formato, pero hondísima en su espíritu; sobria en el planteamiento, pero airosa y poética como pocas.

Conseguir contar de manera admirable y eterna un argumento sencillo es el máximo honor al que puede aspirar un novelista. Gabriel García Márquez, aquí, lo consigue sin un solo desmayo. Sublime (como dijo Charles Baudelaire) sin interrupción.

lunes, 24 de agosto de 2020

Crónica de una muerte anunciada




Leer en la prensa la triste noticia de la muerte de Mercedes Barcha y pensar, casi de inmediato: “Tengo que releer algo de Gabriel García Márquez”. Y acudir a las páginas amanecientes de Crónica de una muerte anunciada, y preparar un café, y quitarte el calzado, y dejar que el ventilador sea el único sonido de la habitación, y decirle a Gabo: “Venga, es tu turno, habla”.
Después de todos esos prolegómenos, la historia de Santiago Nasar (que he leído cinco veces y ahora seis) vuelve a desplegar su arco iris de belleza tropical y, sobre todo, su relojería implacable, en la que cada ruedecita dentada actúa como un heraldo del fatum. Camino por el pueblo, me tropiezo con sus gentes, contemplo los residuos de la celebración nupcial de Bayardo San Román y Ángela Vicario, me irrito con la displicencia del obispo, imagino la vivienda del viudo (donde se ha encerrado Bayardo para aniquilarse, como un Nicholas Cage que viajase a Las Vegas), intento levantar del suelo la maleta conteniendo dos mil cartas sin abrir, visualizo los expedientes judiciales pudriéndose en su lecho de agua y, por encima de cualquier otra emoción, me siento embrujado por la prosa inigualable de este coloso colombiano y universal que nos ha regalado una de las mejores herencias literarias del siglo XX, compuesta por monumentos como Cien años de soledad, El otoño del patriarca, El coronel no tiene quien le escriba o esta sofocante Crónica de una muerte anunciada.
Loada sea doña Luisa Santiaga Márquez Iguarán. O, lo que viene a ser lo mismo, viva la madre que lo parió.

lunes, 8 de junio de 2020

Ojos de perro azul




En el ejemplar que acabo de releer de Ojos de perro azul, del colombiano Gabriel García Márquez, encuentro la siguiente anotación con mi letra: “Leído en 1987”. Y luego un aparatoso signo de interrogación escrito con rotulador rojo. Ignoro lo que quise decir con él, pero tras acabar de nuevo el volumen creo que era una forma de consignar mi perplejidad, porque el tomo me parece (en 2020) lo que quizá me pareció en 1987: un libro irregular, que se encuentra un par de peldaños por debajo del nivel GGM.
Hay, desde luego, relatos estupendos, como “La mujer que llegaba a las seis” (de gran simplicidad argumental, pero impecable desarrollo literario), como “Nabo, el negro que hizo esperar a los ángeles” (donde la ternura y lo maravilloso unen sus dedos narrativos), como “Alguien desordena estas rosas” (páginas en las que la muerte y la soledad provocan un silencio casi catedralicio en el lector) o como el célebre “Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo”. Pero, también, me encuentro con relatos que no parecen ir a ningún sitio y donde he tenido siempre la sensación de estar contemplando a un perro mientras se enrosca para dormir: vueltas y vueltas hasta el bostezo final.
Y me ha dado por pensar en los mil azares que rigen un amor literario: si hubiera leído por primera vez a García Márquez en este libro, es dudoso que ahora fuera uno de mis autores favoritos, porque no me habría abalanzado hacia otras obras suyas. Por suerte, no ocurrió así.

miércoles, 4 de marzo de 2020

Memoria de mis putas tristes




El protagonista y narrador de esta novela corta está a punto de cumplir los 90 años y siempre ha sido un varón sexualmente artillero (“Hasta los cincuenta años eran quinientas catorce mujeres con las cuales había estado por lo menos una vez”, anota en la página 16; aunque se apresura a añadir que “nunca me he acostado con ninguna mujer sin pagarle”), así que ha decidido concederse un singular y discutible capricho para celebrar tan elevada longevidad: conseguir que Rosa Cabarcas, dueña de una casa clandestina, le consiga una joven virgen. Ella, profesionalmente, cumple con el encargo, pero le advierte que la muchacha apenas tiene catorce años. El narrador, que dispone según se dice de “una tranca de galeote” (p.26) o “pinga de burro” (p.96), se entusiasma con el panorama y se aviene a pagar el precio estipulado por la madame.
Así comienza Memoria de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez, novela que no llega al centenar de páginas y que constituye una de las narraciones menos felices del colombiano. No porque el tema resulte desagradablemente incómodo (que también), no porque su desarrollo adolezca de escaso vigor (que también), sino sobre todo porque el lector no llega a recibir ni siquiera una pequeña parte del fastuoso chisporroteo imaginativo y literario que García Márquez regala siempre en cualquiera de sus historias, y lo suple con media docena de frases que firmaría con satisfacción Paulo Coelho, pero que el autor de Cien años de soledad, Crónica de una muerte anunciada o El otoño del patriarca, veinte años antes, habría tachado sin demasiadas contemplaciones del primer borrador.
Admiro tan profundamente a este novelista que lo seguiré leyendo y releyendo en el futuro, consciente de que se trata de uno de los mejores narradores hispanos del siglo XX. Pero en esta ocasión, por desgracia, el resultado de su escritura no creo que merezca demasiados aplausos.

sábado, 19 de octubre de 2019

Diario de Lecumberri




Este Diario de Lecumberri constituye, si no me traiciona la memoria, mi primer acercamiento a la obra literaria de Álvaro Mutis; y no me ha parecido (a pesar de su brevedad y del tinte coyuntural que tiene su tema) desdeñable. Es un hábil prosista, un sensible narrador y un fino psicólogo, que nos relata con humana firmeza su paso por la cárcel. Allí conoció a contumaces drogadictos, avaros monumentales y viejos asesinos educadísimos, como Rigoberto Vadillo (todo un carácter, ya lo creo que sí).
Y nos transmite unas anécdotas tan macabros y sorprendentes como la que tiene como protagonista al “Palitos”, un desdichado al que cuando muere en la prisión le colocan en el tobillo una etiqueta insensible en la que puede leerse “Libre por defunción”. No resulta claro que, después de relatarnos anécdotas como ésta y otras de parecido calibre, el narrador se torne melancólico y susurre a los oídos del lector: “Estas cosas no se olvidan, no son asunto de la memoria”.
Sí, es evidente que repetiré con Álvaro Mutis. Se ha ganado el derecho a que lo vuelva a visitar.

sábado, 15 de junio de 2019

La hojarasca




Nunca la espera de un entierro fue tan angustiosa, tan tensa, tan cargada de electricidad, como la que Gabriel García Márquez nos plantea en las páginas de su novela La hojarasca. El cuerpo que reposa en espera de recibir sepultura es el del doctor que, durante años, ha vivido aislado en su casa de Macondo, alejado del trato con sus semejantes y envilecido por el desprecio de los lugareños. Llegó mucho tiempo atrás, recomendado por el coronel Aureliano Buendía, y encontró hospitalidad en la casa de otro coronel, donde sembró el desconcierto al insistir en sus hábitos de soledad y en su peculiar sistema de alimentación: sólo come hierba, como las vacas. A esa excentricidad se le unen sus ideas religiosas (“Me desconcierta tanto pensar que Dios existe, como pensar que no existe. Entonces prefiero no pensar en eso”) y el insulto incomprensible para los habitantes de Macondo de no haber querido prestar auxilio a las personas que lo necesitaban durante una emergencia, acaecida unos años atrás. Desde aquel instante, todos tragaron saliva y esperaron con ansia el momento en que pudieran ver su cuerpo pudrirse, atravesando las calles del pueblo.
Ahora, ese instante ha llegado, y las tres únicas personas que permanecen junto al cadáver (el coronel, su hija y el nieto) van narrando alternativamente lo que sucede: el sonido tétrico de los alcaravanes, la renuencia del alcalde a conseguir una autorización para el entierro, la impaciencia rencorosa con la que todos los lugareños esperan la apertura de la puerta y la salida del ataúd…
Escrita con elegancia magistral, Gabriel García Márquez ya mostraba en esta obra de 1955 que su prosa y su mirada poseían el don de la excelencia, y anticipaba en sus páginas varios nombres y guiños biográficos que irían desarrollándose en sus narraciones de los años siguientes. La magia comenzaba.

martes, 28 de mayo de 2019

Los funerales de la Mamá Grande




Si conocer las obras literarias de Gabriel García Márquez me deparó asombro y admiración sin límites durante mi juventud, revisitarlo treinta años más tarde me provoca los mismos sentimientos, aumentados pese al filtro escéptico de la madurez. Cómo es posible que la prosa del colombiano alcance estos niveles de perfección, de pureza absoluta, de magnetismo sin igual, lo ignoro. No creo que la clave resida en la sintaxis, ni en el vocabulario, ni en los temas, sino en algo etéreo a lo que, con tanto aplauso como reverencia, no conviene llamar sino literatura. Como aquel vate que sugirió que aventásemos los versos y que, si algo quedaba al final, lo llamásemos poesía. Algo de ese estilo.
Los funerales de la Mamá Grande es una colección de cuentos que nos hablan de un mundo llamado Macondo, poblado por dentistas rencorosos, alcaldes violentos, ladrones torpes, constructores de jaulas, curas nonagenarios que ven al demonio, matriarcas todopoderosas, campesinos acostumbrados a la rutina del silencio, calles azotadas por el sol y almendros polvorientos. Y en ese mundo rigen normas que lo convierten en un cosmos particular, donde queda abolida la lógica. O donde, mejor aún, impera otra lógica distinta: que los pájaros decidan suicidarse lanzándose contra las alambradas de las casas; que un pobre infeliz robe tres bolas de billar y ese hurto mínimo conmocione la vida local; que el papa decida abandonar su residencia veraniega en Castelgandolfo para acudir a un funeral en medio del trópico… Aceptados esos parámetros, ese orden nuevo, el lector recibe como recompensa un manojo de historias inolvidables donde se le habla de ambición, de amor, de tristeza, de poder y de mezquindades.
Es obvio que voy a releer todas las obras de Gabriel García Márquez, si la vida y los ojos me respetan. No estoy dispuesto a renunciar a ese placer inmenso. Queda inaugurado el retorno.

viernes, 29 de enero de 2016

En el lejero



Ocurre en ocasiones que un escritor genial monopoliza el nombre de su país de cara a los lectores, y se convierte en una especie de emblema que calcina la fama posible de sus compañeros. Así, es difícil que hablando de La India nos venga a la memoria alguien distinto de Rabindranath Tagore; o hablando de Noruega alguien que no sea Ibsen; o hablando de Irlanda alguien que nos brote antes que James Joyce. Con Colombia ocurre casi lo mismo. ¿Quién no asocia su nombre, literariamente, al de Gabriel García Márquez? Su esplendor internacional ha sido tan prolongado y notorio que ha eclipsado, sin pretenderlo, las luces de sus coterráneos.
Pero he aquí que, cuando nada hacía presagiar el advenimiento de la maravilla, surge la figura de Evelio Rosero y, con unos modos totalmente diferentes a los de su compatriota, nos entrega la novela En el lejero, una pieza magistral y asombrosa, que demuestra un poderío fabulador fuera de lo común. En ella vemos a Jeremías Andrade, un anciano septuagenario que llega un viernes por la noche a un pueblo nebuloso, instalado a los pies de un volcán. Su propósito es tan férreo como desconocido (“Tenía que empezar a buscar, en ese pueblo, tenía una sola pregunta que abarcaba todas las preguntas”), hasta que, por fin, en la página 56, extrae de su bolsillo una fotografía y pronuncia cuatro palabras que condensan un año de peregrinación, interrogaciones y angustias: “Busco a mi nieta”. Pero los personajes que rodean al anciano (la patrona del hotel, las extrañas monjas del convento, los niños fantasmales que gritan a su alrededor, el gordo Bonifacio, una enana lúbrica, los vecinos silenciosos) forman en torno a él un escenario de pesadilla, que se completa con detalles repulsivos (miles de ratones muertos por los suelos) o directamente surrealistas (ese cementerio de guitarras del que se habla en la página 44). Al final, Evelio Rosero terminará de producir desasosiego en sus lectores colocando a dos de los protagonistas en una situación altamente perturbadora, al borde de un abismo.
¿Relato metafórico? Sin duda alguna. Los simbolismos están debajo de cada línea, apuntalándolas. No en balde, la contraportada del tomo nos avisa de las deudas que esta novela contrae con Juan Rulfo y con Dante Alighieri. (Y podría haber añadido también el nombre egregio de Franz Kafka). Pero la gran proeza es que Evelio Rosero haya conseguido un lenguaje poderoso, musical y cuajado de imágenes, en el que la turbadora acumulación de símbolos no ahoga la exquisitez literaria del volumen.

Entre las páginas 64 y 69 de esta obra puede verse cómo el pueblo empuja a Jeremías Andrade para que busque a su nieta dentro del convento. Háganme caso y entren ustedes con él. Descubrirán una novela inquietantemente perfecta y cautivadora.