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jueves, 15 de febrero de 2018

Espíritu de la letra




Acabo la miscelánea Espíritu de la letra, de José Ortega y Gasset (Espasa-Calpe, Madrid, 1965), del que me fatiga la pedantería intelectual (los que no piensan como él andan errados, y al resto lo llama vulgo), su infantilismo exhibicionista (“acuña” la forma léxica ‘rigoroso’ y, por si no nos habíamos fijado bien, la sacude en todos los escritos del volumen, tenaz y cansino como una gotera estruendosa) y su frustración por no haber nacido en Alemania. Me gustan, eso sí, algunas observaciones, como el carácter donjuanesco de Ulises; o la tesis de Westenhofer (p.73) de que es el mono quien deriva del hombre. Pero no mucho más. He notado demasiadas veces la irritación de estar leyendo a quien pretende (y se adivina falso) saberlo todo. Esta vez, don José, no puedo aplaudirle.
“Se es intelectual en la medida en que se sea voluptuoso de problemas teóricos, de ideas”. “Ciencia es aquello sobre lo cual cabe siempre discusión”. “Siempre es más fecunda una ilusión que un deber”. “Avanzamos siempre por la vida entre el misterio innumerable de las amistades y enemistades desconocidas”. “De todo cabe una beatería”. “El consejo de quien nos es muy próximo es el más peligroso, porque solemos atenderlo y con ello desviarnos de nuestro destino”. “Mientras yo no sepa lo que es el universo, mi vida no tiene sentido”. “El termita del autoanálisis”.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

España invertebrada



Muy hondas reflexiones provoca o sugiere el ensayo España invertebrada, de José Ortega y Gasset. Nos habla de la imprudente descoordinación (y hasta desconfianza y odio altanero) que existe en nuestro país entre las clases sociales y los grupos. Nadie cree necesitar de verdad a nadie, y de ahí la “autarquía de acción” que todos exhiben. La otra idea del tomo es que los problemas de España provienen de que su “masa” no acepta la rección de una clase superior, que la encauce y dote de sentido. Pero, claro, lo que Ortega y Gasset no explica es cómo se reconoce a esas minorías superiores, a esa elite egregia. Estoy dispuesto a admitir que tiene razón desde el punto de vista teórico, pero el problema surge en la forma en que esto se podría llevar a la práctica. Si la masa sigue a alguien equivocado (Hitler, por ejemplo), el desastre puede ser inaudito. ¿Cómo se mide a los “mejores”? O, dicho de un modo más realista, ¿quién identifica a los “mejores” y los señala como tales a la “masa”? Mientras no se analice ese extremo estamos en la pura elucubración, más brillante quizá que efectiva.

“Mandar no es simplemente convencer ni simplemente obligar, sino una exquisita mixtura de ambas cosas”. “No viven juntas las gentes sin más ni más y porque sí; esa cohesión a priori sólo existe en la familia. Los grupos que integran un Estado [...] no conviven por estar juntos, sino para hacer juntos algo”. “Todo el que en política y en historia se rija por lo que se dice, errará lamentablemente”. “La queja del enfermo no es el nombre de su enfermedad”. “El valor social de los hombres directores depende de la capacidad de entusiasmo que posea la masa”. “El pueblo español [...], cuando se deja conmover por alguien, se trata, casi invariablemente, de algún personaje ruin e inferior que se pone al servicio de los instintos multitudinarios”. “Un pueblo no puede elegir entre varios estilos de vida: o vive conforme al suyo, o no vive”. “Cuando en nuestra tierra aparecen individuos privilegiados, la “masa” no sabe aprovecharlos y a menudo los aniquila”.

viernes, 17 de marzo de 2017

Epistolario completo Ortega-Unamuno



Me doy un paseo por el interesante, aunque breve (ay), Epistolario completo Ortega-Unamuno, en la edición de Laureano Robles. Y es un auténtico placer para la inteligencia descubrir las charlas, las conexiones, las afinidades y, también, las discrepancias respetuosas que mantuvieron estos dos titanes del pensamiento español del siglo XX.
En este fértil diálogo escrito que mantuvieron (y que desarrolla entre los años 1904 y 1917) nos es dado conocer el espíritu de ambos. Así, Miguel de Unamuno no temerá acudir a sentencias marmóreas, existenciales (“No quepo en ninguna parte, ni en mí mismo”), ni tendrá problemas en reconocer la condición a veces atrabiliaria o subjetiva de sus ideas (“No puedo probarme lógicamente”), ni su necesidad de sentirse rodeado por sus seres queridos (“Cuando salgo de casa, cuando dejo el hogar [...] me muero de frío”). Y don José Ortega y Gasset (que firma sus envíos al bilbaíno como “Pepe Ortega”) se pliega a consignar con dolor que la ingratitud es un hecho que lo circunda (“Habiendo hecho no pocos favores en esta vida a otros bípedos, no tengo un solo amigo”).
Estas misivas, datadas en lugares tan distintos como Bilbao, Salamanca, Madrid o Marburgo están salpicadas de alusiones interesantísimas a Joaquín Costa, Kant, Menéndez Pelayo, Carner, Goethe, Diderot, Homero, Platón o Nietzsche, del que Ortega y Gasset llega a decirle a su colega que “lo lea para huir de él. Las cosas de Nietzsche, que son todo menos profundas, son cosas sin dueño que flotan en la superficie de las aguas modernas y sin querer nos tropezamos con ellas”.

Un volumen encantador, enriquecedor y utilísimo para adentrarse por los pasillos interiores de dos mentes preclaras (paradójica una, metódica la otra) de nuestro panorama intelectual.