Reconstruir la vida de un personaje famoso, ayudándose de
documentación histórica, de libros eruditos y del testimonio de sus
contemporáneos, constituye sin duda un esforzado proyecto que, si se ejecuta
con honestidad, merece todos los aplausos. Pero absorber todo ese caudal de información y utilizarla para
reinterpretar al personaje es una tarea mucho más laboriosa, más imaginativa y
más ardua. Este último es el camino que elige transitar el dramaturgo mexicano
Vicente Leñero (Guadalajara, 1933), quien se provee de un gran aparato de notas
sobre la vida y actuaciones del conquistador español y las modula para
construir su obra La noche de Hernán
Cortés, un viaje en el espacio y en el tiempo que nos lleva desde 1485
hasta 1547, desde Sevilla hasta Coyoacán (pasando por Cempoala o Santiago de
Cuba).
El protagonista de estas páginas es el aventurero extremeño
que, en el siglo XVI, expandió su figura por las recién descubiertas tierras
americanas. Lo vemos joven, viejo, aguerrido, decrépito, brutal, considerado,
respetuoso, iracundo, sarcástico y débil; lo vemos con su esposa Catalina (a la
que terminó asesinando) y con la indígena Malintzin (con la que mantuvo una
relación y procreó); lo vemos con su odiado Diego de Velázquez y con los
caciques locales; lo vemos zarandeado por la amnesia, devorado por el deseo
sexual, asaltado por la furia, empecinado en el afán de destrucción, corroído
por la melancolía e incluso atravesado por las flechas enemigas. Y todo ese
juego de espejos, metáforas, laberintos, proezas y mezquindades coloca ante
nuestros ojos la figura de un hombre al que Vicente Leñero esmalta con
innegable brillantez.
Memorable.
