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martes, 3 de diciembre de 2024

El placer de la Y

 


No he dejado que pasen demasiadas semanas desde que reseñé en mi blog mi anterior acercamiento a la obra cuentística de la murciana Irene Jiménez (https://rubencastillo.blogspot.com/2024/11/la-suma-y-la-resta.html) y ya me pongo con otro de sus trabajos, El placer de la Y, que leí hace seis o siete siglos y que ahora recupero. Nueva alegría (y grande, además) para mis ojos lectores, porque me he reencontrado con una prosa de elegancia exquisita, que dibuja con inigualable finura las piezas de un puzle magistral: el que sirve para esculpir, interior y exteriormente, a la escritora Marguerite Yourcenar (nacida Crayencour). Estos diez relatos, estas diez piezas se pueden unir desde luego de forma longitudinal y diacrónica (así quedan ordenadas en el tomo), pero también admiten un ensanchamiento radial, que conforma el volumen de una vida y de un temperamento: los de una mujer y una artista enfrentada a pérdidas, navegaciones, alejamientos de la patria, amores secretos y éxitos literarios.

En las páginas deliciosas y perfectas de Irene Jiménez descubrimos a la jovencita Marguerite leyendo los libros enjundiosos de su padre; notando que “posee ese gran capital que consiste en saber estar sola”; eligiendo el seudónimo Yourcenar “por el placer de la Y”, tras un buen cúmulo de tentativas anagramáticas; mirando y deseando a Grace mientras beben ouzo; viajando en la camioneta del amable señor Robbins; visitando con temblor el lugar donde fue asesinado Federico García Lorca (quizá el más redondo de todos los textos del libro); escribiendo sobre la muerte de Zenón de Elea; contemplando (entre la angustia y la indiferencia) cómo su acompañante Jerry está a punto de ahogarse cerca de Luxor; o asistiendo (qué maravilloso texto, también) al entierro de su amigo Jorge Luis Borges en Ginebra.

Irene Jiménez endulza la erudición (que suele ser áspera o, cuando menos, reseca) con el azúcar de un estilo impecable, airoso, inauditamente maduro, que dota de armónico vuelo a sus páginas y que le permite, incluso, algunos guiños humorísticos, como cuando hace que una Marguerite Yourcenar adolescente cobije pensamientos como el de la página 35: “Podría suceder, incluso, que una joven española poco mayor que ella acabara por seccionarla para unos cuantos relatos”.

Lo intuí y lo refrendo: qué grandísima narradora es Irene.

lunes, 28 de enero de 2019

Los amantes de Toledo




Felipe Augusto Matías, conde de Villiers de L’Isle-Adam (nacido en Saint-Brieu en 1838 y muerto en París en 1889), fue un personaje altamente peculiar, que no sólo se dedicó al cultivo de la prosa, del teatro y de la poesía, sino que sostuvo curiosas posiciones vitales, que lo llevaron a incurrir en la excentricidad y en la megalomanía (al considerarse descendiente del Gran Maestre de Malta interpuso una demanda tras la muerte del rey Otón de Grecia para que se le considerara su sucesor legítimo). Suyo es el libro Los amantes de Toledo y otras historias insólitas, una selección de textos que recopiló Luis Cayo Pérez Bueno y que publicó ElCobre Ediciones, traducidos del francés por el propio Pérez Bueno y por Gema Gallardo Mantas.
La edición nos ofrece una docena de narraciones en las que brilla el humor ácido, amargo y desencantado de Villiers, la rica adjetivación de su prosa y la perversa e indeclinable astucia que siempre tuvo para concebir argumentos que sorprendiesen a los lectores y sirvieran para desenmascarar los mecanismos habituales (que él consideraba hipócritas y ridículos) de la burguesía de su tiempo. Con la posible excepción de “La casa de la felicidad”, que resulta bastante artificial y estomagante para los paladares del siglo XXI, todos los demás textos exhiben virtudes estilísticas de notable calado: “La leyenda moderna” es una historia que hubiera firmado con orgullo Giovanni Papini (y que hubiera incorporado sin vacilaciones a su libro Gog); “El sadismo inglés” es una durísima diatriba contra las aficiones pedófilas de este pueblo europeo; “El secreto de la hermosa Ardiane” nos cuenta los extraños amores entre un bombero y una mujer vasca, que lo ha atraído junto a ella de la única forma posible; “El heroísmo del doctor Hallidonhill” es una cínica metáfora descarnada del cientifismo, que por aquel entonces ya estaba comenzando a infectar la vida de la sociedad; etc.
Un volumen, pues, ante el que conviene aplaudir como lectores. Nunca es tarde para descubrir a un nuevo autor.

viernes, 28 de octubre de 2016

Diario de un hincha



Se han dicho muchas cosas del madrileño Montero Glez desde que los editores y los lectores decidieran fijarse en sus obras y prestarle un poco de atención. Hasta Arturo Pérez-Reverte ha reconocido en algún artículo y alguna entrevista que envidia la forma de escribir de este hijo de Chamberí. Ahí queda eso.
Sus libros Sed de champán, Manteca colorá, Al sur de tu cintura o Cuando la noche obliga han ido confirmando paulatinamente que no estábamos ante un escritor momentáneo, fruto de una moda, sino ante un artillero de potencia más que notable, que venía a las letras españolas para hacerse notar y para que escuchemos durante mucho tiempo sus zambombazos y sus metáforas.
En el año 2006 publicó Diario de un hincha, un conjunto de columnas periodísticas absolutamente gamberras, deslenguadas, vivaces, que chisporrotean buen humor y que no se detienen ante ningún tabú. Montero Glez, ajeno a los estropicios estilísticos y morales de la corrección política, se fija como objetivo no dejar títere con cabeza, ni santo sin su merecida dosis de incienso. Y así le sale este libro: desbordado de ingenio, juegos verbales, tacos, adjetivos majestuosos y mala leche. Como se esperaba. Morderse la lengua es, para gente como Quevedo, Umbral o Montero Glez, costumbre de la que no abusan.
De esta forma, nos dirá que el famoso gol de Zarra lo metió éste a medias con Matías Prats; que del azulgrana Ronaldinho llama la atención “esa boca de penco corrido que la naturaleza, siempre tan sabia y ocurrente, le ha regalado” (p.36); que “si Dios existiera y jugase al fútbol lo haría como Maradona” (p.55); y que el gallego Alejandro Finisterre, inventor del futbolín, merecerá siempre el respeto y la admiración de todos los españoles. Pero también, indignado, tiene el coraje de denunciar que el viejo campo del Atlético de Madrid corre peligro, porque “los jefes del fútbol han hecho pandilla con los del cemento. Y como que chusma así no puede parir nada bueno, pronto empezarán las obras. O sea, que en menos que se tarda en decir joder, y con el permiso de la autoridad, la maquinaria se pegará el madrugón” (p.15).
El único lunar que el libro incorpora podemos hallarlo en la página 60, donde se define al alemán Bernd Schuster como “nibelungo”, lo que constituye un error, propagado por la radio y buena parte de la prensa. Los nibelungos eran, en realidad, enanos y de color negro. Y ninguna de las dos características puede ser predicada del altiricón y rubiales exfutbolista.

Por lo demás, todo en la obra respira entusiasmo y dedicación a un deporte que mueve corazones, voluntades y dineros. No en vano llega a decir Montero Glez que, teniendo este espectáculo ante los ojos y pudiendo gozar de sus maravillas, “que le den por saco a Cristo, a Mahoma y al mismísimo Diablo” (p.56). Así de visceral, así de aguerrido, así de contundente.

jueves, 20 de octubre de 2016

Hacían una pareja estupenda...



Amando de Miguel (Perezuela, Zamora, 1937) no sólo es uno de los sociólogos más reputados de la historia de España (sus informes sobre nuestra sociedad o sobre su sistema universitario alcanzaron hace ya bastante tiempo el rango de clásicos), sino también uno de sus escritores más elegantes, cultos y poliédricos. Su Autobiografía de los españoles ha sido leída por miles de personas; sus artículos de prensa siempre han contado con infinidad de seguidores; y sus ensayos se extienden por una amplia red de curiosidades: ha investigado sobre la cultura (Los españoles y los libros), el sentido de nuestra vida (El libro de las preguntas), el erotismo (El sexo de nuestros abuelos) o el refranero (El espíritu de Sancho Panza). Y no olvidemos que uno de sus trabajos, La gran transformación de la sociedad española, obtuvo el premio Miguel Espinosa de ensayo, que se le entregó en los salones del ayuntamiento de Caravaca de la Cruz.
Hace una década, el sello ElCobre Ediciones lanzó su volumen Hacían una pareja estupenda..., un tomo que contiene dos historias densas, sorprendentes y diferenciadas sobre el ser humano y sus mil flaquezas y meandros interiores. La primera lleva el título del libro, y nos presenta la creación y posterior desintegración de la pareja formada por Gonzalo y Marian, un empresario ambicioso y una rica heredera, dos almas contrapuestas que, por un azar más bien caprichoso, terminarían juntándose. Al principio, todo va bien entre ellos, pero pronto su convivencia se va agriando y finalmente pudriendo, en un proceso que el autor describe con una técnica difícil, pero de inmejorable resultado: dejar que sean los protagonistas quienes, en monólogos sucesivos, vayan desgranando su historia, aportando detalles de su deterioro y lanzándose recriminaciones hasta el precipicio sin fondo de la crueldad.
La otra historia, que lleva como título Quién mató al abuelo, se sitúa en el año 2037 y nos enfrenta a una investigación policial, mediante la cual deberá determinarse quién fue el autor (o autora) del asesinato de don Olegario Rodríguez de Cuéllar, riquísimo potentado segoviano al que encuentran muerto en circunstancias misteriosas.
Amando de Miguel no sólo indaga en los pliegues más sutiles del alma humana (hay párrafos de este texto que podrían figurar en más de una antología), sino que desliza humoradas excelentes que harán sonreír y pensar a más de uno. Por ejemplo, nos dice que en el siglo XXI el PP y el PSOE se unirán en un solo partido, el PPP (Partido Progresista Popular); o que la enseñanza obligatoria se prolongará hasta los 25 años.

En suma, estamos ante un libro espléndido que hará las delicias de todos aquellos lectores que disfruten con la prosa amena y de calidad.