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miércoles, 23 de julio de 2025

Cada palabra es una semilla

 


Disfruto durante dos días de un libro realmente hermoso y profundo de Susanna Tamaro, que se titula Cada palabra es una semilla. Lo traduce Guadalupe Ramírez y lo edita el sello Seix Barral. Son recuerdos y reflexiones que la escritora italiana va hilvanando en cinco secciones de gran interés: las primeras, porque nos permiten conocerla un poco más; las segundas, porque nos invitan a pensar sobre el mundo que nos rodea, donde la desorientación, el consumismo, la estupidez y la manipulación amenazan con destruir todo aquello que (para decirlo con las palabras de Antonio Muñoz Molina) parecía sólido.

La autora de Trieste comienza contándonos que fue una niña con malas notas en la escuela. Y que la situación no mejoró con el paso de los años (“Obtuve más o menos el mismo resultado en la secundaria y, una vez en la enseñanza superior, me estanqué del todo. No entendía el latín, no entendía la filosofía, no entendía las matemáticas, no entendía nada de nada”, p.8). Amaba, eso sí, los pájaros y la natación. Se aficionó a varias disciplinas atléticas, se inscribió en una escuela de cine y comenzó a estudiar violín. Durante años, no supo exactamente qué hacer con su futuro. “Estaba cada vez más inquieta, llevaba una vida muy descontrolada y no lograba encontrarle sentido a nada” (p.19). Pero algunos conceptos los tuvo siempre clarísimos: “¿Qué era la vida? Levantarse por la mañana, ir al cuarto de baño, ir al colegio, comer, hacer los deberes y acostarse para volver a empezar al día siguiente la misma serie de ridículas secuencias. Cuando fuera mayor iría a trabajar en lugar de ir al colegio y esta sería la única diferencia sustancial. Después, el trabajo también se acabaría y mi pelo se volvería canoso; con las piernas vacilantes me quedaría un buen rato en el paso de cebra antes de cruzar la calle. Más tarde mis piernas ya no podrían sostenerme y me acomodaría en el ataúd como durante años me había tumbado en mi cama. Fin del aburrimiento, fin de la repetición, fin de cualquier otra cosa” (p.33).

Mucho más interesante, en mi opinión, es el segundo bloque, donde nos invita a reflexionar sobre la vida, sobre el rumbo que está tomando la humanidad, sobre los peligros de no ser conscientes de nuestra condición frágil (“En nuestro cuerpo suceden millones de procesos bioquímicos por minuto que nos mantienen en vida. Basta que uno solo se interrumpa para ir a parar rápidamente al mundo de las larvas”, p.61). ¿Cómo es posible que nos mantengamos tan tercamente ciegos ante esa evidencia fisiológica? ¿Y cómo es posible que no advirtamos tampoco que todos los seres vivos habitamos en un mundo hostil, donde la lucha por la supervivencia puede permanecer oculta, pero es innegable y durísima (“El mundo que nos rodea es, en realidad, un ruedo. Un ruedo donde se combate de todas las maneras posibles para lograr derrotarse recíprocamente. Es un mundo hecho de aguijones, de garras, de colmillos, de dientes, de púas, de rostros, de mandíbulas, de corazas, de mimetismos, de engaños y de trampas. Es un mundo en que no es posible distraerse ni un instante ni bajar la guardia”, pp.63-64)?

Convenientemente manipulados por un sistema que nos vende ruido a todas horas, “derechos” inalienables y crecientes y falsas ideas de libertad, caminamos por un sendero que conduce directamente al borde del acantilado, sin que nadie parezca escuchar las advertencias del peligro que amenaza con destruirnos, porque estamos encantados con ese entorno delirante de consumismo inmoral (“Satisfechas las necesidades primarias (comer, beber, tener un techo que nos protege) hemos podido dedicarnos enteramente al culto espasmódico de nuestros deseos. Emparejarnos, poseer, morir cuando queremos, tener hijos por encargo, escogiendo su color y su sexo, ser indemnizados (siempre y en cualquier caso) por todo aquello que no funciona de la manera en que hemos imaginado que debería funcionar. La ampliación de la libertad ha llevado al aumento de las reivindicaciones. Tengo derecho a esto, a aquello. Me habían garantizado que sería así, ¡alguien tendrá que pagar!”, pp.114-115).

Literalmente, este libro lleno de preguntas, de reflexiones, de zarpazos, hace que tu mente entre en ebullición. No se puede renunciar a su lectura.

martes, 15 de abril de 2025

Vida de Leonardo

 


Si tuviéramos que comparar a Leonardo da Vinci con una edificación no sería desde luego con un cobertizo, ni con un chalet adosado, ni siquiera con ese tipo de viviendas a las que ahora, de forma pedestre, llaman “casoplones”: es seguro que elegiríamos un rascacielos o, para estar más en consonancia con su época, una catedral. Bien. Admitamos que Leonardo es una catedral. No resulta, desde luego, hiperbólico. Y nosotros, que somos los visitantes de esa catedral, seguro que nos quedamos desde el principio extasiados ante sus columnas, sus esculturas, su diseño arquitectónico o su acústica increíble. Pero detengámonos un momento. ¿De qué modo se llega a ser una catedral? ¿Cómo se construye cada vidriera? ¿Cómo se perfila cada arbotante? ¿Cómo se equilibra la bóveda? ¿Cómo se traza su ábside? En suma, ¿cómo se llega a ser lo que se es?

El estudioso Carlo Vecce, conocedor exhaustivo del mundo renacentista, aborda en este contundente tomo (casi setecientas páginas), que Alfaguara publica en la traducción de Carlos Gumpert, la figura poliédrica (catedralicia) de Leonardo. Y no lo hace desde la fantasía o el éxtasis hagiográfico, sino desde el más profundo rigor, sumergiéndose en legajos, protocolos notariales y cartas de sus coetáneos, para ofrecernos un panorama tan detallado como indiscutible, lleno de nombres, fechas y parentescos. Pero (y aquí el pero es crucial) logrando a la vez que su narración mantenga una loable amenidad que la aproxima casi al espíritu de una novela. Veremos al joven Leonardo, hijo bastardo del notario Piero da Vinci y de una esclava circasiana a la que se conoce como Caterina (cuyos gastos funerarios sufragó el humanista en junio de 1494); lo vemos interesarse por la escritura especular desde la infancia; advertimos su admiración por Ovidio y sus Metamorfosis (véase la página 134); nos asombrará su temprana curiosidad por el mundo de los fósiles (página 237); disfrutaremos sabiendo más sobre su vinculación con el maravilloso artista Alberto Durero (página 293); conoceremos al detalle sus implicaciones (más como víctima que como fautor) en la política de su tiempo; tendremos noticia de sus costumbres gastronómicas, con el listado de alimentos que eran frecuentes en su mesa (página 370); sabremos más de sus rivalidades legendarias en el mundo del arte (el capítulo 12 se titula, y no les digo más, “El duelo con Miguel Ángel”); y, entre mil noticias fascinantes más, se nos resumirán los detalles compositivos e históricos que rodean a sus obras principales.

Por supuesto, tampoco se omiten en este volumen referencias detalladas a “la compleja e indefinida sexualidad de Leonardo” (página 98), a su obsesión por anotar en cuadernos y hojas sueltas todas sus ideas (“Leonardo tiene hambre de papel”, página 177) o al triste momento de su muerte (una escena que desarrolla en la página 572 y que emocionará a quienes tengan gatos).

Biografía monumental, esta Vida de Leonardo resultará utilísima para cualquier lector, tanto si es especialista en arte (porque ofrece informaciones nuevas, extraídas de documentos originales) como si solamente desea acercarse de forma “novelesca” a uno de los más grandes genios de la historia. Imprescindible.

miércoles, 12 de marzo de 2025

La luz de las estrellas muertas

 


Todos los seres humanos hemos sufrido, antes o después, pocas o muchas veces, la pérdida de alguien amado, de alguien que nos acompañó con su luz y que ahora, de forma abrupta, deja de estar. Puede ser un padre, una madre, un hijo, una pareja, incluso un animal fidelísimo. Y todos los seres humanos sabemos que, en esas situaciones desgarradoras, se impone un período de duelo, de lágrimas, de desorientación, de vacío. Massimo Recalcati, en su ensayo La luz de las estrellas muertas, que Carlos Gumpert traduce para el sello Anagrama, nos explica de un modo pausado, reflexivo y documentado (los nombres de Lacan, Freud, Jung o Heidegger afloran en un gran número de páginas de este libro) que ese desierto emocional es un tiempo imprescindible desde el punto de vista psíquico: puesto que no hay camino de vuelta, porque lo ido nunca retorna, es básico afrontar ese “trabajo del duelo” para distanciarse de la cronificación. Eso requiere memoria, como es lógico, pero también dolor psíquico, porque recordamos para atesorar (por un lado) y para olvidar (por el otro).

Todos los matices y posibilidades son analizados: la persona que niega la pérdida y se obstina en mantener una euforia estruendosa, como demostración de vigor y de insensibilidad; la persona que se instala en el pozo de la soledad y rechaza toda posible luz, porque lo considera una traición hacia el ser que ha quedado atrás; la persona que, mediante la idealización hiperbólica, anula ficticiamente las sombras de quien ha muerto… Recalcati, que en su consulta y en sus lecturas ha conocido un abrumador número de variantes, disecciona cada una de ellas para mostrarnos sus aciertos y sus yerros, sus bondades y sus peligros. Si usted padece en la actualidad el dolor de una pérdida así, seguramente descubrirá en estos análisis uno que se corresponde con su situación emocional; y es probable que le sirva para entender y aliviar los vientos fríos que soplan en su corazón.

“Nuestra vida terminará sin duda alguna en los brazos de la muerte, pero ninguno de nosotros puede saber cuándo. Por eso, el acontecimiento de la muerte es cierto e incierto al mismo tiempo”, nos recuerda el ensayista en la página 21. No creo que sea necesario añadir nada más.

lunes, 13 de enero de 2025

Tú y yo

 


Gozosamente, una novela puede comenzar siendo (o mostrando, o pareciendo) una cosa y culminar de otra bien distinta. En esas ocasiones, el lector disfruta de un giro, de un punto de inflexión, de un quiebro, que le regala dos historias distintas, consecutivas o complementarias. Yo he tenido la suerte de encontrar en Tú y yo, de Niccolò Ammaniti, uno de esos libros, gracias a la traducción que Juan Manuel Salmerón realiza para el sello Anagrama.

Durante su primera mitad he ido conociendo a Lorenzo, un adolescente de familia adinerada, que vive pegado a las faldas de su madre (Arianna). Durante su etapa infantil ha conseguido “encajar” entre sus compañeros de colegio, fingiendo interés por el fútbol y participando de algunas actividades colectivas; pero cuando ha accedido a la enseñanza secundaria en un centro público se ha sentido en el infierno (con esa palabra lo define), contando los minutos que faltan para que toque el timbre de salida y siendo consciente de “que los amigos enseguida nos olvidan, que las chicas son malas y se ríen de nosotros, que el mundo de fuera no es más que lucha y violencia”. Tras generar una situación embarazosa (sus padres creen que ha sido invitado a pasar unos días en la nieve con sus compañeros de clase), Lorenzo se las ingenia para ocultarse en el sótano de la vivienda, donde se dispone a pasar una semana con los víveres que tiene a su disposición. Hasta aquí, como se puede observar, nos hallamos ante una historia neurótica, en la que se nos retrata a un personaje introvertido, que adora la soledad y el silencio.

Pero, de pronto, se presenta en dicho sótano un segundo personaje: su atractiva hermanastra Olivia. Para su sorpresa, la muchacha muestra un físico devastado, y pronto Lorenzo entenderá que se encuentra enganchada a las drogas y cercana a las llamaradas del síndrome de abstinencia. El chico comprende que no puede seguir dentro de su concha de forma inmisericorde: son hermanos por parte de padre; y ella necesita ayuda.

Con este interesante planteamiento dúplice, Ammaniti construye una historia muy sugestiva, llena de aciertos psicológicos, que nos invade con su prosa sencilla y convincente, donde no faltan escenas inolvidables (el encuentro entre Lorenzo y su abuela moribunda) ni tampoco pinceladas de humor o tristeza.

Me apunto el nombre del autor, para intentar repetir con otro de sus libros.

viernes, 23 de agosto de 2024

Respóndeme

 


Es posible que los seres humanos nos parezcamos, más de lo que nos gustaría (al fin y al cabo, la vanidad nos puede), a ese barquito de papel sobre el que compuso una canción Joan Manuel Serrat: pequeños artefactos sin brújula, movidos por el viento y sometidos al vaivén azaroso de las aguas. Miramos a nuestro alrededor y no entendemos; miramos hacia el cielo y no entendemos; miramos nuestras manos y, con un estremecimiento, tampoco entendemos. Somos árboles de un bosque inabarcable, células de un organismo demasiado vasto, luces perdidas en una oscuridad impenetrable.

La escritora Susanna Tamaro nos propone en Respóndeme un tríptico narrativo sobre esas zozobras, que nos llevan hacia cuevas demasiado tenebrosas. En el primero de los relatos (“Respóndeme”), una chica llamada Rosa, que solamente ha conocido el envés de la vida, se adentra por un sendero de autodestrucción, que incluye el sexo alcoholizado, el robo y la iconoclastia, hasta llegar a un punto sin retorno. En el segundo (“El infierno no existe”), una viuda reconstruye para nosotros su experiencia matrimonial, erosionada por la desdicha y craquelada por las rudezas de un marido maltratador, que odió desde el nacimiento a su hijo Michele, al que consideró débil y quizá bastardo. Y en el tercero (“El bosque en llamas”) advertimos con horror creciente cómo los celos conducen a un esposo hacia conductas tan deplorables como sangrientas.

Pero la sustancia de estos relatos, insistiré en ello, no se reduce a los pormenores argumentales, sino que proviene de la reflexión lúcida, filosófica, desgarrada, sobre las tristezas desorientadas del ser humano, que es incapaz de descubrir el camino de la felicidad y que, ahogado en un cuenco de lágrimas, manotea con una desesperación creciente mientras ansía la luz.

Ya dije, en una de mis primeras reseñas de la autora italiana (https://rubencastillo.blogspot.com/2021/12/para-una-voz-sola.html), que sus obras me parecían irregulares, pero que no desdeñaba la posibilidad de cambiar de idea si mis siguientes lecturas resultaban más satisfactorias. Pues bien: lo son. Susanna Tamaro cada vez me convence más y me interesa más. Seguiré con ella.

domingo, 28 de julio de 2024

Háblame de ti

 


Un anciano que ha entrado en la décima década de su existencia decide dictar (sus ojos ya no le permiten escribir por sí mismo) una larga carta dirigida a su bisnieta Matilda. En ella, le resume su vida con la voluntad tierna de que cuando sea adulta (y él ya no exista) lo conozca mejor. Y Carlos Mayor traduce la obra del italiano, para que quienes ignoramos esa lengua la podamos leer.

Le explica el anciano, por ejemplo, que a los diez años estaba fascinado con la figura de Mussolini; pero que después “poco a poco, empecé a hacerme comunista en pleno régimen fascista” (p.25), ideología que ha mantenido siempre, a pesar del desconsuelo que le produjo descubrir “el daño y el horror provocados por el comunismo estaliniano” (p.53). Le explica que ha sido siempre una persona terca y hasta cierto punto lenguaraz, lo que le deparó no pocos disgustos (“Sentirme sometido a una disciplina cualquiera, quedarme callado cuando tenía algo que decir o no rebelarme ante lo que me parecía un sistema erróneo eran cosas que me resultaban imposibles, no formaban parte de mi naturaleza”, p.44). Le explica que el día de su boda, por culpa de un exabrupto que le dirigió a su pareja, esta le propinó la primera y última bofetada de su vida, causando una carcajada general entre todos los asistentes a la ceremonia. Le explica que disfrutaba mucho cuando sus nietas se metían debajo de la mesa de su despacho y no lo dejaban trabajar (“Tú no eres escritor, tú eres corresponsal de guerra”, p.71). Le explica su tristeza por haber asistido al “fracaso, o el fracaso relativo, de la Unión Europea” (p.96). Le explica, en fin, que estuvo a punto de morir en una balacera organizada por la mafia… Y después, para finalizar su carta, el nonagenario le pide a su bisnieta que viva con honestidad su propia vida, que se refugie siempre en la valentía y en la verdad, y que tenga ideales que la sostengan.

“Y ahora háblame de ti”: con esas palabras termina la carta, cuyo autor (se me ha olvidado comentarlo antes) es el famosísimo Andrea Camilleri.

sábado, 20 de julio de 2024

Vida nueva

 


Conocido es el asunto que Dante Alighieri aborda en esta obra, titulada Vida nueva: los pormenores de cómo conoció a su amada Beatriz y los fingimientos que desplegó para proteger debidamente de la curiosidad ajena el secreto de tal pasión. Recordemos algunos de esos detalles. Nos dice que se cruzó con ella por la calle cuando ambos rondaban los nueve años (él, recién cumplidos; ella, aún no). Y que desde entonces utilizó las figuras de varias mujeres de la ciudad para, fingiendo amor por ellas, camuflar con el velo de la cortesía la identidad auténtica de la destinataria de sus versos. Esto supuso que, en alguna ocasión, Beatriz se sintiese celosa (“Un día, al encontrarnos por casualidad, llegó a negarme su dulce saludo, lo que entonces era cifra de mi única felicidad”). Uno tras otro, Dante va enhebrando los sonetos, canciones y baladas que sus amorosos sentimientos le van procurando, hasta que llega a sus oídos una triste noticia: “No pasó mucho tiempo sin que la suprema voluntad del Altísimo, que a sí mismo no quiso evitarse el trance de la muerte, dispusiera de la vida del hombre que tuvo la dicha de ser el padre de tan encantador ser como era mi adorada Beatriz”. Eso le hace comprender que también ella morirá algún día y eso le provoca un “delirio frenético” que afecta a su salud. Finalmente, ella abandonó la vida (“pasó a pertenecer a los ciudadanos que habitan la vida eterna”) un día 9, dejando a su amado en la más desolada de las tristezas.

Una obra de textura autobiográfica, que abusa notoriamente de un mecanismo tedioso: vi a mi amada y escribí este poema; luego observé a unas damas y escribí este poema; después me sentí triste y escribí este poema; por fin, me sentí alborozado y escribí este poema… Un centenar de páginas geminando ese recurso hace que el libro (no nos engañemos) resulte bastante repetitivo y genere, en la actualidad, más de un bostezo.

lunes, 10 de junio de 2024

Heroidas

 


Que los clásicos grecolatinos conforman la base del pensamiento y el arte europeos no constituye una afirmación que necesite explicaciones (y mucho menos pruebas): bastaría con anotar los nombres egregios de Homero, Platón, Virgilio, Safo, Sófocles, Séneca o Eurípides para que hasta la persona más escéptica lo admita sin discusión. Dentro de ese listado de primera magnitud ocupa un lugar muy destacado Publio Ovidio Nasón, autor del Arte de amar o las Metamorfosis. Y también autor de Heroidas, una hermosa colección de cartas donde dieciocho mujeres y tres hombres (casi todos pertenecientes al mundo de la mitología) dibujan con tinta sus zozobras de amor.

Se trata de páginas exquisitas (desde el punto de vista literario) y muy profundas (desde el punto de vista psicológico), en las que Medea, Fedra, Dido o Paris nos abren sus corazones para que leamos, escrita con la roja tinta de la sangre, su particular glosa sobre las tribulaciones que los malhirieron. Penélope se queja por carta a Ulises con motivo de su tardanza, que no acierta a entender (“Hay mieses ya donde se alzaba Troya, y la tierra que la hoz ha de rasurar brota exuberante, fertilizada con la sangre frigia. Los curvos arados rompen los huesos semisepultos de los guerreros; la maleza esconde las casas en ruinas”). Filis decide ahorcarse tras ver cómo el ingrato Demofoonte no parece dispuesto a volver a su lado, como le prometió (“¡Ojalá fracase todo aquel que crea que las acciones deben juzgarse por sus resultados!”). Enone se queja ante Paris de lo pronto que la ha olvidado, para solazarse ahora con su reina veleidosa (“Contigo pasé mis años juveniles y pido seguir siendo tuya durante el resto del tiempo”). Hipsípila recrimina a Jasón que la abandonase sin remordimiento, para irse con otra (“A los débiles el dolor mismo les ofrece cualquier clase de armas”). Ariadna, abandonada por Teseo en la isla de Naxos cuando huían juntos, llora por la ingratitud de su enamorado y le pide que regrese (“Estas manos cansadas de golpear mi triste pecho las tiendo, desdichada, a ti a través de los anchos mares. Angustiada, te muestro estos cabellos que me quedan. Te ruego por mis lágrimas, que en tu conducta tienen su origen: ¡haz virar tu nave, Teseo, y deslízate en dirección contraria con viento cambiado! Si muero antes, tú al menos te llevarás mis huesos”). Cánae, la hermana enamorada de su hermano y fertilizada por él, da a luz un hijo. El padre lo hace descuartizar y le envía a su hija una espada para que se arrebate la vida. Cánae escribe a Macareo pidiéndole que, después de su muerte, coloque los restos del bebé junto a los suyos en el sepulcro. Laodamía le pide a su esposo Protesilao (que sabemos que fue el primero en morir durante el cerco de Troya) que se proteja y vuelva vivo: que no se exceda en el arrojo, que salga el último de la nave, etc. Safo recuerda a su enamorado Faón, con quien en todo momento se mostró sumamente fogosa (“Mi incontinencia te hacía gozar más de lo ordinario, y mi continua movilidad, y mis palabras adecuadas al juego”) y al que, pese a la distancia, aún recuerda en la soledad de su lecho (“Lo que viene después me avergüenzo de contarlo: pero todo llega a su culminación y hay placer y no me es posible permanecer seca”).

Podría completar varias páginas de explicaciones y ni siquiera me acercaría a trasladar en la reseña un pálido reflejo de las infinitas bellezas de esta obra.

Es Ovidio, por Dios santo y bendito. Hay que leerlo.

lunes, 22 de abril de 2024

Clásicos para la vida



De vez en cuando, mi navegación por el mundo de los libros (que es infinita y que me depara infinitas alegrías) me conduce hasta una isla especial, hasta un territorio donde la vegetación resulta diferente y donde la luz parece incidir de un modo distinto, extrayendo de los paisajes y de las palabras un brillo único. En esos momentos, cuando cierro la última página y me vuelvo a subir al barco para buscar otra isla, sé que parte de mí se queda adherida a las líneas que acabo de recorrer, y que mi memoria me volverá a llevar a ellas varias veces, en los años posteriores. Estoy hablando (aún no lo había dicho) del volumen Clásicos para la vida (Una pequeña biblioteca ideal), de Nuccio Ordine, que traduce Jordi Bayod y publica el sello Acantilado. Me lo regaló hace poco mi gran amigo Pepe Colomer.

Dos partes podríamos distinguir en este tomo. La primera son las treinta páginas de Introducción, en las cuales el ensayista italiano explica bellamente su defensa de las Humanidades, indicando que el arte y el pensamiento constituyen uno de los pilares imprescindibles de toda civilización. Seguir pensando en los grandes libros del ayer, en las grandes pinturas del ayer, en las grandes composiciones musicales del ayer, es el único camino para que el tronco siga sujetándose a la tierra con la ayuda de fuertes y fiables raíces. En esa línea resultan indispensables los docentes buenos, y no tanto los docentes pedagógicos (“Un conocimiento de mera antología no basta; como tampoco basta el estudio de la didáctica, que, en las últimas décadas, ha asumido una centralidad desproporcionada: dicho sea con el permiso de las pedagogías hegemónicas, el conocimiento de la disciplina es lo primero y constituye la condición esencial. Si no se domina esa literatura específica, ningún manual que enseñe a enseñar ayudará a preparar una buena clase”) o aquellos que se abandonan acríticamente en los brazos de la tecnología (“¿Estamos verdaderamente seguros de que la escuela es el lugar donde el estudiante debe potenciar su relación con la tecnología digital? ¿Estamos seguros de que al número ya exagerado de horas dedicadas a los videojuegos, a la televisión, a navegar por internet, a las relaciones virtuales establecidas a través de Facebook, Twitter y WhatsApp, es necesario sumarles también las horas asignadas para seguir una clase en el aula de una escuela o de una universidad?”). Los centros educativos deberían consagrarse a la misión de formar personas, y no de rellenar papeles (“La insensata multiplicación de reuniones e informes (para ilustrar al detalle programaciones, objetivos, proyectos, itinerarios, talleres…) ha acabado por absorber buena parte de las energías de los profesores, transformando la legítima exigencia organizativa en una nociva hipertrofia de controles administrativos”) o de fabricar borregos programados para convertirse en consumidores (“En vez de formar pollos de engorde criados en el más miserable conformismo, habría que formar jóvenes capaces de traducir su saber en un constante ejercicio crítico”).

En cuanto a la segunda parte, consiste en una brillante selección de fragmentos de la historia de la literatura (desde Homero hasta nuestros días), comentados con agudeza por Ordine, quien conecta sus temas y preocupaciones con los del mundo de hoy, demostrando que el pensamiento y la cultura siempre resultan necesarios para el vivir auténtico, para la experiencia racional de ser humanos.

Un libro delicioso y que invita a reflexionar. Visítenlo.

sábado, 20 de abril de 2024

Fuera

 


Personas que tienen que salir de su mundo (por guerras, hambre, orfandad o persecución) y que se instalan en otro, donde no terminan de sentirse bien, pues desconocen el idioma, las costumbres, la cultura… o porque sufren las secuelas de la incomprensión o el racismo. Ellas son las protagonistas del volumen de relatos Fuera, de Susanna Tamaro, que leo en la traducción de Guadalupe Ramírez y que me ha parecido magnífico.

La joven viuda hindú Nabila y su hijito Raj son engañados por una mafia, que tras hacerles creer que los llevará a un territorio donde podrán reconstruir sus vidas, los deposita en una zona donde la nieve y la insensibilidad de los lugareños serán sus únicos espectadores (“¿Qué dice el viento?”). Una muchacha filipina que se había hecho la ilusión de ser monja tiene que instalarse en Roma como sirvienta de una familia cuyo patriarca pone sus ojos, y no solamente sus ojos, en ella (“Salvación”). Arik, un niño africano, es dado en adopción a una pareja italiana, pero su espíritu se rebela contra ese desarraigo (“Del cielo”). Rossella emplea toda su energía en adaptarse al viejo gruñón, racista y clasista, que la ha tomado a su servicio, aunque los resultados no sean los que ella esperaba (“¡Y a mí… qué!”).

Cuatro propuestas de elegante factura literaria, que podrían haberse derrumbado hacia el ternurismo o la acrimonia, pero que consiguen esquivar ambas tentaciones para convertirse en estupendas piezas narrativas, en las cuales la escritora de Trieste se adentra en el espíritu maltrecho de las personas más vulnerables y consigue que reflexionemos sobre la amargura de su condición y también sobre la crueldad, consciente o inconsciente, con la que a veces tratamos a quienes consideramos inferiores o distintos. (Un consejo: fíjense en los perros que aparecen en estas historias y traten de entender su simbología).

Tras un par de intentos con las obras de la escritora italiana me había distanciado un poco de su narrativa (lo diré así de suave), pero esta nueva aproximación a su escritura me hace plantearme si realmente hice bien. En este libro, mi aplauso se lo ha ganado.

viernes, 21 de julio de 2023

La mejor oferta

 


Mi nivel de despiste (que puede llegar a ser anonadante) me llevó a coger entre mis manos este libro sin reparar en que su autor, Giuseppe Tornatore, era ni más ni menos que el guionista y director de mi admirada película Cinema Paradiso. Así que entré en él con la desprevención ilusionada del que se enfrenta a un autor desconocido, que me entregaba “un texto híbrido, digamos, de cuento y de guion” (así lo resume en el prólogo). Traduce este tomo para la editorial Anagrama, con gran belleza, Juan Manuel Salmerón Arjona.

¿El resultado? Maravilloso. Tornatore es un excelente narrador de historias, pues conjuga todos los elementos del relato para conseguir que te conviertas en un oyente/lector encandilado.

Para preparar el cóctel, vierte primero en la copa unas gotitas de Virgil Oldman, un anticuario de 63 años que, por debajo de su intachable fama, acumula (o queda envuelto por) varias rarezas: su soledad tímida, su uso continuo de guantes (es reacio a tocar a la gente con las manos desnudas) o la espléndida pinacoteca que, formada íntegramente por retratos de mujer, guarda celoso en el sótano de casa. A esa base alcohólica, Tornatore le añade otro licor: Claire Ibbetson, una chica muy hermosa, inmensamente rica, que vive en la mansión familiar (es huérfana) y que, por su agorafobia, contrata a Virgil para que tase y venda todo el mobiliario. Al mezclar esos dos ingredientes, el cóctel burbujea lentamente hasta conformar una mezcla a la que podemos sin errores tildar de amor. Y para darle aroma, el habilidoso Giuseppe Tornatore añade unas fílulas de cariaconcia (Cortázar dixit): Robert (joven amigo y muy pronto confidente de Oldman), una enana que se pasa el día en un bar situado frente a la mansión de Claire o el portero que atiende a las necesidades domésticas de la pobre reclusa.

¿El resultado? Insisto: maravilloso. Prepárese quien lea para quedar convencido por Tornatore, seducido por Tornatore, engañado por Tornatore. Para más detalles, discúlpenme, los remito al libro. Inolvidable.

miércoles, 8 de marzo de 2023

Helena de Esparta

 


Creo que no será necesario explicar con demasiados detalles quién fue Helena de Troya. O, dicho con más rigor, Helena de Esparta. Será suficiente con mencionar que fue la esposa de Menelao, la cual, seducida o raptada por Paris, pasó años en la ciudad amurallada de Troya. En La Ilíada se nos detalla el proceso. Y si he anotado la fórmula “seducida o raptada” es porque los estudiosos de la literatura y de la mitología no se han puesto nunca de acuerdo en ese punto. ¿Se enamoró Helena de Paris y decidió acompañarlo a su ciudad dorada, para vivir allí la intensidad de su pasión? ¿O quizá fue tan sólo secuestrada por su extrema belleza o por motivos políticos?

La escritora Loreta Minutilli ha tenido la feliz idea de recrear la historia, dejando que sea la propia Helena quien nos cuente lo sucedido; y, traducido por Ramón Buenaventura, el libro lo publica el sello Alianza (2020).

En este ejercicio de introspección, la autora tenía que moverse con cautela, porque era evidente que el volumen iba a caminar por el borde de un acantilado: tanta es la literatura urdida alrededor de Helena, tantos los riesgos que corría (convertirla en un personaje increíble: en una pelandusca o en una feminista avant la lettre), tanto el cuidado que tenía que aplicar al vocabulario y las ideas esgrimidas por la protagonista, que cualquier resbalón, por mínimo que fuese, la precipitaría sin remedio al abismo. Pero la jovencísima autora barinesa sale muy bien parada del experimento y consigue una narración sólida, convincente y de espléndido desarrollo, en la que Helena nos explica que la gran inquietud de su vida siempre ha sido afirmarse, descubrir dónde estaban los límites, calibrar qué actuaciones se le permitían (y cuáles no) por el simple hecho de ser mujer en un mundo dominado por los varones. “Quería elegir, quería arriesgar, quería ver qué ocurriría si hacía un movimiento distinto del que se esperaba de mí como esposa, como mujer, como madre”, nos dice en la página 63. “Vine a Troya porque sentía curiosidad. Curiosidad, sí, por este extraño pueblo que vivía en un mundo de ensueño en que las mujeres podían escoger marido y los países no entraban en guerra porque una muchacha decidiera marcharse de casa”, añade en la página 166. Y luego, mirando a los ojos a su marido Menelao, que la ha “rescatado” del cautiverio, terminará de perfilar su postura: “Quería [viajar] sin tener que pedirte permiso. Quería sentir a otro hombre dentro de mí y descubrir si era culpa tuya el hecho de que no lograse experimentar el menor placer en la cama, y no es así. Quería sentir remordimiento, angustia, miedo, soledad, quería estar desorientada, sentirme perdida, estudiar lenguas, costumbres, personas, pensar en un modo de sobrevivir sola. Quería esperar y temblar y beberme cada momento de mi vida de modo caótico y desordenado, y no había otra manera de hacerlo, ¿comprendes? […] Decidí que tenía necesidad de experimentar también la otra mitad de mi vida, y lo hice” (p.182). No se puede añadir más.

Helena de Esparta es una inteligente, honda y satisfactoria aproximación a los pasillos interiores de una de las almas femeninas más famosas de la Historia.

martes, 29 de noviembre de 2022

Los apuñaladores

 


Me asaltan sensaciones contradictorias cuando coloco los dedos sobre el teclado para elaborar esta reseña sobre Los apuñaladores, de Leonardo Sciascia, que he leído en la traducción de Juan Manuel Salmerón para Tusquets. Por un lado, cómo no, la prosa del siciliano, que siempre es magnífica y que produce evidente atracción (al menos, sobre mí). En ese apartado, todo resulta seductor, porque Sciascia siempre sabe construir su relato de la manera más adecuada. Pero (ay, los peros) del otro está la narración en sí, que en este caso resulta perfectamente inane. El motivo no es imputable al escritor, sino a la materia misma que nos traslada: los sucesos históricos que tuvieron lugar en octubre de 1862 y en enero de 1863, cuando una macabra serie de apuñalamientos invadieron la ciudad de Palermo y sembraron el pánico entre sus habitantes. ¿Se trataba de una maniobra delictiva o política? ¿Quién estaba detrás de estos luctuosos sucesos? Al principio, las declaraciones de uno de los implicados (Angelo D’Angelo) provocaron que las investigaciones se orientasen en una determinada dirección, y que algunos elevados personajes de la época, como monseñor Calcara o el príncipe de Sant’Elia, quedasen salpicados por los rumores. Ahora bien, ¿estaban de verdad relacionados con aquella sangrienta trama?

Sciascia se adentra en ese mundo de delaciones, intrigas políticas e intentos de desestabilización del gobierno; y, manejando hipótesis más o menos arriesgadas, perfila las fronteras de una explicación.

El problema se complica cuando nos preguntamos hasta qué punto esta historia puede interesar hoy en día a un lector de España. Mi respuesta incorpora un suspiro y un encogimiento de hombros. Admito que la contraportada nos hable de Los apuñaladores diciendo que construye “un amargo retrato del poder y de los laberintos de corrupción que lo envuelven, y configura un tortuoso relato sobre la derrota de la justicia y la vulnerabilidad de la sociedad ante un Estado degradado”. Vale. Es posible que sea así. Pero yo, lector y admirador de Sciascia, reconozco haber leído la segunda mitad del libro (la conjetural) entre bostezos. Esperaba un giro novelesco que la obra, ay, al final no aborda. Decepción.

sábado, 8 de octubre de 2022

Pónticas

 


Retorno a las lamentaciones exiliadas de Ovidio que, como pude documentar con la lectura de Tristes, vivió sus últimos nueve años afligido por el destierro que para él decretó el emperador romano. En el Ponto, rodeado por los salvajes getas y sármatas, bebiendo un agua de sabor desagradable, rodeado por un frío hostil y unos pueblos que ignoraban su lengua y que mostraban costumbres brutales, el poeta latino se dedica, en esta especie de prolongación o segunda parte de la obra mencionada, a seguir escribiendo a sus amigos, a sus familiares y a su esposa, con el ruego (o la exigencia velada) de que intercedan por él ante el César.

Cada vez más erosionado por la cruda realidad de su entorno, Ovidio recurre a todos los mecanismos retóricos y emocionales para fijar las dimensiones de su drama: el acto de contrición (“Yo me arrepiento; si se puede confiar algo en un desgraciado, me arrepiento, y yo mismo me atormento por lo que he hecho”), la humildad extrema (“Yo soy aquel que en vano desea ser piedra”), la desesperación (“Con frecuencia invoco la muerte”) o la hipérbole casi sacrílega (“Los dioses están atentos para que nada amable me suceda”). Incansable, aunque quizá cada vez más cansado, Ovidio repite una y mil veces a sus interlocutores que aboguen por él, que repitan ante el emperador su pequeña súplica (ser trasladado algo más cerca de Roma, aunque no sea perdonado). Y ese círculo de imploraciones, que al principio se ceñía a los amigos más cercanos, se ensancha poco a poco hasta los amigos de segunda fila, e incluso a aquellos que, habiendo mantenido un trato más bien alejado de él, ahora se encuentran en una situación de poder. Al mismo tiempo, es curioso observar cómo la relación con su esposa parece resentirse con los años, porque Ovidio juzga que no está resultando demasiado empática o activa (en el libro III la define como “tan fiel como tímida y poco emprendedora”).

Como fruto de su insistencia, Ovidio obtuvo el vacío. Jamás fue perdonado. Su última respiración se produjo en Tomis, el 17 de marzo del año 17 d.C. De nada sirvió la poesía contra la terquedad o la saña del poderoso.

miércoles, 2 de marzo de 2022

Los últimos tres días de Fernando Pessoa

 


Me dije que no volvería (y he vuelto) a un libro de Antonio Tabucchi porque, salvo contadísimas líneas o párrafos, sus libros no consiguen nunca emocionarme: ni desde el punto de vista sentimental ni desde el punto de vista literario. La causa de desdecirme ha sido que tenía una tarde libre fuera de casa y la única obra que se encontraba al alcance de mano era Los últimos tres días de Fernando Pessoa, así que…

Pero nada. Ni por esas. Me ha parecido una bobería dickensiana, en la que el poeta portugués, internado ya en el hospital donde también se hospeda su muerte, va recibiendo con languidez otoñal a sus heterónimos y mantiene con ellos conversaciones de intención reveladora, pero que no esconden en realidad más que fruslerías y decadentismos ñoños. ¿Una narración amena? Sólo si conoces la vida y obra del genio luso.

Para decirlo con pocas y corteses palabras: absolutamente prescindible.

martes, 8 de febrero de 2022

Tiempo curvo en Krems

 


Existe en los libros (como imagino que ocurre también en la pintura, en la música y en otras artes) un ingrediente misterioso, imposible de premeditar, que nos los convierte en seductores o en anodinos, en sensualidad mágica o en banal grisura. De tal suerte que aquello que para ti se erige en manifestación de la excelencia o en prodigio inolvidable puede ser contemplado por los demás como bostezo o nadería. Y al revés.

Después de haber leído altos elogios dedicados a las obras de Claudio Magris, me sumerjo por fin en una de sus obras… y me deja frío. Los cinco cuentos agrupados bajo el título de Tiempo curvo en Krems (traduce Pilar González y edita el sello Anagrama) han desfilado por mis ojos sin que ninguno haya prendido en ellos y sin que ninguna admiración ni ningún aplauso me haya brotado en el corazón. Por descontado, acepto sin reticencias que se trate de un coloso de la literatura europea; faltaría más. No soy quién para discutirlo. Me limito a afirmar que, en mi caso, no ha encontrado al lector que posiblemente buscaba y merecía. Cuando me adentré en “El guardián” me encontré con la historia de un millonario que, en la senectud, opta por dedicar sus horas penúltimas a ejercer de portero en un edificio de su propiedad. Después de años como empresario de éxito, “aquella necesidad de mandar, de ganar, había terminado” (p.27); y se apresta a buscar la felicidad en esta tarea paradójica de subalterno. Tras esa lectura (que me gustó, sin entusiasmarme), paseé por las páginas de “Lecciones de música” y encontré a Salman Meierstein, antiguo profesor de conservatorio cuyo exalumno Vilardi es ahora un reputado violinista de fama continental. Tras esos dos relatos (correctos y elegantes, aunque no me generaran admiración), los tres restantes no lograron que cambiase mi percepción.

Intentaré acercarme a otra obra de Claudio Magris, por si hubiera errado en esta primera aventura. Quién sabe. Tal vez cambie mi opinión.

jueves, 16 de diciembre de 2021

Para una voz sola

 


Concluyo Para una voz sola, de la italiana Susanna Tamaro. Es un volumen de relatos que me ha parecido un poco irregular: los tres primeros (“Otra vez lunes”, “Love” y “Una infancia”) abordan el escabroso tema de los niños maltratados, y están compuestos con delicadeza y con una exquisita calidad lírica y humana; los dos siguientes (“Bajo la nieve” y “Para una voz sola”) se centran en el ámbito de la vejez y me parece que no tienen tanto interés literario como los anteriores. Me ha gustado mucho, eso sí (y la he subrayado), una frase del libro: “La experiencia no es nada, todo se vuelve a hacer siempre desde el principio”.

A Susanna Tamaro la he leído siempre, no sé por qué, esperando más de lo que luego obtengo en sus páginas. Imagino que parte de la culpa la tendrá el enorme estruendo mediático que la rodeó durante unos años; o quizá se trate de mí, que no termino de conectar con ella.

Probaremos de nuevo dentro de unos meses.

viernes, 13 de agosto de 2021

Tristes


Creo que fue el filósofo Voltaire quien dictaminó que el Arte de amar no contenía, a su juicio, ningún tipo de inmundicia; y que mucho más deplorable se le antojaba Tristes, obra a la que no dudó en calificar de “servil”. Y aunque acierta en la consideración del espíritu de la obra, quizá exagera en la elección del adjetivo que la mancilla. Mi lectura, desde luego, es otra. Yo imagino perfectamente (ahora lo exagerado es el adverbio) a Ovidio, con cincuenta años, alejado de su esposa, de su hija, de sus amigos, de su ciudad, de su clima, incluso de su idioma (“Aquí no hay ni un libro, ni quien me preste su atención, ni quien conozca el significado de mis palabras”); lo imagino rodeado de getas y de sármatas, que no podían antojársele sino bárbaros que rozaban los límites de lo humano; lo imagino en una zona de perpetuo conflicto, con incursiones enemigas llenas de cuchillos, alaridos y flechas envenenadas; lo imagino contemplando cómo los ríos se congelan y los pobladores del lugar se cubren con pieles y se dejan crecer los cabellos para mejor protegerse del frío. Cerrando los ojos y dibujando en la mente ese panorama, el juicio de Voltaire se me figura demasiado cómodo (la comodidad del que juzga con rapidez y a distancia).

Tristes es la obra de una persona que, habiéndolo tenido todo (fama, dinero, una esposa amada, una posición ilustre en la sociedad ausonia), de pronto lo pierde por una veleidad aparentemente caprichosa del emperador Augusto, que decide desterrarlo a los confines del imperio, cerca del Danubio. Y las reacciones de Ovidio (estupor, súplica, dolor, angustia, adulaciones, añoranza, melancolía) no me parecen especialmente serviles, sino que se corresponden con las que enarbolaría cualquier ser humano en sus mismas condiciones, suplicando una cierta dignidad para el final de su vida. Yo me imagino en la piel de Ovidio y, sinceramente, creo que desplegaría, como él hizo, todos los mecanismos posibles para ser perdonado o acercado. ¿Que a veces incurre en la actitud plañidera? Por supuesto. ¿Que suplica de mil formas bochornosas la clemencia del emperador? Ningún lector podrá negarlo. ¿Que se dedica a incensar a Augusto, reiterando su identificación con Júpiter? Resulta evidente. Incluso en algún caso despliega autoinculpaciones que producen sonrojo (“En mi locura obligué a ensañarse conmigo al hombre más dulce que hay en el inmenso mundo y hasta su propia clemencia fue vencida por mis faltas”). Pero pongámonos en su lugar y no lo censuraremos con demasiada acrimonia.

Es fácil comprender que, tragándose su orgullo, Ovidio aluda constantemente a su “triste condición” y repita que en su delito “no hubo malignidad”. De hecho, en un ejercicio de autohumillación bastante lamentable, pregona que los versos de su Arte de amar (uno de los motivos de su destierro o alejamiento) “no son sino bagatelas”, “pasatiempos tontos”, fruto de una “Musa divertida” y que, en fin, ojalá nunca los hubiera escrito; aunque le asombra, eso también es verdad, la desproporción que advierte entre el delito cometido y la pena que sufre (“Yo no tuve miedo, lo confieso, de que, allí por donde pasaron tantas embarcaciones, únicamente la mía naufragara mientras todas las demás quedaban a salvo”).

Pero un poco después volverá a recuperar su condición de poeta orgulloso, al decirle a su esposa que sus libritos “son mi mayor y más duradero monumento, y yo confío en que ellos, a pesar de que lo han perjudicado, proporcionarán a su autor renombre e inmortalidad”; y muestra su convencimiento de que nada ni nadie podrá impedir ese destino glorioso (“Disfruto con mi propio talento: el César no pudo tener ningún derecho sobre él. Cualquiera podrá quitarme esta vida a golpe de cruel espada, pero, sin embargo, después de muerto mi fama sobrevivirá”).

En su aislamiento perimetral, Ovidio se siente reconfortado por las fidelidades de “dos o tres amigos”, mientras que abomina de la saña que demuestran otros, que no parecen comprender que ya está viviendo un infierno, sin que sea necesario añadirle sus dardos ponzoñosos (“Se necesitan muy pocas fuerzas para derribar lo que está en ruinas”); y, por supuesto, recibe como un regalo el amor fiel de su esposa, a la que está seguro de convertir en inmortal gracias a los homenajes que le rinde en sus poemas. Ovidio, envejecido y casi en los huesos, no cesa de emitir quejas, es cierto; pero quizá no le quedaba más arma que grabar en sus tablillas el dolor que lo dilaceraba a diario (“¿Exiges que ningún lamento acompañe a la tortura y me prohíbes que llore a pesar de haber recibido una gran herida?”).

Una obra impresionante, conmovedora, desgarrada, llena de lágrimas, pero cuya belleza inmortal resulta incuestionable.

jueves, 13 de mayo de 2021

Última Navidad de guerra

 


Fascinado por la figura humana y literaria de Primo Levi, me acerco hasta el libro de relatos y memorias que, traducido por Miquel Izquierdo y editado por el sello Muchnik, lleva por título Última navidad de guerra. Me he encontrado aquí con “Cena de pie”, un simpático texto en el que un canguro asiste a una fiesta humana; “En una noche”, un relato desasosegante en el que unos hombres silenciosos que salen de un bosque desmontan un tren, que ha quedado detenido por un aluvión de hojas secas; “Registro”, que nos presenta al empleado de una extraña oficina, que tiene que decidir y apuntar en una ficha la causa de la muerte de las personas; “La gran mutación”, donde todos los habitantes de un pequeño pueblecito italiano observan con estupor cómo les crecen alas; o el amargo “Fuerza mayor”, lleno de un crudo simbolismo (un hombre fuerte obliga a otro débil, en un callejón, a tumbarse en el suelo y pasa caminando por encima de él).

No será necesario aclarar que casi todos los relatos pueden ser leídos en clave autobiográfica: las experiencias de Primo Levi dentro del atroz mundo nazi son lo bastante conocidas como para entristecerme dando detalles.

La parte del tomo donde se recogen las “entrevistas absurdas” (a un topo, a una jirafa, a una gaviota) es quizá lo menos interesante del volumen. Pero el balance general es bueno.

miércoles, 30 de diciembre de 2020

Novecento

 


Nadie conoce con exactitud su origen, que se pierde entre la niebla. Lo único que sobre sus primeros días se puede decir es que alguien lo abandonó en una caja sobre el piano de un barco (el Virginian), y que la persona que tuvo la suerte de encontrarlo, tras leer la nota que lo acompañaba (“T. D. Lemon”), lo bautizó con su propio nombre, con el registro de la nota y con una palabra final que le pareció sonora y distintiva. Así comenzó a vivir Danny Boodmann T. D. Lemon Novecento, “el pianista más grande que ha tocado en el océano”. Porque, en efecto, el chico desarrollará una asombrosa facilidad para convertir las teclas del piano en instrumentos mágicos, de los que brota la Belleza. Y ese chico, para asombro de todo el mundo, jamás abandona el barco. En él viaja, una y otra vez, de Europa a América, sin bajarse a pisar tierra.

Convertido en el alma de la Atlantic Jazz Band, que ameniza el largo viaje para todos los que utilizan el Virginian, Novecento sigue siendo una persona silenciosa y reservada, que vive en su propio mundo. En el verano de 1931, enterado de su virtuosismo y con ganas de retarlo, sube a bordo el músico Jelly Roll Morton, que no tiene más remedio que rendirse a la evidencia: Novecento toca más rápido que él… Pero la leyenda del muchacho alcanzará su cénit cuando se informe sobre la decisión de hundir el barco, ya muy viejo, en alta mar. Porque Danny Boodmann T. D. Lemon Novecento ha decidido que tampoco en esta ocasión bajará del barco.

Dueño de una prosa encantadora y de un talento narrativo de primer orden, Alessandro Baricco vuelve a regalarnos una joya novelística, en la que lirismo, brevedad, silencios y emociones nos asaltan en cada página, en cada párrafo, en cada línea. Un auténtico maestro.