Diecisiete horas dura ya el interrogatorio al que el inspector Maigret y su equipo están sometiendo a Carl Andersen, un aristócrata danés venido a menos que vive en una singular encrucijada francesa, donde solamente hay una gasolinera, la pequeña casa de un agente de seguros y la mansión (desvencijada y ruinosa, pero enorme) donde viven Carl y su hermana Else. Y el motivo de ese interminable interrogatorio es también singular, cuando no escalofriante: el coche del danés ha aparecido en el garaje del agente de seguros, mientras que el de este, con un cadáver dentro, se ha encontrado en el garaje de Carl. Aparte de la escenificación macabra o juguetona de ese delito, la identidad de la víctima tampoco es muy tranquilizadora: se trata de un corredor de diamantes de Amberes cuyo nombre es (o era) Isaac Goldberg. Persuadido de que Andersen no es el responsable del crimen (se trata, a todas luces, de un hombre educado, sereno y aparentemente pacífico), Maigret lo deja libre; pero se desplaza con su ayudante Lucas hasta la encrucijada, y comienza a formular preguntas, dándose cuenta de que el caso, formado por piezas tan sencillas, es mucho más complejo de lo que cabría imaginar. Cuando comiencen a aparecer objetos robados, joyas valiosas y hasta alijos de droga, Maigret descubrirá que se está enfrentando a una situación mil veces más peligrosa de lo que pudo prever al inicio del caso. En la escena final, con todos los habitantes de la encrucijada detenidos y esposados, nadie parece inocente y comienzan a descubrirse embrolladas conexiones entre ellos (nombres falsos, pasados carcelarios, relaciones sexuales inesperadas), en un crescendo que la veteranía narrativa de Simenon logra mantener en pie, pese a su condición desconcertante y tumultuosa.
viernes, 18 de septiembre de 2026
domingo, 12 de julio de 2026
Clarissa
Sigo
con los libros de Stefan Zweig, de quien ahora recorro su novela inconclusa Clarissa,
en la traducción de Marina Bornas Montaña para el sello Acantilado. Su
protagonista es la hija de un militar austríaco que, huérfana de madre y criada
en el colegio de un convento en Viena desde los ocho hasta los dieciocho años,
tiene que enfrentarse sola al mundo cuando su progenitor, apartado del
servicio, decide irse de la ciudad. Tanto su hermano como ella tendrán que
abrirse camino en la vida de un modo autónomo: él, como militar; ella, como
ayudante del psiquiatra Silberstein, quien no comparte con su colega Sigmund
Freud la idea de que conocer el origen de las neurosis sea positivo para
sanarlas: él prefiere aportar al paciente otra obsesión distinta, que le
resulte inofensiva… y útil (“Más bien creo que se sienten mucho mejor los que
no conocen sus puntos débiles. Es mejor no conocer jamás tus propias
flaquezas”). Durante un congreso en Lucerna, al que asiste por indicación de
Silberstein, conoce a Léonard, un profesor de instituto de Dijon, que cree en
el poder de la educación, en el socialismo y en la importancia de la gente anónima
(“¡Ah! Amo a la gente pequeña, a los no ambiciosos, a los que no hacen ruido, a
los comedidos; son los fuertes y justos sobre los cuales, según la Biblia, se
erige el mundo”), además de odiar la guerra y considerar las ideas
nacionalistas como altamente peligrosas (“El nacionalismo lo corrompe todo. Es
el mal que coloca una única patria por encima de todas las demás. Nos
involucramos de lleno en las necedades que cometen nuestras naciones. En el
patriotismo. ¿De qué nos sirve ser honrados y bienintencionados si encima de
nosotros hay un puñado de personas que no quieren serlo? Ellos miran las
banderas extranjeras con la hostilidad del toro que se abalanza sobre la tela
roja. Tenemos que romper con el patriotismo. ¡Al diablo con las naciones!”).
Fruto de esa relación, que se inicia como amistad y que culmina como amor, es
el embarazo de Clarissa, que no descubrirá hasta que, unas semanas más tarde,
se encuentren en plena Guerra Mundial, con él en Francia (su país de origen) y
ella en Austria: el azar caprichoso de la geopolítica los ha convertido en
enemigos.
Una novela excelente, como no podía ser de otro modo, llena de inteligentes reflexiones sobre el honor, la honradez, el amor, la fidelidad y la entereza; pero que deja un poso agridulce en los ojos cuando, al llegar a las páginas finales, comprendemos que la historia no terminaba ahí. Qué pena.
lunes, 29 de septiembre de 2025
El inquilino
Prepárense,
como lectores, para asistir a un juego narrativo que les exigirá su
participación; una atención meticulosa, despierta, y que, en sus líneas
finales, pondrá a prueba su capacidad para el asombro. Estamos en una
universidad de Estados Unidos, donde trabaja como profesor un lingüista llamado
Mario Rota. Es un hombre que, pese a practicar deporte, bebe quizá demasiado,
que no desempeña una labor investigadora especialmente notable (lleva tres años
sin publicar ningún trabajo de su especialidad, la fonología), que mantiene un
vínculo emocional poco atento con su compañera Ginger (con quien se muestra más
distante que cariñoso) y que tampoco es el vecino ideal (Nancy se queja de que
la espía y molesta con sus impertinencias). Scanlan, su superior jerárquico en
la universidad, no se encuentra satisfecho con su actitud. De ahí que aparezca
en el campus un personaje llamado a revolucionar la situación: Berkowickz.
Viene precedido por una intensa fama como investigador, ocupará la vivienda de
Nancy (es decir, será el nuevo vecino de Mario Rota)… y se le adjudican algunos
de los cursos del protagonista, que verá así mermado su horario y su sueldo.
Pero eso no es todo: Ginger, harta de la actitud fría de Mario, decidirá
acercarse (desde el punto de vista profesional, pero también sentimental) a
Berkowickz. Con lo cual se consuma el terremoto: el mundo de Mario se ha puesto
patas arriba. Y las insinuaciones de Scanlan acerca de su posible despido
terminarán de erosionar su dignidad.
Esta novela, que parece presentarnos fundamentalmente un conflicto laboral y emocional, ejecutará un giro sorprendente en las páginas finales, ante las cuales les prevengo: presten mucha atención. No den nada por sentado. Desconfíen. Y lean con lentitud, fijándose muy bien en los detalles. La “teoría” que ustedes hayan desplegado acerca de la historia tendrá que sufrir modificaciones y se verá sometida a prueba. Pero les aviso también de otra cosa: van a disfrutar el relato de manera constante, porque la narrativa de Javier Cercas absorbe, impregna y deslumbra. Ya lo verán.
miércoles, 28 de mayo de 2025
El caso Saint-Fiacre
Maigret,
que tiene al comenzar la novela cuarenta y dos años y que reconoce estar algo
pasado de peso, vuelve a su localidad natal de Saint-Fiacre, porque la policía
ha recibido una inquietante nota donde se indica que va a cometerse un crimen
en la primera misa del Día de Difuntos. Tal afirmación provoca en el comisario
un evidente interés profesional, que se troca en pasmo cuando, sin que nadie
parezca intervenir, la vieja condesa caiga muerta después de haber tomado la
comunión. A partir de ese instante, como resulta fácil comprender, Maigret abre
los ojos y comienza su investigación. ¿Quién puede haber cometido ese crimen invisible?
Todos
los actores del drama comienzan a tomar cuerpo ante el investigador: el joven
Jean Métayer, quien oficialmente era el secretario de la condesa… y de forma
oficiosa es su amante; el irresponsable Maurice, que lleva un buen número de años
esquilmando las finanzas de su difunta madre, pidiéndole dinero para cubrir sus
estropicios (borracheras, viajes, cheques sin fondos); el administrador
Gautier, que se ocupa de ir salvando la situación económica de la condesa como
puede; el médico Bouchardon, que se encarga de los detalles forenses (aunque no
era el galeno habitual de la condesa); el cura de la localidad, que asegura
saber algo, que no puede revelar por haberlo escuchado durante una confesión…
Todos ellos tienen motivos para ser considerados culpables, pero no resulta
posible determinar la culpabilidad de ninguno. Porque, entre otras cosas, ¿cómo
culpar de un crimen donde nadie ha rozado siquiera a la víctima?
Con una solución final a la vieja usanza (todos son convocados para una cena, en la que se analizarán los detalles y se dilucidará la identidad del asesino), El caso Saint-Fiacre, que leo en la traducción de Lluís Maria Todó, regala un par de tardes de entretenimiento policial, que siempre es bienvenido.
lunes, 26 de mayo de 2025
La destrucción de Kreshev
Kreshev
es una diminuta aldea judía donde nada altera la paz cotidiana: todos sus
habitantes son pobres, todos son devotos. De tal forma que “toparse allí con un
auténtico pecado resulta francamente difícil” (p.11). Pero como el Diablo
quiere enredar las cosas (y, además, es el narrador de esta historia), he aquí
que se instala en la localidad el rico Búnim Shor, acompañado por su esposa
Shifre (que no goza de demasiada salud) y por su bella hija Lise, quien no se
interesa por las naderías juveniles, sino por la lectura del Talmud y otros
libros de sabiduría. Las aguas de Kreshev no se alteran demasiado con esa
llegada, aunque sí lo harán en el momento en que el padre decida que ha llegado
el momento de elegir esposo para su hija. El afortunado es Shlóimele, que viene
de muy lejos con fama de ser hombre virtuoso, culto y de estricto
comportamiento religioso. Las cosas, no obstante, cambiarán cuando se celebre
el matrimonio y el marido, a mitad de camino entre lo lúbrico y lo transgresor,
comience a sugerirle a su esposa que lo secunde en ciertos juegos eróticos; y
ella (“sabido es que mi gente tiene una elocuencia extraordinaria”, dice el
Diablo en la página 79) se deje seducir por sus palabras y acceda a cumplir sus
deseos.
Isaac
Bashevis Singer nos presenta en La destrucción de Kreshev (que leo en la
traducción efectuada por Rhoda Henelde y Jacob Abecassis para el sello
Acantilado) un relato tan encantador como inquietante, donde se exploran los
misterios del deseo, el poder brujo de la palabra y las hogueras de lo
prohibido.
Muy recomendable.
martes, 25 de marzo de 2025
Los milagros de la vida
Todo
en la vida, si lo miramos con una cierta capacidad de asombro, bordea los
límites del milagro o se adentra decididamente en él: la respiración, el amor,
la amistad, la luz, la música, el sonido del mar, abrir los ojos por la mañana
y seguir viviendo. Casi ninguno de esos asombros tiene una conexión directa
con la religión, a pesar de que tradicionalmente se haya querido vincular el
sustantivo “milagro” con ese ámbito del pensamiento.
Un
viejo pintor que vive a mitad del siglo XVI en la actual zona de Amberes (“un
hombre al que la vida había enseñado que en el estrato más profundo no hay más
que transparencia y tranquilidad, un hombre con experiencia, al que los muchos
días y años habían vuelto sencillo”) recibe el encargo de pintar un cuadro de
la Virgen María para ornar una iglesia; y en su búsqueda de la mejor modelo
para el rostro de la madre de Dios descubre a la joven Esther, una judía a la
que su abuelo salvó de un pogromo entregándola a un tabernero flamenco para que
la criase. Extasiado por las líneas de su rostro, el anciano artista se propone
convertir a la muchacha al cristianismo, mostrándole imágenes religiosas y
narrándole algunas historias bíblicas; pero pronto se da cuenta de la renuencia
de Esther, y se concentra en la tarea de pintarla. Lo hace mientras ella
sostiene un bebé en sus brazos, al modo de una Madonna.
Unas
semanas más tarde, los acontecimientos se precipitan: el clima político de la
ciudad se enrarece e impregna de violencia, Esther tiene su menarquía y el
pintor, concluida la obra, la entrega al comerciante que se la encargó, para
que sea expuesta en la iglesia. El problema vendrá cuando la turba, enardecida
contra España, comience con su labor devastadora e iconoclasta. ¿De qué forma
podrá salvarse el cuadro recién pintado, por el que Esther siente embeleso?
Una pequeña obra maestra de Stefan Zweig, que leo en la traducción de Berta Vias Mahou (publicada por el sello Acantilado), donde se nos invita a reflexionar sobre todos esos milagros cercanos y a veces invisibles que, como indicaba al comienzo, constituyen la médula de la existencia y nos obligan a meditar en silencio sobre el sentido de cuanto nos rodea.
lunes, 22 de abril de 2024
Clásicos para la vida
De
vez en cuando, mi navegación por el mundo de los libros (que es infinita y que
me depara infinitas alegrías) me conduce hasta una isla especial, hasta un
territorio donde la vegetación resulta diferente y donde la luz parece incidir
de un modo distinto, extrayendo de los paisajes y de las palabras un brillo
único. En esos momentos, cuando cierro la última página y me vuelvo a subir al
barco para buscar otra isla, sé que parte de mí se queda adherida a las líneas
que acabo de recorrer, y que mi memoria me volverá a llevar a ellas varias
veces, en los años posteriores. Estoy hablando (aún no lo había dicho) del
volumen Clásicos para la vida (Una pequeña biblioteca ideal), de Nuccio
Ordine, que traduce Jordi Bayod y publica el sello Acantilado. Me lo regaló
hace poco mi gran amigo Pepe Colomer.
Dos
partes podríamos distinguir en este tomo. La primera son las treinta páginas de
Introducción, en las cuales el ensayista italiano explica bellamente su defensa
de las Humanidades, indicando que el arte y el pensamiento constituyen uno de
los pilares imprescindibles de toda civilización. Seguir pensando en los
grandes libros del ayer, en las grandes pinturas del ayer, en las grandes
composiciones musicales del ayer, es el único camino para que el tronco siga
sujetándose a la tierra con la ayuda de fuertes y fiables raíces. En esa línea
resultan indispensables los docentes buenos, y no tanto los docentes
pedagógicos (“Un conocimiento de mera antología no basta; como tampoco basta el
estudio de la didáctica, que, en las últimas décadas, ha asumido una
centralidad desproporcionada: dicho sea con el permiso de las pedagogías
hegemónicas, el conocimiento de la disciplina es lo primero y constituye la
condición esencial. Si no se domina esa literatura específica, ningún manual
que enseñe a enseñar ayudará a preparar una buena clase”) o aquellos que se abandonan
acríticamente en los brazos de la tecnología (“¿Estamos verdaderamente seguros
de que la escuela es el lugar donde el estudiante debe potenciar su relación
con la tecnología digital? ¿Estamos seguros de que al número ya exagerado de
horas dedicadas a los videojuegos, a la televisión, a navegar por internet, a
las relaciones virtuales establecidas a través de Facebook, Twitter y WhatsApp,
es necesario sumarles también las horas asignadas para seguir una clase en el
aula de una escuela o de una universidad?”). Los centros educativos deberían
consagrarse a la misión de formar personas, y no de rellenar papeles (“La
insensata multiplicación de reuniones e informes (para ilustrar al detalle
programaciones, objetivos, proyectos, itinerarios, talleres…) ha acabado por
absorber buena parte de las energías de los profesores, transformando la
legítima exigencia organizativa en una nociva hipertrofia de controles
administrativos”) o de fabricar borregos programados para convertirse en
consumidores (“En vez de formar pollos de engorde criados en el más miserable
conformismo, habría que formar jóvenes capaces de traducir su saber en un
constante ejercicio crítico”).
En
cuanto a la segunda parte, consiste en una brillante selección de fragmentos de
la historia de la literatura (desde Homero hasta nuestros días), comentados con
agudeza por Ordine, quien conecta sus temas y preocupaciones con los del mundo
de hoy, demostrando que el pensamiento y la cultura siempre resultan necesarios
para el vivir auténtico, para la experiencia racional de ser humanos.
Un libro delicioso y que invita a reflexionar. Visítenlo.
jueves, 5 de octubre de 2023
Diarios
Es
complicado (anuncio que la reseña será más larga de lo habitual) resumir un diario
que supera, en su versión reducida, las mil páginas, porque son muchos los
temas, los personajes, las reflexiones, los matices que incorpora. Y me estoy
refiriendo concretamente a los Diarios de Tolstói, que Selma Ancira
extracta y anota con brillantez para la editorial Acantilado, que han llenado
muchas de mis últimas noches en dosis de 25 páginas diarias, llenas de
subrayados, signos de exclamación, aplausos y fruncimientos de cejas. El
escritor León (así comencé a leerlo en mi juventud) o Lev Tolstói siempre me ha
producido asombro y una gran admiración… pero de la persona Tolstói hay muchos
perfiles, ángulos y detalles que me resultan no solamente extraños, sino
repelentes.
Veamos
un aspecto menor: la anotación escrupulosa de sus erosiones físicas, que van
desde lo bien o mal que ha pasado la noche (indicando horas de sueño o veces
que se ha despertado) hasta el surtido catálogo de sus enfermedades. Sirva un
breve resumen diacrónico como muestra: “Pesqué una gonorrea” (marzo 1847); “Tuve
diarrea” (marzo 1852); “No estoy bien, hemorroides” (abril 1852); “Estoy muy
enfermo. Creo que es tisis” (agosto 1854); “Tengo un dolor en el pecho” (mayo
1857); “Me duele el labio” (junio 1857); “Dolor de garganta” (septiembre 1857);
“Dolor de muelas” (enero 1863); “Me duele el hígado” (octubre 1865); “Me duele
un poco la pierna” (abril 1889); “Tuve una inflamación en el párpado” (mayo
1891); “Tengo dolor de espalda” (julio 1894); “Tuve un terrible cólico de
cálculos biliares” (junio 1895); “Me duele el corazón” (enero 1897); “Un
terrible forúnculo en la mejilla” (septiembre 1897); “Tengo dolor de lumbago”
(enero 1899); “He tenido fiebre constantemente” (agosto 1908)… ¿Será necesario
seguir? Entiendo que no. En este apartado, los Diarios son tan
detallistas como intrascendentes.
Veamos
otro aspecto, mucho más interesante y mucho más conflictivo, que nos obliga a
hurgar en una llaga incómoda: la brutal, despiadada, continua misoginia de la
que hizo gala, desde su juventud hasta su fallecimiento, el escritor ruso. Tal
vez se deba a una boda insatisfactoria; tal vez a la mala suerte en su relación
con las mujeres. Lo único irrebatible, por más que se lo intente dulcificar, es
el desprecio que siempre reservó para las representantes del género femenino.
El florilegio de citas que aporto podría ser diez veces más extenso y diez
veces más vomitivo. Eludan leerlo las personas impresionables: “Mantente
alejado de las mujeres. Porque, en realidad, ¿de dónde nos vienen la lujuria,
la voluptuosidad, la frivolidad en todo y otros muchos vicios sino de las
mujeres? ¿Quién tiene la culpa de que nos privemos de los sentimientos que nos
son innatos (la valentía, la firmeza, la sensatez, la justicia, etcétera) sino
las mujeres?” (1847); “Las mujeres son fuertes por su frialdad y por una
capacidad de mentira, de astucia, de adulación” (1884); “Nadie es capaz como
las mujeres de hacer tonterías y suciedades de una manera pulcra y hasta gentil
y sentirse plenamente satisfechas” (1889); “Si los hombres no estuvieran
ligados a las mujeres por un sentimiento sexual y por la indulgencia que de ahí
se deriva, verían claramente que las mujeres (en su mayoría) no los entienden y
no hablarían con ellas. Con excepción de las vírgenes” (1890); “La moda
intelectual de celebrar a las mujeres, de afirmar que no solamente son iguales
a los hombres en sus capacidades espirituales, sino que son superiores, es una
moda deplorable y dañina” (1891); “Mujeres pintoras, mujeres músicas. Pueden
hacerlo todo. Y, como monos, se lo han copiado todo a los hombres” (diciembre
1893); “Una buena vida conyugal sólo es posible si la mujer tiene la convicción
consciente, adquirida mediante la educación, de someterse siempre a su marido
(en todo, por supuesto, salvo en las cuestiones del alma, religiosas)” (agosto
1895); “Desde hace setenta años mi opinión sobre las mujeres no hace sino
bajar, y es necesario que baje más y más todavía. ¡La cuestión femenina! ¡Por
supuesto que hay una cuestión femenina! Sólo que no es para que las mujeres se
pongan a dirigir la vida, sino para que dejen de arruinarla” (noviembre 1899); “Es
evidente que todos los desastres, o una gran parte de ellos, provienen de la
desvergüenza de la mujer” (diciembre 1900); “La compañía de las mujeres es útil
porque puedes ver que no debes ser como ellas” (agosto 1909). Sutil, lo que se
dice sutil, no lo fue realmente.
Tampoco
fue complaciente o moderado en sus opiniones literarias, que rara vez se
deslizan hacia el elogio amable y sí que lo hacen, con mucha más frecuencia,
por el talud del desdén: Nietzsche le parece un mero loco; Shaw, un pobre
patán; de su compatriota Chéjov nos dice que “no es bueno, es mezquino” (marzo
1889); de Shakespeare opina que “comenzó a ser valorado cuando se perdió el
criterio moral” (abril 1897); de Maupassant dictamina que “el pobre no tiene
nada que decir” (agosto 1884); Montaigne “ha envejecido” (febrero 1891); y el Fausto,
de Goethe, queda etiquetada como “una obra pésima” (septiembre 1906).
También
he marcado en estos tomos bastantes líneas que, por su inteligencia, brillo o
sentido común, me han parecido memorables. Incluirlas todas en este pequeño
comentario lo alargaría de forma casi inadmisible, pero no me resisto a
transcribir algunas: “Hemos llegado a un punto tal de cretinismo que la sola
expresión de nuestros pensamientos nos parece un crimen” (abril 1884); “Si el
marinero decidiera que su objetivo es evitar las crestas de las olas, ¿adónde
llegaría?” (agosto 1886); “¡Qué terrible error de nuestro mundo considerar el
trabajo, la labor, como una virtud! En nada se parece a la virtud, más bien es
un vicio. Cristo no trabajó. Esto hay que dejarlo claro…” (septiembre 1889); “Toda
nuestra civilización está construida sobre los cadáveres de hombres oprimidos”
(noviembre 1891); “La única arma que es más fuerte que los gobiernos: la
opinión pública” (febrero 1895); “Cuanto más enferma está la sociedad, más
instituciones para tratar los síntomas aparecen y menos nos preocupamos de
cambiar la vida” (febrero 1896); “Cuando un autor escribe, nosotros -los
lectores- colocamos una oreja sobre su pecho, escuchamos y decimos: Respire”
(octubre 1896); “Las personas particulares jamás matarán ni asesinarán ni
robarán ni la milésima parte de lo que matan y roban los gobiernos, es decir,
la gente que se considera con derecho a matar y a robar” (agosto 1904).
Pero
hay un aspecto de este millar de páginas que me las volvía insufribles en
algunos tramos: la obsesión religiosa y moral de Tolstói. No se trata
(dejémoslo claro) de un tema, sino de un sofocante aluvión de esfuerzos
por parte de Tolstói, que empeña toda su vida en constreñirse a unos
principios que constantemente infringe (ludopatía, alcohol, tabaco, deseo
sexual), lo que genera en su corazón y en su prosa un chapoteo recurrente de
caídas y propósitos de enmienda que, si al principio suena admirable, pronto
cansa y rechina: cuando está con una
mujer siente que peca de lujuria (“La copulación es un horror que no se puede
ver, en el que no se puede pensar sin asco”, mayo 1891); cuando juega a las
cartas se siente culpable; cuando miente, por nimio que sea su embuste, se
retuerce en lágrimas; si habla de sus proyectos literarios, se juzga vanidoso;
si se levanta un poco más tarde de lo habitual, abomina de la pereza… Esta inhumana
tensión moral lo presenta como un ser aburridamente almidonado, que provoca más
enojo que admiración. Y no digamos nada de su esfuerzo para acomodarse a los
supuestos del más puro cristianismo ascético: se siente feliz cuando lo
insultan (“Me han ofendido. ¡Qué maravilla! Puedo perdonar”, anota en julio de
1906); le alegra que Dios se haya llevado a su hijo, porque esa prueba de fe lo
mejora (y abomina de que su esposa llore o lamente la pérdida); reniega del
sexo (“¿Qué puede haber más abyecto que las relaciones sexuales? Basta
describir con detalle el acto sexual para provocar la repulsión más terrible”);
etc. Es curioso que todos a su alrededor sean unos inmorales y que él sufra
porque se siente impelido a compadecerlos, a tolerarlos, a perdonarlos.
Proliferan en estos tomos las ocasiones en que Tolstói escribe “me contuve” o
“perdono”: la primera fórmula revela una actitud forzada, antinatural, postiza;
la segunda, altanería.
Si a usted no le interesan esas mojigaterías moralizantes, le aconsejo que no se sumerja en este volumen: se las encontrará casi en cada página.
jueves, 17 de agosto de 2023
El triunfo de la belleza
Vuelvo a la narrativa de Joseph
Roth, quien en esta ocasión me entrega un relato que, traducido por Berta Vias
Mahou, publica el sello Acantilado con el título de El triunfo de la belleza.
En sus páginas encontramos la rotunda narración que el doctor Skowronnek, un
afamado ginecólogo, expone ante una persona sin nombre, a la que exhorta en voz
baja: “Escríbala algún día”. El protagonista de los hechos fue un amigo suyo,
joven atractivo, de buena posición económica y reverencial discreción (“El
plebeyo es ambicioso. El hombre verdaderamente noble es anónimo”), quien se
enamoró de una hermosa joven llamada Gwendolin, con la que contrajo matrimonio
al poco tiempo. Aunque todo parecía idílico en ese enlace, pronto las cosas
comenzaron a enrarecerse cuando Skowronnek descubrió de forma accidental que la
dama le estaba siendo infiel a su marido. ¿Cuál debía ser su actitud ante esta
infamia? ¿Mantenerse en silencio, para proteger la inocencia y la felicidad de
su amigo? ¿Descubrirle aquella atrocidad y exponerse a su dolor o su despecho?
Posteriores infidelidades de Gwendolin fueron agravando el sentimiento de
incertidumbre del doctor.
No obstante, el marido termina
por recibir la noticia y su reacción, tras la ira inicial, resulta
sorprendente: decide consagrarse en cuerpo y alma a su esposa (que además ha
sufrido una reacción psicosomática y se ha convertido en una enferma perpetua),
para recuperar su corazón. Se inicia así un período de servidumbre bastante
bochornosa, que terminará de forma abrupta cuando el pobre marido descubra que
ella repite la actitud infiel con un enfermero. Convencido de la promiscuidad
sensual de las mujeres, el doctor Skowronnek no se priva de rematar su historia
con un párrafo de agria misoginia: “Sonreíd, pensé. Sonreíd. ¡Girad, meceos, compraos
sombreritos, medias, baratijas! La vejez se os aproxima a toda velocidad. Un
añito más o dos, y ningún cirujano del mundo podrá ayudaros, ningún fabricante
de pelucas. Deformes, resentidas, amargadas, no tardaréis en iros a la tumba. Y
más abajo aún, al infierno. Sonreíd. ¡Sonreíd!”.
Una historia ciertamente dura,
que no se pierde en sutilezas, y donde la mujer no sale muy bien parada. Tan
interesante como polémica.
viernes, 13 de enero de 2023
Los ojos del hermano eterno
Es
difícil acertar con el auténtico camino de la sabiduría, porque su secreto es
oscuro y sus cauces desconocidos. Quienes leímos durante la juventud el libro Siddhartha,
de Hermann Hesse, lo recordamos perfectamente. Y ahora, cuando me adentro en la
novela Los ojos del hermano eterno, de Stefan Zweig (que traducen del
alemán J. Fontcuberta y A. Orzeszek para el sello Acantilado), puedo refrescar
esa sensación con la historia de Virata. Este personaje glorioso y de rica
textura es un noble que adquiere fama cuando se pone al frente de las tropas
leales al rey, quien ha sufrido una rebelión que amenaza con derrocarlo.
Heroico hasta lo inverosímil, Virata se alza con la victoria, pero mata
involuntariamente a su hermano mayor. Esa desgracia lo impele a alejarse para
siempre de las armas y aceptar el cargo de juez real. A partir de ese momento,
Virata irá descubriendo que las decisiones de su cargo afectan a la vida de
otras personas, y también opta por retirarse de esa función. Lenta, pero
inexorablemente, pasa de ser “El Rayo de la Espada” (guerrero) a ser “La Fuente
de la Justicia” (juez); y de ahí evoluciona hasta convertirse en “El Campo del
Buen Consejo” y después en “La Estrella de la Soledad”. Cada escalón supone una
bajada social y una subida espiritual, que le sirve para purificar su espíritu
e ir acercándose a la divinidad. No siempre quienes lo rodean entenderán sus
decisiones (ni siquiera sus hijos), pero Virata acaba por convertirse en un
anciano feliz, que ocupa un puesto misérrimo en su sociedad y que, tras su
muerte, es olvidado de forma unánime.
La
fábula de Zweig (claramente ligada a la de Hesse y a ciertas páginas de Tagore)
requiere que los lectores escuchen en silencio las enseñanzas
espirituales que su protagonista obtiene y que han de ser meditadas de forma
serena y respetuosa.
Absténgase los lectores demasiado materialistas o superficiales.
viernes, 6 de enero de 2023
Miedo
“El
miedo es peor que el castigo, porque éste es algo determinado y, duro o blando,
no se puede comparar con el temor que despierta en nosotros lo incierto, una
tensión espantosa que no conoce límite”. Quien habla es un famoso abogado, que
acaba de reprender a sus hijos de una forma severa, pero ecuánime. Quien
escucha, aterrada y culpable, es su esposa Irene, que le está siendo infiel con
un pianista y que ahora, víctima de un chantaje por parte de la novia del
músico, no sabe cómo salir del enredo en que se encuentra metida. Querría
confesárselo todo a su marido, por el que siente un gran amor y respeto… pero
no se atreve. ¿Cómo reaccionará él? ¿Se mostrará indulgente o inflexible? Todo
el mundo familiar que Irene disfruta (y que ahora valora mucho más, cuando está
a punto de perderlo) se puede venir abajo si confiesa su adulterio. Al
principio, la extorsionadora se ha conformado con un par de billetes; luego, ha
exigido cien coronas; después, doscientas; y, finalmente, se ha atrevido a
presentarse en casa del matrimonio, con la exigencia de cuatrocientas. Como no
dispone de esa cantidad, Irene se ve forzada a entregarle su anillo de
compromiso, para que lo empeñe y obtenga la cantidad requerida. El sendero es
cada vez más angustioso; y la infeliz esposa sólo acierta con una solución:
envenenarse con morfina.
Con
una prosa enérgicamente eficaz (los diálogos entre Irene y la chantajista
llegan a provocar taquicardia en el lector: doy fe), Stefan Zweig urde una
novela no muy extensa, que recorro en la traducción de Roberto Bravo de la
Varga para el sello Acantilado y que me permite redescubrir la excelente
capacidad que el escritor desplegaba siempre para ahondar en el corazón de sus
criaturas, que son retratadas a través de sus miedos, esperanzas, temblores,
ilusiones y alegrías.
Un absoluto maestro.
lunes, 12 de diciembre de 2022
El regreso de Casanova
Giacomo
Casanova, seductor impetuoso e infalible que puso en jaque a las mujeres de
toda Europa. Giacomo Casanova, aventurero intrépido que logró fugarse de las
emboscadas más inverosímiles e incluso de su prisión veneciana. Giacomo
Casanova, farsante, vividor, jugador, diplomático, escritor y músico (aparte de
otras ocupaciones, casi siempre ocasionales o espurias), fue uno de los
personajes más famosos de su tiempo. Pero cuando el austríaco Arthur Schnitzler
se aproxima a su figura es ya un hombre otoñal, que languidece hacia la
senectud sin remedio, aunque su orgullo lo impele a resistirse. De ahí que esta
novela (esta deliciosa novela) quede perfumada de una cierta melancolía, de un
cierto aire de derrota, de un aroma inequívoco a erosión. Hospedado por su
antiguo amigo Olivo, al que ayudó económicamente con ciento cincuenta ducados
de oro cuando decidió casarse (Casanova había probado antes las mieles sexuales
de la novia), descubre en su casa a la joven Marcolina, tan bella como
inaccesible (la chica no piensa más que en el estudio de las matemáticas); y se
ilusiona (se obceca, sería más exacto decir) con la idea de convertirla
en su última amante. Al mismo tiempo, una carta que le llega desde su ciudad
natal, le informa de la condición que deberá cumplir si quiere regresar a ella,
para pasar allí sus últimos años: convertirse en espía a las órdenes del Gran
Consejo. Si desea alcanzar el éxito en ambos propósitos (la seducción de la
angelical Marcolina y el retorno impune a su patria), Casanova no tendrá más
remedio que plegarse a dos inicuas bajezas, cuyos detalles estremecen al
lector.
Siempre
admirable, Arthur Schnitzler nos invita a navegar por los territorios de la
claudicación, del bochorno y de la ruindad, que el decrépito libertino asumirá
con sencillez, pero que terminarán acongojándolo cuando se tumbe en su cama, ya
instalado en Venecia, y el silencio de la noche no le permita seguir
mintiéndose.
Otra maravilla narrativa del vienés Schnitzler, que no se convertirá en mi última aproximación a sus libros.
lunes, 28 de noviembre de 2022
Tardía fama
La
sala donde se va a desarrollar el recital de la asociación literaria Entusiasmo
se encuentra llena. Pueden oírse carraspeos, ruidos de sillas y alguna tos. El
humo del tabaco se extiende por el local. Los jóvenes que conforman el grupo
(en los que quizá priman más la vanidad y el egocentrismo que la perfección de
su arte) se preparan para su gran noche de presentación, con la que esperan
conseguir un éxito resonante, que sin duda se verá reflejado en la prensa
vienesa del siguiente día. Pero no dejemos que sus poses melodramáticas y
ambiciosas nos despisten y fijemos la mirada en el anciano Eduard Saxberger,
que se encuentra entre ellos. Lleva casi cuarenta años trabajando como gris
oficinista, y frecuenta una cafetería donde sus amigos juegan al billar, beben
cerveza y lo tratan con campechanía. Pero esos amigos ignoran que, en su lejana
juventud, Saxberger publicó un libro de versos titulado Andanzas, que
pasó dolorosamente inadvertido para los lectores. Decepcionado, abandonó los
caminos de la literatura. Ahora, los jóvenes del grupo Entusiasmo lo acaban de
redescubrir y han optado por convertirlo en su maestro, en su guía, en su líder
y abanderado. Así que el viejo Saxberger está viviendo los instantes previos a
la que puede ser su primera (aunque tardía) noche de gloria. Pero, tras la
recitación de sus versos (y justo cuando se encuentra ante el público para
saludar y agradecer sus aplausos), escucha dos palabras que se clavan en su
corazón y lo dejan paralizado. Dos simples y demoledoras palabras.
El austríaco Arthur Schnitzler nos entrega en Tardía fama (que leo gracias a la traducción de Adan Kovacsics en el sello Acantilado) una colección de retratos psicológicos de gran plasticidad y solidez (cada miembro del grupo Entusiasmo es dibujado con rasgos acertadísimos); y, sobre todo, una triste y melancólica reflexión sobre los trenes a los que resulta insensato querer subirse cuando el huracán de los calendarios ya ha desmantelado la esperanza.
domingo, 28 de agosto de 2022
Mendel el de los libros
Para
refugiarse de la lluvia que ha comenzado a caer sobre Viena, el narrador se
refugia en el café Gluck; y sólo cuando está dentro recuerda que allí conoció
al viejo Mendel, un librero que “leía como otros rezan, como juegan los
jugadores, tal y como los borrachos, aturdidos, se quedan con la mirada perdida
en el vacío. Leía con un ensimismamiento tan impresionante que desde entonces
cualquier otra persona a la que yo haya visto leyendo me ha parecido siempre un
profano”. A él recurrió cuando, años atrás, necesitó libros para su
investigación sobre Mesmer. Descubrió a un sacerdote de los libros, un
anacoreta que no vivía más que para la letra impresa, al que incluso la
universidad de Princeton había intentado en vano contratar como consejero para
la adquisición de obras. Aquel hombre le hizo comprender que “todo lo que de
extraordinario y más poderoso se produce en nuestra existencia se logra sólo a
través de la concentración interior, a través de una monomanía sublime,
sagradamente emparentada con la locura”. Por sorpresa, Mendel ya no está (como
estuvo durante décadas) en su mesa, leyendo con sus gafas pobres. ¿Qué ha
ocurrido con él? ¿Dónde se encuentra? ¿Continúa vivo? El narrador de la
historia experimenta una sensación desagradable con esa ignorancia (“Sentí un
regusto amargo en los labios. El regusto de la fugacidad. ¿Para qué vivimos, si
el viento tras nuestros zapatos ya se está llevando nuestras últimas huellas?”),
pero pronto encontrará a la única persona que tiene contestación para esos interrogantes:
la vieja señora Sporschil, que se ocupaba de la limpieza de los aseos del café.
Bellísima
narración triste (traducida por Berta Vias Mahou para Acantilado) donde Stefan Zweig
reflexiona sobre la pureza de las almas, sobre la dedicación absoluta a una
vocación, sobre la ingratitud y, también, sobre la crueldad que los seres
humanos somos capaces de desarrollar en circunstancias aciagas.
Delicatessen.
sábado, 11 de junio de 2022
El candelabro enterrado
Es
solamente un niño judío de 7 años, que se llama Benjamín y está durmiendo. Pero
su vida se verá alterada cuando las manos de su abuelo lo despierten y le
indiquen que se levante sin hacer ruido: el anciano rabino Eleazar, que acaba
de organizar una comitiva de ancianos, necesita que los siga en plena madrugada
camino del puerto, donde los vándalos están a punto de partir con todos
aquellos tesoros que han saqueado en Roma. Incluido el candelabro sagrado de
Moisés, el único símbolo que a los hebreos les queda: la menorá. Corre el año
455.
Así
empieza esta novela, magnífica, redonda, emocionante, de Stefan Zweig, que
traduce Joan Fontcuberta para el sello Acantilado. En ella nos encontramos con
un relato subyugador, lleno de fe y ternura, de esperanza y sorpresas, que se
inicia cuando el niño Benjamín, intentando que no embarquen la menorá, sufre
una brutal fractura de brazo, que lo acompañará el resto de su vida. Por ello,
todos los conocen desde ese momento como Benjamín Marnefesh, el sometido a
amarga prueba.
Saltemos
ahora hasta la ancianidad del protagonista, porque cuando bordea los 87 años le
llega la noticia de que la menorá ha sido trasladada a Bizancio. Es la
oportunidad de presentarse ante el basileo Justiniano y solicitar que devuelva
al pueblo judío su símbolo sagrado, gracia a la que el emperador se niega, con
tanta crueldad como regodeo. La desazón y la tristeza invaden a Benjamín, que
pide a Dios la muerte, ya que no le quiere conceder la felicidad de recuperar
el milenario candelabro de Moisés. No obstante, su petición no es atendida,
porque el Señor tiene otros planes para el venerable anciano; y los descubrirá
cuando aparezca ante sus ojos el orfebre Zacarías.
Dueño
de una capacidad narrativa envidiable, Stefan Zweig deja en esta novela varios
momentos de altísima calidad: la descripción del saqueo de Roma por los
invasores vándalos; el discurso que Eleazar pronuncia ante el niño Benjamín,
que lo guarda en su memoria, aunque no lo entiende bien; o el instante en que el
anciano emisario judío se presenta ante el emperador de Bizancio, que se dibuja
con elementos casi hollywoodienses. Y, por supuesto, el final de la novela, con
el que reconozco haber llorado: tanta es su belleza.
Adoro a Stefan Zweig.
domingo, 26 de diciembre de 2021
Relato soñado
Nada más
iniciar la lectura del libro Relato
soñado, de Arthur Schnitzler (en la traducción de Miguel Sáenz), me pareció
advertir ciertos aromas y ciertas frases que me llevaban hasta los fotogramas
de la película Eyes Wide Shut. Por
ejemplo, cuando la esposa del doctor Fridolin le habla a su esposo del misterioso
hombre por el que sintió excitación onírica la noche anterior: “Si me hubiera
llamado, no hubiera podido resistirme. Me creía dispuesta a todo; creía estar
prácticamente decidida a renunciar a ti, a la niña y a mi futuro, y al mismo
tiempo (¿puedes comprenderlo?) me eras más querido que nunca” (página 11). Son
palabras muy similares a las que pronuncia Nicole Kidman, para desconcierto de
Tom Cruise. Como es natural, me fui hasta Internet y descubrí que la obra
cinematográfica está basada en este relato del autor vienés.
Acabada
la lectura, compruebo que las conexiones son evidentes entre libro y película,
pero que el novelista explora mucho más en el desgarro íntimo de sus personajes,
cifrado en sus obsesiones sensuales. Arthur Schnitzler nos coloca ante las
torturas íntimas de los dos miembros del matrimonio, que se ven zarandeados por
inquietudes que los perturban: Albertine, en forma de sueños (siempre un hombre
que se interpone entre su marido y ella, y que la sitúa en el borde de un
acantilado de deseo); Fridolin, en varias experiencias reales, que no terminan
de concretarse en infidelidad alguna (la huérfana que le declara su pasión de
forma casi suplicante, con el cuerpo aún caliente de su progenitor en la cama;
la joven prostituta que lo invita a subir a su casa; la mujer enmascarada que,
en la fiesta secreta a la que acude, se presta como valedora para que lo
liberen). En ese doble burbujeo de sexo reprimido, tanto el marido como la
esposa sienten que quizá estén vulnerando el contrato amoroso, y se plantean
una posible separación. Pero en las páginas finales conseguirán hablarlo
sinceramente, tumbados en la cama, y pondrán sus cartas a la vista de la otra
persona, para encontrar una solución a sus traumas.
Con una prosa de fina penetración psicológica, con la cual Schnitzler consigue que el lector abra mucho los ojos y trague saliva (recordando que alguna vez ha sentido esas mismas perturbadoras emociones), esta novela breve se convierte en una historia tan inquietante como imposible de olvidar.
sábado, 24 de julio de 2021
Lais
Me dejo seducir durante unas horas por los Lais, de María de Francia, que abordo en
la traducción de Luis Alberto de Cuenca (Acantilado). Y es que algunas veces
apetece desconectar de la actualidad, de las complejidades del presente, y
sumergirse en ingenuas historias del pasado. Para esa función me han servido
maravillosamente estos relatos, que son unos cuentecillos medievales narrados
con gracia y con sencillez, donde los tópicos de la época (el elegante
caballero gallardo, airoso y lleno de virtudes; la dama purísima, cuyos ojos
son siempre el espejo de un alma intachable; los amores secretos, que conviene
resguardar de las miradas ajenas) se deslizan ante los ojos de una manera
suave. En suma, unas horas de lectura ingenua y llena de encanto, que se
agradece como beber un buen trago de agua fría en verano.
Y una frase que subrayo y que transcribo aquí: “El que ha
recibido los dones divinos de ciencia y elocuencia no debe quedarse callado ni
esconderse”.
Sé que releeré este libro dentro de unos años.
miércoles, 12 de mayo de 2021
Sonata a Kreutzer
Me ocurre con Tolstoi lo mismo (milímetro arriba, milímetro
abajo) que me sucede con Dostoievski, Mishima o Kundera: que me cuesta un mundo
disfrutar literariamente con sus obras. Lo intento, con mi mejor voluntad. Pero
termino siempre por descubrir que no forman parte de mis autores favoritos. En
el caso concreto de esta Sonata a
Kreutzer, que leo en la traducción de Ricardo San Vicente (Acantilado,
2003), me encocora el temperamento de Pózdnyshev, su protagonista, a quien le
veo mucha farfolla de psicología más bien trasnochada, mucha exasperación
sexual (“El ideal del bien, que se alcanza mediante la abstinencia y la
pureza”, p.61), mucha misoginia (“¿Qué es lo que frena por doquier el avance de
la humanidad? Las mujeres”, p.74), mucho odio irracional hacia los médicos
(“Destruyen a miles, a centenares de miles de personas”, p.81) o hacia la
descendencia matrimonial (“No es deseable tener hijos”, p.84)... Además, y por
si todo lo anterior no fuera suficiente, incurre en estadísticas más bien
aleatorias y estúpidas (“El noventa y nueve por ciento de los matrimonios
vivían en el mismo infierno en el que yo me hallaba y que además no podía ser
de otro modo”, p.94).
¿Algo bueno del volumen? Pues que cuando comienza la parte “narrativa” (es decir, cuando el protagonista de la obra comienza a relatar su infamia y se deja de consideraciones filosóficas estomagantes) el libro mejora de forma ostensible; y fluye de una manera sutil y eficaz. Quizá esto mejore el tono general del tomo, pero desde luego lo aleja (en mi opinión) de cualquier etiqueta de excelencia.



















