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martes, 3 de febrero de 2026

La cuenta atrás de Justo Galeno

 


Después de haber conocido literariamente a Jesús Feliciano Castro Lago a finales de 2020 por su obra Amantes, poetas, víctimas y otros infelices (https://rubencastillo.blogspot.com/2020/12/amantes-poetas-victimas-y-otros.html), publicada por el sello Talentura, he reseñado en este blog otros tres libros suyos. Y ahora, encandilado con su prosa, me acerco hasta el quinto, que se titula La cuenta atrás de Justo Galeno y otros relatos (2022) y donde me vuelvo a encontrar con espléndidos relatos, como “Giocondas a 50 euros” (que nos propone un engaño artístico de agradable factura, del que fue fautor involuntario el vigilante del Louvre Vincenzo Peruggia), “Derecho a imaginar” (cuento de bellísimo dibujo circular sobre el poder de la fantasía), “Querido hijo” (esas cartas truncas que un padre garabatea para reconciliarse con su vástago), “El efecto pelirrojo” (simpático ejemplo del ‘efecto mariposa’), “Laberintos” (unas pequeñas teselas biográficas que se unen para formar un asombroso mosaico narrativo, ideado al modo de un laberinto alfabético) o la historia que da título al volumen, donde descubrimos a un chico hermético, entregado al estudio de la medicina, al que devora un amor imposible. “A la atención de la bibliotecaria” supone un precioso homenaje a las profesionales que trabajan en ese sector y que a mí, como sobrino de una, me ha emocionado particularmente. Al final, un espacio que lleva por título “Bonus Track” nos aporta unos microrrelatos que cierran el tomo.

Convincente en su dominio de los resortes narrativos, Castro Lago redondea un volumen de notable belleza, que se lee absorto y entusiasmado. Sospechaba que no iba a perderme ninguno de sus libros en el futuro, pero ahora estoy convencido de que así será.

martes, 11 de noviembre de 2025

Cobardes

 


Goethe escribió famosamente sobre las “afinidades electivas” y, en ocasiones, he pensado en cuánto de afinidad electiva inversa hay en el mundo de los libros. Porque estoy convencido de que son las obras (o, dicho de una forma quizá más exacta, los estilos) los que te buscan a ti. Y, también, los que te apartan. Estilos como los de Marguerite Duras, Hemingway o Faulkner, a mí, concretamente, me tiran para atrás. No me interesan. No me seducen. No son lo mío. Pero otros sí que lo son, desde mi primer encuentro: Cortázar, Borges, Neruda, Delibes. Entre mis contemporáneos también he encontrado algunos de esos imanes luminosos; y Jesús Feliciano Castro Lago figura en dicha nómina.

Lo corroboro con la lectura de Cobardes (Siete relatos sobre gente como tú y como yo), que el sello Talentura tuvo el acierto inteligente de publicar y que nos entrega unas espléndidas narraciones sobre quebrantos del corazón y sobre flaquezas del espíritu que están protagonizadas (nunca un subtítulo fue tan verdadero y tan atinado) por personas como nosotros: novias infieles que deben enfrentarse a un vuelco en sus vidas; mujeres que tropiezan con antiguas compañeras de instituto; esposas que sufren la humillante realidad de que sus maridos las engañan de forma flagrante; niñas que sienten en su primera revisión ginecológica la incomodidad de unos tocamientos sospechosos; profesores sometidos a una experiencia vejatoria; viudas súbitas; o madres que deben cuidar de la nueva (y al principio indeseada) mascota de su hija. Seres heridos, infelices y atribulados que soportan los oleajes de un océano llamado mundo; y que, como sea, tienen que sobrevivir.

Castro Lago es maravilloso, oigan ustedes. Si yo tuviera 19 años, en lugar de 59, escribiría que soy muy fan. Búsquenlo.

lunes, 20 de octubre de 2025

Reyes de Ítaca

 


Conocemos la historia, porque llevamos dos mil quinientos años leyéndola y admirándonos con su fulgor: acabada la guerra de Troya, Odiseo emprende el retorno a casa, pero la cólera de los dioses y los imprevistos del espíritu humano demoran dos décadas su llegada a Ítaca. Y tampoco ese momento certifica la paz para el héroe, porque tiene que enfrentarse a los pretendientes que, como lobos lujuriosos y dominados por la avaricia, pretenden que Penélope elija a un nuevo rey entre ellos, sospechando la muerte del padre de Telémaco. Pero lo que nos propone Jesús Feliciano Castro Lago en su reciente trabajo Reyes de Ítaca circula por trochas mucho más interesantes que la mera repetición de hechos, porque nos invita a vivir la acción desde dentro, acercándonos a sus protagonistas y permitiendo que accedamos a rincones de sus almas que nos revelan el tesoro de sus emociones: los miedos menos confesables, los fracasos más callados, los temblores más indignos, las claudicaciones menos esperadas. Utilizando tríadas anafóricas (tres capítulos que comienzan con las mismas palabras, en forma de pequeña introducción reflexiva, casi filosófica), el novelista gaditano imprime a cada uno de esos capítulos un espíritu inequívocamente poético, que luego completa con una prosa de respiración clásica y de perfección también clásica, que (re)crea para nosotros un mundo majestuoso y perdido. Ítaca, Odiseo, Euriclea, Laertes, Calimalía (que luego se convertirá en Penélope) resucitan ante nuestros ojos con volúmenes y con voz verdadera, gracias a un asombroso ejercicio (admirable ejercicio) de profundización psicológica en los diferentes protagonistas del drama, que son diseccionados con aguda inteligencia y que se convierten desde el principio en figuras humanas, densas, con aristas y oscuridades, cercanísimas. Se logra así que no los percibamos como muñecos de guiñol, sino como cráteras cuyo vino debe ser paladeado para sentir en la boca y en la garganta sus numerosos matices: desconfianzas, amarguras, ilusiones, abatimientos, altiveces, desacralizaciones, el poder de la imaginación, las mentiras poéticas de los aedos, la sangre de un tiempo crudo.

¿Quieren ustedes un ejemplo de esta prosa? Les facilito unas líneas de la página 113: “La experiencia le había enseñado que, a veces, cuando las mujeres sufrían, pronunciaban palabras oscuras como murciélagos, de las que, una vez calmada la tormenta, se arrepentían y deseaban convertirlas en bulliciosas e inofensivas golondrinas”. ¿Quieren ustedes alguna secuencia emocionante? Pueden acudir a la página 229 y leer la respuesta que da Odiseo a su hijo Telémaco cuando este le pregunta si su aspecto avejentado se debe a algún tipo de disfraz que le han proporcionado los dioses: “Este disfraz se llama vida”, le dice. ¿Quieren ustedes alguna secuencia estremecedora? Busquen la forma en que muere el odioso Hermano y quedarán paralizados. ¿Quieren ustedes un personaje cuyo misterio se revela en la sección final de la obra? Presten atención a Melesígenes. ¿Quieren encontrar a otro, cuyo misterio es mucho más insondable, porque su enigma replica la tristeza lluviosa de Clint Eastwood? No aparten sus ojos de Forastero.

Y, en fin, para no hacerles perder el tiempo con mis palabras: ¿quieren un libro maravilloso y que les reconciliará con lo más exquisito de la literatura? Busquen Reyes de Ítaca, editado por el sello Tres Hermanas.

jueves, 12 de junio de 2025

La flecha invertida

 


John Rambo se ha ocultado en una vieja mina abandonada, intentando que lo dejen en paz; pero los lugareños, que han acudido hasta el monte con armas de todo tipo, han logrado acorralarlo. Su respiración es afanosa, y mucho más lo será cuando uno de esos imbéciles provoque el derrumbamiento de la mina. A Rambo no le queda más solución que adentrarse en la oscuridad, descender por galerías tenebrosas, fabricarse una antorcha rudimentaria, avanzar con agua hasta las rodillas, sentir el ataque de las ratas y soportar con entereza la sofocación de la claustrofobia. Después de mucho tiempo, cuando la esperanza se está diluyendo en su corazón, vislumbra una luz y sabe que podrá salir de nuevo al aire libre.

No estoy contando todo esto porque me haya vuelto loco, sino porque acabo de terminar la novela La flecha invertida, de Castro Lago, y las imágenes de esa película de Ted Kotcheff me venían constantemente a la memoria mientras iba avanzando por sus páginas. En ellas, la atribulada Johanne, una mujer que ronda el medio siglo, que sufrió un terrible episodio de abuso sexual en su familia (a su padre lo llama desde entonces El Lobo) y que después vivió una experiencia de pareja realmente desastrosa (“Había huido de un agresor para marcharme con un maltratador”, p.32), ha decidido avanzar por las tinieblas de su mina interior y vaciarse contando su atroz experiencia; y para ello recurre al más íntimo de los desahogos: las cartas. Así, se dirige por escrito a su primer gran amigo, Alain; a su hermano Didier, que la acogió cuando ella necesitó su apoyo; a sus hermanas Claudine y Sophie, a las cuales necesita sentir cerca en estos instantes de confesión y catarsis (“Me parece tan injusto hablarlo con una psicóloga y no ser capaz de hablarlo con mis hermanas”, p.47); a su sobrino Louis (que se suicidó a los veintisiete años y por quien sintió un amor casi maternal); a su madre, a quien señala como cómplice silenciosa del marido, en aquellos años tristísimos; a sus padres (al Lobo y al que luego descubrió que era su auténtico progenitor); y, finalmente, al autor de estas páginas, a quien le encomienda la misión de convertir su angustia, su zozobra, su desgarro, en un libro.

El resultado es un documento espléndido y sobrecogedor sobre el alma, un devastador análisis de las miserias y de las grandezas del ser humano, que se lee con el estómago encogido y con los ojos húmedos.

Otro gran acierto editorial del sello Talentura, que les recomiendo de corazón.

sábado, 26 de diciembre de 2020

Amantes, poetas, víctimas y otros infelices

 


Podríamos decir que Amantes, poetas, víctimas y otros infelices, la obra que Jesús Feliciano Castro Lago publicó en 2019 con Talentura, es una novela; y no se podría calificar de disparate tal afirmación. Podríamos, con la misma firmeza, sostener que se trata de una colección de pequeños relatos, y sería complicado que nos pudieran rebatir. Por tanto, me abstendré de adherirle etiqueta alguna y me limitaré a decir que es un libro hermoso, delicado y emocionante.

Los personajes que surcan, como barcos silenciosos, sus páginas, tienen apenas un nombre, unos rasgos laborales, un destino insinuado; y el autor, con mano maestra, va rellenando esos vasos de cristal con licores distintos, con aromas de amargura o de melancolía, con desgarros antiguos y presentes. Guadianas, van y vienen, aparecen y desaparecen, se lanzan mensajes, se entrecruzan, se olvidan, se relacionan. Por eso, quizá este libro sea en realidad una constelación, una urdimbre de puntos que, si utilizamos con delicadeza un lápiz mágico, nos revelan un zodíaco deslumbrante, abarrotado de tristezas, lágrimas escondidas, frustraciones que no reciben la luz del sol y lánguidas claudicaciones que se llevan muy dentro: sirvientas que han sido violadas y que engendran un hijo que no buscaron; poetas que jamás encuentran la dicha, aunque la anhelen en secreto; maridos que descubren las infidelidades de su mujer y que vuelven invisible su dolor para poder sobrevivir; jóvenes que engordan de manera aparatosa tras haber sufrido un abandono; amantes que esperan inútilmente el paso al frente de quien, lejos de darlo y abandonar a su esposa, busca otra amante… Seres heridos, erráticos, tristes. Seres que convierten este libro en una obra memorable. Seres como tú y como yo.