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miércoles, 19 de julio de 2017

Anochece en Irak



Sabemos lo que quieren que sepamos. Hay grupos, y personas, y organizaciones, y gobiernos que, desde las sombras, manipulan los conductos de la Historia desde hace siglos y nos entregan una versión distorsionada o amputada de la misma. Y no se trata de que nos hayamos convertido de pronto en unos locoides que creemos ver conspiraciones y misterios por todos sitios sino que, por fortuna, comenzamos a escudriñar la realidad con ojos lúcidos y somos capaces de descubrir dónde están las grietas, las zonas de sombra, los estercoleros. Al principio, confiábamos en que nos decían la verdad; luego sospechamos que quizá nos mentían; ahora sabemos que lo hacen. Del Paraíso a la Realidad se viaja por un sendero de fango.
El novelista alhameño Patrick Ericson nos sorprendió en febrero de este año con la publicación en español (salió antes en edición brasileña) de su obra Anochece en Irak, donde se trabaja sobre una hipótesis inquietante: ¿y si todo lo que nos ha asaltado en forma de horror en los últimos tiempos (el atentado contra las Torres Gemelas, la guerra de Irak, Ben Laden, la cacería contra Saddam Hussein, Siria) formasen parte de una campaña milimétricamente diseñada para alterar el equilibrio de poderes en el planeta y establecer un Nuevo Orden Mundial dirigido por los Estados Unidos? Esa posibilidad, bien lo sabemos, circula por Internet, en redes sociales y en la pluma de algunos investigadores especialmente incisivos o partidarios; pero Patrick Ericson la convierte en material novelístico de una forma contundente, uniendo varios elementos de innegable atractivo: un militar (Jack Parsons) que ha perdido a su esposa embarazada en el incidente del World Trade Center y que ahora busca venganza; un ambicioso periodista de la BBC (Rory Moore) al que ofrecen una exclusiva rompedora; la directora de un museo (Aisha), que posee el documento que incrimina al gobierno yanqui… Y, cubriéndolo todo, una telaraña de intereses, traiciones, alianzas, silencios y crímenes que cercarán y salpicarán a los protagonistas con angustiosa exactitud hasta llevarnos a uno de los personajes, “el hombre que asesinó a Osama Ben Laden” (p.384).

Por supuesto (es marca de la casa), Patrick Ericson introduce en esta novela una inaudita cantidad de documentación (armas, topografía, historia, inteligencia militar, vocabulario castrense) que queda siempre como sustrato de la fábula y que no entorpece el placer de su lectura. Una auténtica experiencia novelística para llenar nuestro verano de horrores y de reflexión.

domingo, 9 de agosto de 2015

Oro blanco



Ocurre con el novelista Patrick Ericson un fenómeno harto curioso: consigue suspender la indiferencia de sus lectores, sea cual sea el tema que aborde, en cada uno de sus libros. Puede que no te interese en absoluto el mundo críptico de la masonería, pero te sientes atrapado por las páginas alucinantes de La escala masónica; quizá nunca te hayas detenido a reflexionar sobre el ciberterrorismo, pero El ocaso de las siete colinas te sorprenderá; es probable que las ucronías se te antojen un recurso gastado en literatura, pero Objetivo: Adolf Hitler te provocará escalofríos; y tal vez el satanismo no se encuentre entre tus motivos librescos favoritos, pero La memoria de Lucifer te helará la sangre... Patrick Ericson, con la habilidad que sólo tienen algunos —muy pocos— narradores, logra convertir un tema que nos resultaba ajeno o ininteresante en auténtica obsesión, y se hace dueño de nuestra mente y nuestra voluntad mientras dura su historia. Y aun después.
Ahora, con su recentísima novela Oro blanco, el escritor de Alhama de Murcia nos lleva hasta Somalia, lugar donde confluyen y se anudan habilidosamente varias líneas argumentales: una historia sobre pesca ilegal del atún, una historia sobre vertidos tóxicos al Índico, una venganza a punto de cumplirse, una periodista que se propone desenmascarar un negocio sucio en el que aparece implicada la mafia calabresa, niños obligados a convertirse en asesinos sin piedad, niñas a quienes se fuerza a la prostitución más escabrosa, etarras camuflados bajo una identidad inocua, pervertidos sexuales que gozan provocando la muerte de sus compañeras de cama, doctoras que trabajan en hospitales sin recursos... Todo ese ramillete de ficciones, que se van aproximando unas a otras hasta urdir una telaraña de diabólico poder envolvente, no es sino una parte de Oro blanco, porque lo capital de esta novela es que su autor no se limita a enredar o amontonar, sino que relaciona y justifica de un modo coherente, creíble.
Patrick Ericson, desde luego, nos entrega un libro de acción, en el que asistimos a bombardeos, ráfagas de disparos, cabezas cortadas por piratas somalíes, suicidios truculentos, lapidaciones (la que figura en el capítulo 3 eriza la columna vertebral), ablaciones de clítoris y hasta cremaciones a sangre fría. Pero el espléndido novelista alhameño no descuida el otro componente, que equilibra o completa lo anterior: el análisis de las respuestas humanas en esa zona terrible que es siempre el límite, la frontera, el borde del precipicio: personas que deben elegir entre matar o morir, entre sobrevivir o naufragar, entre espirar o expirar. En ese sentido, y en muchos otros, Oro blanco es una fabulación impagable y magnífica, porque nos permite observar cómo se comportan las personas (cómo nos comportaríamos, quizá, nosotros mismos) en esos lodazales de angustia donde no se tiene margen para elegir y cada segundo puede salvarnos o costarnos la vida.

Y es que Patrick Ericson lo ha vuelto a hacer: lejos de encasillarse en una temática o en un método, vuelve a arriesgarse en zonas peligrosas y sale triunfador con una novela espléndidamente construida e impolutamente redactada, en la que varios conflictos en teoría lejanos entre sí se funden ante nuestros ojos en un escenario (el Cuerno de África) muy poco habitual en la novelística española. No sé qué esperan las mejores editoriales para publicar su Anochece en Irak.

domingo, 24 de marzo de 2013

El caso del mago ruso




Encontrarse en los escaparates de las librerías un nuevo libro de Patrick Ericson siempre es una felicidad, porque podemos estar seguros (yo diría que convencidos) de que su lectura resultará fascinante y nos deparará días enteros de emociones. Pero descubrir que en la portada de la obra no se reproduce el nombre literario del autor, sino el auténtico (José María Fernández-Luna), requiere una pequeña explicación... Esta vez, Patrick no nos habla de muertes misteriosas, ni de escalas masónicas, ni de rituales rosacrucianos, ni de conspiraciones donde queden mezcladas política y religión, sino de un personaje real: Ramón Fernández-Luna, famoso jefe de la Brigada de Investigación Criminal de Madrid y antepasado suyo. La detención de Eduardo Arcos, conocido en la prensa internacional como Le Fantôme, o la resolución del crimen del capitán Sánchez, aureoló a este policía con el sobrenombre de El Sherlock Holmes español. Se entiende entonces que, por el hecho de tratarse de un pariente lejano del novelista, éste haya decidido firmar la obra con su apellido, como homenaje.
¿Y qué se van a encontrar los lectores en estas apretadas cuatrocientas páginas? Pues les aseguro que un grupo de personajes realmente sorprendentes: un mago ruso llamado el Gran Kaspar, que se fuga de forma misteriosa de la cárcel Modelo de Barcelona, sin que nadie acierte a explicarse cómo lo ha logrado; una espectacular bailarina cubana llamada María Duminy, que utiliza su cuerpo como arma y moneda, dentro y fuera del escenario; una bella vedette colombiana (Luisa Rodrigo) que no esconde demasiado su condición bisexual; un anarquista que ha matado a varias personas y que tiene que esconderse de las fuerzas del orden hasta que se apacigüen los ánimos; un enigmático tipo llamado Agamenón, que maneja las voluntades de dos mujeres a cambio de drogas; el escapista más famoso de todos los tiempos, que ayudará a Ramón Fernández-Luna a entender algunos de los pormenores de un truco de magia; el comisario Manuel Bravo Portillo, cuyas brutalidades asquean tanto a los maleantes como a sus compañeros policías; una criada que intenta hacerle la vida imposible a su señorita... Y a todo ese grupo de personajes (que no es sino un resumen de los muchos que aparecen), sumen charlas políticas y sindicales, reuniones en casa de Antonio Gaudí, asistencia a una sesión de espiritismo, tesoros escondidos en algún lugar misterioso, un submarino alemán que aparece en las proximidades de Barcelona, un plan meticuloso para matar al zar Nicolás II de Rusia, excelentes retratos de época (ropas, carruajes, etc), truculencias carcelarias...
Con esta historia, que sucede en la Ciudad Condal pero que tiene notables ramificaciones en Madrid, Cuba y Petrogrado, Patrick Ericson vuelve a demostrar que es un novelista portentoso capaz de documentarse con una minucia extrema para cualquier detalle de su obra, pero que luego camufla esos datos y los entrega al lector de una forma novelesca, natural, fluida.
La gran pregunta que acude de inmediato a la mente es ésta: ¿habrá más casos del policía Ramón Fernández-Luna en el futuro? El título abierto de esta obra que acabamos de terminar parece indicar que sí, y el final que Patrick Ericson dibuja en la página 401 entiendo que camina en la misma dirección. Ojalá sea así. Leer a novelistas como él es siempre un gozo. Cuanto más se repita la experiencia, mejor.

domingo, 3 de junio de 2012

Maleficium



La historia, durísima pero real, es bien conocida. En los primeros años del siglo XVII (en concreto en 1610) se celebró en Logroño un extraordinario Auto de Fe en el que fueron juzgadas una serie de personas, sobre todo mujeres, a las que se acusaba abiertamente de brujería. Después de un bochornoso y multitudinario recuento de delaciones, intrigas, señalamientos y amenazas, varios lugareños de Zugarramurdi (Navarra) tuvieron que comparecer ante un tribunal de la Inquisición, constituido ad hoc. Los acusados eran tan sólo unos pobres infelices cuyo delito más grave era haber participado en rituales paganos bajo el influjo de hierbas alucinógenas. Y muchos sufrieron la atroz ‘purificación’ de las llamas por orden de la Iglesia Católica.
Los antropólogos y los ensayistas ya se habían ocupado con cierta intensidad del asunto (pensemos en Leandro Fernández de Moratín, Marcelino Menéndez y Pelayo o Julio Caro Baroja), pero la llegada de este espeluznante episodio hasta el gran público ha venido de la mano del novelista Patrick Ericson, quien acaba de editar Maleficium en el sello Algaida. Allí le cede la voz narrativa, entre otros, al jurista don Alonso de Salazar y Frías, que no sólo participa como miembro del tribunal que juzga a los presuntos herejes sino que, ante todo, llega al íntimo convencimiento de que se está procediendo injustamente con ellos. ¿No habrá, detrás de esta purga salvaje y desmesurada, alguna razón política? ¿No se tratará de una compleja maniobra orquestada por ciertos señores feudales (como don Tristán de Alzate) que, en connivencia con la Iglesia, persiguen intereses territoriales y económicos? Desde luego, los habitantes de Zugarramurdi suponían un problema para la férrea jerarquía eclesiástica, de la que descreen abiertamente («¿Crees que es ciencia infusa todo lo que dicen unos hombres que, beneficiándose de las prebendas que les otorgan sus hábitos, viven diez veces mejor que tú?», espeta María Presona con acidez en la página 104), así que arremeter contra su osadía incorporaba un serio aviso para las poblaciones circundantes.
Manejando con deliciosa precisión los mecanismos de la analepsis y de la prolepsis (es decir, los saltos hacia atrás y hacia delante en el tiempo), Patrick Ericson va moldeando un relato ágil, que desbarata intencionadamente la linealidad para crear un ritmo más variado, sugerente y hasta cinematográfico. Una distribución cronológica (es decir, el relato de los hechos en forma de flash-back, merced a la pluma del atribulado jurista don Alonso de Salazar) habría perjudicado la cadencia psicológica y hasta visual del texto; de ahí que la decisión constructiva del autor se antoje la más adecuada y eficaz. Haciendo que los hechos y la memoria de los hechos (debida al narrador) se alternen, la novela queda pespunteada de momentos climáticos y anticlimáticos de gran brillantez.
Capítulo aparte habría que dedicarle precisamente a Alonso de Salazar, porque Patrick Ericson pone en él un mimo extraordinario. Frente a la imagen plana que en otras obras se ha mostrado siempre sobre la figura del inquisidor (marioneta, monstruo o sátiro), este personaje de Maleficium es tridimensional; tiene aristas, curvas, volumen, recovecos; duda de su entorno y duda de sí mismo, en un esfuerzo cartesiano que los lectores agradecen porque les permite conocer a una persona. Su conformación y trazado son, sin duda, elementos principalísimos en el atractivo global de esta novela. Igualmente convendría reposar los ojos en tres capítulos nucleares de la obra: uno es el número XI, donde se nos ofrece una descripción completa de un aquelarre, con sus hierbas alucinógenas, sus invocaciones a deidades telúricas ancestrales, sus bailes frenéticos y la explosión de sexo orgiástico con la que solía rematarse la reunión. Al acabarlo, el lector tiene que realizar un serio esfuerzo para ‘salir’ de la ambientación prodigiosa que Patrick Ericson ha dispuesto para él. Los otros dos capítulos destacados forman un bloque, están numerados como XXV y XXVI, y reproducen con gráficos pormenores y con un ritmo desasosegante el desarrollo del infame Auto de Fe celebrado en Logroño, que culminó con la quema de los acusados.
Patrick Ericson, magistral en sus anteriores composiciones, se sigue manteniendo en una línea asombrosa: se documenta con rigor, construye con sabiduría y redacta con implacable contundencia. No creo que se le pueda pedir más a ningún novelista.

lunes, 20 de diciembre de 2010

La memoria de Lucifer




Cuenta una leyenda medieval castellana que don Julián, importante conde de Ceuta, envió a su hermosa hija Florinda a la corte toledana para que recibiese allí una buena y esmerada educación. Es probable que entre sus intenciones hallase también un hueco la de lograr que algún noble se enamorara de ella y la tomara por esposa. Pero he aquí que entró en acción el rey visigodo don Rodrigo (al que otras fuentes llaman Roderico) quien, deslumbrado por la belleza de la muchacha, no se detuvo ante las barreras de su virginidad y la violó. Enterado el padre de la chica, y preso de la cólera, pactó con las tropas árabes del norte de África para abrirles el camino de la invasión de España. Ésa fue la represalia que tomó contra el infame y lúbrico monarca.
Pero como una de las atribuciones de los novelistas es dejar que el vuelo de la imaginación se extienda sobre las historias y juegue con ellas para arrancarles nuevos brillos, he aquí que el escritor Patrick Ericson examina los pormenores de esa fábula ancestral y decide que no; que don Rodrigo no provocó la ruina de nuestro país por la comisión de esa atrocidad de corte erótico, sino por una causa bien distinta: porque profanó un recinto situado en el cerro de Bu, en Toledo, donde se supone que había enterrado un antiquísimo tesoro, oculto por el legendario rey Salomón y protegido por un sortilegio mágico de incalculable trascendencia. Una vez establecida esa sugerente hipótesis novelesca, la acción se sitúa en la actualidad, justo en el instante en que dos periodistas de la publicación esotérica Mundos paralelos viajan hasta la patria chica de Garcilaso para investigar un suceso altamente siniestro: la tortura, asesinato y posterior cremación de un teólogo jesuita llamado Robert O’Brian en la céntrica plaza Zocodover. Los signos de la atrocidad apuntan claramente a una secta de tipo satánico, pero lo que nadie entiende muy bien es la truculencia de la acción. ¿Por qué se han ensañado de esa manera con el religioso? La situación que los periodistas encuentran en la capital del Tajo no puede ser más inquietante: una ciudad dominada por fuerzas oscuras (vientos satánicos que están representados por las altas jerarquías del ayuntamiento, el obispado e incluso la guardia civil), una agrupación de hebreos que custodian un secreto milenario, un historiador llamado Enric Cortázar que estaba desarrollando algún tipo de trabajo en colaboración con el padre O’Brian y que guarda el diario de éste... El fotógrafo de Mundos paralelos (Noyle) y la experta en fenómenos de tipo paranormal que lo acompaña (Cecilia) irán adentrándose sin darse cuenta en una trama de gelatinosas implicaciones oscuras, que los atrapará de forma inquietante.
Pero lo que diferencia esta novela de otras del mismo corte es la agudeza que Patrick Ericson utiliza para darle un giro a la narración, enriqueciéndola con matices teológicos (donde Pedro Calderón de la Barca comparte protagonismo con la película Matrix), con algunas audacias de tipo argumental (por ejemplo, cuando en la página 190 explica a los lectores la razón oculta de que la jerarquía nazi se mostrara tan interesada en aniquilar a todos los judíos de Europa, o cuando en la página 261 nos explica el vínculo entre Lucifer y Jesús de Nazaret), con poderosas páginas descriptivas (sólo hay que irse al capítulo 9 para comprobarlo: la manera en que es torturado Enric Cortázar produce un auténtico vuelco en el estómago de los lectores, que asisten a las atrocidades que un demonio le perpetra con la ayuda de instrumentos cortantes y con la colaboración de una rata hambrienta), etc.

¿Es posible (llegan a preguntarse los protagonistas de esta novela) que nos encontremos viviendo dentro de un mundo virtual, provocado por la mente de Lucifer? ¿Acaso nos movemos dentro de un escenario de pesadillas en las que nada es real (ese perturbador Nothing is real que cantaban los Beatles) y donde somos simples muñecos de humo? Por debajo de esta novela hay un plano de significación más profundo, que permitirá a unos pocos lectores deslizarse, si lo desean, por una cinta de Moebius de singular complejidad y de tenebroso espíritu: aquella que permite cuestionarse el universo en el que vivimos.

lunes, 26 de abril de 2010

Objetivo: Adolf Hitler



Un buen día, Miguel de Cervantes se despertó con una idea rondándole por la cabeza: ¿qué pasaría si un hombre, a fuerza de leer libros de caballerías, se volviese loco y diese en la insensatez de convertirse en caballero, para arreglar los problemas del mundo? De esa forma nació el germen de la novela Don Quijote de la Mancha. Otro día, Kafka sintió una curiosidad: ¿qué pasaría si un hombre se despertara convertido en un insecto tremebundo, repulsivo? ¿Cómo encajaría la transformación? ¿Cómo mutaría su existencia a partir de ese instante? Ése fue el germen de La metamorfosis. Podríamos multiplicar los ejemplos por miles, e incluso por millones. Y es que no en vano dice el crítico Gianni Rodari que buena parte de la literatura proviene de alguien que se formula esa interrogación (¿Qué pasaría si...?) y comienza a darle vueltas a todas las implicaciones argumentales y psicológicas que se derivan de ahí.
Patrick Ericson, un buen día, comenzó a preguntarse qué habría ocurrido si, en un determinado momento de la Segunda Guerra Mundial, las cosas hubieran adoptado un rumbo diferente al que históricamente tuvieron. Supongamos (se dijo el novelista) que los generales más cualificados de Adolf Hitler consiguen, de un modo u otro, hacerse con el control de la situación durante un tiempo, sin que ello implique la muerte del jerarca nazi, ni su pérdida del poder. Y supongamos también que, gracias a su pericia y su preparación militar y estratégica, alcanzan el objetivo de enderezar el rumbo de la contienda, que la obstinación y la ignorancia de Hitler precipitaron hacia el fracaso. Esos mismos generales, conscientes de la importancia suprema de dedicar la máxima atención al desarrollo armamentístico, seguramente invertirían ingentes cantidades de dinero en la investigación de los nuevos prototipos que necesitaban la Luftwaffe y la Wehrmacht, incluidas las armas atómicas. ¿Qué habría pasado entonces? ¿El ejército nazi habría logrado su sueño de conquistar el mundo? Pero su aguda mirada de novelista inteligente hace que Patrick Ericson vaya más allá e introduzca un elemento de inestabilidad y de intriga en el entorno de Hitler: alguien está poniendo todo su empeño en matar al dictador. Y, por si eso fuera poco, se nos va insinuando durante toda la obra que un importante colaborador del autor de Mein Kampf está conspirando contra él, para hacerse con los resortes del futuro Cuarto Reich.
Algún lector podría pensar, receloso, que la novela Objetivo: Adolf Hitler se construye sobre dos tópicos muy manoseados en la literatura reciente: el mundo del nazismo y el mundo de la historia-ficción. No habría forma de negarlo, desde luego; ni tendría sentido hacerlo. Pero añadiré un detalle más: la obra de la que hoy hablo es una espléndida novela. Una narración en la que se aprende mucho sobre la Segunda Guerra Mundial (sin que el autor cometa jamás el error de darnos lecciones pesadas o extraliterarias); una fantasía galopante en la que nunca cabe el aburrimiento; y, por encima de todo, un despliegue de habilidad argumental fuera de lo común (en ningún instante se llega a descubrir por dónde viene la sorpresa que el autor, habilidoso y maquiavélico, nos reserva para las últimas páginas).
Yo, que no soy lector aficionado a las tontunas facilonas, me he sentido subyugado por la forma de escribir de Patrick Ericson y he notado cómo la historia que me iba contando me llevaba en volandas desde el principio hasta sus líneas últimas, las cuales no desentonan con la intensidad general de la novela. He leído dos piezas suyas que participan de un similar espíritu (Génesis, el ritual rosacruz y la más reciente El ocaso de las siete colinas) y sé que continuaré frecuentando todos los volúmenes que vengan en el futuro de su mano, porque me aportan calidad de fondo y calidad de forma: buenas y documentadas tramas, buen manejo del análisis psicológico de los personajes, buena habilidad literaria para contarlas al público. ¿Se le puede pedir más a un libro de entretenimiento? De tal forma que yo lo tengo clarísimo, después de leer Objetivo: Adolf Hitler (publicado por Styria): Patrick Ericson es el novelista de acción, esoterismo y misterio más prometedor que ha dado Murcia en toda su historia. Dicho queda.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Génesis (El ritual rosacruz)



En el otoño de 1874, una descomunal tormenta estaba azotando las calles de París, pero eso no impidió que una mujer huyera a toda velocidad sobre los adoquines, portando a un bebé en sus brazos. Unos hombres la perseguían con la intención de dar muerte al bebé. La atribulada mujer era la doncella del marqués de Saint-Foix, el bebé era la hija recién nacida del marqués, y los perseguidores eran criados al servicio de ese mismo noble. Por fortuna, antes de ser alcanzada y asesinada sin piedad, la pobre doncella consiguió depositar a la criatura en manos de dos singulares personajes: un gigantón fortísimo aquejado de un grave retraso mental (Totó) y un enano gruñón y de gran inteligencia (Petit Ours). Ellos tendrían a partir de entonces la misión de proteger a la criatura.
Éste es el punto de arranque de la novela Génesis (El ritual rosacruz), que el alhameño Patrick Ericson acaba de publicar en la editorial madrileña Nowtilus y que, aderezada con mil peripecias, se prolonga durante casi cuatrocientas páginas. En ella encontramos a personajes históricos, como el enciclopedista Diderot o el ocultista Alessandro di Cagliostro; a seres tan emblemáticos y misteriosos como el conde de Saint-Germain; y, en fin, a un extenso cúmulo de prostitutas, agentes de policía, miembros de la nobleza, criados, matronas, herreros y campesinos, que se van mezclando en una trama compleja, rica y llena de meandros de la que, sin embargo, el novelista no pierde nunca el control. Y es que la obra (conviene decirlo cuanto antes) no es la típica historia llena de fuegos de artificio, en la cual se sumerge a los lectores en un marasmo de sandeces, persecuciones absurdas o rituales sin pies ni cabeza, sino una narración excelente, bien concebida, bien trabada y donde todos sus elementos contribuyen a convertirla en un volumen memorable: un argumento ingenioso (y que se completa al final con un colofón inaudito, donde el famoso secreto de Rennes-le-Château adquiere dimensiones sorprendentes); unos personajes sólidamente construidos (la dulzura de Papilión, el aura magnética de Saint-Germain, la ira creciente de Gustave Marais, los matices sentimentales y aun físicos de Beaumont); una documentación histórica realmente fascinante (que le permite describirnos calles, tabernas, palacios y prostíbulos con la densidad de un fotógrafo); un vocabulario extenso y lleno de matices (que hará las delicias de todo aquel que no haya renunciado a la dimensión estética del lenguaje, tan vapuleada por buena parte de los novelistas de hoy en día); y, en fin, una gran capacidad para descubrir siempre la mejor música de la frase, que adquiere cadencias finísimas en muchos capítulos de la obra.
El único elemento negativo (pues no sería justo dejar de anotarlo) es la tendencia que se observa en la obra a colocar la tilde a la palabra “aun” cuando desempeña funciones conjuntivas, y no adverbiales. Esta utilización desafortunada puede observarse (y la enumeración no será exhaustiva, ya lo advierto) en las páginas 19, 26, 39, 51, 109, 151, 226, 230, 235, 252, 277, 332, 348 y 372. El detalle de referirse a las “pupilas azul turquesa” de Papilión (página 186) también incurre en la inepcia (las pupilas siempre son negras), pero tiene la disculpa romántica de ser heredero de Gustavo Adolfo Bécquer, inductor de esa prolongada equivocación cromática. Génesis (El ritual rosacruz) es, por encima de todo, una novela de acción, pero que incluye reflexiones muy sugerentes sobre la condición humana y un buen caudal de páginas que podrían figurar en más de una antología, sobre todo en sus tramos descriptivos. Patrick Ericson demuestra con esta obra que atesora un buen dominio de la intriga y de la narración. Es probable que aún nos reserve sorpresas para los próximos años. Las esperaremos con auténtico interés.