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sábado, 27 de octubre de 2018

El castillo de los Cárpatos




Unas veces será por ignorancia; otras, por un mercantilismo mal entendido; otras, por pura idiocia. Sea como fuere, resulta siempre sorprendente descubrir que la contraportada del libro que acabas de leer te miente; y lo hace, además, con descaro y desvergüenza. A mí me ha vuelto a pasar con El castillo de los Cárpatos, de Julio Verne, que traduce Luisa Elorriaga para la editorial Eneida.
Se afirma en la parte de atrás del volumen que esta obra “introduce al lector, con maestría, en el universo del vampiro” y que fue publicada cinco años antes que el Drácula de Stoker. Animado por ambas notas, el candoroso lector se sumerge en la trama argumental y, cuando llega a la página 234 y se encuentra con el punto final, descubre con estupor que no se ha producido ninguna succión de sangre, ni se mencionan las ristras de ajos, ni se enarbolan crucifijos, ni los murciélagos atraviesan los capítulos, con su revoloteo ciego. Entre otras cosas porque, vaya por Dios, en este volumen no aparece ni un solo vampiro.
La acción transcurre en una zona de Transilvania, sí; y todo gira alrededor de un castillo misterioso, también; y los habitantes de la zona son terriblemente supersticiosos y consideran que dentro del mismo habitan presencias maléficas, qué duda cabe. Pero ya está. Punto redondo. Ni vampiros, ni vampiresas, ni ningún ser de ultratumba llegan a intervenir en esta novela, donde todo el sutil e inquietante aparato sobrenatural queda debidamente explicado por el ingenioso Julio Verne en las páginas finales, que se permite incluso la osadía de aventurar la existencia de un rudimentario sistema de hologramas (es increíble la cantidad de adelantos científicos que insinuó en sus obras).
En conclusión, y para no extenderme demasiado: los paisajes que se describen en la obra se merecen un diez; el dibujo de los personajes, también un diez. Pero para la persona que indujo, compuso o autorizó el texto de contraportada, sugiero fusilamiento al alba.

martes, 24 de enero de 2017

La marcha nupcial



A veces, un objeto, una anécdota o una fecha se pueden convertir en el centro de una historia familiar. Y las sucesivas generaciones crecen y sucumben bajo el influjo de ese elemento especial, cuya importancia nadie entiende desde el otro lado de los muros domésticos. Es lo que ocurre en esta novela del premio Nobel sueco Björnstjerne Björnson, que traduce Anders Heyerdall para la editorial Eneida.
Aquí el elemento simbólico recae sobre una música que compuso Ole Hangen y que acompaña siempre a las bodas felices de sus descendientes... salvo en el caso de Endrid. Él contrajo matrimonio a la edad de 31 años con una chica jovencísima (17) y todos vieron en esa ceremonia un enlace más dominado por el pacto económico que por el amor. Quizá por eso la música no obró el delicioso milagro de hacerlos felices. Sus dos primeros hijos murieron siendo unas criaturas, y las dos hijas que vinieron después se criaron en un ambiente de tristeza familiar, sólo aliviada por el carácter alegre de sus abuelos.
Pero cuando la mayor de las niñas, Mildred, encuentra a Hans Hangen y se enamora de él casi al instante, todo retorna a la pureza original: la música suena en su boda con la brillantez y los buenos augurios que siempre tuvo para sus ancestros.

Escrita con una prosa sobria, que alcanza pocas pero interesantes cimas de lirismo, esta novela de Björnson se lee todavía con agrado en la actualidad, pese a que describa un mundo montañés cuyas costumbres y cuyos mecanismos sociales, económicos y hasta eróticos se nos antojen ya tan lejanos.

sábado, 3 de octubre de 2015

El hotel encantado



Hacia 1860, lord Montbarry ha tomado una decisión trascendental: abandonar a su amada Agnes para contraer matrimonio con una mujer de reputación más bien dudosa, la enigmática condesa Narona. Todo el mundo, menos la dulce mujer abandonada, se encuentra indignado con esta aparatosa decisión del noble, incluyendo a Henry, el hermano de lord Montbarry, que se ha enamorado en secreto de la hermosa Agnes. Pero los esponsales se celebran sin más dilación y el matrimonio se marcha de viaje para celebrar las nupcias. Tras algunos meses deciden establecerse en una gran estancia en Venecia, donde se producen dos hechos sumamente desagradables: el primero es la muerte de un sirviente de lord Montbarry (el señor Ferrari); y el segundo es el fallecimiento, por pulmonía, del propio lord... Un tiempo después, cuando la vivienda se ha convertido en un lujoso hotel, comienzan a producirse en la habitación donde murió lord Montbarry algunos impactantes sucesos: olores desagradables, imágenes fantasmales que aparecen y desaparecen, etc. ¿Qué está ocurriendo en realidad? ¿Qué misterio esconden aquellas paredes? La única que parece conocer la respuesta es la condesa Narona, la viuda, quien se niega a seguir utilizando el título de su marido y se muestra esquiva cuando la interrogan al respecto. Pero Henry está dispuesto a llegar hasta el final de sus pesquisas, para saber lo que realmente ocurrió con su difunto hermano... Wilkie Collins, con su excepcional habilidad para crear atmósferas de terror y de inquietud, consigue que los lectores se estremezcan en muchas de sus páginas, sobre todo porque la aparición de cabezas flotantes y olores fétidos no son acontecimientos que dejen precisamente indiferentes a los protagonistas de la narración. De paso, nos deja en sus páginas las opiniones sumamente positivas que le merecían a Collins los norteamericanos (“No son tan sólo el pueblo más hospitalario que hay sobre la faz de la tierra, sino también los más pacientes y de mejor carácter”, pp.141-142) o las menos elogiosas que guardaba para los pueblos del sur (“Existe la errónea creencia de que los meridionales poseen una gran imaginación. Jamás ha habido equivocación más grande. No encontrará usted gente menos imaginativa que italianos, griegos o españoles. Para todo lo fantástico, para la creación, son espíritus muertos”, p.166). Como siempre, el magnífico estilo narrativo de Wilkie Collins empapa la obra de principio a fin, permitiéndose juegos de toda índole: cambios de perspectiva, introducción de una pieza teatral que va resumiendo casi escena a escena, multiplicidad de voces... Una polifonía narrativa con la que el maestro de la intriga disfruta y hace disfrutara sus numerosos lectores. Magnífica.

martes, 2 de junio de 2015

Monkton el loco



La familia en la que se ha criado Alfred Monkton no es, ni mucho menos, sencilla o convencional. A su condición de burgueses acomodados y aun ricos se les une, por desgracia, un indeleble estigma de locura que va afectando a todos sus miembros. De ahí que cuando el joven heredero plantee su voluntad de casarse con la hermosa Ada Emslie todos juzguen inapropiado o temerario su comportamiento. ¿Acaso no es consciente de que en cualquier instante puede aflorar en él el ramalazo de la demencia? ¿Y no ha previsto que el matrimonio puede aparejar el advenimiento de hijos que perpetúen la mancha de su trastorno? En principio, Alfred Monkton parece libre de la amenaza; pero de pronto su conducta varía y se concentra de un modo maniático en la búsqueda del cadáver de su tío Stephen, que falleció durante la celebración de un duelo en algún lugar de Italia. Nadie se explica muy bien por qué Alfred ha adoptado esa actitud, pero lo ha hecho con inusitada firmeza: ha abandonado su residencia en el Reino Unido, ha viajado hasta Italia, ha pospuesto sine die (con el respaldo de Ada Emslie) la fecha de su enlace nupcial... El narrador de la historia, ajeno a la vida de Alfred Monkton, tampoco tiene las respuestas a estos enigmas; pero se va a ver envuelto en una serie de situaciones que lo asombrarán y lo llenarán de inquietud. Él, que jamás ha creído en la existencia de espíritus (“Yo era un total descreído en historias de fantasmas, pues me parecían ridículas”, p.57), tendrá que escuchar de labios de Alfred una anonadante narración donde imágenes de ultratumba, profecías anotadas en antiguos documentos de la abadía de Wincot e inquietantes casualidades le saldrán al paso y harán tambalearse su modo realista de ver la vida. ¿Será verdad que estamos cercados en todo momento de presencias espectrales? ¿Y será verdad también que algunas de ellas quieren decirnos cosas, abrirnos los ojos, guiar nuestros pasos? Tan sugerente como en él es habitual, Wilkie Collins nos ofrece en estas páginas (traducidas por Diego Alonso para la editorial Eneida) un relato donde pasea por los nebulosos límites entre lo creíble y lo increíble, entre la normalidad y la anomalía, entre la calma y la locura. Y lo hace con los ingredientes más exquisitos de su alambique: el sentido del humor, la mirada psicológica, las descripciones elegantes y una soberbia construcción arquitectónica de la trama. Admirable.

domingo, 29 de marzo de 2015

La dama pálida



Alejandro Dumas es uno de los grandes narradores europeos del siglo XIX. En ese dato existe universal consenso. No obstante, debo reconocer con un cierto rubor que me he sumergido en sus obras con menos frecuencia de la deseable. Para aliviar esa carencia acudo a un interesante volumen donde la editorial Eneida reúne dos historias firmadas por él y traducidas por Luisa Elorriaga.
En la primera (La dama pálida) nos encontramos con una bella joven polaca que se dispone a contarnos un episodio traumático de su vida: sabiendo que los rusos avanzan hacia el castillo familiar, su padre la envía como medida de protección hacia el monasterio de Sahastrú, en los Cárpatos, una zona inhóspita y agreste en la que “ni tiempo se tiene para sentir miedo” (p.14). Allí su caravana fue asaltada por unos bandoleros y terminó recalando en el castillo de Brankovan, donde dos hermanos (el refinado Gregoriska y el brutal Kostaki) se disputarán su amor. Pero muy pronto la agobiante situación se complicará con tintes vampíricos de lo más inquietantes.
En la segunda (Historia de un muerto contada por él mismo), el narrador será un joven médico quien, llamado una madrugada para atender a una bellísima muchacha moribunda, acaba enamorándose perdidamente de ella. Pero justo en ese momento se produce un inesperado percance y el chico muere. Eso no le va a impedir que, con ayuda del Señor de las Tinieblas, consiga acercarse hasta el objeto de su deseo.
Es evidente que ninguna de las dos historias es, argumentalmente, demasiado original (un relato de vampiros y otro de aparecidos), pero existen diferencias técnicas entre ambas. La primera es mucho más compacta, más sólida, y está trazada con más firmes mimbres narrativos. Todo en ella fluye con envidiable naturalidad. En la segunda, por el contrario, Alejandro Dumas se deja llevar por unos tics más “adolescentes” (por ejemplo, la manera más bien burda que utiliza para justificar en el último párrafo el título de la fabulación) y eso estropea la credibilidad de su propuesta. Se nota que, conforme el relato llega a su fin, el escritor francés comienza a apurarse por encontrarle una solución convincente, sin llegar a obtenerla del todo.

Sea como fuere, un libro que merece ser leído y que deja un agradable sabor de boca.