martes, 20 de octubre de 2026

Misión al pueblo desierto

 


No hará falta insistir demasiado en mi admiración y en mi constante aplauso al teatro de Antonio Buero Vallejo. Comencé a leerlo en 1985, justo cuando entraba en la universidad, y no he abandonado desde entonces la satisfactoria costumbre de acercarme a sus páginas con regularidad. Dicho eso (y dicho también que lo considero el dramaturgo español más importante de la segunda mitad del siglo XX), la lectura de Misión al pueblo desierto me ha dejado bastante frío (aunque el adjetivo que me apetezca escribir sea “decepcionado”). No es, en mi opinión, una obra a la altura de su nivel. Es habilidosa, evidentemente. Se sustenta sobre un armazón impecable, solo faltaría. Pero carece de la chispa y de la profundidad que encuentro siempre en sus argumentos y en sus desarrollos teatrales. Aquí, la trama es floja, las situaciones son repetitivas o increíbles (la tozudez con la que Damián desconfía una y otra vez, una y otra vez, de Plácido; el enamoramiento súbito que Lola experimenta por el maduro pintor viudo) y el final, queriendo ser simbólico, se queda en desangelado, feble y quebradizo. La idea de un cuadro del Greco que tiene que ser rescatado del palacio de unos marqueses en “zona de nadie” durante la guerra civil de 1936 entiendo que daba para mucho más que para esta nadería, con mucho relleno (sobre las ideas revolucionarias y sobre la mirada estereoscópica en el mundo de la pintura) y mucha situación “estirada” (con diálogos huecos y morosos). Qué pena me da decirlo (aunque lo digo, porque en mi blog no miento). Acudiré pronto a otro título del dramaturgo alcarreño para olvidarme de este bache.

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