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viernes, 27 de junio de 2025

Las hojas verdes


 

Entro en Las hojas verdes, de Juan Ramón Jiménez, una obra que está fechada en 1909 y que nos invita a olvidarnos del mundo real para caminar por un espacio de jardines, ríos de cristal, lunas resplandecientes y amores anhelados. Aconsejo vivamente que el libro se lea despacio y en voz alta: yo lo he hecho así y juzgo que se impregna uno mejor de las sonoridades juanrramonianas. Es un volumen muy breve, donde llaman la atención los encabalgamientos léxicos que el autor asperja por la obra, los cuales imprimen a los poemas una saltarina musicalidad (“Luna blanca, pon / le el rosal abierto / de tu compasión!”). Unida a esa condición juguetona se encuentra también la zigzagueante polimetría que el poeta de Moguer maneja, para imprimir a sus versos un ritmo marcadísimo.

En sus páginas nos explica que se encuentra solo, sin un amor que enjoye su vida (véase, por ejemplo, el poema VI, titulado “Pastoral romántica”), pero que sigue buscando a esa persona especial, única, que “me ayude a subir la colina”. Apenas le faltaban cuatro años para conocer a la persona que mejor lo entendió y lo acompañó, Zenobia Camprubí. Y nos sorprende también (es otro de los grandes hallazgos del volumen) con formulaciones sencillísimas para problemas hondos (“Qué pondrá fin a esta melancolía / de un día y otro día y otro día?”).

Un libro delicado, de transición, que se lee todavía con placer.

jueves, 22 de febrero de 2024

Estío

 


Existen bastantes autores a lo largo de la Historia de quienes podría pregonarse con justicia que son poetas (que cada cual elija los suyos), pero muy pocos de los que cabría afirmar que son poesía. Pura poesía. Tensión y resolución lírica constantes. Seres cuya mirada y cuyos dedos se alían en un perpetuo ejercicio de poetización del mundo. Se trata de un rarísimo privilegio que los dioses conceden a ciertos mortales. Ocurre, creo, con Juan Ramón Jiménez, del que emana la poesía como el agua cristalina lo hace de un manantial: la palmera, la ola, el sol, la sombra, la aurora, el jardín, la rosa, una mano devienen objetos únicos, focos de belleza insospechada que, de súbito, quedan revelados y hechos eternidad.

Acabo de comprobarlo nuevamente en su volumen Estío, publicado en 1916 y en el que se puede apreciar, creo yo, una clara dirección depurativa, para intentar que la idea y las palabras (“el idilio raro de un león y un lirio”, como se indica en la página 14) acuerden un pacto apolíneo: reducir palabras, condensar de forma estricta las emociones. Así, Juan Ramón nos trasladará sus pesimismos (“La felicidad, / anticipado sangrar”); sus melancolías, rematadas con una gotita de humor amargo (“Me pareces como aquella / pálida novia primera, / que hace tiempo se casó / con aquel juez de instrucción”) —versos que recuerdan a aquella queja de Gabriel Celaya acerca de las adolescentes que se terminan casando con notarios—; su visión maravillosa sobre el amor (“Como no me ves, no soy visto / de nadie”); o la condición sobrante de ciertos adjetivos (“¡Sufrimiento! ¡Sólo así! / ¿Para qué añadirte nada? / —Quien inventó el adjetivo / no era digno de su alma”). O, dicho de un modo más condensado: “Quememos las hojas secas / y solamente dejemos / el diamante puro, para / incorporarlo al recuerdo”. Poda de imágenes, poda de palabras. Y, al fin, el árbol delicioso y perdurable.

Juan Ramón era muy grande, vive Dios.

sábado, 13 de enero de 2024

La colina de los chopos

 


Posiblemente, uno de los elementos más anonadantes del genio es la cantidad de yoes que caben en él, la pluralidad de facetas que cobija el diamante de su inteligencia, de su sensibilidad, de su arte. Y, por supuesto, esa amplitud poliédrica puede ocasionar tantas admiraciones como desconciertos, tantas avaricias intelectivas como gestos de hastío. Lo he comprendido de forma especial mientras recorría las páginas (espectaculares, bellísimas, desconcertantes a veces) de La colina de los chopos, de Juan Ramón Jiménez.

Comentemos una de esas caras: la brillantez de su lenguaje, lleno de colores y de adjetivos que sorprenden de continuo a los lectores: relojes “sordirrojos”, carteros “sudosos”, avispas “orinegras”, nubes “cumulantes”, un sol “dudón” o unos callejones “abismosos” se mostrarán ante nosotros, mientras se desarrolla un temporal en el cual (y aquí nos espera un adverbio casi sonriente) “llueve gordo”. JRJ maneja o crea las palabras, según lo requiera el contexto o el chisporroteo de su imaginación, siempre febril y rápida como un purasangre. La realidad, con su estímulo poderoso, conduce su mano sobre el papel y le ofrece sinestesias, arcoíris, horizontes, flores, músicas, colinas, auroras, madrugadas o jardines; y de todo ha de dejar constancia con el fulgor de sus palabras, que siempre brillan.

Comentemos otra de esas caras: su esfuerzo condensador para esmaltar un buen número de aforismos. En ellos podemos rastrear sus opiniones sobre la fama (“El hombre de arte, si es puro, no debe ni puede tener otra popularidad que la escasa y exacta de un científico”), sobre la necesaria rebeldía del espíritu humano (“Si te dan papel rayado, escribe de través”), sobre el paso del tiempo (“¡Cómo se agarra el pasado a los pies del presente para no dejarlo ir sin él al futuro!”) o sobre el modo de sobrellevar la gloria literaria (“Si triunfáis, no envilezcáis vuestro triunfo con la jactancia”).

Comentemos una tercera de esas caras: sus interesantes y siempre claros análisis sobre la obra de otros autores (Goethe, Shakespeare, Nietzsche), a quienes no duda en clasificar en escalafones, según su peculiar gusto lírico (“No hay que confundir valores de primer orden, como Rimbaud, Mallarmé, Claudel, Max Jacob, con segundones o tercerillas, como Apollinaire, Reverdy, St. J. Perse, Cocteau…”). En ocasiones, incluso llega al exabrupto generalista (“¡Cómo me cansan todos los libros ajenos!”), que puede provocar no pequeño estupor en la persona que está leyendo.

Un libro para leer despacio, con calma atenta, porque en él burbujean muchos (y muy interesantes) juanramones.

lunes, 27 de diciembre de 2021

Baladas de primavera

 


Volver al Juan Ramón Jiménez más juvenil supone llenar la tarde de luz, de madreselvas y de sonidos musicales. Hay que aceptarlo así, sin los prejuicios y el desdén que el mismo moguereño les dedicó a muchos de aquellos poemas iniciales, en los que juzgó (quizá con justicia) que aún no estaba perfeccionada del todo su lengua lírica. Baladas de primavera son apenas veintiséis poemas publicados en el año 1907, luego reconstruidos, expurgados, tachados y vituperados por el Gran Purista, que dedicó innumerables horas a repensarlos, a reescribirlos, a revivirlos, hasta darles su formulación mejor. ¿Juveniles? Sí. ¿Algo imperfectos y quizá reiterativos? Es probable. Pero qué aroma de autenticidad emocionada recorre sus líneas.

Escribió el maestro onubense que “estas baladas son un poco esteriores; tienen más música de boca que de alma”, y quizá sea cierto. Pero cuando nos dice que “Dios está azul”, cuando nos explica que la amapola es “sangre de la tierra”, cuando le dedica un poema triste a la primera novia, cuando le canta a una mujer “morena y alegre” (que no es otra sino la gitanilla cervantina) o cuando nos regala su balada de los tres besos, comprendemos que aquí ya estaba palpitando la voz germinal de un alto vate, eclosionando en músicas y adjetivos, en exclamaciones y puntos suspensivos, en sinestesias y encabalgamientos.

Volver a Juan Ramón Jiménez siempre es una buena idea. Una excelente idea, de hecho.