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martes, 26 de noviembre de 2024

Maribel y la extraña familia

 


Es sorprendente que un muchacho pueda ser tan tímido que necesite la ayuda de su madre y de su tía para explicar a la muchacha de la que está enamorado que lo acepte por esposo. Es mucho más sorprendente que esa muchacha se dedique al alterne (digámoslo con suavidad, tal vez con palabra ya obsoleta) y que el chico, tras haberla conocido en un bar de copas y haber recibido su mirada y su sonrisa profesionales, no se haya percatado de la evidencia mercantil de la situación. Y no resulta menos sorprendente que la madre y la tía escuchen música de Elvis Presley a su avanzada edad, que paguen a una pareja para que acuda de visita dos veces al mes, que preparen cócteles modernos, que tengan una casa que parece un museo de antigüedades y que, pese a la ordinariez y la escasa longitud de la falda de la chica, tampoco se percaten de su comprometido estatus laboral. Estas rarezas (y otras no menos notables, que irá descubriendo quien se adentre por las páginas de Maribel y la extraña familia, de Miguel Mihura) llegarán a su cénit cuando la muchacha, nerviosa por el equívoco y deseando aclarar la situación, advierta que nadie entiende sus indirectas, que nadie parece dispuesto a escuchar sus confesiones. Añadan a ese panorama tres compañeras de trabajo de Maribel que acuden de visita a la casa; un médico que no sale de su asombro cuando la muchacha le pregunta si la familia está majareta; un señor que administra los negocios de la familia (y que es cliente de una de las amigas de Maribel); una puerta misteriosa; y, por encima de todo, el enigmático (o sospechoso) drama que aconteció cuando la primera esposa de Marcelino se ahogó en un lago… que ahora el ilusionado novio quiere, vaya por Dios, visitar con Maribel.

Siempre eficaz en la organización de sus materiales dramáticos, Mihura entrega en esta célebre pieza unas interesantes reflexiones sobre la timidez, sobre el dolor, sobre el espíritu humano y sobre la redención (palabra quizá también vieja y obsoleta, pero que convendría reivindicar) que, pese al inevitable amarillo que ya colorea las emociones de la obra, aún se lee con agrado. ¿Que el candor de Marcelino roza lo risible o lo patológico? No me atreveré a dudarlo. ¿Que la forma en que Maribel se transforma interiormente huele a moralina? A kilómetros. Pero lo importante, me parece, no reside en esas dos flaquezas hiperbólicas (que cualquiera puede detectar y aun denigrar), sino en la brillantez con la que el dramaturgo madrileño nos lleva de la mano para, con una sonrisa, conducirnos hacia un final amable y reconfortante. Insisto: aún se lee con agrado. Háganlo.

sábado, 27 de abril de 2019

Melocotón en almíbar




Los cuatro personajes (tres hombres y una mujer) que entran en un pequeño piso de alquiler en Madrid se las prometen muy felices. Acaban de cometer un gran robo en una joyería de Burgos y se han hecho con un botín muy notable, que ahora conviene esconder mientras planean el siguiente y último atraco, que tendrá lugar unos días después en la calle Ferraz. Lo primero que hacen es esconder las joyas en una maceta vieja; luego ocultan en un sillón la pistola que han utilizado; y por fin se disponen a descansar unas horas. Pero los problemas comenzarán pronto: el mayor de ellos ha contraído una pulmonía durante el viaje y, ahora, requiere la presencia de un médico, quien decide enviar a una sinuosa monja para que cuide al enfermo. Será ella, precisamente, la que hará tambalearse la calma de los atracadores, con sus preguntas, sus insinuaciones, sus extrañas miradas, sus frases de doble sentido. ¿Acaso sabe lo que han hecho? ¿Y qué pretende con este cerco nervioso al que los somete?
Habilidoso y socarrón, el dramaturgo madrileño nos conduce a través de la obra de la forma más ingeniosa y difícil: haciendo que compartamos la inquietud y la zozobra de los desvalijadores y sin saber si sor María es tonta y parlanchina o, por el contrario, artera y sutil. Solamente en el tramo  final alcanzaremos la respuesta.
Miguel Mihura es Miguel Mihura. Su teatro es chispeante, surrealista e incluso tiene apuntes genialoides (en esta obra quizá menos que en otras suyas), pero es verdad que sus propuestas argumentales pueden resultar tan satisfactorias como irritantes, dependiendo del día en que te sumerjas en ellas. Es lo que hay. O lo tomas o lo dejas. Yo, casi siempre, lo tomo.

jueves, 10 de mayo de 2018

Cuentos para perros




Acabo los Cuentos para perros, de Miguel Mihura, en la edición de Julián Moreiro (Bruño, 1994), un libro que me ha parecido medianito. Es verdad que tiene instantes de chispa, y hasta de presunta genialidad surrealista. Pero lo malo de tantas chispas seguidas y amontonadas es que no producen, en mi opinión, la imagen de una hoguera, sino el raro fastidio de estar siendo burlado por un autor habilidoso que payasea conscientemente su propio estilo. Es un humor ganso y un pelín infantiloide, que fatiga (que a mí al menos me fatiga) por acumulación.
¿Destellos memorables? Varios, no lo negaré. Por ejemplo, cuando propone en el cuento “El mar” que la solución para las tormentas y naufragios es asfaltar todos los mares y océanos; o cuando habla en “La difícil profesión” de un fotógrafo que retrata cosas y le salen otras distintas (imposible no establecer lazos con el célebre “Apocalipsis de Solentiname”, de Julio Cortázar); o cuando dice en “El cielo” que las enfermedades, la muerte, la ceguera o la invalidez deberían durar 8 horas al día, como una jornada laboral. Y, algunas veces, su humor ingresa en una crueldad borde sin mucho sentido, que resulta difícil de disculpar (“Aumentaba el hambre. Miles de criaturas morían de inanición. Las mujeres daban aullidos de espanto. Era graciosísimo. Daba mucha risa aquello”). Pero vale. Está bien para pasar el rato. Ingeniosa la frase donde nos habla de una chica demasiado convencional (“Era tan cursi aquella señorita, que tenía un novio”, o aquella otra en la que nos cuenta cosas sobre un señor “feliz como un arroyuelo”.
Mihura es así. O lo tomas o lo dejas.

sábado, 30 de diciembre de 2017

Tres sombreros de copa



Aprovecho las vacaciones de Navidad para releer (creo que por cuarta vez en mi vida, además de haberla visto representada por el maravilloso Luis Varela) la obra Tres sombreros de copa, de Miguel Mihura. Y reconozco que me siguen fascinando su humor absurdo, sus diálogos disparatados, su ritmo escénico, sus incorrecciones políticas; y que me sigue conmoviendo también la tristeza honda que late por debajo de estas vidas ambulantes.
Mihura nos pone ante los ojos al voluble y timorato Dionisio, que carece de toda energía para dirigir su propia existencia; y al almidonado don Sacramento, su futuro padre político, que le dibuja en pocos minutos un horizonte lánguido y lleno de silencios; y a la alocada Paula, que en el fondo sólo quiere ser una chica que encuentre al hombre de su vida, para construir una familia con él… Y con todas esas líneas nos retrata maravillosamente la colisión de dos mundos antagónicos: en uno reina la alegría; en el otro, la roña. Y Dionisio siente que tiran de él en las dos direcciones. Paula lo invita a adentrarse por el sendero de baldosas amarillas, que conduce a playas donde jugar con la arena, donde reír mirando los ojos de la mujer amada, donde no hay viejos centenarios con quienes tomar el té; y Margarita le franquea la puerta hacia un cónclave de salones penumbrosos, en los que tendrá que ser formal, poner cuadros tradicionales en las paredes y comer huevos fritos, porque las personas de orden adoran siempre los huevos fritos…
Pero Paula comprende a tiempo que no sería justo privar a Dionisio de una vida estable, ordenada, burguesa y con recursos económicos asegurados, así que se hace prudentemente a un lado y empuja al pusilánime muchacho hacia Margarita. Si durante buena parte de la obra ha tocado sonreír, ahora toca contener las lágrimas cuando piensas en el inmenso sacrificio que la pobre muchacha acomete.

Qué grande, Miguel Mihura. Qué control de la escena y de los personajes. Qué maestría para construir las emociones de sus lectores y espectadores. Qué valor para ser distinto.