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sábado, 26 de noviembre de 2022

Dulcinea y el Caballero Dormido

 


Una mujer manchega, llegada a los arrabales de la senectud, recuerda cómo el azar la convirtió años atrás en un nombre imborrable de nuestra cultura gracias a que un conocidísimo hidalgo, Alonso Quijano, la transformase en dama de sus pensamientos (“Pienso en lo afortunada que fui, pues entre todas las mujeres del mundo me eligió a mí”). En su juventud, recuerda ahora, fue amiga de Antonia, la sobrina del hidalgo; y por ella conoció los desvaríos del enjuto anciano. Y por ella visitó la casa, donde el más célebre de los caballeros del mundo la vio por primera vez y quedó encandilado con sus rasgos.

Ahora, recuerda de vez en cuando ante unos niños del pueblo las escenas más curiosas de aquella novela “extraña, cruel y llena de pesadumbre”, que la hizo famosa. Y nos explica a los lectores que, de un modo que nosotros ignoramos, alcanzó a ver en una segunda ocasión a don Quijote, aunque el escritor arábigo que puso en letras de molde las aventuras del caballero prefirió omitir por razones desconocidas el episodio. ¿Cuándo se produjo aquel segundo e invisible encuentro entre ambos? ¿Cuáles fueron las circunstancias en que aconteció? La anciana Aldonza Lorenzo, la sin par Dulcinea del Toboso, nos lo explica con detalle en las páginas finales de este libro. Pero yo, como es natural, no cometeré la indiscreción de revelarlo.

Permítanme, eso sí, que les copie un párrafo inigualable de esta novela, que revela la exquisitez de su autor. Refiriéndose al hidalgo, Dulcinea asegura: “Nadie continuó mejor que él la obra de Dios. Pues lo que quiere Dios es que juguemos con las cosas, como hacen los niños. Y eso era lo que hacía el caballero; como le pasó al buen Jesús cuando transformó el agua en vino, o se puso a andar sobre las aguas, que no se puede decir que estas acciones sirvieran para mucho, y que más parecían surgir del gusto de hacerlas que por querer demostrar al mundo que tenía una misión que cumplir. ¿Y saben por qué jugamos? Jugamos por miedo. Miedo a la soledad, a los pasillos interminables, a la muerte que antes o después vendrá a llevarnos a su reino de oscuridad. Pero también porque sí, sin ninguna razón, porque existe la gracia en el mundo”.

Se llama Gustavo Martín Garzo y es un narrador absolutamente maravilloso, que aquí nos entrega una delicada novelita, que emociona por igual a jóvenes y no tan jóvenes, haciendo que la anciana Dulcinea se convierta no solamente en testigo privilegiado de las aventuras de don Quijote, sino en cronista emocionada y tierna de la melancólica languidez que asaltó en sus últimos días al héroe derrotado e incomprendido.

sábado, 26 de octubre de 2019

El lenguaje de las fuentes




Leo El lenguaje de las fuentes, de Gustavo Martín Garzo, una novela a la que tenía ganas de acudir desde años y que, por razones que no sabría explicar (siempre hay mil razones que se entremezclan: desde la pereza hasta el olvido), ha tenido que esperar su turno durante veinte años.
Es una narración muy atractiva sobre la pareja formada por san José y la Virgen María, donde se presenta al primero como un hombre zaherido por urgencias sexuales (llega a serle infiel a María con una joven llamada Puah) y con los huesos molidos por las palizas de los ángeles (que parecen “mantenerlo a raya” con respecto a María, cuya virginidad y pureza protegen con celo contundente); y de la mujer se nos cuenta que es manca, sospechosamente aficionada a la mentira y que frecuentemente es convocada por los ángeles (quienes huelen mal, apenas son capaces de hacerse entender y semejan más a engendros extraterrestres que a celestiales criaturas). En suma, una interpretación bastante peliaguda de la famosa pareja bíblica, que imagino que levantaría en su momento más ronchas que aplausos.
En fin, polémicas religiosas aparte (ese tipo de polémicas me suelen producir más bostezos que motivos de enfado), diré que la novela que no está mal, aunque no le daría un sobresaliente. Dejémoslo en un notable.

jueves, 14 de marzo de 2019

Ña y Bel




Del escritor Gustavo Martín Garzo (Valladolid, 1948) sabíamos muy poco hasta que en 1993 obtuvo el Premio Nacional de Literatura por su obra El lenguaje de las fuentes. Desde entonces fue publicando Marea oculta (1994), La princesa manca (1995) o La vida nueva (1996), hasta llegar a la novelita corta que hoy me ocupa: Ña y Bel.
Formalmente, no se le pueden poner pegar a la citada narración, eso está claro: está construida con una notable sintaxis, despliega un rico léxico, posee un ajustado equilibrio compositivo y hasta diría que atesora conseguidos puntos de humor y poesía en sus páginas. Pero si nos fijamos un poco más en el “contenido” tropezaremos con un escollo de difícil salvación, porque nos propone algo que, por desgracia para él, suena demasiado a Eduardo Mendoza y su novela Sin noticias de Gurb: la historia de un extraterrestre que acaba llegando a la Tierra y que tropieza en ella con abundantes aventuras. Las diferencias radican en que mientras que el narrador catalán utilizaba este procedimiento como caricatura de la Barcelona de hace unos años (propósito irónico), el vallisoletano trata de ir un poco más allá, dotando a su personaje de una especie de “épica”, equivocada y turbia.
En efecto, el visitante (al que las dos muchachas que lo hospedan en su piso, llamadas Ña y Bel, conocen como “Ola”) se nos presenta al inicio como un torpe turista galáctico, que aterriza en el piso de las chicas de forma accidental; pero poco a poco el autor va queriendo complicar sus reacciones desde el punto de vista psicológico, y su narración hace aguas por todos sitios. ¿Tiene sentido que las muchachas acepten a este “fantasma” (olvidaba decir que el visitante es invisible, y que la textura de su cuerpo es acuosa y dúctil), sin más explicaciones? Y, aun en el improbable caso de que así fuera, ¿tiene sentido que lo utilicen para broncearse, para trasladar muebles en su casa, para que las enjabone en el baño o para que caliente su café? Absurdo montaje, sin duda.
Pero bien, admitamos que Martín Garzo quisiese hacer una novela de humor: lo estaría consiguiendo con tales técnicas. Lo pasmoso, lo que termina de hundir toda la verosimilitud de su texto, es que no es ése su objetivo, sino que el autor en realidad pretende construir una novela seria, trascendente y melancólica. Mal podría convencer a nadie con ese final, tras haber burlado a los lectores con cien páginas de chanzas y puros juegos.
En resumen y para no cansar: que buen narrador, sí; pero que buena novela, lo que se dice buena novela, desde luego que no.

jueves, 20 de diciembre de 2012

La soñadora




Gustavo Martín Garzo (Valladolid, 1948), escritor que comenzó a ser conocido con la publicación de El lenguaje de las fuentes (Nacional de Narrativa en el año 1994), que siguió sorprendiendo a los lectores con Marea oculta (por la que le dieron el premio Miguel Delibes), que estuvo a punto de pifiarla para siempre con aquella tontería llamada Ña y Bel, y que alcanzó mediana consagración al obtener el premio Nadal de 1999 con Las historias de Marta y Fernando, nos muestra en La soñadora (Areté) un relato melancólico donde se nos relatan viejas historias de amor (sentimiento que es hermosamente descrito por el novelista como “la conquista de la lentitud” en la página 185), ambientadas en el pueblo castellano de Medina de Rioseco.
Todo comienza cuando el arquitecto Juan Hervás regresa al pueblo de su infancia e inicia un sorprendente diálogo con el fantasma de Aurora, su novia primera. Juntos, van rescatando del olvido la historia de Adela, un viejo episodio lleno de pasiones, erotismo y búsqueda de lo absoluto, que les contó en su infancia doña Manolita y que terminó de forma trágica (“Todas las mujeres están obsesionadas con entregarse a una gran pasión. Viven esperando ese momento sin saber que, cuando llegue, las destruirá”, p.59).
Poco a poco, el lector irá descubriendo las conexiones entre esta aciaga pasión y la historia de Juan y Aurora, a base de acercamientos parciales, convergentes o complementarios. Y también descubrimos, con lentitud sacra, que la historia de Adela y Monzó, como la historia de los narradores, es en realidad una misteriosa pirámide cuyo secreto (que yo aquí no desvelaré) se hunde en la arena siempre imprevisible de la memoria.
Una novela seductora y llena de nieblas de la que, bien es verdad, Gustavo Martín Garzo podría haber extirpado muchos laísmos chirriantes (“Creo que la molestó mi sinceridad”, p.165; “¿Qué nombre la puso?”, p.245; etc) y alguna que otra preposición colocada con el discutible sistema del esturreo. Por lo demás, bien.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Mi querida Eva




Escribió una vez el rumano Eugène Ionesco que si la naturaleza y la fisiología fueran razonables y actuaran con sentido común los seres humanos no tendríamos los ojos en la cara, sino en la nuca, porque nos pasamos más tiempo de nuestra vida mirando hacia atrás que hacia delante. Y esa observación (que si la hubiera realizado Aristóteles gozaría de fama universal) es perfectamente aplicable a los protagonistas de la novela Mi querida Eva, del vallisoletano Gustavo Martín Garzo.
Tres son las figuras que vertebran la narración: Eva Arrizabalaga (una doctora bilbaína que se ha especializado en trasplantes de riñón y que está casada con un alto representante del opus dei), Daniel Herrero (también médico, de mediana edad, y que se encuentra inmerso en un proceso de divorcio) y Alberto Mena (trabajador en una fábrica, y fallecido unos años atrás). Cuando la historia comienza nos hallamos en Alicante, durante la celebración de un congreso urológico, y asistimos al reencuentro de Eva y Daniel, que llevan tres décadas sin verse. Esta chispa nostálgica prenderá una hoguera de dimensiones más bien aparatosas, que resucitará la memoria de Alberto Mena, el mejor amigo de juventud de Daniel y, a la vez, el amor secreto de Eva. El autor, moviéndose hacia el pasado, nos llevará al Valladolid diminuto y provinciano de los años sesenta, donde aquel trío de adolescentes protagonizaron su particular versión de la película Jules et Jim, acompañados por un triste grupo de fracasados: Serafín Parra, alias El Centella, un ex-boxeador sin suerte que, después de trabajar como guardaespaldas para una actriz de Hollywood ingresa en una senectud derrotada y alcohólica; la madre de Daniel, que no consigue superar la muerte de su hijo mayor, víctima de un disparo accidental en su propia casa; Nacho Castro, responsable de las piscinas Samoa; o la pobre viuda de Alberto, que se resignó durante años a que su marido continuara enamorado de una imagen de su adolescencia.
A través de los ojos de Daniel (y del diálogo que establece con Eva durante la larga noche del reencuentro) vamos descubriendo los miles de matices, pliegues, lágrimas, renuncias y equívocos de unas existencias que caminaron juntas durante un verano irrepetible y que luego, por los azares del destino, se separaron. De nada sirve lamentarse por aquellas cosas que, como mercurio, arena o agua, se nos fueron de entre los dedos; pero la memoria y el corazón sí que pueden, mirando hacia atrás, recomponerse y encontrar la luz: Eva comprenderá por qué Alberto no respondió nunca a sus requerimientos amorosos; y Daniel alcanzará a comprender que "el paraíso sigue aquí, en el mundo, y sólo hay que encontrar la puerta que nos lleva hasta él" (p.197).
Estamos ante una magnífica y lánguida novela, donde la introspección (pero también la retrospección) nos permiten caminar por el alma de unos personajes densos y espléndidamente trabajados.