jueves, 30 de abril de 2026

El maullido de la marisma

 


Hay libros que, siendo libros, trascienden su argumento y nos comunican un mensaje. En ocasiones, ese mensaje ofusca a la persona que está escribiendo y la conduce por el camino de la novela de tesis (ese aburrimiento) o del panfleto (esa atrocidad).  Pero en otras, como ocurre en El maullido de la marisma, de la onubense May R Ayamonte (ganadora del premio Edebé de literatura juvenil), la solidez del relato es tan notable que los lectores nos sentimos conmovidos por la “idea” que palpita en el fondo de la historia y también por el desarrollo narrativo de la misma. Y así da gusto, oigan.

Sitúense en 1980, en los humedales del parque de Doñana, y allí encontrarán a la familia de Vera, una niña enamorada del paisaje que la rodea y cuya vocación para el futuro apunta a la universidad de Sevilla, donde quiere estudiar Biología. En ese proyecto ha influido un cachorro de lince (al que llama Félix, aunque luego tendrá que cambiarle el nombre), que se convierte en una presencia cercana e inesperada en su vida. Sus padres (Amadeo, cuidador del parque, y María, maestra) también impregnan su alma de amor a la naturaleza y a los animales que la pueblan; de tal modo que la niña, que pronto será una adolescente, orienta su pasión ecologista siguiendo ese rumbo. Con el paso de los años, irá sufriendo decepciones y experimentando zozobras, pero nunca dejará que su voluntad se quiebre, hasta conseguir su propósito.

Una novela sólida, elegante y concienciadora, que cautivará a muchos lectores jóvenes y que despertará en ellos la voluntad de saber más sobre la naturaleza, su importancia y su conservación. Necesaria.

miércoles, 29 de abril de 2026

El sueño del celta

 


Qué fácil, qué terrible e inquietantemente fácil se pasa de ser héroe a ser villano. Y al revés. Impulsados por arrebatos subjetivos (a veces viscerales), los seres humanos tendemos a etiquetar a nuestros semejantes con una liviandad que no suele resistir con galanura el paso del tiempo o la reflexión pausada. Podríamos aducir (y no será necesario) innúmeros ejemplos a lo largo de la historia. Mario Vargas Llosa se detiene en su obra El sueño del celta en uno que oscila entre los dos polos de manera constante: el irlandés Roger Casement. Fue un héroe para quienes descubrieron gracias a él las atrocidades que el gobierno belga perpetraba en el Congo: abusos de poder por parte de las fuerzas coloniales, esclavitud de los indígenas, torturas, amputaciones, miles de asesinatos, vejaciones. Fue un traidor para quienes, creyendo la versión del rey Leopoldo II y su corte de mercaderes avariciosos, juzgaban que se ponía de parte de unos salvajes mentirosos. Volvió a ser un héroe para todos aquellos indígenas del Putumayo ecuatoriano que, sometidos al despotismo brutal de la Peruvian Amazon Company, fueron escuchados y defendidos por Roger Casement (sir Roger), quien, con un informe valiente que elevó al Foreign Office, destapó el mundo abominable de crímenes y corrupción que Julio César Arana había instaurado en aquella zona del mundo. Volvió a convertirse en un traidor, nuevamente, para todos aquellos europeos que vieron en sus denuncias un golpe inesperado al espíritu empresarial capitalista. Por fin, volvió al estatus de héroe cuando decidió convertirse en adalid de la lucha por la independencia de Irlanda, aplastada por la bota inglesa y necesitada de un retorno a sus orígenes (la lengua gaélica, sus viejas canciones, su gobierno propio, su religión católica). Y se cerró el círculo de los vaivenes cuando, fracasada la sublevación armada en 1916, Inglaterra decidió recluirlo en la cárcel y, después, ahorcarlo. El descubrimiento de sus presuntos diarios, donde confesaba algunas escabrosas aventuras homosexuales, no ayudó demasiado a su defensa.

Aproximándose a su figura con una abundante documentación y con una prosa fascinante que recurre con brillantez a la analepsis, Vargas Llosa reconstruye la vida de Roger Casement desde el final de la misma (sus últimas semanas, que transcurrieron en Pentonville Prison) y nos va desgranando sus grandezas y sus flaquezas, sus perplejidades y sus convicciones: desde descubrir en África que no todos los seres humanos son admirables, porque se dejan arrastrar por la avaricia (“¿Cómo era posible que la colonización se hubiera convertido en esta horrible rapiña, en esta crueldad vertiginosa en que gentes que se decían cristianas torturaran, mutilaran, mataran a seres indefensos y los sometieran a crueldades tan atroces, incluidos niños, ancianos? ¿No habíamos venido aquí los europeos a acabar con la trata y a traer la religión de la caridad y la justicia?”, pp.106-107) hasta aplicar su análisis humanitario a su propio país (“¿No era también Irlanda una colonia, como el Congo? […] ¿No habían invadido los ingleses a Eire? ¿No la habían incorporado al Imperio mediante la fuerza, sin consultar a los invadidos y ocupados, tal como los belgas a los congoleses?”, p.110), en una deriva política que no siempre fue entendida o compartida por sus amigos.

En un momento de esta caudalosa y perturbadora narración, el protagonista se formula un interrogante crucial: “¿Estaban justificados los sacrificios de esos veinte años africanos, los siete años en América del Sur, el año y pico en el corazón de las selvas amazónicas, el año y medio de soledad, enfermedad y frustraciones en Alemania?”. La respuesta es fácil y doble: la dignidad del ser humano (por un lado) y esta novela de Mario Vargas Llosa (por el otro) nos impulsan a responder que sí. Plenamente justificados.

martes, 28 de abril de 2026

Las fracturas doradas

 


El sogún Ashikaga Yoshimasa, que vivió y gobernó en Japón durante el siglo XV, sufrió un percance que le resultó muy doloroso: vio cómo se rompía su cuenco preferido. Ahora, en estos tiempos de usar y tirar, de ikeas, comercios chinos y amazones, un accidente de ese calibre nos parece una frivolidad, pero al mandatario nipón lo impulsó a solicitar la ayuda de un artesano que, auxiliándose con resina de árbol y polvo de oro, lo reparó. A ese arte lo conocemos ahora con el nombre de kintsugi, que quiere decir “carpintería dorada”.

Lo que nos cuenta Paloma Díaz-Mas en este libro es un suceso sin duda mucho más doloroso, pero que entronca con el anterior: la muerte de su único hermano, que ocurrió en plena pandemia del coronavirus. Nada más. Y nada menos. Una llamada telefónica de su hermana le anunció lo que había sucedido: que lo encontraron sin vida sentado en su sillón. Probablemente ni siquiera fue consciente de que estaba muriendo. Al otro lado de las ventanas, un furioso vendaval de nieve; en el silencio de la casa, sus gatos. A partir de ese punto, se inician las ceremonias del tránsito: cursar aviso a las autoridades, decidir los pormenores del funeral (cremación, en su caso), revisar las pertenencias del fallecido para decidir qué se conserva y de qué se prescinde… Es decir, clausurar todos los detalles materiales de una existencia mientras se sienten las aflicciones, la congoja, el desgarro y la condición marmórea del final. Todos los que hayan pasado por un trance parecido (y quién no lo ha hecho) saben de sobra cuántas lágrimas, cuántos recuerdos, cuántas sorpresas melancólicas y cuántas vacilaciones asaltan durante las siguientes semanas a quienes se quedan.

Con paciencia, con infinito amor, con delicada ternura, la escritora aplica su resina y su polvo de oro narrativo para mostrarnos su cuenco-hermano, que nos emociona como si hablara de alguien de nuestra familia. Porque posiblemente lo esté haciendo. Muy bello.

lunes, 27 de abril de 2026

Salmos al viento

 


Me acerco hasta el territorio poético de José Agustín Goytisolo para leer su obra Salmos al viento, ceremonia que cumplo en voz alta, como me gusta hacer con los versos. Y qué excelente trabajo. He sentido en cada página la inteligencia y la sensibilidad del barcelonés, que ha ido conquistándome texto a texto, línea a línea. He admirado (y compartido) el irónico ataque a los poetas que, acabada la guerra, decidieron que todo debía impregnarse de Garcilaso, de ríos rumorosos, y que cuando el tema no dio más de sí se dedicaron a hablar de Dios, mientras que José Agustín prefiere (así lo deja claro) alinearse con quienes “lanzan gritos pidiendo paz pidiendo patria / pidiendo aire verdadero” (Los celestiales). He aplaudido su sarcástico retrato del hombre poderoso, cuyo reino sí es de este mundo, donde él asienta sus “posaderas recias y bursátiles” (Apología del libre). He celebrado el modo en que ridiculiza el amor, entendido como ceremonia gris y reglamentada, con normas dictadas por la gazmoña moral imperante (Idilio y marcha nupcial). He apretado los dientes cuando nos habla de esos jóvenes de buena familia y comportamiento irreprochable que, pese a algún disculpable desliz momentáneo (fruto del ardor juvenil), terminan volviendo al sano redil burgués, como manda don Guido (El hijo pródigo). He notado la tristeza cuando sonaban los disparos que acaban con la vida de quien clama contra los poderosos y les recuerda la importancia pequeñita del ser humano (El profeta). He esbozado una sonrisa cómplice cuando nos repite, una y otra vez, el sintagma que tantas veces le dijeron sobre su inutilidad (Autobiografía). Y, por supuesto, he notado la saliva atascada en la garganta mientras ese incauto joven nos habla de su fervor marcial, dirigido por los manipuladores de siempre, por los ambiciosos de arriba, que inyectan odios y detentan banderas para cumplir sus objetivos (Tríptico del soldadito).

Gran libro. Gran voz. Un poeta que nos habló y que espera nuestros ojos para seguir hablándonos.

domingo, 26 de abril de 2026

Las inseparables

 


Cuando tenía 9 años, Simone de Beauvoir era alumna del colegio Adeline Desir. Y allí conoció a Elisabeth Lacoin, una chica inteligente y divertida con la que se sintió profundamente conectada, convirtiéndose en amigas. En esta novela póstuma, titulada Las inseparables, que leo en la traducción de María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego, la pequeña Sylvie Lepage (9 años) vuelve al colegio para el nuevo curso y conoce allí a Andrée Gallard. Ya no se separarán durante años: compartirán conversaciones, opiniones literarias, reflexiones sobre Dios, debates filosóficos, comentarios sobre chicos y sobre la vida en general. El vínculo entre ellas es fuerte, poderoso, inquebrantable. Y ni siquiera la aparición de Pascal, un joven profundamente religioso que se ha enamorado de Andrée, lo erosiona. Atormentada por las complejas relaciones con su madre, Andrée deja que Sylvie y Pascal se muevan a su alrededor, sin encontrar el camino adecuado para la felicidad, que parece estarle negada, sobre todo cuando la señora Gallard opine que debe trasladarse durante dos años a Inglaterra, salvo que Pascal acepte un compromiso matrimonial inmediato. El muchacho, indeciso, se niega a hacerlo, porque opina (eso dice) que la separación fortalecerá su vínculo y los protegerá de los pecados de la carne. ¿Qué siente Andrée, en medio de esas fuerzas que tiran de ella y amenazan con desgarrarla? ¿Y qué siente Sylvie, que lucha para que su amiga (¿solamente su amiga?) se case con el timorato Pascal?

Al principio, en la dedicatoria para Elisabeth Lacoin que abre la novela, Simone de Beauvoir escribe: “Si tengo esta noche los ojos llenos de lágrimas, ¿es porque ha muerto usted o porque yo estoy viva? Debería dedicarle esta historia, pero sé que no está ya en ninguna parte, y si me dirijo a usted aquí es como un artificio literario. Por lo demás, esta no es de verdad su historia, sino solo una historia inspirada en nosotras. Usted no era Andrée y yo no soy esa Sylvie que habla en nombre mío” (p.7). Al final, en el epílogo que acompaña a esta publicación, Sylvie le Bon de Beauvoir formula un interrogante crucial sobre su madre: “¿Cuál es ese sentimiento sin nombre que, con la etiqueta convencional de amistad, le abrasa el corazón aún sin estrenar, maravillado y en trance, sino el amor?” (p.120). No creo que sean necesarias más explicaciones para adentrarse con respeto y en total silencio en las páginas de este libro lánguido, triste y auténtico.

sábado, 25 de abril de 2026

Doce escenas cervantinas

 


Vuelve Santiago Delgado a este blog, que es su casa, de la mano de su deliciosa obra Doce escenas cervantinas, que publica la Fundación El Mural de Arte de Hernández Carpe y que se presta (así lo he entendido desde el principio y así lo he hecho) a ser leída en voz alta, como homenaje doble: al viejo maestro alcalaíno y al vigoroso prosista murciano. En estas páginas descubrimos a un Miguel de Cervantes dispuesto a la alegría de bailar una chacona (así lo confiesa en grata conversación con su personaje principal), aunque las fuerzas ya no lo acompañen en su vejez; a una Preciosa, gitanilla ilustre, que ofrece sus consejos a la sobrina de don Alonso Quijano para que consiga los amores del bachiller; a un agonizante novelista que, mientras se apresta a redactar sus últimas voluntades, trae a la memoria a Promontorio, el hijo natural que tuvo en Italia (convertido después en jesuita) y afirma haber sido “razonablemente feliz y razonablemente infeliz. Como todos vosotros” (p.25); a un Sancho Panza que muestra su admiración y su complacencia por el mundo de la música; a un Monipodio que defiende con buen tino su hermandad de pobres, frente al insaciable egoísmo acaparador de los poderosos (“Olvidados e ignorados estamos del Rey Nuestro Señor, y sabiéndolo nos valemos por nosotros mismos, sin que la república se resienta”, p.35); a una Dulcinea que, despojada del aburrimiento de ser musa etérea, reivindica su derecho a ser mujer de carne y hueso, con sus alborotos cordiales y su carne feliz; a un Sansón Carrasco que traslada el ataúd con los restos de don Quijote para inhumarlos en lugar desconocido, donde siguen, anónimos; y a otros personajes no menos conocidos y seductores del entorno quijotesco.

“Aún hay sol en las bardas”, escribe Miguel de Cervantes en el capítulo III de la segunda parte de su inmortal novela. Aún hay sol (mucho sol) en la pluma de Santiago Delgado, inagotable y proteico, al que siempre alegra leer y comentar.

viernes, 24 de abril de 2026

Paseo por la vida


 

Leo el libro Paseo por la vida, de Gabriel Vegara Gálvez, que me sorprende con sus versos cortos, rápidos, enigmáticos. Intuyo en ellos un buen número de claves personales (amorosas, vitales) que, como es lógico, no puedo desentrañar, porque pertenecen a la intimidad última del poeta. Pero su aroma me lanza sugerencias, me propone retos; y yo, como creo que hará cualquier lector del tomo, modelo mis conjeturas. Gabriel Vegara nos habla de mujeres que pertenecen a otro, y que apenas permiten la aproximación del extasiado; nos habla de nucas besadas y de abrazos conmovidos; de la juventud, con sus risas, músicas y paisajes que no podrán ser olvidados (“Elisabeth”); de la radiante luminosidad del sol (la palabra “sol” aparece en muchos de los sesenta poemas que tiene el libro); de la música de Leonard Cohen y el cine de Wim Wenders; de los homenajes que siente el impulso de dedicar a Rafael Alberti (“Quisiera ser…”), a la mitología grecolatina y san Juan de la Cruz (“Alma”), a María Cegarra y Miguel Hernández (“Luz de sur”).

En este juego poético de revelaciones parciales, pudorosas, incitantes, el poeta sugiere ámbitos en los que laten “profundidades que ocultan, que se abren y se cierran, que buscan y huyen”. Y me parece intuir casi siempre en sus versos una devoción juanrramoniana por decir la esencia, por acercarse al núcleo primordial del sentido, por ser exacto y apolíneo (aunque la lava palpite apenas se araña la tersa superficie de las palabras). De tal modo que leer este Paseo por la vida se convierte en un hermoso ejercicio de hermandad con el poeta; y, sobre todo, en un sugerente acercamiento a su muestrario de luces y sombras, a su abanico de sonrisas y lágrimas. Muy interesante.

jueves, 23 de abril de 2026

El amor que pasa

 


En diciembre de 1955, un sevillano que ha intercambiado un buen número de cartas con una muchacha catalana a la que no ha visto nunca en persona llega por fin a la localidad donde ella vive y se presenta ante su familia. La madre de la chica no tiene un buen concepto de los andaluces, así que el joven es recibido con ciertas suspicacias. El sevillano, que acarrea un largo historial de conquistas amorosas y que es aficionado a la poesía, el ciclismo, la manzanilla y la Feria de Abril, se encuentra de pronto en un ambiente donde todo se le antoja extraño; pero su empeño en lograr la mano de la chica es enérgico. Sabe que la ama. Sabe que quiere convertirla en su esposa. Sabe que logrará hacerla feliz. Está dispuesto a ponerlo todo de su parte para conseguir su propósito. Él se llama Antonio; ella se llama Claudina (no Maribel, como le decía en sus cartas). En El amor que pasa se nos cuenta el largo y complicado camino que los llevó a convertirse en marido y mujer y que los transformaría, tres lustros después, en padres de la escritora Care Santos.

Consultadas más de mil quinientas hojas de cartas, además de páginas inéditas escritas por sus padres en sus diarios, la novelista de Mataró ha reconstruido aquella historia de tenacidad, paciencia y amor, llena de meandros, ramas adventicias, complicaciones, avances y retrocesos, con novias abandonadas (Teresa) y novios soslayados (Pardo), con dificultades idiomáticas (Antonio se obstinaba durante los primeros meses de su relación epistolar en considerar el catalán un dialecto), con caracteres disímiles (jovial él, taciturna ella) y con graves decisiones que debieron ser tomadas en poco tiempo. Meticulosa y llena de cariño por ambos, Care aborda en estas páginas su prehistoria. Y confiesa que lo hace no solamente por ella misma, sino también “para los nietos del protagonista” (cap. “Cincuenta novias”). Por eso extiende su investigación hasta los abuelos y bisabuelos, a lo largo de pueblos, apellidos y provincias, en una confluencia de anécdotas y genes y riñas familiares y distanciamientos y casualidades, que irán conformando a la autora de estas páginas.

Care Santos nos ha contado, como digo, la historia de amor y vida de sus padres (“Escribir una novela es regalar una historia a quienes pueden amarla igual que tú”, dice en el capítulo “La vida”). Pero quienes no los conocimos, quienes somos esencialmente ajenos a esas existencias, recibimos su dibujo narrativo como un regalo, porque en realidad nos está invitando a que pensemos en nuestros propios padres, en aquellas anécdotas que creíamos olvidadas, en aquellas fotografías que conservamos y que ahora de pronto ansiamos ver de nuevo, en aquellas cartas o postales que quizá nos esperen en un viejo cajón o en una caja polvorienta. No sabemos quiénes fueron Antonio Santos y Claudina Torres, pero sí que sabemos quiénes fueron (en mi caso) Rubén Castillo y María del Rosario Gallego. Y la devoción de Care Santos, su excelencia como novelista, nos permite imaginar, sonreír o soñar durante el transcurso de la obra. Yo, además, he llorado como un crío con la escena final, cuyos detalles no voy a contarles, pero que son bellísimos y conmovedores. Gracias por contarnos su historia, Care. Gracias por contarnos la tuya. Gracias por contarnos la nuestra.

miércoles, 22 de abril de 2026

Poemas del hoyporhoy

 


Si leo en voz alta un libro de Mario Benedetti (como acabo de hacer con Poemas del hoyporhoy), dejando un minuto de silencio entre texto y texto, la mañana de jubilación se convierte en una mañana de júbilo. Creo que voy a repetir esa grata sensación muchas veces más, en los próximos meses, con él y con otros (y otras) poetas.

El volumen que acabo de terminar (compuesto entre 1958 y 1961) nos traslada reflexiones sobre la precariedad que siempre acongoja a los pobres (“La crisis”), sobre la feliz holganza consuetudinaria en que viven los privilegiados (“Los pitucos”), sobre la manipulación descarada y mentirosa que sirve para ganar elecciones (“Ese voto”), sobre las oraciones que no deberían quedarse en meros ejercicios de amnesia y resignación (“Un padrenuestro latinoamericano”) o sobre la amarga incomunicación que a veces dejamos que impregne las relaciones con nuestros semejantes (“Cinco veces triste”). Aprendo mucho con los poemas del uruguayo. Me emociono mucho con su sencillez y con el tono coloquial que sabe imprimir a sus versos, huérfanos casi siempre de puntuación. En su caso, se hace notoriamente verdad aquello que pregonaba Francisco de Quevedo: que escucho con los ojos a un muerto, porque tengo la sensación (fortísima, casi física) de que Benedetti me está hablando, que me dice sus palabras, que las susurra para mí.

Insisto: repetiré con más títulos del uruguayo. Llevo haciéndolo tres décadas; y ahora que dispongo de más tiempo, con más razón.

martes, 21 de abril de 2026

De cómo los turcos descubrieron América

 


Propone el brasileño Jorge Amado tres títulos posibles para esta obra. El primero es Los esponsales de Adma (que es el que, ciertamente, abre la narración); el segundo es De cómo los turcos descubrieron América (que figura en la cubierta del volumen); el tercero es De cómo el árabe Jamil Bichara, desbravador de selvas, de visita en la ciudad de Itabuna para aliviar tristezas, ganó allí fortuna y casamiento. Huelga decir que, con tan jocoso como desconcertante preámbulo, el lector se prepara para adentrarse en un relato donde el humor ocupe parte principal. Y así es. Pero (conviene advertirlo, en los tiempos actuales) también es un relato donde la “corrección política” brilla por su ausencia, porque se habla de hombres que salen de noche para frecuentar prostitutas, de la necesidad de mantener a las esposas a raya con un par de tortas a tiempo y de otras nociones que, lógicamente, no forman parte de lo más admirable del género humano. No obstante, insisto (como hace Jorge Amado) en la idea del humor como base de la narración: nos encontramos en un territorio alígero y bromista. Quien sea incapaz de aceptar ese punto de vista hará bien en no adentrarse en la obra.

Su eje argumental nos presenta a Raduan Murad, un fullero que llegó a Brasil en 1903 y que rehúye escrupulosamente toda actividad laboral, porque la base de su economía son los naipes (“No había trabajador más asiduo y puntual en mesas de póquer o de cualquier otro juego”, cap.2). Para ayudar a su amigo Ibrahim Jafet, dueño de un comercio que vive amargado por la destemplanza de su feísima hija Adma, planea convencer a su compadre Jamil Bichara para que acepte casarse con ella, a cambio de convertirse en el nuevo dueño del negocio de Jafet. Jamil, que es un hombre extremadamente aficionado a las mujeres con “tetas pequeñas, culos grandes, el pitisús prieto y cálido” (cap.3), se aviene a conocer a la muchacha, porque el negocio matrimonial puede resultar lucrativo. Y queda impactado negativamente por ella. “Feúcha, pero simpática, activa en el cuidado de la casa, gentil y atenta, de amena conversación; en definitiva: una solterona afable, cuyo único defecto fuera no ser bonita. Eso había pensado, pero se encontró con una estantigua, un adefesio de cara avinagrada y peores modos” (cap.12). Así que, para moderar tanto su amarga condición como su poca templanza, Jamil calibra que “Adma, para curarse, precisaba de inmediato los dos remedios, el rabo y una buena tunda, en dosis generosas” (cap.13). Aunque, viendo lo horrenda y áspera que es, quizá lo mejor sea aplicarle “poco badajo y mucho vergajo” (cap.14).

Imagino que, a estas alturas, ciertas personas que estén leyendo la reseña habrán fruncido el ceño y otras habrán sonreído. Les aconsejo que hagan lo segundo: es (lo repito y lo subrayo) un texto de humor, no un tratado de buenas costumbres. Jorge Amado no pretende aplaudir estos comportamientos, sino utilizarlos como base para un relato que, en su final, volverá a sorprendernos con más rizos de humor, hasta que todos los protagonistas (todos, sin faltar uno, se lo aseguro) queden felices y sonrientes.

lunes, 20 de abril de 2026

Encuentro en el abismo

 


Dos temas capitales se trenzan en las páginas de Encuentro en el abismo, del zaragozano José María Latorre: el nazismo y el satanismo. Dos temas, además (me adelanto a las cejas fruncidas del posible lector de esta reseña), que han sido objeto de uso y abuso en miles de libros. Es verdad, no habré de perder tiempo en desmentirlo. Pero creo que, al haberse concentrado más en el segundo que en el primero, el resultado narrativo, que podría haber sido banal, es bastante notable. Todo comienza cuando Fritz Hoffmann, hijo de un experto alemán en reliquias, se entera durante su infancia (1939) de la existencia del Bastón de Mando, un enigmático objeto de culto que, por lo que parece, tiene un origen ancestral y es buscado ansiosamente por los ocultistas nazis. Pero, de inmediato, el panorama novelesco (que no se antojaba demasiado apetecible con este arranque, por lo que tiene de manido e incluso de “adolescente”) da un giro cuando descubrimos a Fritz convertido en adulto e instalado en un pequeño pueblo de la costa de Madagascar, donde trabaja como submarinista. Su existencia es ciertamente gris, pero la llegada a la localidad de unos alemanes que vienen desde Argentina provocará que ese tono gris vaya poco a poco convirtiéndose en rojo: en concreto, por la sangre que comienza a verterse en su entorno.

Quien se adentre en sus páginas va a implicarse en la búsqueda de un objeto mágico (obviamente), pero también descubrirá un ambiente muy seductor para quienes amen el mundo submarino y una atmósfera fétida de rituales satánicos que le pondrán los pelos de punta (les recomiendo de forma especial el capítulo 8, donde el brujo Beshi ayudará a los protagonistas a enfrentarse al Mal en una secuencia tan aterradora como bien pautada). La mano que tenía Latorre para ese tipo de ambientaciones era magnífica. Compruébenlo.

domingo, 19 de abril de 2026

La bomba

 


Tres niños de unos diez años que juegan en las afueras de su pueblo encuentran, semienterrado, un enigmático objeto de metal. Y, siendo tres las miradas que recaen sobre el misterioso artefacto, tres son también las interpretaciones que este suscita: Ying Tao cree que es un resto arqueológico; Juan Pablo opina que se trata de un tesoro; Hamid lo sospecha una nave de origen extraterrestre. Pero el juego que Jordi Sierra i Fabra diseña para este libro se enriquece cuando descubrimos que Ying Tao, que vive en Asia y cuya familia trabaja en los arrozales, explica que sus mejores amigos se llaman Hu San y Koiko; y cuando descubrimos que Hamid, que vive en un territorio de Oriente Medio que ha sufrido muchas guerras y muchos cambios fronterizos, indica que los suyos se llaman Akim y Yaiza; y cuando descubrimos que Juan Pablo, habitante de una zona de América Latina donde los paramilitares y la guerrilla se matan entre sí, tiene como amigos a Edelmiro y Melinda. Es entonces cuando advertimos con admiración el alto valor simbólico del relato. Estos niños son todos los niños. Su aldea es cualquier aldea. La inocencia es cualquier inocencia. Y su amistad se llama concordia.

El autor, con modestia encomiable, subtitula la obra con el rótulo de “Una fábula en tres dimensiones”; pero tampoco resultaría disparatado ampliar ese marbete para calificarla de “Una alegoría en cuatro dimensiones”, porque su lección fue verdad, es verdad y lo seguirá siendo en el futuro. Es decir, que su espíritu incorpora el tiempo. Da igual hacia dónde se dirija la mirada, da igual el rincón del mundo en el que fijemos los ojos: la barbarie, el horror, el sinsentido jamás tendrán justificación cuando sieguen vidas humanas. Así que esta narración de amistad, candor, ilusiones y sosiego adquiere un alto brillo mientras la leemos. Ahora bien, al lector le espera una gran pregunta, que recorre e ilumina toda la parte final de la novela: ¿cómo se convierte una bomba, terrible y destructora, en objeto de inspiración (Ying Tao), súplica (Hamid) o esperanza (Juan Pablo)? Esa parte, y discúlpenme si les dejo con la intriga, me gustaría que la descubriesen por sí mismos.

sábado, 18 de abril de 2026

Nómada

 


Tengo este poemario de Juan de Dios García desde el mes de enero de 2009, que fue cuando lo leí por primera vez. Mi blog era apenas un proyecto al que entonces no dedicaba demasiada atención, así que ahora, cuando ya estoy jubilado y reviso qué libros amados deseo releer, Nómadas aparece entre los primeros. Y, por un prodigioso milagro de la poesía, vuelvo a escuchar la voz de este cartagenero al que admiro.

Desde su composición inicial, Juan de Dios nos explica: “Voy a construir un libro / para quedarme a vivir dentro”. Y desde luego que lo consigue, porque todos los esplendores y todas las magias están contenidas en él: está Jorge Luis Borges (no solamente en la composición “Visión en el lago Lemán”, sino también en el espíritu de “Tareas de un escéptico”); está Vladimir Nabokov (a través de los ojos de un poeta tumbado en la piscina); están la música de Miles Davis, la de Beethoven, la de Schumann y la Marcha Radetzky; están los paisajes de una tierra de volcanes, París y Manila, las colonias africanas, una capilla de Évora y una copa de vino que acaricia los labios junto al mar, que prodiga “la muerte sucesiva de las olas”. Todo eso, convertido en palabras y en luces, nos lo da el escritor en sus versos, que fueron galardonados (con toda justicia) en el XIII Certamen de poesía María del Villar.

Me deslumbraron en 2009 y ahora, diecisiete años después, descubro con alegría que siguen maravillándome. Qué hermoso es poder sentirlo. Y contarlo.

viernes, 17 de abril de 2026

La trama oculta

 


Vuelvo a acercarme, después de tres meses, a otro libro de José María Merino: La trama oculta. Es un volumen de relatos en el que advierto ciertos altibajos (unas historias me han entusiasmado; otras me han parecido menos brillantes), pero que he leído con el interés de siempre y con el aplauso general de siempre. Diría que lo más notable de este volumen es su condición de abanico: es decir, el modo en que cubre un amplio surtido de temas (la venganza, el erotismo, las delgadas fronteras entre el sueño y la vigilia, el vampirismo, el desamor, lo fantástico), de tal modo que resulta muy difícil no sentir y valorar la musculatura narrativa del autor gallego.

Ese chico que, dominado por la voluntad tiránica de un amigo, decide esperar su oportunidad para vengarse de él; el estudiante que, durante un verano de estudio obligatorio (debe aprobar en septiembre), descubre el mundo del sexo gracias a una mujer madura; un cuadro de Véneto que queda asociado, en una familia, a la muerte de varios de sus componentes; la forma en que afecta el supuesto fin del mundo anunciado por el calendario maya a Nina, una adolescente que sufre los golpes simultáneos del desengaño amoroso y del triste ingreso hospitalario de su abuelo; las tribulaciones del gordo Julio, que consigue encandilar a una turista extranjera gracias a la cecina; el anciano que cuenta historias durante un largo viaje en tren; los misteriosos crímenes no resueltos de un hombre que degolló a varias personas; la fuerza oscura que desencadenan dos primos, tras hallar en el fondo de una poza una figura inquietante; el enigmático peregrino que cree ser Aymeric Picaud (un monje del siglo XII) y que, al final, desaparece entre la niebla tras regalar al abuelo del narrador un viejo dinar de oro; el octogenario viudo que, irascible siempre con los pequeños errores de su esposa, ahora sueña con otra mujer que lo atiende… y sigue reproduciendo con ella sus explosiones de mal carácter. Son tantas las posibilidades que el coruñés nos facilita que resultaría fatigoso dejar constancia de todas en esta breve reseña. Pero sí dejaré anotada mi admiración por su prosa, que crece con cada libro suyo que voy incorporando a mi Librario. Bendito sea. Y por muchos años.

jueves, 16 de abril de 2026

Las gratitudes

 


Puede resultar paradójico, pero dar las gracias es uno de los acontecimientos más raros que el ser humano puede protagonizar. No me refiero a dirigirse con respeto y amabilidad a un camarero, a un profesor, a un vecino, a cualquier comerciante. Todo eso son, aunque admirables, puras fórmulas sociales. Aludo más bien a la ceremonia de mirar a los ojos de la otra persona, tragar saliva y decir “gracias” con sílabas que salgan del corazón, y no de la garganta. El ritual de decirle, con voz conmovida, que es importante para nosotros, y que nos sentimos en deuda con ella, y que queremos decírselo para que tenga constancia de esa maravilla y de ese milagro. La escritora Delphine de Vigan reflexiona sobre ese asunto en su novela Las gratitudes, poblada por personajes que, de un modo u otro, sienten ese noble y humanísimo impulso. Su protagonista es la anciana judía Michèle Seld, a quienes sus íntimos llaman Michka. Después de una niñez atribulada (su madre la tuvo que entregar en custodia a unos campesinos para proteger su vida, a finales de la Segunda Guerra Mundial), ahora es una mujer herida por la senectud, que le ha provocado afasia. Marie, una mujer que vive en su mismo edificio y que se ha criado a su lado (Michka la ha cuidado como si fuera su hija), consigue que sea ingresada en un centro geriátrico, donde la trata el pedagogo Jérôme (quien no se habla con su padre por un incidente familiar antiguo). Todos ellos quieren manifestar su gratitud a alguien, todos sienten que una deuda emocional hondísima debe quedar resuelta antes de que la muerte cercene su respiración. Y eso es todo. No creo necesario estropearles el disfrute aportando más detalles sobre el espíritu o la trama de la obra: lo dejo en sus manos. Créanme que se van a conmover.

Sí que añadiré dos notas: la primera, que el modo simpático en que Michka utiliza palabras erróneas en sus frases me ha hecho recordar La tesis de Nancy, de Ramón J. Sender (con la diferencia de que, en la obra de De Vigan, el humorismo es más melancólico que hilarante, porque evidencia el deterioro cognitivo de la protagonista); la segunda, que estas páginas me han permitido cambiar la imagen negativa que mi anterior lectura de esta autora me deparó (lo cual me alegra, pues me anima a seguir explorando otros libros suyos). Me alegra rectificar mi juicio.

miércoles, 15 de abril de 2026

La última bestia


 

Resulta muy fácil, demasiado fácil, destrozar una vida. Sobre todo, cuando cinco mastuerzos embrutecidos por el alcohol deciden terminar las fiestas del pueblo violando de forma grupal a una chiquilla asustada que ha acudido a la verbena sin que su familia lo sepa. Y resulta también muy fácil, demasiado fácil, suponer que el paso de los años terminará por curar las heridas físicas y emocionales de esa chiquilla, convertida ya en una adulta que vive a centenares de kilómetros. Pero no es así. Algo tan abominable, tan asqueroso, tan infame, no puede ser borrado del cerebro y del corazón, por mucho que los calendarios sigan fluyendo y por mucho que la memoria se obstine en suprimirlo del alma. Blanca, la sobrina del párroco de Calixe (Galicia), lo sabe muy bien. No importa que ahora trabaje como doctora en Cataluña. No importa que hayan transcurrido tres décadas. No importa que la anestesia parezca haber adormecido sus miembros. Bastará que unas imágenes le muestren de nuevo a uno de sus agresores (el único al que pudo ver con nitidez, en medio de la oscuridad de aquel bosque, en el verano de 1989) para que se reactiven el dolor, las lágrimas, el asco… y los deseos de venganza. Si aquellos cinco energúmenos, aquellos cinco desalmados, aquellos cinco salvajes, no tuvieron piedad de su inocencia, y la profanaron, y la vejaron, y la usaron como si fuera un objeto, ¿por qué ha de perdonar, por qué ha de olvidar, por qué ha de conformarse con la rabia estática? Ahora es una mujer fuerte, que dispone de vigor y de recursos, así que es la hora de emprender la cacería.

Con esta novela dura e inquietante, Josan Mosteiro consigue que nos removamos incómodos en el sillón, mientras asistimos a un elaborado plan de venganza (o de justicia: que cada lector(a) decida qué etiqueta adjudicarle) donde proliferan las asfixias, las amputaciones y la sangre, que mantiene en vilo la respiración de la persona que tiene el libro entre sus manos. Aquellos nauseabundos jóvenes que utilizaron la fuerza y las amenazas para someter el cuerpo de una niña temblorosa ahora ejercen profesiones respetables, porque la vida puede ser así de paradójica, pero Blanca no está dispuesta a permitir que la amnesia borre sus culpas y se mostrará implacable en su aniquilación.

Esta segunda entrega de las aventuras de la periodista Asunta Loureiro no dejará que convirtamos La última bestia en una novela inofensiva, sino que nos obligará a reflexionar sobre los límites entre la justicia y la venganza, entre la culpa y el perdón, llevándonos a la gran pregunta: ¿tiene razón Blanca al actuar del modo en que lo hace? Decidan ustedes. Tras haber leído su novela juvenil La guerra de Nico, que obtuvo el premio Edebé y que reseñé aquí en mayo de 2024 ( https://rubencastillo.blogspot.com/2024/05/la-guerra-de-nico.html), he querido conocer otra vertiente de este escritor, Josan Hatero, que cultiva el thriller bajo el seudónimo de Josan Mosteiro. No será mi último acercamiento a sus libros.

martes, 14 de abril de 2026

Rimpianto

 


Un mismo destino une a los malos estudiantes y a los buenos novelistas: suspender. Los primeros, porque su escaso caudal de conocimientos no les permite alcanzar el éxito en los exámenes; los segundos, porque con la brillantez de su prosa son capaces de anular en la mente del lector la sensación de tiempo y, sacándolo de su circunstancia (como diría Ortega y Gasset), lo instalan en otro ámbito. Pedro Antonio Martínez Robles, viejo conocido para quienes se pasean por este blog, ha demostrado en Rimpianto que pertenece sin ningún género de dudas al segundo bloque y que es un maestro a la hora de suspender. Porque basta leer unas pocas páginas para que nos sintamos en un mundo perdido, a la vez lejano y cercano, que el escritor de Calasparra quiere recuperar a través de la especulación, de la memoria y del auxilio de unos manuscritos (reales) guardados por el protagonista, Antonio Arcadio de la Esperanza Robles Pérez, un tío suyo.

Volvemos a la guerra civil de 1936 y encontramos allí a un muchacho que opta por combatir al lado de la República y que, cuando el final de la contienda lo impregna de derrota, debe salir de España y queda confinado en diversos reductos de concentración en Francia. Nada excepcional en aquellos años. El chico (y esto tampoco resulta excepcional) está enamorado de una muchacha (Elena), con la que se comunica de forma dificultosa a través de cartas tangenciales y más bien crípticas, que consiguen burlar a medias los mecanismos de la censura postal. El aliento de ese amor lo mantiene vivo, le suministra fuerzas para seguir, cifrándolo todo en una ilusión: poder reencontrarse con ella y comenzar una vida juntos. Fíjense qué fácil. Fíjense qué humano. Fíjense qué comprensible. Pero la crudeza de la situación española incluía padres encarcelados, hermanos hambrientos y escasas posibilidades de salir adelante para una mujer joven y bonita, salvo que aceptase ciertas salpicaduras que implicaban la humillación y el bochorno, el descrédito y la ignominia. Si quiere que el brillante abogado don Emilio Pagán libre de la cárcel a su progenitor, Elena tendrá que aceptar miradas melosas, y manos en el hombro, y piropos interesados, y llaves que no querría haber cogido. Lógicamente, las noticias vuelan; y Antonio (quien sigue rodeado de alambradas en suelo francés) sentirá el desgarro de la traición y de las lágrimas.

La vida sigue, claro está, porque es su obligación terca, pero nada volverá a ser lo mismo en el alma de Antonio, que paseará su desolación a lo largo de países y décadas, incapaz de conseguir la dicha, hasta que su sobrino lo conozca en 1972, regresado de su exilio para morir en su casa natal, afectado por una cirrosis hepática. Ese narrador (que no es otro que Pedro Antonio Martínez Robles) dice que ha intentado con respecto a su tío “la reconstrucción de un puzle, no tanto la que fue su vida, sino la que pudo ser y no fue” (p.225). Exactamente es así. Dolorosamente es así. Porque la guerra civil (y también la larga y cruda postguerra) fue eso: un escenario de millones de vidas erosionadas, deshechas o heridas. Una larga y poliédrica humillación conformada por miles de pequeñas humillaciones. Un largo silencio poblado de silencios.

Permítanme que calle aquí, y que les deje a ustedes adentrarse por sí mismos en esta brillante y cautivadora novela que los llevará hasta Labécède-Lauregais, hasta Castelnaudary, hasta Agde, hasta Céret; que los llevará a conocer a doña Úrsula (la Vieja Loba), a don Rómulo Vergara, a Panadés, a Marcela, a Renée; que los moverá a la rabia, la compasión, la tristeza y la melancolía; que les permitirá sentir frío, bajar por silenciosas escaleras de caracol, leer viejos cuadernos y respetar el silencio de ancianas que recuerdan. Verán ustedes el modo en que muchas personas y familias pasaron en aquel tiempo “de la promesa de una incipiente felicidad a la atrocidad desoladora de ver el futuro teñido del negro más absoluto” (p.286); y comprenderán por qué el autor dice que lleva años sintiendo con respecto a esta historia “una sensación de deuda familiar y afectiva que me creo en la obligación de saldar” (p.379). Rimpianto es un libro majestuoso e inolvidable, que nos reconcilia con las historias terribles, verdaderas y amargas que tienen que ser contadas y que tienen que ser leídas.

lunes, 13 de abril de 2026

Falso movimiento

 


Recuerdo una película que vi hace muchísimos años. No guardo memoria del título, ni del argumento, pero estaba protagonizada (eso sí lo sé) por un personaje que, durante una noche entera, iba dando tumbos por la ciudad, adentrándose por callejones oscuros, visitando garitos infectos y deambulando por avenidas desangeladas. Se cruzaba con prostitutas, con posibles rufianes, con posibles drogadictos, con posibles locos. Al amanecer, volvía a su puesto de trabajo. Era algo así, muy surrealista y muy cenagoso. Te dejaba un evidente mal cuerpo. Y es una sensación que he recuperado desde las primeras cincuenta páginas de la novela Falso movimiento, de Alejandro Gándara: Fran, un abogado que defiende a mafiosos y que tuvo una juventud jaranera y alcohólica, busca ahora a su hija de quince años por las calles de Madrid. No sabe dónde está. Solamente tiene la nebulosa información de que ha salido con su novio Chapi y que desde hace varias horas debería estar en casa. Incapaz de convencerla para que vuelvan junto a su madre, Fran emprende con su hija una búsqueda extraña en busca de su novio, que los lleva por pensiones de mala muerte, suburbios llenos de basura y locales clandestinos. Sumidos en la fiebre de ese rastreo, Carlota verá con asombro cómo su padre incurre en allanamientos de morada, emplea los puños contra camareros poco dispuestos a colaborar, la abofetea, roba un vehículo haciendo un puente, compra droga para sonsacarle información al vendedor y, por fin, usa un nombre falso para penetrar en la guarida del lobo… “Toda la noche”, se lee en el capítulo 16, “había sido un viaje hacia lo que no conocía, pero que existía”. No les revelaré lo que sucede en las últimas páginas, pero les aconsejo que se preparen para todo, porque ni nos encontramos ante una novela juvenil (que aparezca en la colección Gran Angular de SM es chocante), ni tampoco ante un texto donde la violencia o la angustia sean adornos puramente argumentales. El capítulo final les va a permitir entender las motivaciones, más psicológicas que adrenalínicas, del personaje protagonista.

Gándara nos instala en un territorio hostil, vertiginoso, desagradable, por el que resulta muy incómodo transitar, pues nos saca de eso que algunos llaman “la zona de confort” y nos recuerda que hay otros mundos, ríspidos y vomitivos, no muy lejos de donde habitamos. Muy bien hecha, pero también muy desasosegante.

domingo, 12 de abril de 2026

El secreto de Gabriela Salazar


 

Conozco desde hace años la historia de las ratlines, es decir, las rutas que usaron los nazis para escapar de la justicia y obtener una inadmisible impunidad (que gobiernos como el de Juan Domingo Perón en Argentina o el de Francisco Franco en España contribuyeron a mantener). También he leído bastante sobre la turbia connivencia del Vaticano, algunos de cuyos altos jerarcas (como el obispo Alois Hudal) apoyaron, encubrieron o fomentaron la huida de execrables criminales de guerra. Y, por supuesto, soy consciente de que Bariloche (Argentina) o Marbella (España) se convirtieron en paraísos terrenales para estos monstruos. Así que adentrarme en las páginas de El secreto de Gabriela Salazar, de César Mallorquí, no me ha sorprendido “informativamente”; pero sí que me ha embriagado desde el punto de vista literario, porque me encantan las historias intrigantes y bien contadas. Y esta participa de ambas cualidades.

En este tomo fascinante se nos invita a que ordenemos las piezas de un puzle que se extiende en el espacio (Argentina, Suiza, Alemania, Austria, Italia, España, Israel) y en el tiempo (desde 1952 hasta la segunda década del siglo XXI), con una historia que gira alrededor de un misterioso cuaderno de la Ahnenerbe, la hedionda organización creada por Heinrich Himmler, que permanece en paradero desconocido y en el cual se consigna una información que podría servir para crear el Cuarto Reich. En ese punto, algunos lectores suspicaces podrían estar alzando las cejas y preguntándose si nos encontramos ante la típica novela juvenil o conspiranoica, de trucos efectistas y naipes tramposos. La respuesta es rotunda: no. Hay en esta fascinante narración muertes, hay venganzas, hay personajes que cambian de identidad, hay servicios secretos, hay abominaciones y hasta comportamientos nauseabundos, sí; pero también mucha información histórica, muchos (inquietantemente muchos) sucesos reales, que Mallorquí maneja con habilidosa eficacia narrativa. Vamos a asistir a un relato donde proliferan los nazis, evidentemente, aunque no menos crucial será la presencia en sus líneas de los ustachas, de serbios y croatas, de las instalaciones del Mossad, de millonarios de la Costa del Sol, de ministros de la España franquista, de policías aduaneros que se dejan corromper, de monjes que prefieren olvidar. En suma, una novela en la que los apellidos Reinhardt, Salazar, Campbell, Hauser, Gruber o Shahar inundarán sus retinas y les provocarán más de un escalofrío. Acudan a ella sin dudarlo.

sábado, 11 de abril de 2026

Oppi, una obsesión


Todo es extraño y cambiante en el mundo del adolescente Navarro: su padre no está en casa, su madre y él deben cambiarse de edificio (porque van a dinamitar el bloque en el que ahora viven), sus amigos del instituto son peculiares (incluido El Patinador, que nunca va a pie)… Y de pronto, un día, entra en clase como una tromba una chica nueva apellidada Oppi. Nadie sabe nada de ella. Viste de forma cambiante. Es guapa. Es desenvuelta. Y también encandila: sobre todo cuando, una tarde, detiene su moto Honda junto a Navarro y se ofrece a llevarlo hasta su destino. El problema vendrá cuando, al día siguiente, el profesor que les da la asignatura de matemáticas, apellidado Espada, entre en clase diciendo que le han robado la moto: es una Honda. Navarro traga saliva y siente que el pánico lo invade cuando el profesor anuncie que va a entrevistarse personalmente con cada alumno del aula para ver si disponen de información sobre ese robo. Navarro no puede quitarse del cerebro una sospecha: que Oppi es la culpable del delito, sobre todo porque Espada le puso un cero en su asignatura.

A partir de entonces se inician unos días turbulentos en los que la cabeza de Navarro (que, según se dice al final de la novela, terminaría siendo escritor) no deja de girar y atormentarlo. ¿Qué ha de hacer? ¿Cómo procede comportarse? ¿A quién debe tributar su fidelidad: al profesor (que siempre ha sido amable con él) o a Oppi (de quien se ha enamorado irremisiblemente)? Elegante en el desarrollo de su narración, el granadino Justo Navarro nos regala una historia intensa y cercana sobre los amores adolescentes, los caprichos del azar y los misterios que encierran, en ocasiones, las personas que se encuentran a nuestro alrededor.

viernes, 10 de abril de 2026

Paraíso


 

Hace diez años apareció ante mis ojos la figura literaria del sevillano Javier Mije, con su libro El camino de la oruga, que me pareció espléndido (https://rubencastillo.blogspot.com/2016/01/el-camino-de-la-oruga.html); y ahora su nombre vuelve a mis manos con el volumen Paraíso, que edita La isla de Siltolá y que, desde su primera propuesta (“¿Para qué están los días?”), te deja temblando gracias a su personaje protagonista, una mala bestia racista, sexista y desagradable en su trato con los demás. A continuación, cuando aún no has tenido tiempo de recuperarte, te sorprende el catálogo de frases hechas que se alinean bajo el rótulo de “Cómo hacer que te pasen cosas buenas”, y entonces la cabeza te explota y te dices: “Madre mía, madre mía”. Tienes claro que vas a leerte el libro de un tirón.

Así ha sido, en efecto, y he podido encontrarme con textos para la reflexión en silencio (“Gente”), para llorar (“Bolsas”), para disfrutar de la belleza inmarcesible de su conclusión (“Fototropismo”), para sonreír con sus parodias localistas (“Agenda cultural”), para asombrarse de cómo ilustra bellamente el final de un amor (“A-92”), para ver cómo juega a reformular refranes célebres (“Proverbios y pesares”) o para disfrutar de su humor agridulce (que tal vez sea más bien acrimonia lúcida), aplicado a la literatura (“La primavera de las escobas”), el sexo (“La condena”), la anatomía lírica (“Corazón”) o la codicia comercial (“A-4”). Y qué decir de sus maravillosas secuencias anafóricas o sus enumeraciones caóticas (como las que aparecen en “Benditos”, en “Dios” o en la bellísima “Nobel”), cuyo sentido descubrimos al final o con una lectura atenta. O de la entrada que da título al libro, maravillosa y digna de releerse mil veces. Tantas posibilidades. Tantas propuestas distintas. Tantos aciertos.

En la contraportada dice que son “cien relatos, cien destellos de realidad”. No es mala etiqueta. También podría haber dicho que nos encontramos ante un libro de filosofía, porque, en lo profundo, Paraíso es esencialmente eso: un tratado hondo, inteligente y reposado sobre la especie humana, sobre sus quebrantos y sus miserias, sobre sus salvoconductos y sus glorias, sobre el ayer y sobre el porvenir. Leer estas páginas regala horas de reflexión y sabiduría: no es pequeño éxito, en el mundo en que vivimos. Búsquenlo: es maravilloso.

jueves, 9 de abril de 2026

Unas gafas de Pla


 

Nada más abrir este libro, nos dice el jienense Antonio Muñoz Molina que el ritmo de las películas de Eric Rhomer se caracteriza por su “lentitud vegetal” (p.11); y, en el último de sus textos, asegura que admira la “exactitud de cristalografía” (p.322) que tiene la prosa de Josep Pla. Creo que con esos ejemplos, que sirven como arranque y como conclusión de la obra, se entenderá perfectamente mi constante adoración por el escritor de Úbeda, quien busca y encuentra siempre el adjetivo, el sustantivo o el verbo más elegantes, lúcidos e inesperados, con el rigor de un tallista de diamantes. Lo puede comprobar cualquier persona que se adentre en sus libros: da igual que esté escribiendo relatos, novelas o artículos de prensa. Muñoz Molina no descuida jamás el estilo, la forma de la escritura, el léxico y la sintaxis. Eso lo convierte para mí en admirable ejemplo. Pero es que, además, comparto siempre el fondo de lo que dice: su moderación a la hora de juzgar, su templanza a la hora de definir, su disciplina de la gratitud (es un lector que guarda fidelidad amable a quienes lo han nutrido desde la infancia), su análisis calmado de todos los temas que aborda (desde el terrorismo hasta la envidia, desde el comercio de reliquias hasta la personalidad de los tiranos que han sembrado de muerte y barbarie el siglo XX). Y esa continencia prudente no la abandona ni siquiera cuando se defiende de los insultos que recibe o de las biliosas críticas que lo atacan por motivos extraliterarios (aquella penosa ocasión en que Camilo José Cela y sus palmeros lo atacaron con “mala leche profesional, conspiradora y bronquítica”, por creerse en posesión de todos los derechos para que nadie les hiciera sombra, Muñoz Molina se limita a responder: “Nos cabe la tranquilidad de que ninguno de nosotros es un genio, alivio grande en un país tan superpoblado de ellos”).

Añadamos un detalle más, para que se entienda lo agradable que ha sido leer Unas gafas de Pla (que me regaló Marta, mi mujer, con motivo de mi jubilación): es el libro más bello que he tenido nunca en las manos. Bello como objeto, quiero decir: ocho centímetros de alto, seis centímetros de ancho. Poco más que una caja antigua de cerillas. Pero qué caja, oigan. La tocaré de vez en cuando, por puro deleite sensual. Y le sugiero que se animen a hacer lo mismo.

miércoles, 8 de abril de 2026

La vida entre paréntesis

 


Me duele haber leído La vida entre paréntesis, de José Cubero. Y me duele, sobre todo, porque sus páginas me han permitido acceder a rincones tristes del alma de Pepe, a quien llevo años leyendo con interés y con aplauso. He sabido aquí de sus cefaleas y migrañas monstruosas durante años, de su constante sensación de amargura (porque el trabajo en el banco le parecía estéril, rutinario y castrador), de su duda perpetua sobre la posibilidad de publicar alguna vez un libro. Esas sensaciones, reiteradas y guadiánicas, llenan de aflicción y de pesadumbre este volumen, este diario sin fechas, donde el prosista se queja de su insatisfacción laboral (véase, sobre todo, el texto titulado Desesperación), recuerda su infancia (auténtico paraíso perdido que, ahora que es un “adulto adulterado”, añora y trata de reconstruir, porque tiene claro que “solo se es auténtico de niño; solo se es un vividor de la vida en la infancia. Todo lo demás es máscara o traición”), nos explica que prefiere los climas suaves (“Siempre he vivido al sur de la nieve”), nos detalla sus pasiones literarias (Paco Umbral, Franz Kafka, Fernando Pessoa, Henry Miller, Ignacio Aldecoa, Juan Ramón Jiménez, Jorge Manrique, Anaïs Nin) o reconoce la forma en que lo ha golpeado siempre el tedio existencial (“Uno ha sido maestro en aburrimientos, doctorado en la idiotez de no saber qué hacer con las horas, del marchitarse, día tras día, en una habitación solitaria”). Pero tampoco descuida informarnos de sus problemas físicos, centrados en la vista (“Un ojo anda averiado con las lejanías y el otro se desmaya en los primeros planos”) y en los ya mencionados dolores craneales, que lo atormentan sin que la farmacopea consiga aliviarlo de forma adecuada (“Mi cabeza es infeliz, decadente, demencial. Siempre está recreándose en cefaleas y migrañas, en enfermedades ocultas que obligan al cuerpo a una continua pasividad, a un arrinconamiento, a una debilitación enfermiza y fatalista”). Y, frente a la figura de Pepe, dos seres que, situados a su alrededor, polarizan su interés: su padre (a cuya larga agonía asiste impotente) y su hijo (a quien desea proteger de todo peligro y de todo error).

Páginas duras, descarnadas, sinceras y dolientes, en las que este fabuloso prosista extremeño-murciano-catalán aborda la difícil tarea de desnudarse, de reconocer sus debilidades (“Las noticias de mi corazón, de lo más profundo de mi corazón, son la tristeza congénita y la inseguridad. Siempre he sufrido de tristeza o de congoja”). Léanlas con admiración y con respeto. Se lo merece.

martes, 7 de abril de 2026

Coloquio de invierno

 


Traten de situarse en el inicio del año 2021. Si su memoria es buena, recordarán que muy pocas horas después del día de Reyes, una borrasca descomunal (a la que tuvieron la ocurrencia o la pachorra de ponerle el nombre de Filomena) penetró en la península ibérica y ocasionó fortísimas nevadas. Lo que no sé si saben es que un grupo de personas quedó aislado en un hotel rural y, para distraer el paso de las horas, decidieron contarse historias las unas a las otras. Así arranca el último libro de Luis Landero, que se titula Coloquio de invierno y que reconoce desde sus primeras líneas el entronque y la deuda con el Decamerón de Giovanni Boccaccio, pero que se diferencia del modelo italiano en la cohesión que los diálogos de los personajes generan, hasta convertir el conjunto en una novela, y no en meros relatos con marco.

Algunos de los protagonistas se adscriben al juego con más entusiasmo; otros, con más renuencia. Unos son más verbosos; otros se decantan por el laconismo. Pero la magia del buen narrar (esa que siempre exhibe Landero) preside todas las páginas y nos encandila. El doctor León nos deleita con la tormentosa relación entre Monroy y don Claudio, en medio de los cuales se encuentra Valeria. El ferroviario Orozco nos explica con detalle cómo, el mismo día de su boda, se vio inmerso en una situación extrañísima, a la que se aferró para no contraer matrimonio. Tomás, periodista, nos cuenta cómo conoció a un hombre que, tras años de “normalidad” (social, laboral, doméstica), dio en la inesperada idea de abandonarlo todo e instalarse en un banco público, con un perro, al modo de los mendigos urbanos. Otro de los narradores provocará nuestras carcajadas cuando nos ofrezca el relato de aquel hombre que, sentado en su lecho nupcial tras la celebración de sus esponsales, emitió para sorpresa de su esposa tan estruendoso y desgarrador pedo que, abochornado, provocó su huida hacia La India.

El personaje de Santos lo resume muy bien, casi al final de la obra: “Todas las historias que hemos contado, sean o no de amor, tratan de lo mismo, de la entrecana zona media y de cómo la vida está hecha de momentos”. Es verdad. La conclusión es esa: que nuestras vidas se vertebran sobre dos o tres episodios (el número puede ser mayor) que nos conformaron como somos y que determinan nuestro carácter, nuestro destino. Esos puntos de inflexión pueden ser gozosos o lamentables, tristes o alegres, dignos o viles, voluntarios o inconscientes; pero constituyen jalones en nuestro vivir. Landero, vertiginosamente brillante en su prosa, también demuestra serlo en su percepción sobre el ser humano.

lunes, 6 de abril de 2026

Noche de voraces sombras

 


Se ha dicho muchas veces que la guerra civil de 1936 es un “tema” del que se ha abusado y que difícilmente genera historias y libros que aporten novedades. Me permito discrepar de ese dictamen y lo haré con una consideración más amplia: si llevamos hablando y escribiendo del amor o de la muerte desde hace tres mil años, ¿acaso resulta razonable suponer que ochenta han bastado para extenuar las posibilidades de una guerra, con su millonario catálogo de amores truncos y muertes terribles? Creo que la respuesta es evidente. Centenares de miles de vidas (y luego millones, con el paso de las décadas) se vieron afectadas por aquel bélico disparate, que seguirá sirviendo como punto de reflexión y de literatura durante muchísimo tiempo.

En 2003, el gallego Agustín Fernández Paz publicó Noche de voraces sombras, que ahora disfruto en la traducción de Rafael Chacón y que explora otro ángulo de aquella guerra: el modo en que un antiguo maestro (Ramón Peña) terminó en la cárcel por sus ideas, perdió al amor de su vida (Sara Salgueiro) cuando ella tuvo que huir hacia Buenos Aires y, sordo como consecuencia de un golpe, tuvo que sobrevivir el resto de su vida trabajando como carpintero. Pero el modo en que esa historia nos es contada incorpora tintes de ultratumba: su espíritu se aparece a una descendiente suya (que fue bautizada con el nombre de Sara) para que, registrando su habitación, descubra papeles, cartas y un diario, donde se insinúa que debe buscar algo (“algo” que la persona que está leyendo también ansía conocer) en la diminuta isla de San Simón, donde estuvo preso.

Con un relato donde se mezclan los episodios fantasmales con las reflexiones sobre el horror que genera el odio y la necesidad de mantener firmes y puras nuestras ideas, Fernández Paz dibuja una novela falsamente juvenil, porque su público es mucho más amplio: el de todas las personas que quieran comprender la infinita amargura que una guerra depara a quienes son avasallados por ella.

domingo, 5 de abril de 2026

El hijo del acordeonista

 


Es una vieja lista de nombres que David Imaz lee en un cuaderno, donde aparece la imagen de un gorila: “Humberto, Goena el viejo, Goena el joven, Eusebio, Otero, Portaburu, los maestros y el americano”. Podemos leerla en la página 159 de esta novela; pero también en la 161, y en la 163, y en la 166, y en la 168, y en la 179, y en la 182, y en la 194, y en la… ¿Es realmente necesario que continúe? Sospecho que la idea queda bastante clara: ese agrio martilleo de nombres reproduce el martilleo que se repite también al leerlos en la mente de David, el hijo del acordeonista. Porque, según ha podido saber, son las personas que fueron fusiladas en Obaba al comienzo de la guerra civil de 1936. Y el cuaderno donde están anotados los nombres perteneció a su padre, que ahora es amigo y socio de los fascistas que ganaron la guerra. El muchacho apenas puede tragar saliva: ¿acaso su progenitor fue cómplice de aquella iniquidad? ¿O directamente fue un asesino?

Convertido ahora en padre de familia, y viviendo en el rancho de Stoneham (en California), David recibe la visita de un viejo amigo de infancia, Joseba, que es escritor, y pone en sus manos un texto que ha ido componiendo lentamente. En él reconstruye buena parte de su pasado: los paisajes de Obaba, sus amores de juventud, su compromiso con el mundo independentista vasco, las personas que lo rodearon en aquel mundo de “campesinos felices”, su relación con las fuerzas vivas del pueblo (Berlino, el coronel Degrela) y, sobre todo, los enigmas que en aquel tiempo quedaron sin resolver. Joseba recibirá esas páginas y, si así lo estima oportuno, podrá retocar algunos de sus aspectos para convertirlas en un libro, en el agridulce memorándum de un mundo y de una época que los marcaron indeleblemente. Con la experiencia que tiene desde que compuso su primera obra (con el seudónimo de “Garmendia”), seguro que el resultado es magnífico. En ello confía también la esposa de David, Mary Ann.

En El hijo del acordeonista, el guipuzcoano Bernardo Atxaga nos ofrece un bello (y también recio) dibujo del País Vasco de los años sesenta y setenta, contemplado desde las pupilas rurales de unos jóvenes que quisieron cambiar su entorno y que se enfrentaron a los mil dilemas (morales, sentimentales, políticos) que ese afán les procuraba. Y si recordamos que el verdadero nombre de Bernardo Atxaga es Joseba y que su apellido materno es Garmendia tendremos, además, suficientes motivos para sospechar que buena parte de los recuerdos, anécdotas e incluso personajes de esta obra pudieran estar inspirados en la realidad que vivió en su infancia y su juventud. Melancolía, ternura, tristeza y humor enriquecen con sus colores esta novela, absolutamente recomendable.

sábado, 4 de abril de 2026

Las crines


 

“Estoy aquí, sigo aquí, pero no puedo decir qué me trajo exactamente. Un cambio de aires, como tú decías”. Son las palabras que un catalán del Empordà escribe a su amiga Juana, que le ha prestado su hacienda La Magnolia, en la Argentina, para que permanezca en ella por un tiempo. No sabemos si huye, no sabemos si busca, no sabemos si encuentra: el alma y sus silencios resultan a veces muy intrincados como para poder reducirlos a fórmulas sencillas. Con pequeños capítulos que son fogonazos de luz (y también fogonazos de oscuridad, al modo de aquella luz negra de la que hablaba Salman Rushdie en su obra Harún y el mar de las historias), Marc Colell nos va dejando que observemos su cajón de recuerdos, donde todo es diminuto y significativo: esos sapos que se cuelan al atardecer en la casa, tercamente exactos; el viejo caballo Potricox, que come sus manzanas y le da serenidad al protagonista; el abrumador festejo de carne al que es invitado por el potentado Alfonso Urrutia; la extraña pareja formada por don Emilio y su hija Rosita; los niños que juegan a galopar agarrándose a las crines de los corceles; las carreteras interminablemente largas y anodinas; los cuises que se pasean por el césped, con calma de sultanes.

Y el lector descubre pronto que está siendo convocado a una ceremonia sacra, en la que deberá revisar, ordenar y ensamblar todas las piezas para adentrarse en una explicación que dé orden al conjunto. El protagonista de esta novela viaja a la Argentina con una llave en el bolsillo, pero seremos nosotros quienes habremos de dilucidar cuál es la cerradura en la que encaja. Disponemos de muchas escenas simbólicas (tormentas que incrementan la angustia, lonas que protegen del horror un cuerpo, la orfandad del protagonista, el whisky como narcótico o como salvoconducto, ladridos pavorosos en medio de la noche, una cueva donde cierta muchacha permanece en cuclillas y emite sonidos inescrutables), y será necesario que nos mantengamos alertas para hilvanar todas las cuentas y formar el collar.

Marc Colell es una voz, como diría Gabriel Celaya, cargada de futuro. Pero esa voz ya nos ha entregado tres libros asombrosos, egregios, de puro y brillante presente, así que no esperen demasiado para conocerlo.