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jueves, 24 de julio de 2025

El proceso

 


Me adentro, una vez más, en El proceso, de Franz Kafka, que en esta ocasión leo en la traducción de Feliu Formosa (sobre la edición de Max Brod). Y me vuelve, tan nítida como en mis años universitarios, la sensación de sofoco y de malestar que las páginas del checo fomentan. Recordemos la levísima columna vertebral del libro: Josef K. recibe la noticia de que se le ha abierto un proceso y que, por tanto, se encuentra pendiente de la decisión de unos jueces, que dictaminarán sobre su culpabilidad o su inocencia. Acaba de cumplir 30 años y trabaja como apoderado en un banco, donde todo el mundo le augura un estupendo porvenir. Pero ignora que menos de un año después (la víspera de su trigésimo primer cumpleaños) todo habrá dado un vuelco en su vida, porque el veredicto del alto tribunal será negativo y la condena será a muerte. Durante las doscientas páginas que median entre un momento y otro, el lector es golpeado por la angustia (una angustia similar a la que experimenta K.), dado que en ningún instante se explica quién lo acusa, ni de qué lo acusa.

Acompañemos al protagonista en los primeros tramos de la narración: “Alguien” (no deja de ser significativo que esa sea la primera palabra de la novela) ha debido de calumniar a Josef K. y, para su asombro, se presentan en la pensión donde vive dos personas, identificadas como Franz y Willem, con la misión de comunicarle que va a ser procesado. K. se queda pensativo (“¿Qué clase de gente eran?, ¿de qué hablaban?, ¿de qué autoridad dependían? K. vivía aún en un Estado de Derecho, reinaba una paz general, todas las leyes se mantenían vigentes. ¿Quién se atrevía a asaltarle en su propio domicilio”, cap.I). A partir de ahí, la madeja de la zozobra y de la inquietud no hace sino enredarse y enredarse: acude al sitio en el que presuntamente tiene que prestar declaración (un lugar más bien tenebroso, donde muchos otros procesados esperan ser escuchados); recibe la visita de su tío Karl (quien, enterado de la situación, lo pone en manos de su amigo, el abogado Huld); conoce a personas que llevan un lustro en su misma situación (como el comerciante Block); es derivado hacia Titorelli, un pintor bohemio que, con la excusa de servirle como ayuda, le endosa algunos de sus deleznables cuadros… Todo a su alrededor comienza a tambalearse y a adquirir perfiles de rareza, hasta convertirse en una situación que Josef K., curiosamente, va admitiendo de forma casi feble, como si él mismo admitiera la paulatina solidificación de la irregularidad. En lugar de preguntarse por lo “lógico” (quién lo acusa y de qué), Josef se adhiere al absurdo y se enzarza en diálogos y consideraciones que, para un lector apolíneo, pueden convertirse en exasperantes.

En esas condiciones cenagosas no hay modo de defenderse (ni parece tener sentido intentarlo: la maquinaria procesal es tan implacable como incognoscible), así que cuando los dos esbirros acuden hasta su casa el protagonista de la pesadilla no se inmuta (“Quieren acabar conmigo gastando lo menos posible”); y lo acompañan hasta un descampado, donde terminan con su respiración de un modo casi bíblico.

Una novela terrible, asfixiante y premonitoria sobre la pequeñez del individuo y sobre la brutalidad del Estado omnipotente, que te anima a considerarte culpable aunque ignores la naturaleza o las dimensiones de tu infracción.

Imprescindible.

martes, 29 de abril de 2025

Carta al padre

 


Pocas cartas habrán tenido, en la historia de la literatura, tanta repercusión y habrán generado tantos comentarios como la que Franz Kafka escribió para su padre en 1919. En ella, el escritor checo volcó y diseccionó sus miedos, sus traumas, sus desilusiones, frente a la figura estatuaria de su progenitor, del que Ronald Hayman llegó a escribir que era “grande y fornido, con cuello de toro, intimidatorio, seguro de sí mismo y próspero negociante cuyos imprevisibles estallidos de cólera seguían amedrentándole”. Nada fácil abordar una epístola así para un hijo. Tampoco resultaría fácil leerla para su padre.

Franz, intentando partir en su misiva de un punto que destile poca acrimonia, no duda en asegurar a Hermann que “ni por lo más remoto he creído yo nunca en una culpabilidad de tu parte”. Pero, a continuación, yergue la mirada y anota con detalle un buen número de situaciones en las que se sintió intimidado o desdeñado por él: cuando se cambiaban juntos para acudir al baño y el hijo se sentía un alfeñique al lado de la condición hercúlea del padre; las veces en que usó un registro irónico o malicioso para referirse a personas por las que su hijo había manifestado admiración; el tono de voz que empleaba siempre con él, que lo acoquinaba y lo llevó desde muy joven al mutismo, a la expresión tartamuda, al balbuceo; el poco respeto que mostró siempre por la actividad literaria de Franz, mirando sus producciones como si fueran papeles sin valor; la manera en que trazó una frontera frente a sus hijos, convirtiéndose en alguien altanero, gritón e inaccesible; e incluso que lo haya invalidado para el matrimonio, porque su ejemplo le mostraba una ruta que no le resultaba apetecible ni admirable.

Daba igual lo que hiciera (o esa sensación tuvo Franz, que viene a ser más o menos lo mismo): jamás merecía su aprobación (“Por donde se mirase, siempre incurría en falta frente a ti”). Eso lo volvió una criatura medrosa, encogida, atemorizada, que no llegaba a creer en su propia valía. Pero, por encima de todas estas frases amargas, el hijo quiere sobre todo abrir su corazón ante Hermann (“Padre, por favor, entiéndeme”), quizá soñando con una postrera reconciliación, que nunca se produjo.

Dura, llorosa y lúcida exposición de hechos (o quizá de percepción de hechos, pero insisto en que viene a ser lo mismo, puesto que se grabaron a fuego en el corazón de Franz) que hoy, un siglo después, nos sigue conmocionando.

sábado, 27 de julio de 2024

Una letra femenina azul pálido

 


Nadie podría levantar la mano si se pidiera que la alzara quien no acumule errores en su pasado, porque todos (y todas) hemos protagonizado algún hecho que nos avergüenza recordar o hemos tomado decisiones que, pareciéndonos entonces las más adecuadas, ahora nos provocan lágrimas o bochorno: proteste quien se crea libre de esa ciénaga interior. En esa lista ominosa queda incluido, cómo no, el importante funcionario Leónidas, quien a sus cincuenta años es jefe de sección en el Ministerio de Educación y Cultura, en Viena. Con unos orígenes pobres (no empezó a levantar el vuelo hasta que heredó un elegante traje, propiedad de un amigo judío que se suicidó en plena juventud), Leónidas logró enamorar a una integrante de la familia Paradini (“esa familia de millonarios snobs y presumidos”, p.36), la hermosa Amelie, doce años menor que él. Pero tal vínculo de amor e interés no ha terminado de hacerlo feliz (“El hecho de que contra viento y marea se empeñara en casarse con el funcionario subalterno que yo era por entonces, no fue sino la extravagancia de una joven mimadísima cuyos deseos debían cumplirse a rajatabla. El que tiene, obtiene. Y es indudable que yo he pasado a ser propiedad de Amelie”, p.38).

Justo ahora, cuando acaba de cumplir el medio siglo de vida, recibe una enorme cantidad de cartas de felicitación, pero entre ellas destaca una, que está escrita con una letra femenina de color azul; y el notable ciudadano palidece, porque sabe que la autora de la misma es Vera Wormser, con la que engañó a su esposa al año de haberse casado y de la que se distanció, por cobardía o desinterés, seis semanas más tarde. Y después de leerla vuelve a palidecer, porque parece deducirse de sus líneas que ella le habla del presunto hijo que concibieron en aquel espacio de días apasionados y fugaces. Descubrimos en ese instante que el amantísimo esposo y respetado gestor público se ha permitido demasiadas liviandades durante su etapa de casado (él declara, con cinismo machista, que “fuera del apasionado episodio con Vera sólo podía reprocharse entre nueve y once aventurillas irrelevantes perpetradas durante su matrimonio”, p.28); y descubrimos también las maniobras que ejecutará para, en secreto, verse con la antigua amante y aclarar el asunto.

Espléndido retrato sobre la sociedad antisemita de la época (en Alemania se está incubando el huevo atroz del nazismo, mientras que en Viena procuran mirar con disimulo hacia otro lado) y espléndido retrato sobre las galerías más miserables del interior del ser humano, esta novela de Franz Werfel no puede ser tildada sino de extraordinaria. Búsquenla.

sábado, 16 de noviembre de 2019

La pequeña ciudad donde el tiempo se detuvo




Leo otra novela de Bohumil Hrabal, que se titula La pequeña ciudad donde el tiempo se detuvo. La traduce para la editorial Destino Monika Zgustová.
Encuentro de nuevo a los mismos personajes a quienes tuve la ocasión de conocer en una obra anterior (se alude al hermoso cabello ya cortado de la madre), y me sigue dejando perplejo el modo de vida de estos enigmáticos personajes, que viven entre cerveza, reacciones cuyos mecanismos me veo imposibilitado de explicar, cánticos estruendosos e invasiones nazis. Sigo sin entender de forma “esencial” al vocinglero Pepin, pero me divierto con sus peripecias.
Lo mejor de la narración, sin duda, la atmósfera melancólica que el autor ha sabido dibujar al final, y que me he dejado pensativo, rodeado de silencio. Hrabal es un autor en el que no consigo entrar del todo, pero que me fascina. Resulta un poco difícil de explicar.
Frases que he subrayado en el tomo: “A Dios le gustan los locos y los lunáticos”. “Dios admira las mentiras repetidas con fe, las mentiras entusiastas le resultan más agradables que una verdad razonable, sosa y aburrida”.

viernes, 16 de agosto de 2019

Personajes en un paisaje de infancia




Me acerco hasta el checo Bohumil Hrabal y leo su novela Personajes en un paisaje de infancia, en la traducción de Monika Zgustová (Destino, Barcelona, 1981). La verdad es que me asaltan con ella pulsiones de muy difícil explicación, por su heterogeneidad. Hay pasajes que me encantan, sobre todo por la forma literaria en que Hrabal los ha resuelto (la matanza del cerdo en el capítulo 2 o las líricas rememoraciones sobre la infancia del protagonista en el capítulo 7); pero luego hay otros episodios en los que, francamente, no consigo “entrar”. Es como si me estuviera explicando la vida en otra galaxia. En ese orden, diré que no entiendo a Pepin, ni entiendo el sentido de muchos de los diálogos que entre él y Maryska se cruzan. Parecen extraterrestres que, recién llegados a nuestro planeta, hubieran aprendido glíglico para comunicarse.
Me ha encantado el símbolo del cabello cortado: lo veo como una clave de acceso al futuro. Un futuro anodino, gris y conformista, pero buscado con la parsimonia lánguida de quien se siente ingresando en la edad adulta.
“Yo soy joven, y por eso mismo por encima del bien y del mal”, nos dice uno de los personajes.

lunes, 3 de junio de 2019

Cartas a Felice




Hecho 1: estas Cartas a Felice, del checo Franz Kafka, están traducidas por Pablo Sorozábal, ocupan más de ochocientas páginas y han sido editadas por el sello Nórdica en un sólido volumen encuadernado con tapa dura.
Hecho 2: resulta imposible elaborar un resumen o reseña de todas las emociones, positivas y negativas, tentaculares o concentradas, risibles o dramáticas, que en el volumen laten. Es tarea condenada al fracaso.
En síntesis (y debo advertir que la síntesis es inevitablemente pobre, porque se edifica sobre la poda de matices), Franz se preocupa al principio de atraer a Felice y, después, cuando ella acepta la relación y todo parece que se encamina hacia el matrimonio, da la sensación de tragar saliva y comienza a poner inconvenientes: se dibuja a sí mismo con tintas negativas, enumera sus defectos, la atosiga con preguntas y exigencias de cartas, le recuerda su salud precaria y sus numerosos ángulos temibles, le expone lo reducido de su sueldo… Pero cuando aprecia que Felice se distancia o se enfría vuelve al acoso, recordándole que es indispensable para él, que su vida carece de sentido sin ella y que deben verse. Y cuando ella se pliega a ese encuentro, a Franz vuelve a dominarlo el pánico y repite el ciclo. Al final, tras dos compromisos matrimoniales fijados y después cancelados por el inestable Franz, sus caminos se separaron para siempre.
Lo ilustraré con citas de la obra, en lo que podríamos definir como resumen-viaje por las emociones del libro.
Comienza previniendo a Felice Bauer, con el disfraz del humor, contra sí mismo (“¡Qué humores me dominan, señorita! Una lluvia de neurastenias cae ininterrumpidamente sobre mí”, 15). Y de inmediato alude a su destino literario, el único que parece preocuparle (“Mi vida, en el fondo, consiste y ha consistido siempre en intentos de escribir, en su mayoría fracasados”, 36). Después descarga su primer mazazo (“Yo no tendré nunca un hijo”, 54), aunque más tarde intente conmoverla con una súplica tímida (“Necesito más afecto del que merezco”, 56), que vuelve a girar hacia la prevención (“Estoy justo lo suficientemente sano para mí, pero no para el matrimonio, y menos aún para tener hijos”, 61).
Cuando Felice ya ha dado muestras bastantes de mostrarse comprensiva con él y ha tolerado más de una rareza y más de un exabrupto, Franz recurre a una imagen tan nítida como infranqueable (“Tengo la sensación de estar ante una puerta cerrada, detrás de la cual vives tú, y que jamás se abrirá”, 318); y trata de frenar las ilusiones de convivencia de la muchacha (“A mi lado no podrías vivir ni dos días seguidos”, 323-324). Franz no desdeña ni siquiera las hipérboles más risibles o disparatadas para mitificarse negativamente (“Con el despliegue de energías que necesito para mantenerme con vida y no perder el juicio hubiese podido construir las pirámides”, 362). Obsesionado con la voluntad de desanimar a Felice le explica que si se casaran él se encerraría a escribir en su cuarto y no querría trato con familiares o amigos; que apenas aceptaría hablar con ella más que unos minutos al día, si se encontrara de humor por el buen resultado de su escritura; y que, por ejemplo, no estaría dispuesto a admitir más dieta doméstica que la vegetariana (que ambos deberían respetar a rajatabla). Y concluye: “Ojalá poseas el don de no decepcionarte” (444). Este retrato íntimo llega a extremos patológicos cuando Franz le indica a Felice: “Estoy tirado en el suelo a tus pies y te suplico que me eches a patadas” (467). No obstante, se quejará amargamente cuando ella, intimidada por tantas rarezas, inconvenientes y prevenciones, decida distanciarse de él. Entonces se sentirá triste, abandonado, incomprendido y golpeado por un infortunio que no se merece y que lo conduce de nuevo a la queja hiperbólica (“Mi infelicidad es más grande que todas las montañas”, 686).
Ese tobogán de emociones explosivas se repite una y otra vez, quizá porque, como le escribió Max Brod a Franz, “tú eres dichoso en tu desdicha”.
Si has leído alguna obra de Kafka (o más de una) y has quedado prendado de la personalidad del escritor checo, aquí encontrarás un material riquísimo para formarte una imagen más completa sobre él.
Imprescindible.

viernes, 26 de octubre de 2018

Una soledad demasiado ruidosa




El viejo Hant’a trabaja desde hace treinta y cinco años prensando papel viejo en un local donde no goza de más compañía que moscas y ratones (y alguna visita esporádica humana, que apenas perturba su soledad). En ese espacio insalubre y subterráneo ha ido adquiriendo una buena cultura, porque abre y lee muchos de los libros que le toca destruir. Los roedores que pululan bajo los millares de hojas “se alimentan de letras, preferentemente de Goethe y de Schiller” (p.19); y él, fruto de sus abundantes ingestas de cerveza, del silencio que lo rodea y de su falta de compañeros, tiene visiones en las que cree contemplar a Jesús y Lao-Tse, sobre los que elabora juicios realmente interesantes (“Jesús es un romántico, Lao-Tse un clásico, Jesús la marea alta, Lao-Tse la marea baja, Jesús la primavera, Lao-Tse el invierno, Jesús el amor contundente al prójimo, Lao-Tse el súmmum del vacío, Jesús es el progressus ad futurum, Lao-Tse el regressus ad originem”, pp.44-45).
Estoy refiriéndome hoy a la bella y triste novela Una soledad muy ruidosa, que escribió Bohumil Hrabal, tradujo Monika Zgustova y publicó Galaxia Gutenberg en el año 2015. Un ejemplo perfecto de narración que construye una atmósfera inconfundible, dibuja entre sus nieblas a un protagonista inolvidable y, luego, nos regala su desasosiego. Difícilmente podría resumirse el contenido de esta obra, así que ni siquiera lo voy a intentar: la gitana a quien Hant’a amó en el pasado y cuyo nombre no consigue recordar; la vieja máquina que querría llevarse a su casa tras la jubilación; los desdenes de su jefe, que lo considera un vago y un borrachín; las calles y cervecerías de una ciudad oscura y polvorienta, que parece instalada en el mundo del sueño… Todo, absolutamente todo se reviste en estas páginas de un aroma extraño, a mitad de camino entre lo repelente y lo seductor, que atrapa el interés y no te deja abandonar el relato.
Qué maravilla de escritor, Bohumil Hrabal. Inmenso.

miércoles, 3 de octubre de 2018

La metamorfosis




No soy capaz de recordar cuántas veces he releído La metamorfosis, de Franz Kafka, a lo largo de mi vida. Tal vez cinco, quizá seis, es probable que siete. Unas veces lo he hecho por la brevedad del volumen, que me permitía una tarde de lectura con calidad garantizada; otras veces, porque tomaba notas en un estudio biográfico sobre el escritor checo y me apetecía comprobar si alguno de los detalles que acababa de descubrir se reflejaba en la obra; otras, para volver a explicar la novela a mis alumnos o al auditorio de una conferencia. Pero ha habido una sensación que se ha repetido, idéntica, relectura tras relectura: la de sentir al escritor hablándome en voz baja, mientras me susurraba sus traumas.
El pobre Franz, dominado por los complejos de inferioridad (aquel padre áspero y de cuello de toro, aquel abuelo que se jactaba de su extrema fortaleza física, aquellos parientes que no cesaban de comer carne y beber cerveza), se sumerge aquí en la arquitectura endeble de un insecto y, como tal, siente que es rechazado por su entorno: un padre que lo desprecia y que le provoca heridas lanzándole manzanas que quiebran su caparazón; una madre que se desmaya cuando tiene delante al “monstruo”; una hermana (a la que pone el nombre de Grete, que era también el nombre de la mujer con la que el escritor tuvo, según afirmaba Max Brod, a su único hijo) que se mantiene fiel durante mucho tiempo, pero que al fin se acaba hartando de su condición… Hasta el mínimo detalle de esta novela (los cuadros de las paredes, la distribución de muebles en el hogar, los caracteres retratados) es un trasunto fidedigno de la vida de Franz y convierte en tinta sus amarguras. Quizá por eso se haya convertido no solamente en una pieza literaria de fama universal, sino también en un documento psicológico imprescindible para saber qué bullía en el corazón y en la mente del narrador checo.
Sé que volveré a la obra alguna vez más: pertenece a esa estirpe de libros que jamás me fatigan, porque no se reducen a su argumento.

lunes, 26 de junio de 2017

Diarios



Leí en mi juventud y releo en mi madurez los sorprendentes, sinuosos y profundos Diarios de Franz Kafka, en la traducción de Feliu Formosa (Bruguera, Barcelona, 1984). Son páginas extrañas, llenas de una ensortijada proliferación de arañitas mentales donde me resulta evidente que el escritor checo era cualquier cosa menos una persona normal. Sus caminos lógicos, sus reflexiones, sus ideas sobre su entorno, están llenos de anfractuosidades, de esquinas de sombra, de ciénagas. En ocasiones incluso se siente uno tentado de considerar la posibilidad de que no estuviera del todo cuerdo. Eso lo hace tan atractivo como inquietante, a mi entender. Fascinante, perturbador, traslúcido. Kafka.
“Es indudable mi avidez por los libros. No tanto por poseerlos o leerlos como por verlos, por convencerme de su permanente existencia en los estantes de una librería”. “Nada en el mundo dista tanto de una experiencia como la descripción de esta experiencia”. “Cuando uno se queda solo, crece en inteligencia y en serenidad”. “Simplemente, no dar un valor excesivo a lo que he escrito, porque me resultaría inalcanzable lo que he de escribir”. “Necesito estar solo mucho tiempo. Lo que he realizado hasta ahora no es más que un triunfo de la soledad”. “Apenas si tengo algo en común conmigo mismo”. “Hay posibilidades para mí, sin duda, pero, ¿bajo qué piedra están escondidas?”. “Si estoy condenado, no sólo estoy condenado a morir, sino que también estoy condenado a defenderme hasta el fin”. “Me resulta incomprensible que casi todos los que escriben puedan objetivar el dolor en medio del dolor; que yo, por ejemplo, en medio de la desdicha, y con la cabeza ardiente de tanta infelicidad, pueda sentarme y comunicarle a alguien por escrito: Soy desgraciado”. “Es irresponsable viajar e incluso vivir sin tomar notas”.

sábado, 6 de febrero de 2016

Cartas a Milena



El checo Franz Kafka, el hombre que no sabía vivir, mantuvo a lo largo de su existencia varias relaciones sentimentales, que nunca culminaron (sobre todo por indecisiones suyas o por asfixias de última hora) en una experiencia matrimonial. Una de ellas tuvo como protagonista a Milena Jesenská, una mujer culta, inteligente, sensible, dulce... y casada. Editada por Alianza, con la alabadísima traducción de Carmen Gauger, tenemos aquí la correspondencia que el escritor mantuvo con la periodista y traductora, de la cual apenas se conservan unas pocas líneas dirigidas a Max Brod, porque las cartas enviadas a Franz se han perdido todas.
En este viaje por el alma del autor de La metamorfosis descubrimos la siempre sorprendente hiperestesia del checo (“Me quejo de mis débiles fuerzas, me quejo de haber nacido, me quejo de la luz del sol”, p.82), algunas frases que harían las delicias de un psicoanalista (“Amor es que tú seas para mí el cuchillo con el que escarbo en mi interior”, p.287), súplicas que le brotan inesperadas y que tienen mucho de lágrimas de tinta (“¡Quédate siempre conmigo!”, p.114) y también secuencias de una clarividencia amarga, que Kafka redacta con prosa apolínea, aunque adivinemos su tristeza en cada vocal y en cada consonante que redacta (“Hay pocas cosas seguras, pero ésta es una de ellas:  que nunca viviremos juntos”, p.299).
Kafka, que intenta durante la mayor parte de las páginas mantener una postura sobria, serena y equilibrada, no puede evitar en ocasiones deslizarse hacia la emoción, como cuando se pregunta a sí mismo: ““¿Por qué (dicho sea de paso) soy un ser humano con todos los tormentos de esta condición tan poco clara y tan horriblemente cargada de responsabilidad? ¿Por qué no soy, por ejemplo, el feliz armario de tu habitación, que te contempla toda entera cuando estás sentada en la butaca o ante el escritorio o cuando te acuestas o duermes? (¡Bendito sea tu sueño!) ¿Por qué no lo soy yo?”, p.142). Y tampoco se reprime en dos o tres pasajes, leves pero intensos, donde muestra su sensualidad. Así, en las páginas 105 y 106 fantasea con la idea de susurrar su nombre junto a la oreja de Milena y que ella se gire lentamente en la cama en dirección a su boca; y en la página 225 le habla de besarle el hombro “si tú tienes la bondad de retirar un poco la blusa” o de descansar la cabeza “junto a tu pecho casi descubierto”. Dos tenues apuntes que humanizan tanto a Franz Kafka como la salida humorística de la página 48, donde define a las personas gordas como “capitalistas del espacio aéreo”.

De todas formas, y dejando a un lado estas anécdotas, el volumen se antoja imprescindible para entender con más claridad las vacilaciones íntimas y los temores de un hombre que, enamorado de Milena de un modo absoluto y torturado, y no sabiendo exactamente cómo tiene que actuar con ella, con su marido y con todas las personas que les rodean, se desangra al escribir párrafos como éste: “Yo no lucho por ti con tu marido, la lucha tiene lugar sólo dentro de ti; si el resultado final dependiera de un combate entre tu marido y yo, todo estaría decidido hace tiempo” (p.147). Un volumen necesario, lánguido y de una hondura terrible y conmovedora.

martes, 28 de diciembre de 2010

Kafka & Borges




Si nos paramos a analizarlo con una cierta calma descubriremos que una buena cantidad de los escritores a los que consideramos clásicos del siglo XX han sido, aparte de unos estilistas de primera magnitud, grandes constructores de laberintos. Unos estaban camuflados en la ciudad donde los escritores habitaban; otros, en el lato y minucioso territorio de su memoria; otros, en la poliédrica estructura de sus almas. Pero todos, indefectiblemente, nos mostraron que nuestro entorno o nuestro interior pueden ser diamantes de complejísimo brillo: James Joyce, Marcel Proust, Julio Cortázar, Fernando Pessoa... Parece como si nuestra época necesitase de ese tipo de artistas que dan forma y nombre a las angustias metafísicas, a los horrores llenos de niebla que acechan, cercan y sepultan al hombre moderno.
El checo Franz Kafka y el argentino Jorge Luis Borges son, por derecho propio, Grandes Maestres de esa logia exquisita; y la editorial Nórdica ha tenido la feliz idea de reunir en un solo tomo, de asombrosa factura, tres textos del argentino (La casa de Asterión, Un sueño y El laberinto) junto a la monumental pieza La metamorfosis, del checo. Y todas las páginas del volumen están inteligentemente ilustradas por Verónica Moretta, que las enriquece gracias a su sensibilidad, aportándoles un aroma nuevo.
El conjunto, que hará las delicias de los auténticos enamorados de los libros, se muestra en las librerías en una cuidada edición de 999 ejemplares que harán bien de ojear los buenos lectores, porque resulta de lo más seductora: rotulaciones que quiebran el ritmo visual (pero que respetan el ritmo narrativo), páginas con perforaciones casi mondrianescas, juegos donde la geometría se pone al servicio del relato... Todo un despliegue técnico, de gran fuerza expresiva, que respalda las propuestas de esos dos genios de la literatura universal.
Jorge Luis Borges nos habla en estas páginas de un singular personaje llamado Asterión que, consciente de su monstruosidad, se aísla voluntariamente de sus contemporáneos en un reducto casi inexpugnable, donde trata de acorazarse del odio; pero, a la vez, nos deja bien claro que le urge relacionarse con los demás, mezclarse con ellos, sentirse unido a la calidez de su estirpe humana. En otro de los relatos (Un sueño), Borges nos hablará de un rey que, humillado por su vecino, termina acometiendo una venganza tan eficaz e implacable como incruenta, con un aroma inequívoco de apólogo oriental.
Franz Kafka, como bien sabemos, nos comunica en La metamorfosis (uno de los seis textos privilegiados que, según le dijo a Max Brod en sus instrucciones testamentarias, debía salvarse de la destrucción de sus escritos) la desazón de un pobre oficinista que despierta una mañana con el horror pintado en el rostro al descubrir que se ha transformado en un monstruoso insecto, y que ha de afrontar la repugnancia de su familia ante esta desagradable mutación: perderá su trabajo, su hermana se convertirá en la limpiadora oficial de su habitación, su madre se alejará de su presencia, su trabajo corroborará el desdén que siente por su hijo, que siempre lo ha decepcionado desde que nació...Mi amigo Pascual García me dijo una vez que, a su juicio, los textos y autores clásicos son aquellos a los que uno puede acudir varias veces a lo largo de la vida y siempre les descubre detalles que le pasaron inadvertidos en la primera lectura, sorpresas de nuevo colorido y gozos sin explorar. Yo estoy de acuerdo con ese dictamen. Por eso no he abandonado nunca la relectura de Kafka o de Borges, desde que agoté sus obras hace años. Escribió Friedrich Nietzsche que quien vuelve a los orígenes siempre encuentra nuevos principios. Ahora podríamos completar esa afirmación con este libro en la mano: quien deja que una editorial con sensibilidad (Nórdica), una artista con talento (Verónica Moretta) y una traductora con sólidas virtudes (Ángeles Camargo) rotulen ante sus ojos un sendero diferente, aprenderá sin duda que las obras inmortales de la literatura no son algo muerto, embalsamado y colocado en el interior de una vitrina, sino cofres que aún cobijan sorpresas, diamantes con facetas inexploradas. Esta edición es la prueba manifiesta. Yo me siento muy feliz de tenerla en mis manos.