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lunes, 6 de mayo de 2019

La oración de Mr. Hyde




Aunque conocía a José Carlos Llop en su vertiente como narrador (me lo dio a conocer hace años mi amigo Pepe Colomer), me paseo hoy por su poemario La oración de Mr. Hyde (Península, Barcelona, 2001), que me parece muy interesante. Descubro en este volumen una voz que me agrada, por sus trazos de orden melancólico (“Consejo”), sus reflexiones diferentes sobre el paso de los años (“Crónica”) o su tributo a aquellos escritores predilectos que construyen los cimientos de su sensibilidad y de su alma (“Carnets”, “Tarjetas de visita”).
Me parece, en suma, un libro triste, exquisito y delicioso, que creo que me llevará a otros poemarios suyos. 
Ya anotaré aquí si me siguen gustando de la misma forma en que éste lo ha hecho.
(No me resisto a copiar unos versos, que he releído varias veces: “No te engañes, vuelve a casa, / pasó tu tiempo; eres más viejo, / empiezan a fallarte los reflejos, / aunque sigas encaprichándote / de una voz, una mirada / o la armonía de un cuerpo / que es la armonía del alma. / Y lo sabes: nada nuevo ocurrirá; / sólo has de aprender a reconocerte / en este otro rostro de la soledad”).

lunes, 26 de febrero de 2018

El informe Stein




Leo hoy la breve novela El informe Stein, de José Carlos Llop (Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1995). Y no sé si decir que me ha gustado, o que me ha disgustado. Desde luego, es distinta. Crea una atmósfera peculiar, inconfundible. No sé si Llop escribirá siempre de la misma manera. En todo caso, hay como un tic “javiermariano” que no me termina de convencer, y que consiste en una cierta morosidad concéntrica narrativa, una prosa tartamuda, morosa o autista que lo lleva a incurrir en secuencias como ésta: “Los jueves por la tarde yo no iba al colegio, ninguno de nosotros iba al colegio porque una de las costumbres de los jesuitas era cerrar el jueves por la tarde y no los sábados, como el resto de los colegios. Y los sábados por la tarde todos nosotros íbamos al colegio y el colegio estaba abierto, no como los demás colegios, que permanecían cerrados los sábados por la tarde” (páginas 36-37). Hay que admitir que, estructuralmente, queda cuando menos extraño.
De todas formas, como soy perseverante y no rechazo de plano ninguna prosa al primer intento, es probable que decida acercarme a alguno de sus otros libros.
“El padre Cristino conocía a la perfección a quién iba a suspender la vida, a quién iba a aprobarlo y a quién a darle un notable. Porque el padre Cristino sabía que la vida no regalaba jamás un sobresaliente”. “La lluvia parecía un ejercicio de caligrafía sobre las páginas del aire”.