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jueves, 6 de agosto de 2026

Dolmen

 


Nunca he desdeñado los libros de pura evasión. Creo que son necesarios, útiles y refrescantes. Y no lo digo con condescendencia, sino con respeto: estimo que esas obras cumplen una hermosa misión de entretenimiento, magia y emociones que a mí me parece digna de aplauso. Son los Indiana Jones de la literatura, con todo lo que eso implica: yo no me hice lector con Proust o con Joyce, sino con Agatha Christie y Enid Blyton. Supongo que se me entiende. Estos últimos días he tenido la oportunidad de refrescar ese entusiasmo con la novela Dolmen, de Manuel Pimentel, que empieza de una forma espectacular: a punto de iniciarse las labores de prospección arqueológica del Dolmen de la Pastora, en Valencina de la Concepción, uno de los participantes es brutalmente asesinado en su propia casa: le han extraído los ojos, le han cortado la lengua, lo han emasculado y, cuando aún se encontraba con vida (eso concluyen los forenses), le han abierto el pecho, le han extraído el corazón y, después de morderlo, lo han depositado en un vaso ceremonial. Imagino que, a estas alturas, la persona que esté leyendo la reseña habrá experimentado un espeluzno, pero le adelanto que se trata solamente de un pequeño preámbulo, porque pronto empiezan a encadenarse otras muertes igual de atroces que parecen organizadas alrededor de una mujer: la arqueóloga Artafi, quien no acierta a explicarse por qué muchos de quienes se acercan a ella acaban tan salvajemente descuartizados.

Con pulso más que firme, Manuel Pimentel nos presenta aquí una cartografía sorprendente (y fidedigna) de espacios megalíticos por el sur de España, con sus dólmenes, sus menhires y con crómlechs, que sugieren un pasado de extrañas liturgias (todavía desconocidas para los investigadores, quienes se limitan a sugerir conjeturas) y que sirven al escritor sevillano para construir una trama novelesca llena de rituales sangrientos, giros sorprendentes y personajes ambiguos, donde las culpabilidades y las inocencias fluctúan tan rápida como inquietantemente (“En el juego de espejos deformantes en el que me veía envuelta, donde nada era lo que parecía, se pasa de héroe a villano sin solución de continuidad”) y donde lo detectivesco y lo macabro se funden de una manera tan perfecta que consigue absorber al lector desde las primeras páginas. Una novela que explora, además, un miedo perturbador: ¿qué ocurre si, en medio de un aquelarre de crímenes y mutilaciones, todos (incluidos tu padre y tu madre, tu mejor amiga, tus mentores, tus compañeros, hasta los policías) son sospechosos? ¿De quién te puedes fiar? ¿En qué brazos puedes abandonarte? ¿Tras qué sonrisa se esconde un asesino implacable? Pura adrenalina. Puro horror.

Recuerdo que, tras la lectura de El librero de la Atlántida (https://rubencastillo.blogspot.com/2018/04/el-librero-de-la-atlantida.html), manifesté mis suspicacias por el desaliño formal de la obra y por la inconsistencia de sus diálogos. Ocho años después, he decidido dar una segunda oportunidad a este escritor y me alegra haber acertado: Dolmen me ha parecido absolutamente fascinante. Habrá un tercer acercamiento.

martes, 24 de abril de 2018

El librero de la Atlántida




Sentía curiosidad, desde hace algunos años, por sumergirme en alguna novela de Manuel Pimentel, pero reconozco que nunca había activado el resorte de salir a buscarla premeditadamente en una librería. Me ocurre con algunos autores y no tiene más explicación. Es así y he aprendido a aceptar esa especie de “expectación surrealista”, como si confiase en que el azar obrara el milagro del encuentro. Por fin, adquirido el volumen El librero de la Atlántida, he podido cumplir con él la ceremonia de la lectura.
En síntesis, diré que me ha resultado entretenida, pero que no creo que se trate de un volumen valioso desde el punto de vista literario. La idea de que los restos de la Atlántida se encuentren en Andalucía, arrasados por una crecida marítima que convirtió la floreciente ciudad en una ciénaga y, posteriormente, en una zona sepultada de tierra, es sugerente; y Pimentel aporta numerosas referencias del mundo arqueológico, literario y cultural que parecen darle un aire de credibilidad a su tesis. Además, construye una trama solvente, donde la acción se desarrolla en dos planos (presente y pasado) y observamos en ambos una serie de elementos de intriga, de amor, de ambición y de misterio bien organizados. Hasta ahí, sin problema.
Pero el panorama se enturbia bastante cuando la obra es juzgada desde el punto de vista estético: los diálogos resultan muchas veces forzados o incluso pedantes (discursos llenos de referencias eruditas que desde luego sirven para informar al lector pero que no resultan creíbles en boca de los personajes), la construcción de las escenas es manifiestamente mejorable y, sobre todo, incurre en anonadantes fallos: disparatada utilización de algunos verbos (“infrinja” por “inflija”), mal uso de las preposiciones (“sentados en una mesa”), frecuentes galicismos (“operación a firmar”, “partido a jugar”), expresiones erróneas (“El despertador tocó a arrebato”), desconocimiento de la conjugación de los imperativos (“No dañadla con vuestros golpes”) e incluso algún “detrás tuya” que abofetea las pupilas de los lectores. En ese plano se cabecea afirmativamente menos veces y se traga saliva muchas más.
Ignoro si en el futuro volveré a bucear en otra de sus novelas. Si lo hago, tengo clarísimo que en el caso de encontrar en las primeras páginas una barbaridad del tipo de las arriba indicadas no me molestaré en seguir leyendo.