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domingo, 30 de agosto de 2020

Poemas a Lázaro



Mentiría si dijese que he entendido todos los versos de este poemario. No es así, y lo reconozco con humildad: algunas de sus composiciones las he leído varias veces, en silencio y con esforzada concentración y no he logrado penetrar en su sentido. Pero esa incapacidad mía no me impide comprender que me encuentro ante una obra lírica espléndida, en la que he subrayado con colores muchas de las composiciones, por causas variadas: “Primer poema” (por su condición de pórtico inigualable), “Entrada al sentido” (por su esplendor íntimo, que se puede observar en estos dos versos: “Entre la voluntad y el acto caben /océanos de sueño”), “Hemos partido el pan” (airoso y alígero gracias a sus versos de arte menor, y que me ha recordado a mi amigo Pascual García, autor del poemario Luz para comer el pan), “Rotación de la criatura” (donde convierte en mármol su dominio sobre los endecasílabos), “A don Francisco de Quevedo, en piedra” (honda reflexión sobre la patria y sobre el vitalismo), “Cementerio de Morette-Glières, 1994” (donde se menciona a un combatiente de Mula, que imagino que puede ser la localidad murciana, y que fue junto con otros “sangre sonora de la libertad”) y, sobre todo, ese abrumador poema que cierra el libro y que, dedicado al premio Nobel malagueño Vicente Aleixandre, emociona por su condición metafórica: la vida como viaje en tren, con sus estaciones, sus paisajes rápidos en la ventanilla y su andén de llegada multitudinario.
Me gusta mucho la poesía del orensano José Ángel Valente. Tengo que continuar explorando sus restantes obras.

miércoles, 5 de agosto de 2020

A modo de esperanza




Situémonos en 1954. España comienza a recibir armas desde Estados Unidos (país en el que graba su primer disco un chico llamado Elvis Presley), se gestiona el retorno de prisioneros de la División Azul, se inaugura el embalse de El Vado y, al otro lado del Atlántico, nace Sócrates (filósofo del fútbol). De repente, como quien no quiere la cosa, llega un joven de 25 años, nacido en Orense, y termina un libro de poemas que decide titular A modo de esperanza, con el que consigue el premio Adonais. Se llama José Ángel Valente.
El prometedor vate nos dice que “tenía entre mis manos / una materia oscura” y nos dice también que “ha sido emplazado a vivir”. Con esas convicciones, nos va regalando versos escuetos, sinópticos, donde emociones y pensamientos cruzan sus vectores para inundarnos corazón y cerebro. Poco a poco, va reuniendo poemas terribles como “El adiós”, delicadas ternuras como “Epitafio” o elevadas reflexiones sobre la patria, “cuyo nombre no sé” (“Oh patria y patria / y patria en pie / de vida, en pie / sobre la mutilada / blancura de la nieve, / ¿quién tiene tu verdad?”). Y se alza con firmeza una Voz, que iría desarrollándose en los años siguientes por senderos variados. Muchos son los temas hacia los que se aproxima el vate: la muerte, la soledad, la vida, el amor… y hasta textos simbólicos que lo tienen como protagonista (“Hoy he amanecido / como siempre, pero / con un cuchillo / en el pecho. Ignoro / quién ha sido, / y también los posibles / móviles del delito”).
El joven maduro (“Tengo miedo a morir”); el joven que mira y recuerda (“Te he olvidado / tanto y he podido / olvidarte tan poco”); el joven pensador (“Nada / muere, porque nada / tiene fe suficiente / para poder morir”); el joven que piensa en la trascendencia (“Murió; es decir, supo / la verdad”); todos los jóvenes que era Valente comenzaban a expresarse en estas páginas inaugurales.

martes, 20 de marzo de 2018

Fragmentos de un libro futuro




Me dedico hoy a una exploración por el mundo poético de José Ángel Valente, por su volumen Fragmentos de un libro futuro (Círculo de Lectores-Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2000). Es un libro que me ha parecido heterogéneo, pues junto a poemas de honda belleza (como el que dedica a Cernuda en la p.28) alinea textos que yo, francamente, no alcanzo a percibir como meritorios. Nunca me ha gustado demasiado ese tipo de poesía que camina entre el zen y el aforismo tartamudo. Puede ser (no lo descarto) una limitación mía. Yo creo que el poeta debe darnos la suficiente belleza (o la suficiente sugerencia estética) como para entregarnos su don, sin necesidad de pedirnos que nos convirtamos en mineros especializados.
Pero, claro, cuando uno se tropieza con poemas como el que inscribe en la página 39, se da cuenta de que está ante un privilegiado de la palabra. Lo voy a copiar entero, para cuando relea estas hojas dentro de unos años: “Si después de morir nos levantamos,/ si después de morir/ vengo hacia ti como venía antes/ y hay algo en mí que tú no reconoces/ porque no soy el mismo,/ qué dolor el morir, saber que nunca/ alcanzaré los bordes/ del ser que fuiste para mí tan dentro/ de mí mismo,/ si tú eras yo y entero me invadías/ por qué tan ciega ahora esta frontera,/ tan aciago este muro de palabras/ súbitamente heladas/ cuando más te requiero,/ te digo ven y a veces/ todavía me miras con ternura/ nacida sólo del recuerdo./ Qué dolor el morir, llegar a ti, besarte/ desesperadamente/ y sentir que el espejo/ no refleja mi rostro/ ni sientes tú,/ a quien tanto he amado,/ mi anhelante impresencia”. Dios, qué espeluzno. Qué prodigio. Para releerlo veinte veces.
“El tiempo es como el mar. Nos va gastando hasta que somos transparentes”. “Nada tiene más fuego que la ausencia”. “Lloradme nunca”. “Los límites perfectos de tu piel”.