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viernes, 20 de diciembre de 2024

Un viaje frustrado

 


Creo que fue Azorín (si la memoria no me traiciona) quien dijo que muchas de las obras teatrales de Lope de Vega están “hechas maravillosamente de nada”. Lo dijo, es evidente, con elogio, queriendo poner de manifiesto la maestría verbal de un autor que, a base de palabras, consigue en quienes leen o escuchan sus obras la máxima atención. He recordado esa paradójica sentencia al leer Un viaje frustrado, de mi admiradísimo Josep Pla, porque creo que su mecanismo esencial obedece a un criterio idéntico: lo que el prosista de Palafrugell hace es, más o menos, lo mismo. Y también yo lo digo con elogio.

En síntesis, Pla nos cuenta cómo acompaña a su admirado Hermós (su nombre es Sebastià Puig) en su bote, para dirigirse con él a Francia, bordeando la costa catalana. Hermós es “un hombre singular, como pocos hay en este mundo” (p.26), con el que Pla afirma haberse tomado “cuatro o cinco mil sardinas fresquísimas” (p.28); y que despliega ideas de lo más sorprendente: está convencido de que la Tierra es plana, que a veces la luna se retrasa con respecto al horario previsto o que “las dos cosas más graciosas de este mundo son saber tocar la guitarra y hacer trabajar a los demás” (p.94). Todo ocurre en septiembre de 1918, cuando la Primera Guerra Mundial aún se encuentra activa y, por tanto, los asuntos relativos a las fronteras resultan arduos, sobre todo para quienes, como ellos, carecen de todo tipo de papeles.

¿Y qué ocurre durante ese viaje? Pues, desde el punto de vista novelístico, no ocurre absolutamente nada; pero ocurre la vida. Josep Pla se complace en contar qué vientos actúan sobre la embarcación, qué velocidad o empuje despliegan las olas, qué características presentan los paisajes marítimos y terrestres que van contemplando, cómo son los marineros o taberneros con quienes alternan durante esos días, a qué saben o cómo confeccionan los diversos alimentos que van tomando… Esa crónica minuciosa, pequeñita, conmovedoramente humana, es lo que deja en nuestros ojos esta narración, junto a algunas frases que conviene subrayar para no olvidarlas (“Tal vez lo más estúpido de la vida es la tendencia permanente a olvidar nuestra propia nulidad, nuestra indescriptible, intrínseca memez”. “La cultura es una forma enfermiza de la vida”).

En suma, un libro contemplativo y delicioso, donde se nos intenta transmitir la idea de que resulta absurdo confundir lo primario con lo pobre o la sencillez con la precariedad, tanto desde el punto de vista literario como desde el humano.

Para un hombre que se limitó a poner adjetivos después de los sustantivos (eso le dijo, socarrón, a Joaquín Soler Serrano en una entrevista célebre), no se puede decir que esté nada mal.

domingo, 1 de septiembre de 2024

Byron

 


“Si Byron fue atractivo, ocurrente, radical, brillante conversador y, también, un brillante poeta, no es menos cierto que también fue cruel, mezquino, amoral, colérico y orgulloso” (p.15). De esa forma tan contundente comienza la biografía sobre Lord Byron que escribe Derek Parker y que leo en la traducción de Rosario León Cuyas, con prólogo de Pere Gimferrer (Salvat, 1985).

Y son numerosas las anécdotas a las que tengo acceso en sus páginas: la continua obsesión que Byron manifestaba por la deformación de su pie izquierdo; el gesto que tuvo en el Trinity College (Cambridge) cuando, “contrariado por un estatuto que le prohibía tener un perro en sus habitaciones, compró un oso amaestrado y lo metió en el colegio” (pp.34-37); el éxito fulgurante y ecuménico que alcanzó entre las damas de su época, que le escribían, le insinuaban citas secretas e incluso se disfrazaban de varón para acercarse a él; los numerosos rumores que lo relacionaban sexualmente con su hermanastra Augusta; su matrimonio más bien artificial e insatisfactorio con Annabella Milbanke; su afición inmoderada a la natación (llegó a cruzar desde el Lido hasta la entrada del Gran Canal de Venecia, permaneciendo más de cuatro horas en el agua); su vinculación con los grupos revolucionarios carbonarios; sus continuas y aparatosas excentricidades (se dice que “cierta vez, al salir de una fiesta, se lanzó al canal completamente vestido y se marchó a su palacio nadando sólo con un brazo; con el otro sostenía una linterna, para advertir a los gondoleros de su presencia”, p.120); que en 1822 se sometió a una rigurosa dieta de galletas y agua carbónica para reducir el peso que había ido adquiriendo en los últimos tiempos; que jamás mostró afecto por los niños (“Los odio tanto que siempre he sentido el mayor respeto por Herodes”, p.152); su fervoroso apoyo a las luchas por la independencia de Grecia (diseñó el casco con el que participaría en el combate), pese a que la mayoría de los grupos insurgentes lo único que hacían era solicitarle dinero; su muerte, provocada por las excesivas sangrías que sus médicos insistieron torpemente en aplicarle; o el modo inflexible en que sus amigos Hobhouse y Murray quemaron, para proteger su buen nombre en la posteridad, el manuscrito donde Byron había consignado sus memorias.

Además, el volumen está enriquecido con un impresionante aparato iconográfico, compuesto por más de ciento cincuenta imágenes de la época (retratos, paisajes, cubiertas de libros, etc), que me ha resultado muy grato contemplar. Un trabajo notable.

domingo, 15 de septiembre de 2019

Crónica familiar




Abres un libro, creyendo que abres un libro. Comienzas a leer un libro, creyendo que comienzas a leer un libro. Y entonces el firmante de la obra (en este caso, el florentino Vasco Pratolini) te suelta, a bocajarro: “Este libro no es una obra de fantasía. Es un coloquio del autor con su hermano muerto. Al escribirlo, el autor trata sólo de hallar consuelo. Nada más”. A partir de esas líneas, entiendes que tu actitud debe ser otra. Que no puedes pasearte por sus páginas con un lápiz en ristre, dispuesto a subrayar lindezas estilísticas o marcar errores. Alguien te ha puesto una silla para que, sentado en ella, escuches; y tú escuchas, con el máximo de los respetos y con la conmoción erizando tu piel.
Asistes a la narración de dos infancias difíciles, unidas y separadas por el azar. Una madre que muere al dar a luz al hermano pequeño. Un hermano mayor (Vasco) que culpa absurda, atrozmente al recién llegado. Una adolescencia en la que se dibujan aproximaciones y distancias. La lucha por sobrevivir en tiempos duros. Los paseos por calles pobres. Las visitas a la abuela en la residencia de ancianos.
No hay aquí adornos. No hay concesiones literarias de cara a la galería. No hay búsqueda de primores. No hay deleite en la persecución de los adjetivos. Todo es directo, descarnado, escueto, cortante, realista, amargo.
Un gran libro.