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miércoles, 17 de junio de 2026

El jardín de Venus


 

En el año 2013 leí una antología de poemas y fábulas que, altamente eróticos, firmaba el ilustrado Félix María de Samaniego; y se me quedó el gusanillo de acudir al tomo completo de sus picardías y obscenidades, empeño que ahora cumplo. Es el célebre volumen El jardín de Venus, cuya recatada cubierta no nos ofrece (ni muchísimo menos) una pista sobre las barbaridades sexuales que la obra contiene. Cómo eran estos intelectuales de apariencia apolínea cuando se abandonaban a la veta dionisíaca, madre mía. Tremendos. Pero tremendos de verdad. Alejado de cualquier melindre, el escritor alavés nos habla de una moza que, para medir con el máximo rigor la competencia priápica de un muchacho, se sube a su cama y “con diez desagües consiguió aflojarlo”; de una dama que, por recatado consejo de su asesor espiritual, yace con un hombre y, para rebajar en lo posible la voluptuosidad del trance, lo invita a que adentre sus atributos viriles “por cierta industriosísima abertura” que ella ha practicado en su camisón; de un marido que, consciente de que su mujer está a punto de morir y que nadie podrá volver a probar “el ojal del encanto, / en que pecara un santo”, se sube a ella y le suministra “cinco entradas”, que reactivan en la agonizante dama las ganas de vivir; de un atractivo muchacho que, introducido en un convento cordobés, provoca las delicias de todas las monjas, “de modo que era el gallo / de aquel santo y purísimo serrallo”, porque dispone de “un dánosle hoy de buen tamaño”; de un diablo que abandona el cuerpo de una mujer cuando uno de los exorcistas que la trata, alterado por la lujuria, “por tres veces la introdujo / de sus riñones el ardiente flujo”; o de un marido anciano que, en trance fornicador con su joven esposa, deja escapar ciertos vientos inoportunos por vía trasera, “porque la edad en tales ocasiones / afloja del violín los diapasones”.

Juguetón, procaz y siempre sonriente (resulta imposible indignarse con ninguno de los poemas, por más que algunos rozan lo sacrílego), oscilando entre la lubricidad y la irreverencia, Samaniego saca a bailar a un buen número de frailes, ancianas que acuden a misa, estudiantes desocupados, loros indiscretos, lavanderas voluntariosas, preceptores rijosos, esposos distraídos, mercaderes insaciables y monjas casquivanas, que participan en una danza festiva que ni ha perdido gracia ni capacidad excitante a pesar del paso de los años.

miércoles, 2 de octubre de 2024

Placer licuante

 


Después de dos mil quinientos años de narraciones en prosa y en verso, resulta casi imposible que el libro que comenzamos a leer no se muestre deudor de otros anteriores, desde el punto de vista temático y desde el punto de vista estilístico. Y mucho más si el asunto del que trata afecta a los sentimientos más habituales del ser humano: el amor, la muerte, el miedo, la amistad, la ambición, la traición, el odio. En las páginas de la novela Placer licuante, de Luis Goytisolo, ocurre igual, porque en ella se habla de decepción, de venganza, de celos; y resulta imposible no encontrarle conexiones con otros volúmenes y otros autores. Pero no importa, y conviene decirlo bien fuerte, porque el tratamiento prosístico y arquitectónico que el escritor barcelonés imprime a su obra la convierte en una pieza sin duda interesante y, desde luego, valiosa. En ella nos encontramos con Maica, una marchante de arte con gran éxito profesional, que está casada (infelizmente casada) con el escritor Pablo Pérez. Entre ellos no hay complicidad, ni ternura, ni entendimiento de ningún tipo: él bebe demasiado y, al parecer, no ha terminado de encajar de forma razonable los viajes, cócteles y reuniones continuas a los que se ve sometida su esposa por motivos profesionales. Huérfana de ternura, ella descubre en Máximo (arquitecto prestigioso) una ventana por la que asomarse y por la que recibir el oxígeno y la luz, de tal forma que pronto se convierten en amantes. Lo intentan llevar con discreción, porque son personas educadas y con muchas relaciones sociales, pero la suspicacia del marido se dispara desde las primeras semanas y decide contratar a un detective para que le facilite pruebas de esa presunta infidelidad. Cuando las obtiene (y son obscenamente concretas y definitivas), Pablo compra una caja de balas para la pistola que guarda en casa.

Llegados a este punto, cualquier persona puede pensar que nos encontramos ante la típica narración de celos y la típica venganza rencorosa de un marido burlado, pero les aseguro que no es así: jugando con avances y retrocesos en el tiempo, con la contemplación de escenas desde varias perspectivas y, sobre todo, con un final sorprendente, Luis Goytisolo consigue una novela que mantiene el interés de forma asombrosa.

Con la obra literaria de su hermano Juan nunca he podido, pero mi primera incursión en la obra de Luis no me ha dejado, ni mucho menos, indiferente. Me plantearé continuar en el futuro con Estatua con palomas y, si continúan las buenas sensaciones, con el Everest de Antagonía.

sábado, 13 de enero de 2024

La colina de los chopos

 


Posiblemente, uno de los elementos más anonadantes del genio es la cantidad de yoes que caben en él, la pluralidad de facetas que cobija el diamante de su inteligencia, de su sensibilidad, de su arte. Y, por supuesto, esa amplitud poliédrica puede ocasionar tantas admiraciones como desconciertos, tantas avaricias intelectivas como gestos de hastío. Lo he comprendido de forma especial mientras recorría las páginas (espectaculares, bellísimas, desconcertantes a veces) de La colina de los chopos, de Juan Ramón Jiménez.

Comentemos una de esas caras: la brillantez de su lenguaje, lleno de colores y de adjetivos que sorprenden de continuo a los lectores: relojes “sordirrojos”, carteros “sudosos”, avispas “orinegras”, nubes “cumulantes”, un sol “dudón” o unos callejones “abismosos” se mostrarán ante nosotros, mientras se desarrolla un temporal en el cual (y aquí nos espera un adverbio casi sonriente) “llueve gordo”. JRJ maneja o crea las palabras, según lo requiera el contexto o el chisporroteo de su imaginación, siempre febril y rápida como un purasangre. La realidad, con su estímulo poderoso, conduce su mano sobre el papel y le ofrece sinestesias, arcoíris, horizontes, flores, músicas, colinas, auroras, madrugadas o jardines; y de todo ha de dejar constancia con el fulgor de sus palabras, que siempre brillan.

Comentemos otra de esas caras: su esfuerzo condensador para esmaltar un buen número de aforismos. En ellos podemos rastrear sus opiniones sobre la fama (“El hombre de arte, si es puro, no debe ni puede tener otra popularidad que la escasa y exacta de un científico”), sobre la necesaria rebeldía del espíritu humano (“Si te dan papel rayado, escribe de través”), sobre el paso del tiempo (“¡Cómo se agarra el pasado a los pies del presente para no dejarlo ir sin él al futuro!”) o sobre el modo de sobrellevar la gloria literaria (“Si triunfáis, no envilezcáis vuestro triunfo con la jactancia”).

Comentemos una tercera de esas caras: sus interesantes y siempre claros análisis sobre la obra de otros autores (Goethe, Shakespeare, Nietzsche), a quienes no duda en clasificar en escalafones, según su peculiar gusto lírico (“No hay que confundir valores de primer orden, como Rimbaud, Mallarmé, Claudel, Max Jacob, con segundones o tercerillas, como Apollinaire, Reverdy, St. J. Perse, Cocteau…”). En ocasiones, incluso llega al exabrupto generalista (“¡Cómo me cansan todos los libros ajenos!”), que puede provocar no pequeño estupor en la persona que está leyendo.

Un libro para leer despacio, con calma atenta, porque en él burbujean muchos (y muy interesantes) juanramones.

domingo, 18 de diciembre de 2022

Las puertas templarias

 


Hay una parte adolescente en mi espíritu de lector que todavía no ha muerto (y que espero que no lo haga nunca): la fascinación por los misterios. O por aquellos acontecimientos que, presentados de forma sagaz (o marrullera: no lo discutiré), se aureolan con el nimbo del misterio. Me refiero a las interpretaciones esotéricas sobre el mundo de las pirámides, a la búsqueda del Santo Grial, a las escrituras antiguas que aún no han sido descifradas, a los ooparts, a las vírgenes negras, al Arca de la Alianza o a la misteriosa geometría de las catedrales cristianas. ¿Creo que tras estos relatos se esconde una Verdad escondida o perdida? Ni lo sé ni me preocupa. Soy poco dado a perderme en trascendencias y muy poco proclive a veleidades místicas. Pero me gusta mucho aproximarme a esas narraciones y a esas imágenes, porque no tengo problema en reconocer que disfruto como un crío con ellas: me distraen, me sorprenden, me embelesan, me (vuelvo a utilizar la palabra del comienzo) fascinan.

En esta novela (o “construcción legendaria”, como el mismo autor la bautiza con tino), que lleva por título Las puertas templarias, he disfrutado con bastantes de los ingredientes apuntados arriba: combates de ángeles contra demonios, fuentes de energía que permanecen ocultas, organizaciones de poder casi ilimitado (que permanecen en la sombra), custodios de secretos milenarios… Javier Sierra, que conoce perfectamente ese mundo de anomalías y que sabe vertebrarlas entre sí para provocar la curiosidad de los lectores, ha logrado mantener mi interés desde el principio hasta el final. ¿Que se trata de un puzle de piezas ensambladas con alfileres? Es posible. ¿Que la mezcla de culturas y tiempos podría ser desmontada por los especialistas o interpretada de una manera menos fantástica por algunos científicos? No me cabe la menor duda. Pero, insisto, yo me he entretenido con los saltos temporales, con las aventuras de sus protagonistas y he aceptado que, aunque lo verosímil no tiene por qué coincidir con la realidad, el autor ha sido convincente a la hora de organizar su espectáculo narrativo.

Dicho lo cual, mi aplauso.

martes, 14 de enero de 2020

Contrapunto




Sigo con mi apartado de relecturas para entrar en Contrapunto, de Aldous Huxley, en la traducción de Lino Novás Castro (Círculo de Lectores, Barcelona, 1966). Este magnífico texto sabe conjugar la técnica con el interés narrativo de una manera portentosa, y modula un tejido social y psicológico de incalculable riqueza: la inacción intelectual de Philip Quarles, el fascismo ecuestre y algo fanfarrón de Everard Webley, la genialidad provinciana de John Bidlake, el franciscanismo monetario de Burlap, la orfandad sentimental de Marjorie Carling y muchas cosas más.
Los parlamentos “filosóficos” mantenidos entre Philip, Rampion y Spandrell, que en manos de otro autor aburrirían hasta el bostezo, en Aldous Huxley me siguen gustando.
En suma, un recorrido placentero y excitante por el universo de unos personajes (o personas) que conmueven al lector.
Frases que subrayó en mi primera lectura o que subrayo en la segunda: “Un fin noble puede justificar medios vergonzosos. Pero cuando el fin es vergonzoso… ¿qué decir?”. “Cuando no se ha experimentado el fervor religioso, el creer en Dios no tiene sentido”. “La pintura es una rama de la sensualidad”. “Actualmente, la juventud se halla aburrida y cansada del mundo antes de llegar a la mayoría de edad”. “No puedo sufrir a los tontos de buena gana”. “La barbarie es inclinarse de un solo lado. Se puede ser un bárbaro del intelecto así como del cuerpo […]. La ciencia nos está haciendo ahora bárbaros del intelecto”. “Cuesta tanto trabajo escribir un libro malo como uno bueno; sale con la misma sinceridad del alma del autor”. “La naturaleza es monstruosamente injusta. No existe sustitutivo para el talento”. “En nuestros Parlamentos los derechos de la topografía son más fuertes que los del buen sentido”. “Todo el mundo se esfuerza por alcanzar la felicidad, y el resultado es que nadie es feliz”.

domingo, 18 de agosto de 2019

El enigma y el espejo




Hoy me enredo con un libro infantil (que no mareen con pedagogías filosóficas: esto es un libro infantil) de Jostein Gaarder, que traducen Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo (Círculo de Lectores, 1997).
Cuenta la historia de la niña Cecilia Skotbu, que se encuentra en cama por una grave enfermedad y que recibe la visita de un ángel de la guarda durante algunos días, hasta que le sobreviene la muerte. Fin del argumento.
Una patatita melancólica, con menos gracia literaria que un bombardeo.
Me gusta, eso sí, cuando define la vida como “un lento incendio”. Lo demás, para hacer cucuruchos y envolver castañas asadas en invierno.

martes, 7 de agosto de 2018

Los puentes de Madison County




Me leo un libro al que tenía ganas de hincarle el diente narrativo desde hace años. En concreto, desde que vi (y me gustó mucho) su versión cinematográfica, en la que Clint Eatswood y Meryl Streep asumen los papeles principales: Los puentes de Madison County, de Robert James Waller, en la traducción de Alicia Steimberg (Ediciones B, Barcelona, 1995).
La película, ya digo, me encantó (mi mujer, que es 16 años más joven que yo, dice que es una película para cincuentones) y, con ese precedente, pensaba que la novela no me gustaría; pero erré. Me ha dejado un estupendo sabor de boca. Creo que sabe dosificar el sentimentalismo, hilvanar sus recursos literarios, organizar bien la narración de la historia y presentar un relato y a unos personajes altamente seductores. Un volumen emotivo y hermoso.
Dos fragmentos que he subrayado en el volumen: “Nuestra tendencia a mofarnos de la gran pasión, y a tildar de sensibleros los sentimientos genuinos y profundos, dificulta la entrada al reino de la delicadeza”. “Estaba lo más solo que se puede estar”.

miércoles, 31 de enero de 2018

Apuntes (1973-1984)



Reincido en Elias Canetti, en su libro Apuntes (1973-1984), traducido por Genoveva Dieterich (Círculo de Lectores, Barcelona, 2000). Me sigue pareciendo un autor inteligente, aunque se me escapan algunos de sus hilos mentales y no comparto otros (su clara antipatía literaria por Borges, que para mí es un dios de las letras). Lo negativo de estos volúmenes donde se alinean de forma vertiginosa los aforismos —siempre lo he pensado— es que te obligan a una concentración ajedrecística o filosófica. Me gusta más descubrir por mí mismo las “sentencias”. Pero seguiré insistiendo en este autor, estoy seguro.

“Insoportables, los que siempre se creen auténticos”. “La extraña idea de Ha. de que se puede luchar contra todo menos contra la muerte. Como si hubiera otra cosa contra la que tuviéramos que luchar”. “La historia de la propia vida le parece a uno tan aburrida porque no ha sido realmente inventada”. “Amo demasiadas cosas. Debería amar todavía más”. “Los ancianos están tan solos que les perdono incluso sus riquezas”. “¿Podríamos tener aún esperanzas para el pasado?”. “Sigo sin creerme que tengo que morir, pero lo sé”. “Nubes de palabras usadas, ¿qué lluvia van a dar?”. “Un dolor que se olvida no es un dolor”. “Dios se mantiene demasiado quieto, como uno que acecha. ¿Qué?”. “Empieza de una vez a plantear las preguntas a las que nunca llegarás a responder. Lo has evitado durante demasiado tiempo”. “Un amigo para respirar juntos”. “La palabra más imprecisa de todas: yo”. “El que supera la alabanza la merece”.

martes, 16 de enero de 2018

Diálogos entre inmortales, muertos y vivos



Vuelvo a Hans Magnus Enzensberger, con su libro Diálogos entre inmortales, muertos y vivos, en la traducción de Adan Kovacsics (Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, Barcelona, 2001), y me ha gustado. El primer diálogo (que lleva por título “El muerto y el filósofo”) tiene humor, filosofía y circularidad en un texto deliciosamente fino y bien escrito: el filósofo Chuang Tse, en el desierto, encuentra un cráneo; pide a su dios que resucite al propietario; éste, sin creerse la patraña de que ha sido resucitado, roba al filósofo; Chuang Tse, desesperado, pide a su dios la muerte; el ladrón vuelve al lugar y se encuentra una calavera; etc. El segundo diálogo (“Diderot y el huevo oscuro”) muestra a un periodista volviendo al pasado para entrevistar al famoso enciclopedista y se lleva la decepción de encontrarse con un duro escéptico que opina que la Humanidad es una cadena de parásitos: todos vampirizamos y explotamos a alguien, queramos o no. Y en el tercer diálogo, que está dividido en dos partes (“Alexander Herzen. Sobre el ensombrecimiento de la historia”), ya he encontrado menos atractivos, quizá porque muchas de las referencias históricas citadas me resultan desconocidas. Hay, sí, el hálito del fracaso de las revoluciones, pero no se puede decir que desde el punto de vista literario me haya seducido al modo de los anteriores. Un libro que me anima a seguir con este alemán.

“El sufrir siempre surte buen efecto, pues presupone una sensibilidad superior”. “Nadie tiene el derecho de hacerse pasar por más tonto de lo que es”. “Lo que más me gustaría sería emigrar al pasado”. “Quien acusa y condena a los pueblos siempre está equivocado. [...] No se puede considerar culpable a una fuerza elemental”.

viernes, 18 de diciembre de 2015

Menos que uno



Joseph Brodsky nació judío y ruso en 1940; después fue declarado “parásito social” por las autoridades soviéticas (1964); y por fin terminó instalándose en Estados Unidos, país que le concedió la nacionalidad en 1977. Nada de esto lo traería a esta página si no hubiera escrito admirables obras en prosa y verso, que le valieron el premio Nobel de Literatura en 1987.
Menos que uno es un volumen formado por varios textos donde adquiere una gran dimensión la presencia del yo, empapando unas secuencias con grandes dosis autobiográficas, escritas entre el lirismo y la melancolía, entendidos ambos conceptos desde el punto de vista apolíneo.
“Menos que uno” se sustenta sobre muchas imágenes de su niñez, que Brodsky traslada al papel sin voluntad psicoanalítica (“No creo ni por un momento que todas las claves de la personalidad deban encontrarse en la infancia”), en la que se mueve hacia atrás y hacia delante, mezclando elementos de forma ucrónica (“La vida nunca me ha parecido consti­tuida por un conjunto de transiciones claramente delimitadas, sino que más bien va creciendo a la manera de una bola de nieve y, cuanto más crece, más se parece un lugar a otro o una época a otra”).
“Guía para una ciudad rebautizada” nos habla de su ciudad natal. Entre Pedro I el Grande, cuyo nombre la designó durante un tiempo (“Petersburgo”) y Lenin, que le dio nombre durante otro (“Leningrado”), los habitantes prefirieron casi siempre llamarla con el apelativo cariñoso de “Peter”. Joseph Brodsky lo resume en unas líneas irónicas: “Esta ciudad, con sus doscientos setenta y cin­co años a cuestas, tiene dos nombres, el de soltera y un apodo, y en general sus habitantes tienden a no utilizar ninguno de ellos”. Y nos habla de algunas de sus virtudes, con hipérboles deliciosas (“Hay tanto silencio en derredor que casi puede oírse el tintineo de una cuchara que se caiga en Finlandia”).
Luego dedica tres escritos a hablarnos de escritores a quienes admira (Ossip Mandelstam, su esposa Nadeyda y W.H. Auden), mucho más interesantes para filólogos que para lectores comunes.
“Fuga de Bizancio” es el más complejo y divagatorio de los escritos, porque se adentra en consideraciones topográficas, históricas y filosóficas sobre la ciudad de Estambul, cuna de su “poeta favorito” (Kavafis). Aprovecha también para decirnos que la idea de viajar y hacer turismo no le resulta demasiado amable, dado el cariz absurdo que los japoneses han impuesto como canon: fotografiarse ante cualquier monumento o lugar para que quede constancia de su paso por allí (“El Cogito ergo sum cede el paso al Kodak ergo sum”).
Y, por fin, el más estremecedor de los textos: “En una habitación y media”. Ahí nos habla de sus padres, que de pronto se encontraron presos de un sistema que coartaba su libertad y que los obligaba a vivir como animales, estabulados con directrices estatales, imposibilitados para viajar o para tomar decisiones que cualquier democracia considera básicas. Por eso Brosdky eligió la lengua inglesa para tributarles este homenaje: “Escribir sobre ellos en ruso sería sólo am­pliar su cautividad, su reducción a la insignificancia, cuyo re­sultado no podría ser otro que la aniquilación mecánica. Sé que no habría que comparar el estado con el idioma, pero fue en ruso que dos viejos, que se arrastraron durante doce años por las numerosas cancillerías y ministerios del Estado con la es­peranza de conseguir un visado para ir al extranjero a ver a su único hijo antes de que les llegara la muerte, oyeron la res­puesta que les reveló que el estado consideraba aquella visita «fuera de lugar»”. Quizá recordar a sus padres de esta forma tenga que ver con el hecho de no haber pasado sus últimos años a su lado, en Rusia, pero no quiere detenerse en esa posibilidad porque “pocas cosas hay más fú­tiles que sopesar las opciones que uno ha tenido de manera re­trospectiva”. Ante todo, nos dice Brosdky como resumen y conclusión, “estoy agradecido a mi madre y a mi padre, no sólo por haberme dado la vida, sino también por no haber educado a su hijo como un esclavo”.

Una obra admirable, luminosa y bellísima, que me ha encantado leer.

jueves, 15 de enero de 2015

Conversación con la intemperie



Para conocer bien un paisaje no basta con mirar un solo árbol, una sola montaña o una sola flor: hay que dirigir la vista a múltiples lugares, recrearse en todos los rincones que nos ofrece y, finalmente, decidir lo que opinamos sobre el mismo. Igual ocurre con la literatura de un país. El prestigioso sello Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores editó hace seis años (2008) la enorme antología Conversación con la intemperie, preparada por Gustavo Guerrero, con el sano propósito de que conozcamos mejor la poesía venezolana. Y lo hace con un muy agradable paseo que incluye a autores vivos y muertos, clásicos y renovadores, que completan una escrupulosa panorámica de la lírica de Venezuela en el siglo XX.
En este muestreo encontramos por ejemplo a José Antonio Ramos Sucre (1890-1930), poeta de sensibilidad exacerbada (“El mundo lastima cruelmente mis sentidos y la vida me aflige”, p.33), que utiliza un amplio léxico luminoso y que recurre a la autoafirmación constante (repite centenares de veces el pronombre “yo” en sus composiciones); a Vicente Gerbasi (1913-1992), letánico y rotundo, con sus largos poemas de respiración épica, sus invocaciones a la niñez (“Te amo, infancia, te amo”, p.151) y el adelgazamiento de sus versos en la senectud; a Juan Sánchez Peláez (1922-2003), al que Álvaro Mutis definió en su día como “el secreto mejor guardado de América Latina”, y que maneja un ritmo sincopado en buena parte de sus composiciones, dotándolas de un ritmo febril; a Rafael Cadenas (nacido en 1930), autor de volúmenes tan deliciosos como Una isla, de versos de plástica belleza insinuante (“Orgía vegetal. Una mujer desnuda se acuesta bajo la lluvia”, p.349) y de reflexiones de espesor filosófico (“La palabra no es el sitio del resplandor, pero insistimos, insistimos, nadie sabe por qué”, p.354); a Guillermo Sucre (1933), gran estudioso de la obra lírica de Borges y que se propone “escribir algo torrentoso y deslumbrante” (p.419), aunque sabe que “cada palabra desplaza a otra que nunca logramos decir” (p.477); y, por fin, a Eugenio Montejo (1938), al que Gustavo Guerrero define en el prólogo con el atinado rótulo de “orfebre de las emociones” (p.27), y que busca su fuente de inspiración en lugares tan variados como su propia vida (la muerte de su hermano Ricardo), la mitología (Orfeo), los paisajes urbanos (Caracas) o el mundo cultural (Pessoa), y que llega en sus penúltimos poemas a un telurismo sorprendente (“Alguna vez escribiré con piedras, / midiendo cada una de mis frases / por su peso, volumen, movimiento. / Estoy cansado de palabras”, p.564).
En suma, un manual cuidadosamente preparado para que, desde este lado del océano, refresquemos o descubramos la maravillosa poesía venezolana del siglo XX. Una bellísima propuesta.

martes, 4 de noviembre de 2014

Una historia: dos relatos



Un escritor, a veces, se ve asaltado por la realidad, y entonces es ésta la que le dicta lo que debe escribir. Le ocurrió en una ocasión a Imre Kertész, premio Nobel de Literatura en 2002. Por motivos profesionales, se vio impelido a realizar un viaje en tren en dirección a Viena; y este detalle, que para cualquier otro escritor occidental supondría una mera anécdota, se convirtió para el narrador húngaro en el inicio de una pesadilla. En efecto, un aduanero puntilloso y con ganas de incordiar lo sometió a un humillante acoso de preguntas e insidias, que terminó cuando le requisó el dinero y el pasaporte, indicándole después que, por no llevar documentos, debía bajarse del tren. Kertész intentó protestar educadamente, pero lo único que consiguió fue que le extendieran un inútil recibo, y que le permitieran subir en un viejo tren que lo devolvió a Budapest, después de pagar una cierta cantidad de dinero suplementaria. Esa ceremonia vejatoria aniquiló anímicamente al escritor, que llegó a sentirse como un cadáver (“He perdido mi capacidad de aguante, ya no me pueden herir más”, p.40).
Un tiempo después, al también húngaro Péter Esterházy le ocurrió algo de similar tono. Él no iba leyendo en el tren el Diario de un genio, de Salvador Dalí, como hacía Kertész, sino una novela de Malamud (“No era muy buena, pero me permitía sentir la presencia continua de un verdadero escritor”, p.67). Pero las restantes circunstancias son prácticamente idénticas: una extorsión, una humillación, un malestar. Y las reflexiones posteriores.
La diferencia entre ambas historias (o, mejor dicho, entre los dos relatos de la misma historia, porque en el fondo es de lo que se trata) es que Kertész nos describe la situación con una mayor dosis de angustia, en tanto que Esterházy echa mano de una cierta cachaza humorística y se planta ante los hechos con una mayor frialdad distante, con cierta ironía digestiva. Dos maneras complementarias de ver un suceso que, si nos imaginamos a nosotros mismos como sus protagonistas, nos provocará un escalofrío.
Es inevitable que, en este tipo de casos, se piense en el checo Franz Kafka (como de hecho hacen los dos), pero también que se constate que por debajo de la piel aparentemente normal de nuestras sociedades, late siempre la inminencia del horror, la posibilidad del caos, la sospecha de que pueda advenir el terremoto que las perturbe. Vivimos instalados en una normalidad quebradiza, mercúrica, que aceptamos como estable pero que se puede quebrar de un momento a otro; y ésta puede ser la lección profunda que deberíamos extraer de estos dos relatos que el sello Galaxia Gutenberg–Círculo de Lectores nos ofrece en un solo tomo de letra muy agradable, con la traducción de Adan Kovacsics. Una lección moral que no deberíamos dejar de leer.

miércoles, 30 de enero de 2013

Chulas y famosas



Cuando realmente quería ser malo y resultar vitriólico, no hay más remedio que reconocer que el catalán Terenci Moix desplegaba unas garras de astracán de las que convenía mantenerse alejado, pues eran en verdad mortales. Con su sonrisa picarona de enfant terrible y con aquellos ojitos de no haber roto nunca un plato, el prolífico autor barcelonés comenzaba este libro (donde se reproduce parte del diario de Miranda Boronat) con esta secuencia demoledora: “Hallábame yo pía y contrita en el entierro del honorable Jordi Pujol, presidente que fue de la Généralité de Catalogne, y no salía de maravilla al apreciar el estado de la momia, tan linda como lo fue en otro tiempo la de Evita Perón”. A partir de ahí, como resulta fácil de sospechar, Moix no se permitió la cortesía de dejar títere con cabeza. Nadie es perdonado, ni goza de inmunidad (salvo Jaime Gil de Biedma), en este festival satírico, en este festín carnívoro de mordacidades.
¿Argumento de la obra? Pues podríamos decir que no lo tiene, en puridad, salvo ese leve hilo que supone la historia de los amores entre Myrna Lamour (Mar Flores) y el noble Flavio Fabiolo (Cayetano Martínez de Irujo), que a punto está de ser torpedeada por unas cartas que pone en venta el inecrupuloso barón Parbleu (Alessandro Lecquio). A Terenci Moix parece interesarle en estas páginas, más que el consabido argumento rectilíneo y cerrado, el retrato caótico, cáustico, diagonal, irónico, mordaz y chispeante de la clase snob española de finales del siglo XX, cuyos nombres reales resultan facilísimos de descubrir, bajo la hojarasca de sus burlas. Así, nos habla de “esa presentadora tan mona y menudita que da sorpresas a los menesterosos de televisión” (Isabel Gemio); de una modelo repelente y ñoña llamada Truchi Pelacanes (Sofía Mazagatos); de la modelo del betún (Naomi Campbell); de la hija de la folclórica y su marido bombero (Rociíto y Antonio David Flores); del futurólogo Críspulo Saturnal, “uno de los peores cuerpos celulíticos que se hayan visto en cualquier geriátrico” (Rappel) o de la famosa adivina Satanaza Bernal, quien “ya es definitivamente una drag queen” (Aramís Fuster). Y no menores insolencias (aunque subiendo muchísimo el nivel social) reserva Terenci Moix para la soberana inglesa (“La reina petarda”) y para las peculiaridades excretoras de Juan Pablo II (“Es dogma que un ano tan excelso sólo puede soltar tocinillos de cielo”). Y tampoco se libran de la quema algunos representantes del gremio de la pluma, sobre todo cuando Terenci habla de “la última novela de Mario Xavi, Después del cricket piensa en mi abuela de Oxford, que me han dicho que es el no va más de la penetración psicológica”. Es evidente que lanza una flecha envenenada contra la novela Mañana en la batalla piensa en mí, de Javier Marías... Pero tampoco desdeña la autocrítica cuando se refiere a sí mismo definiéndose como “un mariquita barcelonés que presume de escritor” y que se erige en “Robespierre de las letras patrias”. En ese tono ácido continúa, disparando a diestro y siniestro, durante más de cuatrocientas páginas.
En suma, un despliegue frondosísimo de pullas escrito con una prosa divertida, fresca, delirante y cuajada de aciertos expresivos. No sólo fue uno de los más completos escritores de su generación sino, sin lugar a dudas, el más temible y deslenguado.

jueves, 1 de enero de 2009

Camus (A contracorriente)



Albert Camus fue uno de los intelectuales más influyentes y poderosos del siglo XX. Pero el periodista Jean Daniel, que fue compañero y amigo suyo durante muchos años, sigue preguntándose hoy en día por qué la obra de este pensador incómodo, antisistema, iconoclasta y deliciosamente literario (Jean-Paul Sartre se permitió el lujo de criticarle lo bien que escribía) se ha convertido en un auténtico icono de nuestro tiempo. Y en su libro Avec Camus. Comment résister à l’air du temps, que ahora traduce José Luis Gil Aristu para el Círculo de Lectores – Galaxia Gutenberg con el título de Camus (A contracorriente), se dedica a analizar sus recuerdos del autor argelino, su labor como periodista, el rigor indesmayable de su ortodoxia y, sobre todo, el «heroísmo de la contradicción» (p. 29) del que siempre hizo gala y bandera.
El hombre que tuvo como madre a una menorquina analfabeta y medio sorda, y como padre a un trabajador vinícola; que estudió y leyó desde muy niño, en condiciones durísimas (una tuberculosis a los trece años); y que se convirtió en el pensador más honesto de Europa (por encima de Sartre, que no tuvo reparos en apoyar o disimular atrocidades soviéticas, conociendo su existencia); sigue siendo hoy un gran desconocido, a pesar de los centenares de trabajos que se tributaron a su pensamiento y su figura. Este «puritano agnóstico» (p.46), como lúcidamente lo bautiza Jean Daniel, descubrió muy pronto que quería contar muchas cosas, y que el tiempo era escaso. Por eso se afanó en escribir filosofía, literatura y periodismo a partes iguales, con idéntico fervor, llevando sobre sus hombros aquel mítico diario llamado Combat, en el que se vanagloriaba de no haber mentido nunca en ninguna de sus colaboraciones. Enemigo furibundo de cualquier forma de posesión, amigo de los seres desvalidos, partidario constante del diálogo y de la tolerancia, Camus se convierte en un escritor fácilmente asimilable por parte del gran público, que puede llegar a confundir su mensaje por la vía de la simplificación («Era tratado unas veces como un agradable escritor que filosofaba por encima de sus medios, y otras como un pastor que balaba al servicio de la burguesía», p.115).Pero fue ante todo una persona que portaba un mensaje complicado, lleno de agudeza, que el ensayista Jean Daniel, autor de este volumen, resume en una fórmula tan breve como enjundiosa: «Camus proclamaba que, para realizar nuestra tarea de hombres, necesitamos ser Sísifos felices» (p.181). Fijémonos en la brillantez de la sentencia y tratemos de reflexionar sobre la misma. No se ha pedido mayor sacrificio moral desde el inicio de los tiempos. Ser Sísifos felices supone constituirnos en orgullosos portaestandartes de la dignidad, en vanguardistas de la justicia, sin esperar jamás ningún tipo de recompensa. Lo más honroso y lo más complicado del mundo.