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sábado, 22 de agosto de 2026

Medio siglo con Borges

 


Mario Vargas Llosa era un joven que, entusiasmado con las ideas de Jean-Paul Sartre sobre el compromiso del escritor, abominaba en público de las obras del “esteta” Jorge Luis Borges; pero que, a solas, como quien comete adulterio (son palabras suyas), las leía con fervor y quedaba prendado con su universo estilístico. Esa fascinación íntima, ese deslumbramiento, resulta evidente en el volumen Medio siglo con Borges, un homenaje al escritor que (habla don Mario) “nunca me decepcionó”, aunque no compartiesen ideología o mostrasen lealtades divergentes: a Borges le gustaba la literatura fantástica, que Vargas Llosa reconoce mirar con distancia; al peruano le fascinaban la política y el sexo, que el argentino soslayaba o incluso desdeñaba. Lo crucial es que (cito textualmente las palabras del premio Nobel) “la belleza e inteligencia del mundo que creó me ayudaron a descubrir las limitaciones del mío, y la perfección de su prosa me hizo tomar conciencia de las imperfecciones de la mía”.

Uno de los textos más conocidos de cuantos se incluyen en este volumen es la famosa entrevista que Vargas Llosa le hizo para la radiotelevisión francesa en la que, anotando lo pobre y precario de su vivienda, le dio a Borges la sensación de haber conocido a un agente inmobiliario (“Los muebles son pocos, están raídos y la humedad ha impreso ojeras oscuras en las paredes. Hay una gotera sobre la mesa del comedor […]. Su dormitorio parece una celda: angosto, estrecho, con un catre tan frágil que se diría de niño”). También nos da una fascinante nota sobre el carácter del argentino: “Igual que su modestia, sus buenas maneras son más un recurso literario que una virtud. En el fondo, sabe muy bien que es un genio, aunque, para un escéptico como él, esas cosas no tienen importancia”.

Rendido a su brillantez, Vargas Llosa enuncia que “no es arriesgado afirmar que Borges ha sido lo más importante que le ocurrió a la literatura en lengua española moderna”. Pero que conviene tener mucho cuidado con su estilo, porque intentar imitarlo es tan evidente como inútil (“La revolución de Borges es unipersonal; lo representa a él solo”). Su literatura, despojada de las retóricas ampulosas del español tradicional (“El estilo borgiano [escribió Vargas Llosa en 1999] es uno de los milagros estéticos del siglo que termina, un estilo que desinfló la lengua española de la elefantiasis retórica, del énfasis y la reiteración que la asfixiaban, que la depuró hasta casi la anorexia y obligó a ser luminosamente inteligente”), se lee “con interés hipnótico”, porque sin duda es “prosa hechicera”. Y está llena, como todo el mundo sabe, de erudiciones culturales, aunque no conviene perder de vista un elemento crucial: “Lo que da grandeza y originalidad a esos cuentos no son los materiales que él usó sino aquello en que los transformó”. Vargas Llosa, con su prosa también hechicera, nos regala un libro magnífico para los amantes del universo borgiano.

jueves, 20 de agosto de 2026

Cuánto vale una heladera

 


Después de dos aproximaciones muy gratificantes a la novelística de Claudia Piñeiro me acerco hasta las páginas de Cuánto vale una heladera y otros textos de teatro, que reúne seis producciones breves, pero muy valiosas, donde se combinan humor y tragedia, cotidianidad y magia, claustrofobia y recuerdos. Me ha parecido muy notable. Con las tres primeras entregas del tomo he disfrutado por motivos distintos: en Cuánto vale una heladera, por el modo en que combina un disparate burocrático con su solución humorística; en Verona, por la telaraña familiar que condensa, llena de hilos pegajosos llenos de reproches, cuentas pendientes, mezquindades y egoísmos; y en Morite, Gordo, por el juego de avances y retrocesos temporales, que nos van completando una historia de amor y muerte. Pero donde realmente la escritora argentina alcanza su cénit dramático es en las tres propuestas que completan el tomo: Un mismo árbol verde (donde Silvia y Dora, que viven en la Argentina, pero tienen un duro pasado armenio, nos invitan a reflexionar sobre exilios y genocidios, que parecen buscarse y tejer una malla atemporal), Tres viejas plumas (en cuyas páginas asistimos a la reconstrucción de un viejo trauma familiar, que separó a Marcelo de su padre durante ocho años, hasta que el azar vuelve a reunirlos de manera agria) y Con las manos atadas (en la que la escribana Elena y su empleado Gutiérrez son inmovilizados por un ladrón y tienen que pasar unas horas aislados en la oficina, hasta que a la mañana siguiente alguien venga a rescatarlos).

Con una admirable habilidad, Claudia Piñeiro rellena su coctelera con la letra Ñ, los crímenes de los turcos, algunas frases inmortales de William Shakespeare, un orgasmo inesperado, un chico incapaz de guardar rencor a su hermano, un tipo del que nadie parece recordar el nombre o una madre que no murió por culpa de la tos, sino por la lujuria insensata de su esposo. Y una vez agitada esa mezcla nos sirve un cóctel que contiene amor, deseo, irritación, soledad, melancolía, derrota y decepciones. No desaprovechen la oportunidad de adentrarse en este libro: les gustará, estoy seguro, tanto como a mí.

viernes, 7 de agosto de 2026

Dar la vida y el alma

 


Para las personas que hayan leído Tríbada, de Miguel Espinosa, imagino que será sorprendente que la compare con Dar la vida y el alma, de Marina Mayoral. No lo hago tanto por la intensidad literaria de sus páginas (que juzgo superior en el caravaqueño) como por el espíritu que impregna ambas obras: la voluntad de analizar y entender todos los meandros íntimos de sus personajes. El asunto o argumento queda convertido en ambas obras en pura anécdota, porque la mirada de quien escribe se concentra en los móviles de sus personajes, en sus impulsos, en sus esperanzas, en sus temores. Consciente de esa condición, Espinosa prefería con buen criterio la etiqueta de ‘libro’ a la de ‘novela’, pero entiendo que la autora gallega ensaya otro mecanismo: el manejo de dos líneas alternas, que se trenzan a lo largo de la obra como sinusoides independientes. En la primera (la más puramente novelesca), nos habla de Amelia, una chica jovencísima (18 años) que, tras su noche de bodas en París, es abandonada por su marido, Carlos, que la deja sin nada: ropa, dinero o calzado. Eso no la impulsa a la venganza o la amargura, sino hacia la conformidad: sigue considerándose casada con él y rehúye toda posible denuncia, para consternación o enfado de la familia (que no entiende su actitud) y para asombro de la ciudad (que mira con estupor y con respeto su gesto de conformidad cristiana). Enrique, un chico que la amaba desde antes de su boda y que la sigue queriendo platónicamente, se casará con Carmen, consciente de que ella nunca accederá a la anulación del matrimonio. De hecho, cuando las garras de la enfermedad arañen a Carlos en su vejez, Amelia acudirá para estar a su lado, contra todo pronóstico. En la segunda línea, Mayoral, auxiliándose con referencias a otros escritores (Eduardo Mendoza, Benito Pérez Galdós, Mercè Rodoreda, Emilia Pardo Bazán, Mario Vargas Llosa, Gabriel Miró, el arcipreste de Hita, Espronceda, Larra, Bécquer o Stendhal, entre otros), se adentra por un interesante sendero de análisis, donde psicología y sociología se dan la mano para hacernos reflexionar sobre la historia: ¿qué sintieron sus protagonistas? ¿Qué fue lo que motivó sus actos? ¿Qué porcentaje de amor, de religión, de conveniencia social o de terquedad impregnó las actuaciones de Amelia, de su padre, de Carlos, de Enrique, de Lola, de Carmen? Y, además, ¿cuánto nos revelan los recovecos de esta historia de la propia narradora, que ha sido abandonada por su pareja y que no puede evitar reflejar sus ideas en el libro (“A mí me sorprende cómo algunas mujeres luchan por retener al hombre que se ha enamorado de otra, o incluso al que se ha cansado de ellas y se enreda una y otra vez en aventuras buscando nuevas ilusiones. Yo me siento incapaz de hacer otra cosa que no sea facilitarle el camino para que se vaya”)?

A la postre, poco importa que hablemos de personajes reales o imaginarios; y poco importa que la voz narradora corresponda a Marina Mayoral o no (solamente un lector muy cotilla puede estar interesado en esos pormenores). Liberados del poder coyuntural del tiempo y del registro civil, los análisis y elucubraciones de Dar la vida y el alma, que me parecen muy valiosos, adquieren corporeidad por sí mismos y fijan su propio territorio. Notable.

miércoles, 29 de julio de 2026

Don de gentes


 

Como en todos los volúmenes donde se recopilan artículos de prensa, en este Don de gentes, de Elvira Lindo, se alinean infinidad de asuntos, tan heterogéneos como sugestivos: el nuevo modelo de masculinidad que emana de la serie Los Soprano; la admiración que siente por actores como Jeff Bridges, Rafaela Aparicio, Manuel Aleixandre o Katherine Hepburn; el aburrimiento de que las estrellas de cine o los políticos de renombre ya no acepten más entrevistas que las pactadas; su tristeza por la muerte de José Luis López Vázquez, al que Charles Chaplin consideraba el mejor actor del mundo (“El recuerdo que deja un viejo cómico está amarrado al de nuestra propia vida”); maravillas  irónicas en las que aboga por líneas de autobuses que vayan llevando a los opinadores profesionales de un plató a otro, porque “el verdadero contertulio es el que tiene tres tertulias de media al día. Con menos de eso eres un desgraciao”; su estupor irónico al ser considerada “favorita” para ganar un premio Planeta al que no se ha presentado; su entusiasmo por las novelas de Simenon; su rechazo a que se manipulen los cuentos infantiles tradicionales para adaptarlos a la “modernidad” ñoña y políticamente correcta (“Los cuentos clásicos están hechos de acero, han soportado el paso del tiempo, adiestran al niño en las emociones puras: el amor, el abandono, la pena, el ansia de superación y el triunfo del inteligente contra el bruto”); la emoción que la embargó cuando el profesor Maurer la lleva a visitar la casa donde Louisa May Alcott escribió la novela Mujercitas; su simpatía y su admiración por Miquel Barceló; su aversión a la sobreprotección de los niños, que los paraliza y anquilosa (“Están agilipollados de tanto estar en casa o en actividades extraescolares”); su repudio por los políticos corruptos y, sobre todo, por quienes les siguen aplaudiendo (“Ellos han actuado dentro de la lógica del sinvergüenza, han hecho su trabajo. Pero, ¿y la gente votándoles? Ahí sí que me rayo, ¿ves tú?”); o la carta abierta que dirige al anacrónico juez Ferrín Calamita, perpetrador de sentencias neandertales. Mil temas, como es lógico.

¿Qué me gusta especialmente de este volumen? Por supuesto, muchos de los asuntos que trata; pero, sobre todo, su forma de avanzar sinuosamente. Es decir, que la escritora gaditana no se dedique a desarrollar la idea de manera rectilínea, sino que baile, zigzaguee, dirija los ojos aquí o allá, meandree, nos invite a reparar en los detalles anexos: ese artículo científico o divulgativo que acaba de leer, esta vieja canción que relaciona con el asunto del que habla, aquella anécdota que ahora aporta su sonrisa... El punto de partida estaba claro; el punto de llegada es nítido; pero, gozosamente, la escritora nos ha hecho mirar el camino, nos ha hecho gozar del trayecto. Con el paso de los años, olvidaremos casi todo del viaje (de cualquier viaje, en realidad), pero la amnesia no diluirá el tono, la gracia, la luz de la persona que nos acompañó en él. Estoy convencido.

martes, 28 de julio de 2026

Elena sabe

 


Elena es una mujer que vive sola y que, a su edad avanzada, tiene que añadir el rigor inmisericorde de la enfermedad de Parkinson. Su médico le prescribió unas cápsulas de Levodopa, con las que consigue mitigar la rigidez de sus miembros, que la mayor parte de los días apenas la dejan caminar. Ese acto en apariencia sencillo para los demás (adelantar un pie y después el otro) se erige para ella en esfuerzo ímprobo. Pero un tenaz proyecto la impulsa a lanzarse a la calle: desea por encima de cualquier otra cosa esclarecer la muerte de su hija Rita, que el lluvioso día de Corpus Christi fue encontrada colgando de una cuerda en el campanario de la iglesia. Todo el mundo dio por hecho que se trataba de un claro suicidio, pero Elena sabe que su hija odiaba y temía las tormentas. ¿Cómo iba a encaminarse hacia la iglesia en medio de la lluvia? Todas las personas que rodean a Elena (el juez, el comisario, los vecinos, el sacerdote, los amigos, incluso el novio de Rita) aceptan la idea del suicidio, pero algo en su interior se rebela contra esa hipótesis. ¿Ha de resignarse a guardar silencio y dar por válida la versión oficial? Reacia al conformismo, Elena decide visitar a Isabel, una mujer a la que su hija auxilió veinte años atrás para pedirle que la ayude a esclarecer los hechos.

Magnífica analista de los pasillos interiores del alma, Claudia Piñeiro construye en Elena sabe una honda reflexión sobre el Parkinson, una enfermedad que la protagonista no tiene (“Ella lo padece, lo sufre, lo maldice, pero tenerlo no, tener implica voluntad de agarrar algo, de sostener, y ella no, eso sí que no”) y que, con sus desagradables tentáculos, condiciona y paraliza a todas las personas de su entorno. Y, como complemento, nos desliza un interrogante perturbador, tan áspero que raramente (o nunca) nos lo planteamos de forma voluntaria: ¿conocemos de verdad (sus angustias, sus miedos, sus esperanzas, sus zozobras) a quienes se encuentran a nuestro alrededor? Muy recomendable.

miércoles, 15 de julio de 2026

La muerte ajena

 


Los hechos son terribles: una chica de veintitrés años, llamada Juliana Gutiérrez, ha caído desde el quinto piso de un edificio del barrio de la Recoleta (Buenos Aires) y se encuentra en un hospital, debatiéndose entre la vida y la muerte. Pero son los detalles los que enturbian pronto la historia: la chica estaba drogada; la chica estaba desnuda; la chica estaba en el apartamento del empresario Santiago Sánchez Pardo; la chica trabajaba como escort (acompañante vip con derecho a prestaciones sexuales). De inmediato, surgen las dudas y las hipótesis: ¿se trata de un accidente, de un suicidio o de un asesinato? Añadamos más condimentos al plato principal: Juliana compartía padre con Verónica Balda, famosa periodista radiofónica, quien pronto comienza a interesarse por el caso, sobre todo porque los rumores crecen y se enredan de una forma imparable. Se habla de prostitución de lujo, se habla de empresarios que controlan el poder de forma secreta, se habla de intervención de los servicios secretos argentinos. Añadamos un segundo plato al menú: Juliana tenía grabaciones de audio, documentos fotografiados y todo tipo de pruebas que incriminaban a su sugar daddy (Santiago Sánchez) en tramas tan oscuras como inquietantes; y quería que esas pruebas llegaran a las manos de Verónica, para que las utilizase como base de una investigación y de un proceso legal.

Esos mimbres argumentales, que podría haber servido para construir una novela sencilla, rectilínea y comercial, sirven a Claudia Piñeiro para conformar un relato poliédrico, donde varios personajes se erigen sucesiva y complementariamente en narradores: Leticia Zambrano (quien trabaja con Verónica y compartió con ella el premio Rey de España de periodismo), Pablo Ferrer (pareja de Verónica) y, por supuesto, las revelaciones parciales, pero muy significativas, de Juliana, Santiago o la propia Verónica. A ese mosaico laberíntico es invitada a sumarse la persona que está leyendo, quien tendrá que unir las piezas y restablecer, en la medida de lo posible, lo que realmente ocurrió en este “entramado de sexo, poder, política y servicios secretos” que se parece, triste y certeramente, al mundo en que vivimos. La propia narradora bonaerense lo dice: “Estamos parados sobre el juego de la oca más siniestro, dando pasos hacia atrás. Es evidente que una ola ultraconservadora se esparce por el mundo entero, no sólo por nuestro país. Lo que parecía superado, regresa. Los consensos se rompen, los derechos que parecían adquiridos para siempre se ponen en cuestión y peligran. Lo que se callaba porque era vergonzante, ahora se grita a los cuatro vientos. Muy triste”. ¿Les suena ese análisis? ¿Están conformes con él? Frente a los novelistas que se atascan en una visión férrea o que nos invitan a aceptarla sin más vacilaciones, Piñeiro nos propone la duda (“La verdad no es lo que cuenta Pablo. La verdad no es lo que cuenta Zambrano. Tampoco es lo que cuento yo”). La realidad es un territorio cenagoso, donde el poder, los traumas familiares, el dinero, la prostitución, la libertad, la mentira y el crimen campean, y donde no cabe asumir posturas ingenuas o unilaterales: con esa zozobra, casi cuántica, debemos afrontar la lectura.

lunes, 13 de julio de 2026

El gran gigante bonachón


 

Siempre me he sentido en deuda con aquellos autores y autoras cuyos libros me han emocionado, enseñado o distraído a lo largo de mi vida. Medio siglo como lector dan, es evidente, para muchas gratitudes. Pero desde hace veinte años, me siento particularmente deudor de aquellas autoras y autores cuyos libros han provocado sonrisas o caras de asombro a mis hijos. Es una felicidad especial, que cualquier padre o madre que haya leído para sus cachorros a la hora de dormir compartirá conmigo. Ver sus ojos brillantes, escuchar sus suspiros de alivio o responder a su petición de “una página más” no tiene precio.

Roald Dahl, merecedor siempre de mis aplausos, me regala otros momentos inolvidables con El gran gigante bonachón, la historia de un ser de apariencia monstruosa (ocho metros de altura, orejas descomunales, vestido de negro) que, descubierto por la huérfana Sofía, decide raptarla y llevársela a su lejano país, para que no denuncie su presencia a las autoridades. Pronto, la niña descubrirá que GGB es inofensivo, aunque no se pueda predicar otro tanto de sus nueve compañeros, antropófagos, brutales y el doble de altos que él, quienes realizan incursiones nocturnas por todos los países del mundo para llenar sus andorgas. ¿Existirá alguna forma de detenerlos? La única habilidad que GGB domina es ser capaz de inspirar sueños en los seres humanos. Pero esa destreza, ¿será útil para neutralizar a sus desagradables congéneres? Sofía, tan pizpireta como ingeniosa, comienza a poner en marcha su cerebro; y traza un plan en el que será necesaria la ayuda de la mismísima reina de Inglaterra.

Roald Dahl combina aquí los escalofríos con el sentido del humor (en especial, en las secuencias donde habla del gasipum, una bebida cuyas burbujas bajan en lugar de subir y provoca popotraques (pedos) tan aparatosos como risibles). Y, en un plano más trascendente, invita a sus jóvenes lectores a reflexionar sobre las contradicciones del ser humano. Es verdad que resulta horroroso ser comido por seres más fuertes, pero quizá los corderos, los cerdos o los patos piensen lo mismo de nosotros. La lección es dura, aunque inevitable: también los seres humanos fabricamos las normas, ay, a nuestra medida.

sábado, 27 de junio de 2026

El último caso de Unamuno

 


En la última reseña que le dediqué al zamorano Luis García Jambrina, por su novela El manuscrito de nieve (https://rubencastillo.blogspot.com/2024/03/el-manuscrito-de-nieve.html), señalé un procedimiento que, a mi entender, volvía defectuosa la obra: su tendencia a amontonar datos históricos, artísticos y de todo tipo de una manera poco acertada. Dos años después, me animo con otra de las producciones del autor, aparecida en 2026: El último caso de Unamuno. Y me siento muy feliz de emitir un juicio totalmente distinto: la obra es excelente. Las informaciones históricas, políticas, culturales y militares siguen siendo oceánicas (la ambientación de la novela en 1936 así lo requiere), pero el autor ha sabido encauzarlas de un modo magnífico, sin que el lector sienta que chirrían.

La base del libro se articula sobre dos líneas policiales que caminan de forma cercana. En la primera, descubrimos cómo el insigne escritor don Miguel de Unamuno investiga el misterioso suicidio del catedrático de Derecho don Daniel Carbajo. Su esposa descubrió el cuerpo ahorcado en su despacho, que permanecía con la llave echada por dentro; pero era reacia a considerar que su marido, profundamente religioso, hubiera optado por acabar con su existencia de una forma tan inopinada y tan herética. En la segunda, nos encontramos con la súbita muerte del propio Unamuno, que sufrió un colapso mientras charlaba junto a su mesa con el joven profesor falangista Bartolomé Aragón. Muy habilidoso y muy sólido en su exposición novelesca, Luis García Jambrina nos va planteando en capítulos alternos este doble enigma, introduciendo personajes de tanta densidad y envergadura como Millán Astray, Francisco Franco, Giménez Caballero o Carmen Polo. Y esculpiendo también una doble línea de protagonistas-detectives, porque si en la primera es don Miguel el eje vertebrador, en la segunda ocupan ese lugar sus amigos Teresa Maragall López y Manuel Rivera Jambrina. Este último, de hecho, se plantea incluso la posibilidad de escribir alguna vez esta historia, para que las generaciones futuras conozcan la verdad (“La novela, si es que alguna vez llegaba a escribirla, tendría, pues, una doble trama entrecruzada y una doble línea temporal; en una, don Miguel sería el detective o sujeto investigador y, en la otra, la víctima o el objeto de la investigación”, p.234).

Como se trata de un libro detectivesco (aunque no queda reducido a esa simple dimensión), resultaría muy ingrato desvelarles detalles que erosionaran la eficacia de sus sorpresas. Sí les diré que, al acabarlo, queda en el ánimo de los lectores la sensación poderosa de que todo podría ser verdad (sensación que las consultas que se realizan en Internet parecen corroborar). García Jambrina ha construido su historia con mimbres tan bien trenzados y tan verosímiles que te convence. Es un asombroso logro, que aplaudo con energía.

viernes, 15 de mayo de 2026

La cueva del cíclope

 


Si a usted no le interesa lo que Arturo Pérez-Reverte opina sobre las cosas y las personas (escritores, libros, política, etc) se puede ahorrar este tomo. Si le interesa, adelante. Es legítimo no abrirlo, pero no es legítimo (porque revela sandez) abrirlo para denigrarlo. A mí no se me ocurriría consultar un volumen con los tuiteos de José Luis Martín Vigil, Fernando Vizcaíno Casas o Corín Tellado, pero tampoco se me ocurriría hacerlo para despotricar contra sus personas o sus opiniones. Temo que hayamos perdido buena parte de las hermosas virtudes que rodean y adornan el respeto. En este volumen se habla de autores que adoro, de autores que considero banales y de autores que ignoro (lógicamente); de libros que me fascinan y de libros que me provocan aburrición (lógicamente)… Pero si he aceptado gustoso el ejercicio de adentrarme en estas páginas es porque muchas del autor cartagenero me han acompañado en los últimos años y siento admiración por él. A despecho de quienes se apuntan a etiquetas o aceptan criterios ajenos, yo prefiero leer al escritor X (sea quien sea) para saber lo que opino sobre el escritor X.

Entiendo que muchas de las páginas les puedan parecer, porque lo son, repetitivas (consultas sobre la literatura relacionada con la guerra civil, gustos literarios del autor, preguntas sobre sus obras), pero les animo a que se adentren y sean perseverantes en la lectura; porque, cuando empiecen a pensar que sería conveniente saltarse alguna página (o varias, porque el libro supera las mil cuatrocientas), de pronto aparece la sorpresa de una fórmula curiosa (“A Góngora la fuerza se le iba en perífrasis. Estilo sonajero”), o se descubre un trallazo tan legítimo como contundente (“Amélie Nothomb me parece la quintaesencia de lo inane en versión cursi”), o sonreirán con un tirabuzón simpático (“Henry Miller a mí me gustó. Pero tampoco le pondría un piso”), o saltará ante sus pupilas un desafecto literario (cuando habla de Los detectives salvajes, del argentino Roberto Bolaño, utiliza este endecasílabo demoledor: “Me aburrí como una cigala hervida”), o verán que emite una opinión política con filo de bisturí (“Bruselas es una casta de golfos autosatisfechos”).

Verán muchísima educación en las respuestas de Arturo Pérez-Reverte (quienes lo consideran desdeñoso, soberbio o brusco se van a llevar una sorpresa), leerán excelentes recomendaciones literarias (que les sugiero que apunten) y conocerán algunos detalles preciosos sobre el escritor (su afición por Tintín, la biblioteca familiar, su infancia o su hija). Preguntado por la vigencia y modernidad de los clásicos, el escritor responde: “Los grandes siempre son. Nunca fueron. Eso los diferencia de nosotros, los juntaletras provisionales. Servimos para ir tirando”. Para quitarse el sombrero, no me lo negarán. Anímense a quitárselo, como yo, durante el millar y medio de páginas del tomo. No se van a arrepentir.

miércoles, 6 de mayo de 2026

Conspiración en Versalles


 

No solamente el inquietante Jean-Baptiste Grenouille estaba capacitado para la creación de asombrosos perfumes: también lo está la ingenua adolescente Marion Dutilleul, que, huérfana de madre e hija única de un jardinero del palacio de Versalles, resulta admitida como sirvienta por la marquesa de Montespan, amante del rey Luis XIV. Ese giro en su vida le permite acercarse al mundo del poder, el lujo, el despilfarro y la vanidad; pero también descubre que se trata de una mera fachada tras la que se esconden la vileza, la falta de higiene, el más turbio oscurantismo (misas negras, sangrías absurdas, ejecución de niños para utilizar su sangre) y, sobre todo, la ambición sin límites que lleva a los personajes a urdir crímenes, derrochar dinero y pisotear a los de abajo como si fuera escoria. Por fortuna, la muchacha encuentra la amistad de algunas personas que le servirán como escudo para protegerse de tanta ignominia y, después de utilizar su asombroso olfato para ayudar a la pareja real, se ganará el respeto y una mejora en su vida.

Aunque originalmente se titulaba Los naranjos de Versalles, la traducción que se publica en Alfaguara adopta el rótulo, más comercial pero no más poético, de Conspiración en Versalles. La autora es Annie Pietri y el libro, indudablemente, traslada una historia agradable para lectores juveniles.

miércoles, 29 de abril de 2026

El sueño del celta

 


Qué fácil, qué terrible e inquietantemente fácil se pasa de ser héroe a ser villano. Y al revés. Impulsados por arrebatos subjetivos (a veces viscerales), los seres humanos tendemos a etiquetar a nuestros semejantes con una liviandad que no suele resistir con galanura el paso del tiempo o la reflexión pausada. Podríamos aducir (y no será necesario) innúmeros ejemplos a lo largo de la historia. Mario Vargas Llosa se detiene en su obra El sueño del celta en uno que oscila entre los dos polos de manera constante: el irlandés Roger Casement. Fue un héroe para quienes descubrieron gracias a él las atrocidades que el gobierno belga perpetraba en el Congo: abusos de poder por parte de las fuerzas coloniales, esclavitud de los indígenas, torturas, amputaciones, miles de asesinatos, vejaciones. Fue un traidor para quienes, creyendo la versión del rey Leopoldo II y su corte de mercaderes avariciosos, juzgaban que se ponía de parte de unos salvajes mentirosos. Volvió a ser un héroe para todos aquellos indígenas del Putumayo ecuatoriano que, sometidos al despotismo brutal de la Peruvian Amazon Company, fueron escuchados y defendidos por Roger Casement (sir Roger), quien, con un informe valiente que elevó al Foreign Office, destapó el mundo abominable de crímenes y corrupción que Julio César Arana había instaurado en aquella zona del mundo. Volvió a convertirse en un traidor, nuevamente, para todos aquellos europeos que vieron en sus denuncias un golpe inesperado al espíritu empresarial capitalista. Por fin, volvió al estatus de héroe cuando decidió convertirse en adalid de la lucha por la independencia de Irlanda, aplastada por la bota inglesa y necesitada de un retorno a sus orígenes (la lengua gaélica, sus viejas canciones, su gobierno propio, su religión católica). Y se cerró el círculo de los vaivenes cuando, fracasada la sublevación armada en 1916, Inglaterra decidió recluirlo en la cárcel y, después, ahorcarlo. El descubrimiento de sus presuntos diarios, donde confesaba algunas escabrosas aventuras homosexuales, no ayudó demasiado a su defensa.

Aproximándose a su figura con una abundante documentación y con una prosa fascinante que recurre con brillantez a la analepsis, Vargas Llosa reconstruye la vida de Roger Casement desde el final de la misma (sus últimas semanas, que transcurrieron en Pentonville Prison) y nos va desgranando sus grandezas y sus flaquezas, sus perplejidades y sus convicciones: desde descubrir en África que no todos los seres humanos son admirables, porque se dejan arrastrar por la avaricia (“¿Cómo era posible que la colonización se hubiera convertido en esta horrible rapiña, en esta crueldad vertiginosa en que gentes que se decían cristianas torturaran, mutilaran, mataran a seres indefensos y los sometieran a crueldades tan atroces, incluidos niños, ancianos? ¿No habíamos venido aquí los europeos a acabar con la trata y a traer la religión de la caridad y la justicia?”, pp.106-107) hasta aplicar su análisis humanitario a su propio país (“¿No era también Irlanda una colonia, como el Congo? […] ¿No habían invadido los ingleses a Eire? ¿No la habían incorporado al Imperio mediante la fuerza, sin consultar a los invadidos y ocupados, tal como los belgas a los congoleses?”, p.110), en una deriva política que no siempre fue entendida o compartida por sus amigos.

En un momento de esta caudalosa y perturbadora narración, el protagonista se formula un interrogante crucial: “¿Estaban justificados los sacrificios de esos veinte años africanos, los siete años en América del Sur, el año y pico en el corazón de las selvas amazónicas, el año y medio de soledad, enfermedad y frustraciones en Alemania?”. La respuesta es fácil y doble: la dignidad del ser humano (por un lado) y esta novela de Mario Vargas Llosa (por el otro) nos impulsan a responder que sí. Plenamente justificados.

sábado, 11 de abril de 2026

Oppi, una obsesión


Todo es extraño y cambiante en el mundo del adolescente Navarro: su padre no está en casa, su madre y él deben cambiarse de edificio (porque van a dinamitar el bloque en el que ahora viven), sus amigos del instituto son peculiares (incluido El Patinador, que nunca va a pie)… Y de pronto, un día, entra en clase como una tromba una chica nueva apellidada Oppi. Nadie sabe nada de ella. Viste de forma cambiante. Es guapa. Es desenvuelta. Y también encandila: sobre todo cuando, una tarde, detiene su moto Honda junto a Navarro y se ofrece a llevarlo hasta su destino. El problema vendrá cuando, al día siguiente, el profesor que les da la asignatura de matemáticas, apellidado Espada, entre en clase diciendo que le han robado la moto: es una Honda. Navarro traga saliva y siente que el pánico lo invade cuando el profesor anuncie que va a entrevistarse personalmente con cada alumno del aula para ver si disponen de información sobre ese robo. Navarro no puede quitarse del cerebro una sospecha: que Oppi es la culpable del delito, sobre todo porque Espada le puso un cero en su asignatura.

A partir de entonces se inician unos días turbulentos en los que la cabeza de Navarro (que, según se dice al final de la novela, terminaría siendo escritor) no deja de girar y atormentarlo. ¿Qué ha de hacer? ¿Cómo procede comportarse? ¿A quién debe tributar su fidelidad: al profesor (que siempre ha sido amable con él) o a Oppi (de quien se ha enamorado irremisiblemente)? Elegante en el desarrollo de su narración, el granadino Justo Navarro nos regala una historia intensa y cercana sobre los amores adolescentes, los caprichos del azar y los misterios que encierran, en ocasiones, las personas que se encuentran a nuestro alrededor.

domingo, 5 de abril de 2026

El hijo del acordeonista

 


Es una vieja lista de nombres que David Imaz lee en un cuaderno, donde aparece la imagen de un gorila: “Humberto, Goena el viejo, Goena el joven, Eusebio, Otero, Portaburu, los maestros y el americano”. Podemos leerla en la página 159 de esta novela; pero también en la 161, y en la 163, y en la 166, y en la 168, y en la 179, y en la 182, y en la 194, y en la… ¿Es realmente necesario que continúe? Sospecho que la idea queda bastante clara: ese agrio martilleo de nombres reproduce el martilleo que se repite también al leerlos en la mente de David, el hijo del acordeonista. Porque, según ha podido saber, son las personas que fueron fusiladas en Obaba al comienzo de la guerra civil de 1936. Y el cuaderno donde están anotados los nombres perteneció a su padre, que ahora es amigo y socio de los fascistas que ganaron la guerra. El muchacho apenas puede tragar saliva: ¿acaso su progenitor fue cómplice de aquella iniquidad? ¿O directamente fue un asesino?

Convertido ahora en padre de familia, y viviendo en el rancho de Stoneham (en California), David recibe la visita de un viejo amigo de infancia, Joseba, que es escritor, y pone en sus manos un texto que ha ido componiendo lentamente. En él reconstruye buena parte de su pasado: los paisajes de Obaba, sus amores de juventud, su compromiso con el mundo independentista vasco, las personas que lo rodearon en aquel mundo de “campesinos felices”, su relación con las fuerzas vivas del pueblo (Berlino, el coronel Degrela) y, sobre todo, los enigmas que en aquel tiempo quedaron sin resolver. Joseba recibirá esas páginas y, si así lo estima oportuno, podrá retocar algunos de sus aspectos para convertirlas en un libro, en el agridulce memorándum de un mundo y de una época que los marcaron indeleblemente. Con la experiencia que tiene desde que compuso su primera obra (con el seudónimo de “Garmendia”), seguro que el resultado es magnífico. En ello confía también la esposa de David, Mary Ann.

En El hijo del acordeonista, el guipuzcoano Bernardo Atxaga nos ofrece un bello (y también recio) dibujo del País Vasco de los años sesenta y setenta, contemplado desde las pupilas rurales de unos jóvenes que quisieron cambiar su entorno y que se enfrentaron a los mil dilemas (morales, sentimentales, políticos) que ese afán les procuraba. Y si recordamos que el verdadero nombre de Bernardo Atxaga es Joseba y que su apellido materno es Garmendia tendremos, además, suficientes motivos para sospechar que buena parte de los recuerdos, anécdotas e incluso personajes de esta obra pudieran estar inspirados en la realidad que vivió en su infancia y su juventud. Melancolía, ternura, tristeza y humor enriquecen con sus colores esta novela, absolutamente recomendable.

domingo, 22 de marzo de 2026

El otro barrio


 

Hay vidas que, desde su inicio, están marcadas por el infortunio, por los signos negros de la desesperanza, como si un dios las trazase con furia vengativa. Los que hemos nacido a este lado de la línea generalmente no pensamos en ellas; o consideramos que sus propietarios, al fin y a la postre, pudieron elegir el camino recto, la senda adecuada. Pero no es así. O no es, al menos, tan fácilmente así. Pascual Duarte, que tuvo que transitar por un sendero no demasiado agradable en su juventud, lo dictaminó con palabras certeras: “Hay hombres a quienes se les ordena marchar por el camino de las flores, y hombres a quienes se les manda tirar por el camino de los cardos y de las chumberas”. Ramón Fortuna, un adolescente que vive en Vallecas y que es huérfano de padre, queda atrapado de forma azarosa en un episodio que mezcla lo cómico y lo trágico: mientras abre una lata de berberechos, tira de la tapa con tanta rudeza que rebana el cuello de su mejor amigo. A partir de ese momento, el escándalo de la sangre aumentará por nuevos caprichos del Destino: una muchacha que cae aparatosamente por el balcón y sufre múltiples traumatismos; una vecina que pierde la vida cuando se le parte el cuello; un perro que es arrojado por el hueco de la escalera; otro vecino, que se desnuca contra un escalón… Este horror sonriente, casi tarantínico, llega a su término cuando Ramón, como responsable del estropicio, es recluido en un Centro de Menores. Allí conocerá a Aníbal (un interno que padece una grave enfermedad) y a Vicente (el trabajador que más se implica con los chavales); y allí, también, será entrevistado por Marcelo Román, quien se va a encargar de su defensa.

Permítanme que no les aporte más detalles argumentales (dejo fuera, de manera deliberada, los más jugosos, incluidas las sorpresas del tramo final) y que reclame su atención sobre el modo en que Elvira Lindo describe en las páginas de esta obra la vida del barrio, con sus miserias, sus sueños incumplidos, sus ilusiones abortadas, sus equivocaciones de juventud, sus mentiras; pero también con sus sacrificios amorosos, con sus amistades, con sus pequeños gestos de ternura y de complicidad. Y no olvidemos la impresionante voz de ese fantasma que… Ah, perdón, he dicho antes que no iba a contar nada más del argumento. La dejo en sus manos: que la disfruten tanto como yo.

viernes, 20 de marzo de 2026

La compañía de las moscas

 


Hace años se produjo en el colegio Anna Frank un sangriento incidente: un trío de estudiantes penetró en sus dependencias, armados con fusiles y pistolas, y animados por el alcohol y por el deseo de venganza perpetraron una auténtica masacre. Por fortuna, el líder de aquellos descerebrados fue abatido de un balazo en la cabeza antes de que aumentara la cifra de víctimas. ¿El responsable de aquel disparo? Un profesor de Lengua y Literatura con fama de huraño que se llamaba Julián Echevarría y que también terminó muriendo en el tiroteo. Ahora, una década después, un periodista que está investigando aquel luctuoso episodio mantiene ciertas reservas con respecto a la versión oficial. ¿Fue realmente el profesor Echevarría el autor de aquel disparo salvífico o lo protagonizó otra persona, al modo en que lo planteaba John Ford en la película “El hombre que mató a Liberty Valance”? Para resolver ese interrogante, César Mallorquí, el gran César Mallorquí, nos invita a conocer la historia desde el principio, presentando ante nuestros ojos a algunos de los protagonistas de aquellas macabras jornadas: el torturado Julián Echevarría (que se esconde en el alcohol para no afrontar el recuerdo de una muerte terrible, de la que se siente culpable); el atribulado Raúl Jordán (cuyo padre es un militar de comportamientos patológicos, que le exige más allá de lo humanamente razonable); o el superdotado Daniel Castro (que se camufla bajo la personalidad de Mr. Cristal, porque es demasiado frágil para enfrentarse de forma abierta con las personas de su entorno).

Dibujando su escenario con diabólica eficacia, César Mallorquí nos invita a reflexionar sobre una serie de temas cruciales: ¿sabemos de verdad qué dolores y qué traumas acongojan el alma de quienes nos rodean? ¿Somos capaces de prever hasta qué punto nuestras ideas y nuestros actos influyen sobre quienes viven a nuestro alrededor? Y, sobre todo, ¿estamos dispuestos a esforzarnos para ayudar a los demás, venciendo sus reticencias o sus desdenes iniciales? Si no lo han pensado nunca, les aseguro que lo pensarán mientras lean las páginas de La compañía de las moscas.

martes, 17 de febrero de 2026

Charlie y la fábrica de chocolate

 


No voy a resultar excesivamente original, me temo, si afirmo que leer por las noches para mi hijo pequeño Charlie y la fábrica de chocolate, de Roald Dahl (en la traducción de Verónica Head y con ilustraciones de Quentin Blake), ha sido una auténtica gozada. Él siempre me pedía un par de páginas más y yo, fingiendo que estaba cansado, pero claudicando al fin, siempre saciaba su deseo. Además, mi lectura ha sido bastante virginal, porque no he visto la versión cinematográfica que protagonizó Johnny Depp. Tampoco conocía, salvo a grandes rasgos, el argumento de la historia.

Me gusta la imaginación desatada del escritor británico. Me gusta la forma en que sabe envolver a sus jóvenes lectores (y a mí, que no lo soy tanto) con su fantasía y con su lenguaje. Y me gusta su constante apología de la letra impresa frente a la grisura de la mala educación, el consumismo y los excesos de pantallas, que él condensa en la televisión, aunque probablemente hoy lo haría en los ordenadores y en las tabletas (no en las de masticar, sino en las que mastican el cerebro de sus usuarios). Habrá quien sonría, considerando que la forma de ver las cosas de Roald Dahl es ingenua, arcaica o directamente fósil, porque todo apunta a que el futuro está en la hiperconectividad. Es posible. Desde luego, eso es lo que han decidido quienes se han hecho milmillonarios con el embobamiento digital de las masas. Pero mi hijo ha escuchado la historia con ojos llenos de fascinación, y me ha hecho saber su disconformidad con algunos puntos de la historia. Por ejemplo, que el señor Wonka tome la decisión de destrozar la casa de los Bucket y llevarse, velis nolis, a sus ocupantes. Mi Jorge me ha dicho que ahí se ha pasado, porque les podía haber preguntado qué querían ellos; y, si tan seguro estaba de que su propuesta era la mejor, debería convencerlos con su discurso, no irrumpiendo por el techo en su hogar, que queda destruido. “La casa era suya, papi. Y seguro que les gustaba. Les podía haber preguntado”. Tal vez no todo esté perdido, mientras nuestros hijos piensen así. Léanla. O, mejor, léansela en voz alta a un niño.

domingo, 4 de enero de 2026

El oro de los sueños


 

José María Merino publicó en 1986 su primera novela juvenil, que se titula El oro de los sueños y que yo leo en este arranque de 2026, cuatro décadas más tarde. Me agrada decir que he disfrutado como un chiquillo con las aventuras que en sus páginas quedan consignadas. Su protagonista y narrador es Miguel Villacé Yólotl, un quinceañero mestizo que se quedó huérfano de padre cuando este se encontraba en una expedición de conquista en América y que ahora, invitado por su tío y autorizado por su madre, se convierte a su vez en miembro de una nueva expedición, que tiene como objetivo localizar el misterioso reino de Yupaha, rico en oro. En esa expedición se relacionará con Juan Gutiérrez, un pilluelo que tiene su misma edad; con el Adelantado don Pedro de Rueda y su bella prometida doña Ana de Varela (que lo encandila con sus rubísimos cabellos); o con fray Bavón, tan valiente como rudo. Durante meses, tendrá que soportar duras jornadas de hambre, lluvias de flechas de los indígenas, millones de mosquitos, maquinaciones indignas y desdenes; pero también conocerá las mieles de la amistad, el impacto de una milagrosa anagnórisis o el descubrimiento de algunos tesoros inesperados.

El resultado es una novela muy agradable, donde se reflexiona sobre la avaricia, sobre los curiosos meandros que pueden zarandear nuestra existencia y sobre el coraje que siempre es necesario para sobrevivir y tirar hacia adelante.

sábado, 3 de enero de 2026

Así que pasen treinta años

 


He empezado este libro de Javier Marías con la misma felicidad y con la misma melancolía con las que lo he terminado, porque sé que nunca habrá más artículos suyos en la librería, esperándome. Así que he leído cada texto en medio de un silencio sagrado. Porque eso constituyen para mí, desde hace muchos años, las opiniones del madrileño: la serenidad, la lucidez, el razonamiento, la buena prosa y la agudeza. A veces, lógicamente, no estoy de acuerdo con las conclusiones a las que llega (igual me pasa con Muñoz Molina, con Almudena Grandes e incluso con mi mujer); pero jamás lo he visto desbarrar con estupideces, con extremismos o con discursos sandios. Mi respeto lo tiene. Mi admiración, también.

En las páginas deliciosas, inteligentes y sensatísimas de Así que pasen treinta años he vuelto a tener noticia de su indiferencia por los premios (literarios o cinematográficos), que desde hace tiempo premian sobre todo las “periferias” (temática, condición sexual del autor, etc.) sin centrarse en lo puramente artístico de la obra; de la vileza de tantos políticos, que medran gracias a sus falacias, tergiversaciones y volubilidades interesadas; de las limitadas dimensiones (cada vez más cortas) de la fama, que terminará de abandonarnos a todos en el magma del olvido; de la imparable degradación estética y humana de ciudades como Madrid o Barcelona, en manos de especuladores inmobiliarios o fanáticos políticos; de su repulsa por el concepto de “tolerancia”, que implica una actitud elitista de quien “disculpa” a otros o los “soporta” con buen gesto exterior; de sus vacilaciones a la hora de elegir el tema semanal; o de su amor por el fútbol “a la antigua”, sin inyecciones millonarias de oligarcas rusos o jeques saudíes.

“Nuestras sociedades están perdiendo su capacidad de escandalizarse. Esa fue siempre la estrategia y el objetivo de los dictadores más dañinos. Incurren en un desafuero tras otro, graduándolos; logran que la gente se acostumbre y ya no vea ni como anomalías lo que son aberraciones”, nos advierte. Más nos valdría hacer caso a uno de los escritores más inteligentes y cultos que han pisado España en las últimas décadas.

domingo, 28 de diciembre de 2025

¿Quién mató a Palomino Molero?

 


Ya sé que va a sonar a estupidez, pero me siento en deuda con Mario Vargas Llosa. A él, que nunca llegó a conocerme y que, de haberlo hecho, ni siquiera me recordaría, quizá la frase le provocaría una sonrisa. Pero puedo asegurar que no es petulancia, ni pose, ni aserto paradójico para llamar la atención: es puramente que me siento en deuda con él. ¿Por qué? Resulta fácil de aclarar: porque durante años (muchos años, demasiados años) he ido aplazando su lectura, diciéndome que alguna vez la emprendería, y no animándome nunca con demasiado vigor a cumplirla. Ahora bien, si se me preguntase por qué he actuado así, juro que no sabría contestar. No le “tengo manía” al peruano; no he quedado decepcionado con su lectura; no lo creo inferior a García Márquez o Cortázar. Es solamente que, por lo que sea, estoy a punto de cumplir sesenta años y apenas hay dos reseñas suyas en mi blog. Me comprometo a enmendar ese yerro durante 2026.

Para activar ese protocolo dedico un par de días a leer ¿Quién mató a Palomino Molero? Y salgo con un estupendo sabor de boca. Quizá no se trate de su obra maestra (es evidente), pero qué bien hecha está, qué sinuosidad de diálogos más bien llevados, qué construcción novelesca más sólida y convincente, qué espléndida combinación de tragedia y humor, de sencillez y de profundidad. Recordemos su arranque: Lituma, un guardia que está destinado en el puesto de Talara, es avisado por un pastor sobre el descubrimiento de un cadáver. Pero no se trata de un crimen sin más: alguien se ha ensañado brutalmente con el pobre chico, no solamente ahorcándolo, sino también quemándolo con cigarrillos, ensartándole un palo por el recto y tratando de seccionar sus genitales. La escena es tan agria que resulta imposible asistir a la misma sin sentir el vómito acercándose a los labios. ¿Quién se ha mostrado tan sañudo con el pobre Palomino Molero, un chico de la zona que, además de cantar boleros y ser querido por todo el mundo, estaba destinado en la base aérea? Ese será el interrogante al que Lituma y su superior, el teniente Silva, deberán encontrar respuesta durante las próximas semanas.

Para esclarecer los hechos, tendrán que interrogar a algunas personas de la citada base militar (el coronel Mindreau y su hija Alicia, el teniente Dufó) y enfrentarse a las habladurías de todo el pueblo, que oscilan entre la indignación y los rumores. Qué asombroso el personaje del teniente Silva (perspicaz y meticuloso en las investigaciones, pero ridículo en su cortejo sexual desaforado alrededor de doña Adriana); qué densos los perfiles psicológicos de los Mindreau (cada lector tendrá que decidir a cuál de los dos, padre o hija, cree); y, sobre todo, qué sensación de relato, clásico, solvente y cautivador. Como mandan los cánones. Como a mí me gusta. Me quito el cráneo.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Una hermosa doncella

 


Marcus Kidder es un anciano de porte distinguido: alto, elegante, rico y famoso. Dispone de una casa señorial, engalanada con obras de arte y maderas nobles. Lo asisten en su vida diaria un chófer y un ama de llaves. Así que cuando se acerca en el parque hasta la joven Katya Spivak, de dieciséis años, que trabaja como niñera lejos de su hogar, toda su labia, su educación y su riqueza parecen envolver a la muchacha en un halo de perplejidad, donde se mezclan la atracción y la repulsa. Por un lado, ella parece consciente de que el señor Kidder es un viejo verde, un asqueroso que pretende seducirla o conseguir sus favores sexuales (a pesar del medio siglo de distancia que los separa); por el otro, no puede evitar sentir una gran fascinación por sus modales, por su exquisitez, por su halo paternal. Ese juego peligroso de aproximaciones y rechazos continuará cuando ella acceda a posar como modelo para el señor Kidder, que es escritor y pintor: entra en su casa e incluso cobra por su trabajo, pero se alejará enfurecida cuando él le muestre unas prendas de lencería con las que pretende que se cubra.

Buena parte de la fascinación lectora que genera Una hermosa doncella, de Joyce Carol Oates, que leo en la traducción de María Luisa Rodríguez Tapia, reside en ese balanceo inquietante de acercamientos y desdenes, donde se mezclan la curiosidad, el coqueteo, el poder, la sumisión y la hipnosis. Pero la autora, que es sumamente hábil, no juega con cartas maniqueas, presentándonos a una joven candorosa y meliflua, que terminará cayendo en las garras del buitre poderoso. Ni mucho menos: Katya fuma cristal de metanfetamina, cuenta con avaricia los billetes que Kidder le entrega pudorosamente doblados, expele unas palabrotas que hacen temblar el Tabernáculo y engaña deliberadamente a cuantas personas necesita para lograr sus propósitos. Pero es que, además, en un momento turbio de venganza (que generará una situación sofocante y violenta en el tramo final de la obra), telefonea a su peligroso exnovio Roy, explicándole que el señor Kidder la ha drogado y posiblemente haya abusado de ella.

Turbulenta, incómoda y lírica, esta novela de Joyce Carol Oates deja mal sabor de boca (argumentalmente) y espléndido sabor de boca (literariamente).