Mostrando entradas con la etiqueta Siete Noches. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Siete Noches. Mostrar todas las entradas

viernes, 24 de abril de 2020

Viaje a Tierra Santa




De dos formas (distintas, pero complementarias) puede y debe hablarse cuando nos asomamos a las páginas de un libro como Viaje a Tierra Santa, de Jacinto Verdaguer: de un lado, el aspecto formal, literario, estético de la pieza; del otro, su contenido ideológico-religioso. Omitir cualquiera de esas perspectivas para centrarse exclusivamente en la otra supondría ser parcial, al igual que resultaría absurdo describir una moneda o una hoja limitándonos a su haz o su envés.
Por lo que respecta a la forma, es innegable la elegancia de Verdaguer (que llevó a Josep Pla a afirmar que se trataba de la mejor prosa catalana del siglo XIX), que nos dibuja el paisaje y nos invita a caminar por él: sentimos el calor, nos alivia el frescor cuando la hierba menudea, respiramos el polvo que la mirada de Mosén Verdaguer registra para nosotros, notamos el batir inmisericorde del viento, aspiramos el olor de las flores y nos deleitamos con la belleza de los árboles que nos va describiendo. Los nombres de las poblaciones, las referencias bíblicas y la curiosa anotación de detalles costumbristas colaboran para construir la ambientación y para insertarnos en ella de eficaz modo. En ese terreno, el libro es bello y admirable.
Por lo que respecta al contenido, el asunto es menos esplendoroso. Al principio, es verdad, el narrador de Folgarolas se muestra tierno y dulce. Recuerda con gran cariño a su madre a la hora de emprender la ruta, agradece a Dios que le permita conocer los territorios donde se desarrolló la vida de Jesús y se muestra satisfecho con el resultado de la experiencia (“Ya no deseo ni espero hacer otro viaje más que el de la eternidad, cuando me toque la hora”, p.14). Pero muy pronto empieza a manifestarse de un modo menos respetuoso y apolíneo: describe con desdén la indumentaria de las mujeres de la zona (“El manto negro que llevan en la ciudad les da más aire de fantasmas que de mujeres”, p.24); observa con altanero desprecio a los varones (“Gentes fanatizadas, sordas y ciegas, manada humana que el profeta Mahoma unció a su carro en su triunfal correría”, p.47); calibra con maniqueísmo la diferencia entre los símbolos religiosos católicos y musulmanes (“La cruz, amado signo de nuestra redención, parece hallarse a la sombra de la fatídica y aburrida media luna”, p.87); y hasta se muestra irrespetuoso con las tradiciones locales (se hace enseñar un manuscrito en la puerta de un templo, a cambio de dos pesetas y media, porque se niega a descalzarse para entrar, p.92). A punto se queda de solicitar una nueva cruzada, que expulse a los infieles del sagrado suelo que, obviamente, pertenece en exclusiva al catolicismo. ¿Y qué decir de párrafos tan mansurronamente soberbios como el que desliza en la página 102, donde le ruega en sus oraciones a un evangelista “que enderece e ilumine los caminos de la poesía moderna, tan llenos de fango, polvo, tinieblas, duda y desesperación. Para mí, humilde cigarra de los bosques de Cataluña, insignificante grillo que aprendió a cantar en los terruños de la Plana de Vic, pedí la bendición para mis pobres canciones”? ¿Y de exhibiciones tan amenazantes y tan cafres como la que infama las páginas 138 y 139, tras observar unos milenarios monumentos antiguos: “Jesús, aquel niño que entró en Matariye en brazos de su madre, es más grande que todos, más que los Menes, Sesotris y Ramsés, y más perdurable que las treinta y tantas dinastías de los reyes de Egipto. Con un mero movimiento de su dedo, Él los borrará a todos, con sus templos, palacios y ciudades inmensas. Con un soplo hará caer sus ídolos y únicamente les dejará como tumba la pirámide de Kheops”?
Un libro curioso, sin duda, bello e irritante a partes iguales.

miércoles, 8 de abril de 2020

Bajo el peral




En la aldea de Tschechin viven y conviven algunos personajes singulares: el guardia Geelhaar, aficionado a la bebida y a las mujeres; el tabernero Hradscheck, jugador y endeudado; Ursel, la esposa de éste; la vieja Jeschke, nimbada por una inquietante fama de bruja; el corregir Woytasch, que tampoco desdeña la amistad con el alcohol; el labrador Kunicke; o el reverendo Eccelius. Un cerrado mundo campesino, lleno de supersticiones, odios ancestrales, envidias enquistadas y borracheras frecuentes.
Un día, llega a la localidad un polaco que viene a cobrar una deuda de su empresa. Para su estupor, se le abona la misma; y esa misma madrugada decide emprender el camino de retorno a Cracovia, en medio de una espantosa tormenta. Horas más tarde, se descubren los restos del carruaje en el río Oder, pero nadie es capaz de encontrar su cuerpo. Sospechosamente, nadie recuerda haberle visto la cara o escuchado su voz cuando se subía al vehículo. ¿Alguien lo suplantó? ¿Alguien lo había asesinado antes para quedarse con el abundante dinero que portaba? ¿Y tendrá ese presunto crimen algo que ver con el cadáver que ha aparecido bajo un peral del pueblo?
Con habilidad narrativa, Theodor Fontane nos mantiene en vilo durante todo el transcurso de esta novela sinuosa, inquietante y peculiar, que Xavier Parramón traduce para el sello Siete Noches Ediciones y que, pese a algunos estrepitosos disparates ortográficos y gramaticales, se lee con auténtico interés.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Grete Minde



Hay existencias que se ven profundamente alteradas o destruidas por la muerte de los padres, que desmorona el mundo emocional o doméstico de sus hijos. Es lo que ocurre con la adolescente Grete Minde, que vive en Tangermünde y que se queda primero sin su madre (una española de religión católica) y después sin su padre. Al principio, la relación con su madrastra Trud es seca, aunque soportable; pero el paso de los meses la va enrareciendo de forma paulatina. Y el nacimiento de su hermanastro no ayuda, desde luego, a mejorarla, hasta el punto de que cuando su progenitor fallece la muchacha suspira: “Ahora sí que estoy sola” (p.76). Por fortuna, dispone de un apoyo moral y sentimental en el dulce joven Valtin, que la ama y reconforta con su comprensión y que, tras saber cómo Grete ha sido humillada y abofeteada por Trud, se anima a huir con la chica.
Durante tres años viven lejos de sus familias, habitando en la humilde zona de su amor y teniendo incluso un bebé; pero una terrible enfermedad se lleva el alma de Valtin y Grete se ve obligada a volver a casa. ¿Cómo será recibida allí? ¿La acogerán con tolerancia y arrepentimiento o, por el contrario, perfeccionarán contra ella su desdén?

El germano Theodor Fontane nos presenta aquí una narración bucólica, basada en hechos reales del siglo XVII y que en algunos tramos resulta excesivamente ingenua. Su lectura resulta inusitadamente fluida. La pena es que el traductor (Manuel Alpuente) o la defectuosa corrección estilística de la editorial (Siete Noches) nos agreda los ojos con brutales errores en los posesivos, demasiado frecuentes como para admitir la disculpa del desliz (“delante suyo”, 64, 102; “encima suyo”, 116, 192, 197; “encima nuestro”, 146; “detrás suyo”, 197) y con la anonadante creación de una figura laboral nueva, al definir a la vieja Regina como “haya de Grete” (39, 46, 52).