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martes, 3 de mayo de 2022

El juego del culpable

 


En el diccionario de la Real Academia la voz “diabla” está admitida como forma coloquial y femenina de “diablo”, así que no habrá problema en afirmar que la madrileña Beatriz Olivenza es, con todos los merecimientos y todos los honores, una auténtica diabla. Hace con sus historias lo que le da la gana: crea personajes de sólida potencia, los introduce en tramas magníficas y los va conduciendo hasta que el final (siempre espectacular) nos deja a los lectores con la boca abierta y la piel estremecida. Pues bien, la diabla Beatriz Olivenza lo ha vuelto a hacer en las páginas de El juego del culpable, una novela corta con la que obtuvo el XV Premio “Encina de Plata” y que ahora edita el sello Premium.

El arranque, desde luego, no puede ser más espectacular (aunque no resume, ni mucho menos, todas las maravillas que la obra contiene): unas preadolescentes que están bañándose en el mar acaban de darse cuenta de que Gabi, el hermano pequeño de una de ellas, no aparece por ningún lado. Lo han llevado con ellas, más bien a regañadientes, y el pequeñajo apenas ha necesitado un descuido en la vigilancia para convertirse en humo. ¿Dónde está? ¿Se ha escondido para gastar algún tipo de broma a su hermana y amigas? ¿O, más angustiosamente, se habrá ahogado? Con pinceladas magistrales, Beatriz nos va dibujando la inquietud creciente de las chicas, los primeros cigarrillos secretos, las emociones que las rodean desde hace días (familias que no desean verlas juntas, prejuicios sociales y raciales, algunas conversaciones más cuchicheadas que explícitas, silencios significativos, insinuaciones abruptas de promiscuidades e infidelidad, recelos) y, de fondo, las imágenes del tiempo en que suceden los hechos: una Amparo Muñoz que acaba de coronarse como Miss Universo, la sintonía pegadiza del Un, dos, tres, la nieta de Franco que se acaba de casar hace unos meses…

Tejedora implacable y genial, Beatriz Olivenza mueve los hilos con sus dedos de bruja narrativa y nos entrega una reflexión inquietante sobre las culpas que heredamos, sobre los prejuicios que se nos adhieren y sobre el carácter tenebroso que pueden adoptar los juegos mal entendidos.

ME-MO-RA-BLE.

jueves, 11 de noviembre de 2021

Mamá duerme la siesta

 


Joaquín Solís trabaja como vendedor telefónico en la empresa Telemarketing. Anteriormente, estaba empleado en un centro de enseñanza, del que fue despedido por su excesiva afición a los niños. Muy cerca de él se encuentra la única compañera con la que mantiene un tímido conato de amistad: la boliviana Gabriela Bernal, que dejó en Cochabamba a su madre y su hijo, a quienes envía mensualmente dinero. Un día, Joaquín escucha cómo el teléfono al que llama es descolgado por un niño, quien se disculpa por no poder pasarle el auricular a su madre, pues está durmiendo la siesta. A partir de ese momento, encandilado por el tono dulce y angelical de la criatura, Joaquín comenzará a insistir en sus llamadas, recibiendo siempre la misma excusa: la madre no se puede poner al aparato porque se encuentra dormida. Y él, después de pensarlo con intensidad y de sopesar los pros y los contras, decide pedirle al niño la dirección de la casa y acercarse hasta allí, para entregarle personalmente a su madre (es la excusa que esgrime) los folletos informativos que no puede glosarle por teléfono. Desde ese instante, nadie vuelve a ver en el trabajo al solitario y atormentado Joaquín.

Con ese planteamiento, en el que la perturbación mental, el misterio y la pedofilia se aúnan de forma inquietante, Beatriz Olivenza esculpe ante nuestros ojos la narración Mamá duerme la siesta, que obtuvo el XXXII premio Felipe Trigo y que publicó el sello Algaida. La historia, magistralmente contada y con una dosis creciente de tensión, nos lleva hasta un final donde la piel del lector se estremece y donde la saliva desciende por la garganta a borbotones, porque descubrimos cuánto de enigma, ciénaga y oscuridad se puede esconder en el corazón de quienes nos rodean. Y en sus casas. Memorable.

lunes, 29 de agosto de 2011

Los muertos, los vivos



La escritora Beatriz Olivenza (Madrid, 1964) se ha ido fraguando, página a página, una sólida reputación dentro del mundo de las letras españolas, logrando premios de incontestable prestigio (Gabriel Miró, Ana María Matute, Rincón de la Victoria, etc.). En nuestra región la conocen y admiran en algunos certámenes de solera, que le han concedido los premios del Casino (Lorca) o el Castillo-Puche (Yecla). Y ahora, por fin, llega uno de sus libros hasta mis manos: la admirable colección de cuentos Los muertos, los vivos, editado por Torremozas.
Reunidos nos dibuja una ambientación muy especial. Es Nochebuena, y la nieta de una anciana que vive aislada en medio de la nieve decide hacerle una visita por sorpresa. Cuando descubre que está preparando cena para varios invitados, la chica se sorprende (la mujer no suele recibir a nadie) y luego se alarma (cuando la abuela le dice que espera a su marido y a otros personajes fallecidos). Pero no han acabado ahí las sorpresas… Un pupitre al fondo del aula tiene como protagonista a un profesor que está a punto de jubilarse y cuya esposa se encuentra inmovilizada por un espantoso alzheimer desde hace años. Un asombroso detalle lo convierte en una persona peculiar: sigue viendo al fondo del aula, año tras año, a Daniel, uno de sus antiguos alumnos, que se mató en un accidente. ¿Qué va a ocurrir ahora, cuando ya no pueda acudir a clase? ¿Qué hará ese espíritu fiel o inquietante? El hombre de piedra nos pone ante los ojos a una niña que acompaña a su abuela hasta la iglesia. Allí tiene ocasión de contemplar el sepulcro antiguo, de piedra, de un enigmático personaje del que nadie quiere hablar. La niña reza una plegaria a las ánimas del Purgatorio para que el alma de su ocupante sea liberada y alcance la paz. A partir de ahí comienza a notar, incluso cuando llega a la madurez, que el espíritu de ese misterioso hombre la visita continuamente. Y que llegará más lejos aún… Érase un niño que jugaba plantea una idea sorprendente y de gran jugo literario: ¿qué es lo que ocurriría si, al adquirir juguetes antiguos, enciclopedias viejas y otros enseres de ese jaez, las personas que los manejaban en vida acudieran a nuestra casa en forma espectral? ¿Cómo reaccionaríamos? ¿De qué modo se vería alterada nuestra existencia con esas presencias anómalas, intensas y absorbentes? Olvido tras el cristal nos habla de una pobre niña cuya madre está atrapada por los tentáculos del cáncer. Una hija suya, Olvido, también murió hace tiempo; pero su espíritu no ha abandonado la casa. Al contrario, su hermanita sobreviviente ve cómo el fantasma de la criatura hace esfuerzos, desde el otro lado de los cristales, para acompañar a su madre en este trance. La niña, para apoyar ese fin caritativo, abre la ventana, sin saber muy bien qué va a ocurrir… Hay alguien en la habitación del niño nos habla de una anciana, antigua maestra, cuyo hijo Miguel fue asesinado a la edad de 9 años. Ahora, en su vejez, ella comienza a escuchar ruidos inexplicables dentro de la habitación de su hijo, como puertas que se cierran misteriosamente solas.
Éstas son solamente algunas de las propuestas que nos lanza la profesora y escritora madrileña, pero les aseguro que las demás no desmerecen en absoluto de las aquí resumidas. Y es que se equivocará mucho quien piense que estamos ante un libro de cuentos de fantasmas y ya está. Ramón Gómez de la Serna escribió en su Diario póstumo que en cuanto nos demos cuenta de que quieren pegarnos una etiqueta en la espalda huyamos corriendo: nos quieren simplificar y clasificar… Beatriz Olivenza, eludiendo con pericia esas marcas reductoras, ha conseguido la difícil proeza de soslayar la inmensa mayoría de los tópicos del género y fraguar, gracias a la brillantez de su pluma, un libro sólido, notable y de agradable lectura, que sorprende a los lectores en cada final y que no recurre a los detalles escabrosos, efectistas o tremebundos. La apunto a partir de hoy mismo en la breve columna de autores a quienes estoy interesado en seguir. Jugar al borde de los acantilados y salir airosa revela valentía y calidad.