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martes, 25 de noviembre de 2025

Romancero

 

Tras una primera aproximación no desagradable al escritor argentino Leopoldo Lugones (el libro Alas, que ya comenté aquí en el año 2009: https://rubencastillo.blogspot.com/2009/10/alas_11.html), me acerco hasta los poemas contenidos en su Romancero, y la experiencia ya no me deja, ay, tan buen sabor de boca. Todas las composiciones que aquí recopila el autor son un sofoco continuo de amor arrebatado, pasional, volcánico; un amor puro y que no puede acabar sino con la muerte; un amor que no admite moderación ni calma. O sea, un arrebato romanticoide tras otro, que termina por cansar a partir de la página 20, por más buena voluntad que se le quiera poner a la lectura. Me encuentro, evidentemente, con pupilas que no son negras (qué ordinariez), sino violetas (p.138); con "tules" que siempre riman con "azules" y con "amor" que siempre rima con "dolor"; con tristes lágrimas para las que solo la tumba actuará como alivio; y con algunos intentos de ofrecer imágenes más originales, a riesgo de caer en la idiocia estupefaciente ("La rana no es más que una / tecla en la noche estival. / Una tecla de cristal / del piano de la luna"). Sultanes, amaneceres, reyes enamorados, abedules, visires, sombras esquivas, guitarras dolientes, esclavas bellísimas y ojos lánguidos que abaten sus pestañas como ocasos celestiales completan estas composiciones con su salpicoteo ñoño. En suma, unos poemas que parecen destinados a convertirse en billetitos seductores para doblegar el ánimo de señoritas dengues.

He tenido, eso sí, el coraje de recorrer las ciento cincuenta páginas del tomo, por si acaso encontraba algo más (lo que fuera) digno de apuntación. Espero que mi paciencia sea aplaudida.

domingo, 11 de octubre de 2009

Alas





Durante más de veinte años, que se dice pronto, Leopoldo Lugones no ha tenido para mí existencia literaria alguna. Y esta circunstancia no varió ni siquiera después de asistir durante tres años a las clases de Literatura Hispanoamericana en la facultad de Letras de la Universidad de Murcia: jamás escuché su nombre o se me mencionaron sus obras mientras permanecí sentado en aquellos pupitres. Todo lo más, leí algunas anécdotas sobre él por propia iniciativa en ciertas páginas de Jorge Luis Borges, que no fueron suficientes para que me interesara por ninguno de sus libros.
Ahora, mi inefable amigo Pepe Colomer me regala el delicioso tomo Alas, que lleva el sello de la editorial valenciana Pre-Textos, y compruebo que Lugones es un autor al que adorna lo que podríamos llamar la exquisitez coyuntural. Es decir, que presenta adherencias muy fuertes de la corriente imperante, el Modernismo, pero que sabe extraer de ellas un aliento especial, diferenciador, único, que no es fácil advertir en otros seguidores del movimiento encabezado por el nicaragüense Rubén Darío, tan devastador y calcinante. Así, Leopoldo Lugones nos dirá en este libro dedicado a los pájaros que el grito del chingolo se asemeja a una “pizca de cristal” (p.27); o que una siesta “se entibia, lenta en una suave claridad de aceite” (p.40). También construye poemas tan juguetones y danzarines como “El zorzal” (pp.63-64); o desliza aquí y allá aliteraciones como la que se advierte en la página 44: “Tritura el vidrio del trino”.
Leopoldo Lugones, un auténtico experto en mezclas (de hecho, se suicidó en febrero de 1938 mezclando whisky y cianuro), combina lo más delicado de la tradición literaria con lo más aprovechable de las aportaciones del Modernismo, consiguiendo un cóctel de deliciosa factura, donde escuchamos los colores de los pájaros y nos habituamos a su algarabía de picoteos. Estas Alas que ahora nos ofrece Pre-Textos en edición exenta pertenecieron en su día al volumen El libro de los paisajes, publicado en 1917. Y se me antoja una buena manera de acceder a la obra del escritor argentino. Yo, de hecho, he entrado por esa puerta.