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sábado, 16 de noviembre de 2019

La pequeña ciudad donde el tiempo se detuvo




Leo otra novela de Bohumil Hrabal, que se titula La pequeña ciudad donde el tiempo se detuvo. La traduce para la editorial Destino Monika Zgustová.
Encuentro de nuevo a los mismos personajes a quienes tuve la ocasión de conocer en una obra anterior (se alude al hermoso cabello ya cortado de la madre), y me sigue dejando perplejo el modo de vida de estos enigmáticos personajes, que viven entre cerveza, reacciones cuyos mecanismos me veo imposibilitado de explicar, cánticos estruendosos e invasiones nazis. Sigo sin entender de forma “esencial” al vocinglero Pepin, pero me divierto con sus peripecias.
Lo mejor de la narración, sin duda, la atmósfera melancólica que el autor ha sabido dibujar al final, y que me he dejado pensativo, rodeado de silencio. Hrabal es un autor en el que no consigo entrar del todo, pero que me fascina. Resulta un poco difícil de explicar.
Frases que he subrayado en el tomo: “A Dios le gustan los locos y los lunáticos”. “Dios admira las mentiras repetidas con fe, las mentiras entusiastas le resultan más agradables que una verdad razonable, sosa y aburrida”.

viernes, 16 de agosto de 2019

Personajes en un paisaje de infancia




Me acerco hasta el checo Bohumil Hrabal y leo su novela Personajes en un paisaje de infancia, en la traducción de Monika Zgustová (Destino, Barcelona, 1981). La verdad es que me asaltan con ella pulsiones de muy difícil explicación, por su heterogeneidad. Hay pasajes que me encantan, sobre todo por la forma literaria en que Hrabal los ha resuelto (la matanza del cerdo en el capítulo 2 o las líricas rememoraciones sobre la infancia del protagonista en el capítulo 7); pero luego hay otros episodios en los que, francamente, no consigo “entrar”. Es como si me estuviera explicando la vida en otra galaxia. En ese orden, diré que no entiendo a Pepin, ni entiendo el sentido de muchos de los diálogos que entre él y Maryska se cruzan. Parecen extraterrestres que, recién llegados a nuestro planeta, hubieran aprendido glíglico para comunicarse.
Me ha encantado el símbolo del cabello cortado: lo veo como una clave de acceso al futuro. Un futuro anodino, gris y conformista, pero buscado con la parsimonia lánguida de quien se siente ingresando en la edad adulta.
“Yo soy joven, y por eso mismo por encima del bien y del mal”, nos dice uno de los personajes.

viernes, 26 de octubre de 2018

Una soledad demasiado ruidosa




El viejo Hant’a trabaja desde hace treinta y cinco años prensando papel viejo en un local donde no goza de más compañía que moscas y ratones (y alguna visita esporádica humana, que apenas perturba su soledad). En ese espacio insalubre y subterráneo ha ido adquiriendo una buena cultura, porque abre y lee muchos de los libros que le toca destruir. Los roedores que pululan bajo los millares de hojas “se alimentan de letras, preferentemente de Goethe y de Schiller” (p.19); y él, fruto de sus abundantes ingestas de cerveza, del silencio que lo rodea y de su falta de compañeros, tiene visiones en las que cree contemplar a Jesús y Lao-Tse, sobre los que elabora juicios realmente interesantes (“Jesús es un romántico, Lao-Tse un clásico, Jesús la marea alta, Lao-Tse la marea baja, Jesús la primavera, Lao-Tse el invierno, Jesús el amor contundente al prójimo, Lao-Tse el súmmum del vacío, Jesús es el progressus ad futurum, Lao-Tse el regressus ad originem”, pp.44-45).
Estoy refiriéndome hoy a la bella y triste novela Una soledad muy ruidosa, que escribió Bohumil Hrabal, tradujo Monika Zgustova y publicó Galaxia Gutenberg en el año 2015. Un ejemplo perfecto de narración que construye una atmósfera inconfundible, dibuja entre sus nieblas a un protagonista inolvidable y, luego, nos regala su desasosiego. Difícilmente podría resumirse el contenido de esta obra, así que ni siquiera lo voy a intentar: la gitana a quien Hant’a amó en el pasado y cuyo nombre no consigue recordar; la vieja máquina que querría llevarse a su casa tras la jubilación; los desdenes de su jefe, que lo considera un vago y un borrachín; las calles y cervecerías de una ciudad oscura y polvorienta, que parece instalada en el mundo del sueño… Todo, absolutamente todo se reviste en estas páginas de un aroma extraño, a mitad de camino entre lo repelente y lo seductor, que atrapa el interés y no te deja abandonar el relato.
Qué maravilla de escritor, Bohumil Hrabal. Inmenso.