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martes, 9 de junio de 2020

Historias de Chacón




La influencia que Julio Cortázar ejerce sobre la obra de José Cantabella, amplia y bien asimilada, persiste en su segundo libro, Historias de Chacón, una carpeta de apuntes, reflexiones, humoradas, pequeños relatos y fragmentos, que tienen el encanto de la variedad y la frescura de una prosa ágil. El escritor se adentra con igual pericia en los territorios de la cachaza (“Cuando por fin Chacón encontró el punto G, Angélica Brown llevaba ya dormida un buen rato”, p.44), de los giros inesperados (“No podía creer Chacón que su jefe, un hombre tan cabal, engañara a la querida con su propia esposa”, p.129) o del mundo onírico desbordado hacia la vigilia (“Cuando Chacón llegó a la oficina y vio la cara demacrada de su compañera, se acordó que había soñado con ella y hacían el amor toda la noche”, p.61).
Los restantes homenajes del libro se orientan en dos direcciones muy claras: bien se exponen de manera explícita, con nombre y apellido, para que cualquier lector conozca al destinatario del aplauso (Manuel Puig, Eloy Sánchez Rosillo, Gabriel García Márquez); bien se edifican sobre la composición de textos que, por su tema o su aroma literario, invitan a los lectores más curtidos a descubrir por sí solos la fuente de inspiración. Como ejemplos más destacados de esta última fórmula se podrían anotar el breve apunte titulado “El comensal” (que nos remite al inicio de la novela 62, modelo para armar, de Julio Cortázar) o “El fin del fin del mundo” (inspirado en una anécdota que Juan Bonilla incluyó en su obra Nadie conoce a nadie).
Literatura, pues, para enamorados de la literatura. Como siempre lo fue José Cantabella.

domingo, 31 de mayo de 2020

Amores que matan




Decido, para terminar el mes de mayo, revisitar el primer libro de José Cantabella, que se publicó en 2002 y que lleva por título Amores que matan. Es una colección de veintidós apuntes y relatos donde se mezclan con eficacia el candor narrativo y la ironía, para crear productos de amable lección. El contenido (lo advierte en seguida la persona que abre el volumen y se sumerge en él) es muy heterogéneo: sátiras literarias tan graciosas como “Literators”; deliciosas estampas bucólicas, de gran ternura, como la que bautiza con el nombre de “El juego de la infancia”; párrafos increíblemente hermosos, casi de inspiración borgiana, como “La foto”; páginas desconcertantes, zumbonas, ácidas, del estilo de “El amor, esa enfermedad”; etc. Además, en el texto “Fidelidad” se nos anticipa a un personaje que se convertiría en el protagonista absoluto de su segundo libro: Chacón.
La mayor virtud de aquel juvenil José Cantabella probablemente radicaba en su condición acuosa: es decir, en la capacidad que demostraba para integrarse en un molde temático o estilístico, y conseguir que éste le entregase sus mejores frutos de manera natural. Otra de sus virtudes innegables era la humildad que manifestaba en sus páginas. Así, rendía sincero tributo de admiración a una serie de escritores que lo habían deslumbrado con su maestría: Severo Sarduy, Felisberto Hernández, etc. Pero por encima de todas las demás influencias, José Cantabella se hincaba de hinojos ante Julio Cortázar, al que realiza un homenaje directo con su relato “La dulce espera”, en el que incluso calcaba sintagmas del cuento “Continuidad de los parques”, del imborrable argentino.
Un anuncio prometedor de los libros que, torrente de belleza, vendrían después.

sábado, 1 de diciembre de 2018

Cuaderno de Ibiza




Deambulamos por la vida buscando todo tipo de tesoros, anhelando descubrir el escondrijo donde Ben Gunn ocultó los cofres rebosantes de joyas del capitán Flint, persiguiendo el oro de los nibelungos, sin advertir que las más cercanas e íntimas riquezas, las más auténticas y satisfactorias (la familia, el amor, la amistad) las tenemos a una distancia pequeñísima, casi al alcance de la mano. Es probable que la sabiduría consista en descubrir ese diminuto secreto insuperable y no olvidarlo ya nunca.
El poeta José Cantabella nos demuestra en el volumen Cuaderno de Ibiza y otros poemas, publicado por MurciaLibro, que esa lección la tiene perfectamente clara desde que entró en su alma la artista Carmen Molina Cantabella, compañera, esposa, luz, sendero y horizonte que le ha llenado el corazón de ventanas y los dedos de versos. Con ella, a cuatro manos, ha construido una espléndida Casa del Amor; y ambos la han llenado de colores, músicas, libros, besos y futuro. Porque cuando se tiene la suerte de encontrar en la vida a esa persona especial, que parecía estarnos predestinada y que ensancha nuestra sonrisa, todo adquiere la densidad del gozo y nos inunda de dicha.
Adentrarse en las páginas de este libro es caminar junto al poeta y junto a su musa, compartir su esplendor de amantes y saborear las palabras como quien cierra los ojos y siente en los párpados la caricia de un tibio sol otoñal. “Me fui ovillando, es decir, me marché a la isla”, nos indica el poeta como arranque del volumen. Pero estas palabras no constituyen una etiqueta de misantropía o una declaración huraña, porque desde ese espacio puro el escritor nos tiende la mano y nos invita a contemplar con él, a escuchar con él, a sentir con él. Nos sentimos invitados a esa Región donde la felicidad canta y es bella (imposible sustraerse al juego de palabras).
Meseta de hermosura, isla de amor y sencillez, Cuaderno de Ibiza y otros poemas es un espléndido poemario al que debemos acercarnos con aplauso y con gratitud.

martes, 8 de agosto de 2017

Revolución



Muchos artistas han sentido, a lo largo de la Historia, que su palabra o sus imágenes tenían que ser puestas momentánea o perennemente al servicio de una causa política (y coloco el vocablo en cursiva para que sea leído en su sentido más aristotélico). Que el tiempo de las flores es compatible con el puñetazo en la mesa, con el grito de rabia, con la barbilla alzada en señal de desafío o de combate. O, para decirlo con la voz de Gabriel Celaya, que hay ocasiones en que debemos repudiar “la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales”. En esos tiempos en que arde el corazón, en que las injusticias se amontonan en los periódicos y en los ojos, en que la ignominia se sirve con sonrisas y corbatas, es legítimo que el creador apriete el puño, porque es “fieramente humano” y porque no tiene que avergonzarse de su indignación.
El poeta José Cantabella (Murcia, 1963) y la artista plástica Carmen Molina Cantabella (Murcia, 1977) unen sus voces en este volumen que lleva por título Revolución, en el que dejan bien clara su postura disconforme con el mundo que nos rodea, tejido con represiones, corruptelas, mentiras interesadas, fascismos de diseño y mucha manipulación publicitaria, en el que los peatones son siempre carne de cañón, marionetas incautas a las que se conforma con unas leves migajas de libertad. Pero, como decían los Rolling Stones, ha llegado el verano y es el momento de bailar en la calle. José, en el primer verso del volumen, nos dice que “Amanece en la ciudad”; y Carmen, en la primera imagen del mismo, nos presenta en un cartel a una muchacha con los ojos vendados, tras la que se alza un edificio en construcción. Sí, metáforas inequívocas de un engaño larguísimo al que ahora debe ponerse remedio con el despertar de las conciencias.
Arrojemos lejos las vendas, arrojemos lejos las mordazas. Embadurnados los rostros y tiznadas las almas con la mugre que los políticos venales y corruptos nos han vertido encima en los últimos tiempos, la poesía y la imagen (haz y envés de una moneda purísima) se dan la mano para abrir las ventanas y dejar que el oxígeno irrumpa en la estancia, liberándonos de miedos y permitiéndonos una sonrisa de esperanza. Porque es bonito anhelar. Porque es hermoso sentir que no todo está perdido. Porque es necesario que la sangre circule por las venas sin que el colesterol de la corrupción las atore. Los policías y los guardias civiles que aparecen en las imágenes de Carmen Molina Cantabella (siempre con los rostros vueltos o tapados) representan esa zona oscura que debemos iluminar; sus toros y caballos nos trasladan simbologías picassianas o libertarias. Y los versos de José Cantabella, puros, enérgicos, esbeltos, llenan de vigor los oídos de quienes los pronuncian en voz alta.

lunes, 22 de agosto de 2016

LLegarás a Recuerdo



No supuso una sorpresa para los lectores murcianos la aparición de este libro, Llegarás a Recuerdo (Azarbe, 2007), tercera obra publicada por el gran José Cantabella. Y no sorprendió porque, aparte de que ya se trataba de un autor conocido, en sus líneas generales mantenía la espléndida tónica que ya mostró en sus volúmenes anteriores: Amores que matan (2003) e Historias de Chacón (2005). El autor, consciente de estar construyendo un territorio muy particular (aunque inequívocamente inspirado en Murcia, pues habla del Jardín de la Seda, el café del Arco, el teatro Romea o el museo Ramón Gaya), indica que toda persona que se acerque a estas páginas debería encontrarse, para entenderlas bien, “en un estado de ánimo diferente, un estado alterado” (p.7).
Y lo que encontrará ese lector predispuesto es un manojo de historias bien chocantes: el robo que ejecuta un hombre para aliviar su impostergable deseo de leer (“El lugar secreto de los libros”); las reflexiones irónicas y mordaces sobre las erosiones que el matrimonio incorpora a la vida de pareja (“Una separación formal”); las sonrientes instrucciones farmacológicas de “Hombres”; la crónica apolínea de una obsesión hereditaria (“Carta a mamá”)... y así hasta veinticinco relatos, todos ellos magníficos.

Algunas intertextualidades camufladas con ingeniosa habilidad, pero que podrá descubrir un lector atento (Federico García Lorca en la página 73; Julio Cortázar en la 89; etc) añaden la sabrosa pimienta culturalista a un volumen de amena lectura y de espléndida formulación literaria.

lunes, 3 de marzo de 2014

Poemas de amor



José Cantabella (Murcia, 1963) es cuentista y poeta de impresionante ritmo metódico: cada dos años entrega a sus lectores un nuevo volumen con su producción. En 2003 arrancó con las historias de Amores que matan; en 2005 continuó con Historias de Chacón; en 2007 redondeó su producción cuentística con Llegarás a Recuerdo; en 2009 se acercó hasta los terrenos de la poesía con su Afán de certidumbre; y en 2011 siguió esa interesante línea lírica con Los sueños cotidianos. Ahora, con una leve corrección de meses, descubrimos en las mesas de novedades de las librerías un nuevo libro de versos que lleva el título de Poemas de amor y que se edita bajo el sello Azarbe.
En estas páginas se vuelve a confirmar que José Cantabella es capaz de describir, con palabras sencillas y con un vuelo rítmico muy leve, algunos de los estadios fundamentales del amor: desde el tristeza hasta el placer, desde la posesión hasta el abandono, desde las paradojas verbales hasta lo inefable. Así, el poema con el que arranca el tomo es toda una declaración de principios, pues sirve como delicioso arranque no sólo textual sino también amoroso («Voy a grabar tu nombre con mis ojos / en el pétalo fresco de una rosa; / luego, voy a lanzarlo / con todas mis fuerzas, decidido, / para que la suave brisa / lo lleve hasta tu corazón»). Pero es que ese amor adquiere pronto matices donde flota lo autorreferencial: en uno de los poemas, el escritor murciano alude a uno de sus personajes literarios favoritos, el Horacio Oliveira que inventó Julio Cortázar para su novela máxima (p.15); en otro, incluirá una alusión a Recuerdo, ese ámbito geográfico o sentimental que José Cantabella inventara unos años antes para su libro de relatos Llegarás a Recuerdo. Descubrimos de esa manera que el autor está ahí, implicado en el texto, mezclado en él, tejido entre sus líneas de un modo inextricable, lo que convierte el poemario en un documento de gran valor no sólo lírico sino también psicológico, porque nos permite intuir algunas de las pulsiones que mueven e interesan al autor.
Igualmente notable se antoja la reflexión que observamos en el poema “Ocho”, donde el escritor se interroga sobre los perfiles innombrables del placer. El sexo produce éxtasis, el orgasmo se manifiesta en forma de uñas horadando una espalda y trazándole caminos de pasión. Pero una vez sereno se detiene a la hora de conceptualizar el instante: «¿Feliz? / no es ese el adjetivo, / tal vez no haya ninguno». Y es que, en efecto, como bien intuyó Jorge Guillén, el lenguaje del amor se topa siempre con la condición inefable de su tema.
Y si los lectores buscan un poema donde se reflexione sobre el amor, la fugacidad y la paradoja que conlleva siempre el juego desear-obtener-olvidar, les recomiendo que se acerquen hasta la memorable página 35 y descubran el modo bellísimo en que lo consigna en el poema “Tan fugaz como el amor”.

Valiéndose de versos cortos y largos, de polimetrías juguetonas y hasta de composiciones donde verso y prosa son convocados en una técnica mixta (un ejemplo se puede observar en “Algunas palabras”), José Cantabella ofrece en este libro un muestrario amoroso al que merece la pena acercarse, porque nos entrega delicias en cada página.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Los sueños cotidianos




El escritor José Cantabella (Murcia, 1963) no ha faltado a la cita bianual que tiene con sus lectores desde hace casi una década. Tras haber publicado tres excelentes volúmenes de relatos (Amores que matan, 2003; Historias de Chacón, 2005; Llegarás a Recuerdo, 2007) le tocó el turno a un libro de poemas (Afán de certidumbre, 2009), género al que vuelve con Los sueños cotidianos, donde brilla otra vez con la excelencia de su verbo. Tratar de resumir la belleza de un libro de versos es siempre empeño condenado al fracaso, pero permítaseme que al menos me acerque a alguna de las composiciones, que considero especialmente notables. Así, “Amantes prohibidos, prohibidos amantes” se revela como un ejercicio hondo de observación acerca del ser humano, a través de dos personas que, habiendo estado enamoradas, ahora se ignoran con meticulosa aplicación e ingresan en la invisibilidad el uno para el otro. El autor lo sintetiza en una fórmula tan sencilla como inquietante: “¿Cómo puede, el amor, ignorar su pasado?” (p.17). Otras veces será el humor el que aparezca en sus versos. Y es que, si el argentino Jorge Luis Borges afirmaba que la teología era una rama de la literatura fantástica, el poeta murciano se atreve incluso a conjeturar quién pudo ser el iniciador temático de esa convergencia; y el resultado de sus reflexiones lo tenemos en “Jonás”, cuyo protagonista afirma haber permanecido varios días en el interior de una ballena. El amor está presente en varias de las composiciones, pero sobre todo en dos: “De amores” y “Obama y tú”. El primero es uno de los poemas de amor más sencillos y más hermosos que he leído en mucho tiempo; el segundo, dedicado por el autor a su mujer, Carolina, tampoco desmerece de ese dictamen.
Pero hay muchas más cosas en Los sueños cotidianos. Quien quiera disfrutar y reflexionar con una interpretación nueva de un relato infantil tradicional puede acercarse hasta “Blancanieves” (p.35). Y si desea aventurarse en un homenaje implícito a Julio Cortázar (uno de los grandes fetiches de José Cantabella, según se desprende de sus cuentos), ahí está “Poe-más” (p. 43). Y si se desea acompañar al poeta en su languidez, qué mejor manera que acompañarlo en un trayecto ferroviario (“Viaje a Madrid”). Y si queremos reflexionar sobre la geminación inquietante de los días que constituyen nuestra existencia, sin duda el poema “Hoy” nos será de incalculable utilidad. José Cantabella, en prosa y en verso, demuestra una vez más que su visión del mundo y su estilo literario merecen un puesto respetable en las estanterías de nuestra biblioteca.

sábado, 8 de agosto de 2009

Afán de certidumbre



Hay muchos tipos de poesía, y todos tienen su segmento de público lector: la culturalista, la oscura, la ñoña, la ingeniosa, la melancólica, la comprometida, la experimental... A mí, desde hace años, sólo me dejan impresión duradera en el alma aquellos versos que, sea cual sea el ropaje que los cubre, brillan con la luz de la emoción. Eso le pido a la poesía: belleza emocionada. O emoción embellecida. Un pulso de sangre que, saliendo rojo del corazón, se vuelve negro de tinta en la mano de quien escribe. Y lo acabo de encontrar en otro libro: en el volumen lírico Afán de certidumbre, de José Cantabella. Hasta ahora, su producción se centraba en el mundo del relato breve, en el que había compuesto maravillas como Amores que matan (2003), Historias de Chacón (2005) y Llegarás a Recuerdo (2007). Y cuando sus lectores esperábamos una nueva entrega de cuentos, pensando que la secuencia de años impares así permitía deducirlo, nos sorprende con este poemario de breve estructura pero deliciosa técnica, en la que el autor murciano tiende su mirada y explora el mundo, en la más amplia extensión de la palabra: celebra el gozo de vivir, descubriendo en cada amanecer los matices de la felicidad posible (“El nuevo día”); ingresa en la metafísica con la lectura matutina de un periódico (“Noticia esperada”) o con el verbo final de un poema (“Dos hombres mirándose”); intenta establecer una difícil solución de consenso para conjugar los avariciosos territorios del amor y de la literatura, que tantas veces coliden entre sí (“Pacto”); compone sinfonías urbanas donde una tormenta acompaña a los seres humanos, en su paseo de cotidianidad y amor (“Lluvia”); retrata los clichés de una familia ‘típica’, de la cual busca distanciarse, por juzgar banales sus ritmos y sus rituales (“Familias”); nos entrega episodios de apariencia autobiográfica, como cuando se detiene a contarnos el reencuentro con un viejo docente, que lo martirizó de niño con su intransigencia nada pedagógica (“El maestro”); o, en fin, esculpe líneas en las que le comunica al mundo su eviterna pasión por Carolina, con quien comparte el sendero de vivir (“Celebración del amor eterno”).
Y todo esto con un lenguaje de limpia sencillez, donde los adjetivos, los sustantivos y los verbos están tan bien elegidos, tan escrupulosamente calculados, que no tienen necesidad de mancharse de retórica barata. José Cantabella hubiera hecho las delicias de aquel Juan Ramón Jiménez que le pedía a sus poemas “el nombre exacto de las cosas” o de aquel Antonio Machado que pretendía contar “lo que pasa en la calle”. Algunos reticentes podrían pensar que esa desnudez es falta de pericia o de capacidad; pero se equivocará quien así razone. Existen lenguajes líricos que precisan de una escritura y una lectura inocentes, y que sólo desde la inocencia entregan su tesoro. Aduciré un ejemplo cinematográfico: en la película Profesor Holland hay un instante en que Richard Dreyfuss le está contando a su esposa que, de joven, escuchó un disco de John Coltrane y no le gustó. Pero que, cuando lo escuchó por segunda, por tercera, por cuarta vez, fue descubriendo los pliegues de belleza que cobijaba. Y así se convenció de que John Coltrane era un genio, y que su música le llegaba al corazón.
La poesía (y éste es el gran descubrimiento de la modernidad, a la que José Cantabella pertenece) no necesita de la pirotecnia. Su misma pureza, si es real, sirve para construir el edificio del poema. Hay una música secreta dentro de los buenos versos, y el autor murciano la ha descubierto, para delicia de quienes lo leemos desde hace tiempo.
Y si a tales maravillas verbales le unimos el exquisito tratamiento visual que la pintora Francisca Fe Montoya le ha dado al poemario, adornándolo con imágenes de tan gran sencillez como poder evocador, el resultado global no puede ser tildado sino de excelente.