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viernes, 7 de junio de 2024

La molinera de Arcos



Se defiende el dramaturgo asturiano Alejandro Casona, en la contracubierta de este libro, contra las críticas que le pudieran venir por la escasa originalidad del tema de la obra La molinera de Arcos, incidiendo en la importancia de otros ingredientes, como la “expresión artística” de la misma. No hizo mal en precaverse, porque resulta obvio que el asunto central (el acoso que sufre una moza rústica por parte de un poderoso, que ignora sus vínculos matrimoniales y pretende solazarse de modo horizontal con ella) ha aparecido docenas de veces en la historia de la literatura, desde la Biblia hasta ciertos dramas de Lope de Vega. Nihil novum sub sole. Y tampoco supone novedad alguna el perfil íntimo de los personajes que en ella concurren (la muchacha virtuosa, el celestino servil, el ricachón prepotente, el marido confiado y después vengativo). Pero sí que es cierto que Casona agrega algunas especias que vuelven agradable el drama, y lo envuelven en un halo elegante, en el que la firmeza, la honestidad, el donaire de la protagonista, la gracia burlona y hasta algunos ramalazos de humor, se unen para provocar constantes sonrisas en los lectores (préstese audiencia sobre todo a los numerosos juegos de palabras y a las frases de intención equívoca o malévola que cruzan la atmósfera escénica). También es original que el asedio que sufre la joven molinera esté protagonizado por tres gerifaltes (un Fiscal, un Comandante y un Corregidor), e incluso por un cuarto, si añadimos al sinuoso Deán (casi más pendiente de las lindezas gastronómicas y el buen vino que de los esplendores femeninos de la muchacha); o que las esposas de estos babosos, conscientes de las flaquezas de sus maridos, decidan estar pendientes de cada paso que dan en torno a la chica.

Adéntrese el lector en la obra sabiendo lo que encontrará (asechanzas nocturnas, galanteos improcedentes, comicidad sencilla y final moralizante) y tiene aseguradas un par de horas de entretenimiento.

domingo, 17 de mayo de 2020

El padre




De todos los sentimientos humanos, quizá el más lacerante sea el de la duda, que erosiona con eficacia diabólica. Al dudar, no solamente nos adentramos en el pantano de la tristeza, sino que nos impedimos irreversiblemente la disipación del consuelo o el lenitivo de la amnesia. Dudar es ser siempre desgraciado y aproximarse, como le ocurre al protagonista de este drama de August Strindberg, a los acantilados de la locura.
Es un gris capitán del ejército, que dedica sus ratos libres al ejercicio de la ciencia. Tiene una hija llamada Berta. Su matrimonio es tan anodino como infeliz. Vive en un país rodeado por la nieve. Su cuñado es pastor de la iglesia. Su gran proyecto es que su hija abandone el claustrofóbico de la casa y vaya a la ciudad para estudiar y alejarse de las supersticiones e ideas religiosas de su madre o su abuela… Un día, su mujer (Laura), que se opone acremente a esa decisión, decide redondear el plan que lleva urdiendo durante años para lograr la incapacitación de su marido: le insinúa que su hija no es suya. A partir de ese momento, todo empieza a convertírsele en saliva amarga. ¿Quién puede asegurarle que no está escuchando la verdad? ¿Pondría la mano en el fuego por la fidelidad de su esposa? ¿No pudo tener ese desliz? Y aunque ella, luego, sibilina, le indique que todo era una broma, la termita ya está dentro de su cerebro: quizá es ahora cuando le está mintiendo, para garantizarse la calma doméstica… y su futura pensión.
El capitán, que tiene unas ideas muy tajantes sobre lo que una madre puede opinar sobre el futuro de sus hijos (“¡Nada, en absoluto! Ella ha vendido sus derechos de primogenitura por medio de un contrato legal de compraventa. Renuncia a todos sus derechos y el marido, como contrapartida, se compromete a mantenerla a ella y a los hijos”), se descubrirá atrapado en el pegajoso barro de la sospecha. Y comprenderá que de ahí no se sale, salvo por la puerta de la muerte o por la puerta de la locura.

lunes, 26 de agosto de 2019

El día de gloria




Cierro la última página de la obra teatral El día de gloria, escrita por Francisco Ors (Ediciones MK, 1983), que tiene un tema muy interesante (el modo en que una mujer se libera de las opresiones que la limitan), aunque su formulación argumental me parece forzadísima. Está bien que Ors quiera mostrarnos el grado humillante de postración de un ama de casa, pero el modo en que carga las tintas en el dibujo de su entorno aproxima la historia a los taludes de la hipérbole (y casi de la inverosimilitud): un marido déspota y violento, que en el ámbito sexual ya ha dejado de ser un aliciente; una hija guapísima, que ha convertido en deporte olímpico el sexo con todo tipo de parejas; una hija fea, que ha optado por irse a vivir con un antiguo presidiario; una hija independiente y egoísta, que le deja siempre a su niña, para que sea la abuela quien la críe y cuide; un hijo homosexual que se va a vivir con un amigo de la familia (que tiene la edad suficiente como para poder ser su padre); etc.
Esa acumulación de circunstancias asfixiantes me ha parecido excesiva, con lo que la eficacia de la pieza teatral se resiente. Me cuesta creerme ese mundo, tan esperpénticamente trazado. De ahí que no haya conseguido sentirme tocado por la catarsis, ni siquiera cuando la protagonista decide mandarlo todo al cuerno con una acción liberadora.
Si ves en una fiesta a una mujer con el cuello sepultado de collares, pendientes aparatosos, anillos en todos los dedos, tres pulseras en cada muñeca, una diadema de oro, etc, no puedes estar seguro de si es realmente hermosa. Algo así me ha pasado con El día de gloria: su exageración la mata.

miércoles, 2 de marzo de 2016

El tío Vania



Imaginemos el siguiente panorama escénico y argumental: el viejo y estirado profesor Serebriakov, después de un cuarto de siglo dedicado a la docencia de las artes, se retira a vivir su vejez con su jovencísima esposa Elena (que apenas tiene 27 años). Poco a poco, el aura de respetabilidad intelectual que rodeaba a su figura parece irse erosionando, porque se va descubriendo que en realidad no es el brillante genio que muchos pensaban y que él mismo se ha ido encargando de pregonar. Cerca de la pareja se encuentra el maduro Voinitski (Vania), que ha trabajado para el profesor durante muchísimo tiempo y que ahora mantiene una relación muy tensa y bastante agria con él, entre otras causas porque ha sufrido una amarga decepción con él en el terreno humano y profesional, al descubrir sus notorias carencias. Añadamos ahora al conjunto la presencia de Sonia, hija no muy agraciada de Serebriakov; y por último la figura de Astrov, un médico que se considera embrutecido y decepcionado con su trabajo y que, para compensar esa tristeza, dedica toda su inteligencia y todas sus energías a la conservación de la naturaleza, habiéndose convertido en un defensor de la vida natural y de los bosques. Con este elenco de personajes y de temperamentos, el ruso Antón Chéjov nos ofrece un drama donde las relaciones humanas se van poco a poco tiñendo de acrimonia y donde los destinos se van enredando en una madeja turbia, porque nadie parece ser feliz en las condiciones en que vive: Sonia está enamorada de Astrov, pero sabe que el médico no siente nada por ella; Elena reconoce ante su hijastra que no es feliz en su matrimonio, pero a la vez se siente incapaz de entregarse al amor de Vania, que se lo ofrece con claridad en más de un instante de la obra; Serebriakov se siente viejo y muestra bien a las claras que no se encuentra cómodo en este retiro ocioso en el que chapotea, asediado por las malas caras de Voinitski y por la ausencia de honores académicos. Cuando el jubilado profesor, harto de los comentarios ácidos que lo tienen como protagonista, comunica que desea vender la propiedad en la que se encuentran y establecerse en Finlandia veremos cómo Vania, arrepentido de haberle tributado su vida y viéndose ahora al borde del abandono, alzará un arma contra él... Chéjov nos lleva en esta pieza a dar un paseo por los pasillos de la decepción y del fracaso, allí donde las vidas se ven salpicadas por el lodo y los dientes rechinan por lo que pudo haber sido y no fue. Genial, como siempre.