sábado, 1 de agosto de 2020

Historias de la pequeña ciudad




Historias de la pequeña ciudad es un libro que podría haber firmado, con orgullo y sin vacilaciones, el monovero José Martínez Ruiz. Y no lo digo solamente por el hecho de que su autor (el abulense Antonio Pascual Pareja) le rinda homenajes explícitos en varias secciones del volumen (en la página 106 lo llama “maestro”, en la 169 lo define como “querido escritor”, etc), sino porque su espíritu mismo es azoriniano. Tiene de Azorín las nubes, las viejas casas de la infancia, los trenes, la lentitud de acciones y gestos, la observación de los atardeceres, la languidez, las frases concisas; pero, sobre todo, la mirada grande hacia lo pequeño, la mirada honda hacia lo superficial, la mirada eterna hacia lo caduco.
Paseando con calma por sus hojas descubrimos a la musa que envejeció en el secreto del anonimato, las flores que embellecen una casa llena de recuerdos, un amor adolescente aromado por unas páginas de Cervantes, el tedio de una niña que asiste a clase en verano, la lírica contemplación de una amada dormida y desnuda, el discurso de jubilación que prepara un viejo maestro, el recuerdo otoñal de un beso adolescente o la amnesia de una anciana… Secuencias narrativas que los ojos y el corazón perciben como acuarelas que se contemplan en silencio. Porque ésa es otra de las virtudes incuestionables de este hermoso libro: su infinito poder para conseguir que los lectores se sientan instalados en una burbuja y que nada importe el ruido exterior, porque la verdad eterna de sus reflexiones y palabras consigue subyugarlos.
Esta colección de relatos o de diapositivas tiene mucho, para mí, de libro-vidriera: es decir, una delicada combinación de cristalitos bellísimos, al que la elegancia del artista inserta en el ámbito de una pequeña urbe, que sirve como marco. Sería muy complicado encontrar en los últimos años un volumen que lo superase en hermosura.

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