lunes, 24 de agosto de 2020

Crónica de una muerte anunciada




Leer en la prensa la triste noticia de la muerte de Mercedes Barcha y pensar, casi de inmediato: “Tengo que releer algo de Gabriel García Márquez”. Y acudir a las páginas amanecientes de Crónica de una muerte anunciada, y preparar un café, y quitarte el calzado, y dejar que el ventilador sea el único sonido de la habitación, y decirle a Gabo: “Venga, es tu turno, habla”.
Después de todos esos prolegómenos, la historia de Santiago Nasar (que he leído cinco veces y ahora seis) vuelve a desplegar su arco iris de belleza tropical y, sobre todo, su relojería implacable, en la que cada ruedecita dentada actúa como un heraldo del fatum. Camino por el pueblo, me tropiezo con sus gentes, contemplo los residuos de la celebración nupcial de Bayardo San Román y Ángela Vicario, me irrito con la displicencia del obispo, imagino la vivienda del viudo (donde se ha encerrado Bayardo para aniquilarse, como un Nicholas Cage que viajase a Las Vegas), intento levantar del suelo la maleta conteniendo dos mil cartas sin abrir, visualizo los expedientes judiciales pudriéndose en su lecho de agua y, por encima de cualquier otra emoción, me siento embrujado por la prosa inigualable de este coloso colombiano y universal que nos ha regalado una de las mejores herencias literarias del siglo XX, compuesta por monumentos como Cien años de soledad, El otoño del patriarca, El coronel no tiene quien le escriba o esta sofocante Crónica de una muerte anunciada.
Loada sea doña Luisa Santiaga Márquez Iguarán. O, lo que viene a ser lo mismo, viva la madre que lo parió.

1 comentario:

Dorotea Hyde dijo...

Es uno de los título que me apetece releer. Lo leí por primera vez siendo adolescente, me encantó pero solo intuí que me encontraba ante una obra maestra. Necesito releerlo para confirmarlo y disfrutarlo.
Un saludo.