jueves, 7 de mayo de 2020

Los cuatro Aymon




Los cuatro hermanos Aymon llevan, en su castillo de las Ardenas, una vida sana y feliz, pero incompleta. Les falta un elemento que la culmine: que el emperador Carlomagno acceda a nombrarlos caballeros, tal y como sus merecimientos y su estirpe solicitan. El problema es que parece casi de todo punto imposible que tal ceremonia se celebre, pues un tío de los chicos mató por accidente a un sobrino del emperador; y la rencorosa animadversión de éste hacia la familia no se ha extinguido. Pero la cordura se acaba imponiendo y los chicos son convocados a presencia de Carlomagno, quien se aviene a nombrarlos caballeros.
Desgraciadamente, no todo el mundo se muestra conforme con el hecho de que unos “palurdos” sean ensalzados con tal honor y los muchachos son provocados hasta que explotan y cometen un nuevo crimen. Desde ese punto, la venganza del emperador ya no admitirá objeciones; y se inicia la atroz persecución de los cuatro hermanos, que huyen y combaten con honrosa nobleza.
Basándose en la conocida historia medieval de los cuatro hijos de Aymon (que aparece en los cantares de gesta desde el siglo XII y que incorpora elementos tan célebres como el caballo Bayard o el encantador Maugis) el belga Herman Closson construye aquí un drama magnífico en el que el amor, el honor y unos acertados puntos de lirismo (sobre todo, al final de la pieza) consiguen mantener la atención del lector y su aplauso constante.

miércoles, 6 de mayo de 2020

Angelita




Ángela Miranda es una joven melancólica que, paseándose siempre con un libro entre las manos, medita sobre su vida, sobre el futuro, sobre cómo habrá de actuar el paso del tiempo sobre ella. Un día, en medio de uno de sus lánguidos paseos, se tropieza con un desconocido que parece saber bastante sobre la asombrada muchacha y que, por sorpresa, le regala una sortija muy especial: girándola, ella podrá hacer que el tiempo avance a su antojo, situándose de golpe en un porvenir emplazado a dos, tres, cinco, diez años más allá, dependiendo de las vueltas que le dé al raro anillo.
La tentación es tan infantil como poderosa; y Angelita, quizá no resulte necesario explicarlo, parece dispuesta a comprobar si las palabras del misterioso caballero encierran una burla o son verídicas. Así que, aprovechando la soledad de su casa, agarra el anillo… y le da varias vueltas.
Es entonces cuando descubre que ahora está casada, tiene una sirvienta de lo más curiosa y es madre de un chiquillo. ¿Cómo es posible que todo esto haya tenido lugar? ¿Cómo reconocerá a su marido cuando lo vea, si ni siquiera conoce su nombre, su profesión, sus gustos o su aspecto físico?
Partiendo de ese peldaño tan sugerente, e invitándonos a subir por la asombrosa escalera, Azorín nos ofrece en esta obra teatral una reflexión muy elaborada sobre el paso del tiempo, sobre la imposible felicidad del ser humano (sujeto siempre a vaivenes e incertidumbres) y sobre la plácida serenidad que se adquiere cuando la persona vive en paz con su realidad presente.

martes, 5 de mayo de 2020

La antesala




En la obra teatral La antesala, Diana de Paco Serrano nos plantea una situación muy curiosa. En escena tenemos a un montón de personas que están situadas ante lo que parecen ser las ventanillas de una administración pública. Todos estos seres están tensos, nerviosos, hacen cola de forma incómoda, discuten por las nimiedades más asombrosas, se pelean por el sitio que ostentaban o que desean lograr, cogen y rellenan formularios, etc. Pepe, que acaba de llegar, está bastante desconcertado, como si no supiera dónde se encuentra. Está vestido con ropa de noche (un absurdo pijama) y mira con perplejidad a su alrededor. Su esposa, tan desconcertada como él, llega muy pronto. Un señor servicial les explica lo que ha ocurrido, y la causa que los ha llevado a esa “antesala de la sala” (p.105).
A partir de ese momento, ambos tratarán de actuar conforme exige el decoro de la situación, tan inquietante como previsible, tan asombroso como terrible. Y el lector (o el espectador), que comprende muy bien la metáfora que la autora murciana le está trasladando, traga saliva mientras espera el desarrollo de los acontecimientos, para saber qué ocurrirá finalmente con todos los personajes que se mueven por la escena.
Es una obra de trazado ágil, elegante y sólidamente llevada, que hubiera hecho las delicias de Jean-Paul Sartre (por las conexiones que podemos establecer con Huis clos), y donde Diana de Paco demuestra una soltura realmente notable en los diálogos, en el manejo del sentido del humor y en la profundización psicológica de los personajes.

lunes, 4 de mayo de 2020

Gorgojo




Con el título de Gorgojo, el siempre divertido Tito Maccio Plauto compuso en el siglo II a.C. una obra teatral basada en las habilidades para el engaño de un siervo, quien consigue para su amo a la bella Planesia (que permanecía como esclava en casa del alcahuete Capadocio).
La pieza, ágil en su desarrollo y muy bien adornada en sus secuencias cómicas, incorpora personajes que, a pesar de su condición tópica, brillan de forma innegable: la vieja portera a la que resulta sencillo comprar utilizando jarras de vino, el banquero avaricioso, el alcahuete enfermo, el enamorado que no logra conseguir a la mujer de sus sueños, el sirviente espabilado, el soldado fanfarrón… Nos encontramos ante una obra destinada a provocar las carcajadas del público, y en su interior no faltan las opiniones crudas, que no han perdido ni un ápice de actualidad, sobre los proxenetas (“Vuestra raza es como las moscas, las chinches y los piojos”) y sobre los banqueros (“Hundís en la miseria a la gente con la usura. El pueblo dicta leyes para protegerse y vosotros las burláis. Siempre encontráis escapatoria”). La anagnórisis de las últimas páginas, pese a su carácter previsible, se construye con habilidad.
Por cierto, me encanta la forma en que el traductor, José Luis Sánchez Matas, se deja llevar por el espíritu plautino y no duda a la hora de introducir palabras y expresiones que, aparentemente bruscas o “malsonantes”, reproducen muy bien el modo en que los espectadores de hace 2.200 años debieron sentir la obra del autor latino.

domingo, 3 de mayo de 2020

El pasamanos




Segundo Bueno es un viejo frutero retirado que, con las piernas destrozadas por la enfermedad, no puede salir de casa por un motivo tan trivial como marmóreo: su casera no accede a poner una simple barandilla, un pasamanos, que le permita bajar a la calle a pasear con su mujer, echar pan a las palomas o tomar un café en el bar de la esquina. Durante años ha insistido ante su casera con ruegos y papeles judiciales; pero viendo que no hay forma de doblegar su terquedad rácana decide recurrir a un programa de televisión, que se haga eco de su estado. Lo que el pobre hombre ignora es que la mecánica lacrimógena del mismo comenzará a presionar para que él adopte una pose mendicante, que el digno jubilado no está dispuesto a secundar.
Pero el lector se lleva también algunas sorpresas adicionales conforme avanza por la obra, porque descubre que los motivos que impulsan a Segundo Bueno para atrincherarse en su ortodoxia no son tan cristalinos como se pudiera pensar en las primeras páginas. Y es que todos escondemos miedos, salivas tragadas y frustraciones, que no siempre resulta sencillo asumir.
Con esta pieza dramática, la madrileña Paloma Pedrero explora y disecciona a la perfección los límites, siempre tan tenues y tan peligrosos, que separan la justicia de la caridad, la honradez del chantaje y la honestidad del miedo, hasta componer una obra teatral que define perfectamente el mundo de hoy en día.

sábado, 2 de mayo de 2020

La familia Swedenhielm




En la casa del ingeniero Rolf Swedenhielm, en la que estamos como invitados teatrales, no tenemos más remedio que acostumbrarnos a los cambios bruscos de ánimo. Al principio, todo es abatimiento, rabia y desilusión, porque al prestigioso científico no le han concedido el premio Nobel de Física, como esperaban con entusiasmo todos los miembros de la familia; más tarde, nos sentiremos zarandeados por la euforia cuando un súbito telefonazo trastoque la situación y se compruebe que sí, que la concesión es un hecho; y después volveremos a percibir la angustia de los personajes con la aparición de Eriksson, que inundará de inquietud a cuantos comprenden para qué ha venido.
Situémonos ante esos personajes, para entender mejor quiénes son: Rolf (hijo) vive con rencor la forma en que la prensa silencia su propio trabajo científico; Bo (su hermano) es teniente de aviación, y también considera que sus méritos como piloto deberían ser remarcados y aplaudidos; Julia (hermana de los anteriores) es una actriz que suspira por ser venerada; Boman (tía de los tres primeros, pero también ama de llaves de la vivienda) dedica toda su energía a capear esos egos y mantener limpia la casa. ¿Y cuál es el papel perturbador que supone Eriksson, en este hogar inestable? Pues el de ser el propietario de unos pagarés emitidos por alguien de la casa y que, al contener una firma fraudulenta, podrían suponer la cárcel y la humillación pública para el responsable.
El lector comprueba cómo, durante el desarrollo de este drama de honor (que leo gracias a la labor traductora de Javier Armada), rebrotan agrios pleitos que florecieron en el pasado y que nunca han sido del todo olvidados, porque se cerraron en falso, y que afectan a varios de los protagonistas de la obra. Fechada en el año 1925, resulta imposible no relacionar esta pieza con una novela galdosiana que se publicó en 1897 y cuyo espíritu flota en el interior de la obra de Hjalmar Bergman.

viernes, 1 de mayo de 2020

Edipo Rey




Contradiciendo la famosa frase, podríamos afirmar que los dioses aprietan, pero también ahogan. Por lo menos, los dioses de estirpe grecolatina, que gustan de adornarse con demasiada frecuencia con los ropajes de la impiedad. Así, cuando en Tebas se dictaminó que el pequeño hijo recién nacido de los reyes Layo y Yocasta habría de ser asesino de su padre y compañero sexual de su madre, la decisión urgente ante tal espanto contrario a las costumbres fue que el niño debía ser apartado de allí y perecer. Pero intervino la conmiseración humana y el bebé acabó sobreviviendo para, a la postre, cumplir ambas profecías. El desdichado Edipo se convirtió en el anónimo asesino de su progenitor y en el hombre que “aró los campos maternos en los que él fue sembrado” (la fórmula es tan elegante como sobrecogedora); y vio después cómo su apacible condición de monarca de Tebas se transformaba en catástrofe sin igual y en mancilla eterna.
El argumento de Edipo Rey, de Sófocles, es harto conocido. Y la forma en que los analistas de la mente humana (Sigmund Freud y su escuela) ahondaron en él también es notoria y popular. Pero quizá lo que más me sigue asombrando de esta pieza inigualable es la forma en que su horror y su mensaje han sobrevivido a las erosiones del tiempo. Edipo no es más que una pobre víctima, si lo pensamos con calma; porque, aunque se inflija el terrible castigo de la ceguera en sus líneas finales y se considere a sí mismo un monstruo, nada tiene en verdad de culpable. Sólo ha sido una marioneta del Destino y un juguete de los dioses. No podemos juzgarlo culpable de haber cometido unos actos que fueron decididos por quienes controlan la vida, la muerte y el lapso de tiempo que las separa. Stricto sensu, Edipo es, como el Cid, un buen vasallo. La lástima es que, también como el Cid, no tuviese un buen señor. Por eso merece más lágrimas que reproches, más abrazos que señalamientos. Lo intuí al leer la obra con 19 años y lo refrendo ahora al volver a sus páginas con 54. Espectacular.