domingo, 6 de septiembre de 2026

Cotidianas

 


Abro un nuevo libro del uruguayo Mario Bendetti y me detengo unas horas en sus versos cristalinos. Qué limpieza de expresión. Qué capacidad para construir las imágenes más hermosas y más inesperadas. Qué juegos de vocablos tan bellos e imborrables. Es el niño-poeta: aquel que sabe descubrir las luces y los poderes de cada palabra, que los demás manejamos con inconsciencia gris. Pero el resultado de ese juego de apariencia inocente es la poesía honda, contundente, certera, irónica y espléndida de uno de los grandes autores del siglo.

A veces, la alegría se acerca hasta nosotros y nos lanza sus avisos para hacernos saber que quiere entrar (“Piedritas en la ventana”); a veces, son el alerce y el baobab los que dialogan, sin que los humanos seamos capaces de percibirlo (“De árbol a árbol”); a veces, el poeta enarbola su parcialidad, su aversión a la neutralidad de los ciegos o los cobardes, incluso sabiendo que esa terca obstinación le puede costar cara (“Soy un caso perdido”); a veces, constatará con acrimonia y pesadumbre cómo será el mundo si la bomba de neutrones aniquila a todos los seres vivos (“Las novedades del horror”); a veces, nos dejará poemas que resulta casi imposible imaginar sin la voz y la música de Joan Manuel Serrat (“Defensa de la alegría”, “Testamento de miércoles”); a veces, nos invitará a reflexionar sobre la forma en que registramos el paso del tiempo (“Síndrome”); y a veces, en fin, nos enunciará unas verdades tan sencillas que, casi siempre, se vuelven invisibles (“Unos como invasores / otros como invadidos / ¿qué país / no ha perdido la inocencia?”).

Ahora que yo también puedo decir, con el uruguayo, que “tengo un verano de doce meses” (por mi jubilación) intentaré seguir leyendo todos sus libros.

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