La
historia la conocemos por Homero, por novelas y por el mundo del cine: tras el
rapto de Helena (esposa de Menelao) por parte de Paris, ambos se encierran en
la ciudad de Troya, de la que es príncipe el secuestrador (o seductor). Y ese
ultraje moviliza a todos los pueblos griegos, que se unen para cercar la
malhadada ciudad y exigir la entrega de la reina. Diez años de asedio y
combates que se resuelven (también conocemos la imagen) con el episodio del
gigantesco caballo de madera, que los incautos troyanos introducen en sus
dominios suponiéndolo un regalo de despedida de los acampados. Troya fue
arrasada. El rey Príamo halló la muerte; los príncipes Héctor y Paris
encontraron la muerte; todas las defensas fueron quebradas. Y llega el momento
en que los triunfadores, ávidos de botín, se reparten los tesoros de la ciudad…
y se reparten a sus mujeres.
En
ese punto comienza la terrible, escalofriante tragedia de Eurípides, quien nos
explica que el rey Agamenón (hermano de Menelao) se ha pedido a la joven virgen
Casandra; y que Ulises exige como esclava a Hécuba, esposa del difunto Príamo.
Todas las protagonistas lloran su desgracia, sabiéndose condenadas al ultraje y
la humillación. Casandra está convencida de que destruirá el hogar de Agamenón
si él la posee; pero quizá la dos más atribuladas sean Andrómaca (esposa de
Héctor) y Hécuba. La primera sufre el triple horror de haber perdido a su
marido, de estar condenada a convertirse en esclava y de saber que su pequeño
hijo Astianacte va a ser arrojado desde las murallas de Troya, para que no
quede posibilidad de que ningún heredero reconstruya la ciudad; la segunda,
anciana y con su mundo puesto patas arriba, tendrá que servir al pérfido
Ulises, uno de los grandes culpables de la destrucción de su patria.
Mezclando épica y lírica, Eurípides consigue emocionarnos casi en cada página, con la contundencia de su composición dramática y con los sentimientos de sus protagonistas: el desgarro de Hécuba (las palabras que pronuncia ante el cuerpo sin vida de su nieto son estremecedoras), la hipocresía de Helena (quien culpa de todo lo ocurrido a los padres de Paris, por haberlo engendrado; e incluso a su marido, por haberle dado hospedaje en su casa) o el dolor lacerante de Andrómaca (la cual mientras viaja en el barco sabe que su hijo está siendo empujado desde las almenas, sin que pueda hacer nada para evitarlo). No se cansa uno de leer a los grandes: en ellos está el germen de casi todo.

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