Se
puede entrar en un libro con la convicción de que no es una obra memorable y,
sin embargo, disfrutar del paseo. Lógicamente, no es lo mismo pasear por una
avenida lujosa de Barcelona o Buenos Aires que hacerlo por las callejuelas de
un pueblo asturiano. Pero, ¿quién nos dice que debamos considerar menor
lo que es más pobre o más pequeño? La vieja, estrecha, empinada y pobre calle
donde me crie en Blanca no la cambio por ninguna otra del mundo. Así que cuando
abro las páginas de El bonito crimen del carabinero, de Camilo José
Cela, sé que no entro en los Campos Elíseos, ni en Hollywood Boulevard, ni en
Abbey Road. En el viejo ejemplar que conservo en mi biblioteca anoté en febrero
de 1986 estas palabras bajo el título: “Fruslería. Pa qué”. Ahora, cuatro décadas
más tarde, tendría que volver a preguntarme lo mismo, aunque prefiero no
hacerlo, pues he comprendido que para sentir ternura o cariño por un gato no
hace falta que sea un Ashera.
Cela nos ofrece historias que dan la sensación de estar inconclusas o carecer de sustancia (“Se alquilan galas nupciales”), y eso te hace fruncir el ceño, porque sientes que se está burlando de ti; pero a la vez es capaz de dibujar piezas tan hermosas como “Baile en la plaza” o evocaciones tan tiernas como esa “Elegía de los autobuses pequeños, saltarines, desvencijados”. Al cerrar el tomo, acaricio su cubierta y sé que, cuando lo vuelva a poner en el plúteo, seguramente no lo volveré a sacar nunca. La caricia es una despedida lánguida. También lo acepto.

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