viernes, 13 de enero de 2023

Los ojos del hermano eterno

 


Es difícil acertar con el auténtico camino de la sabiduría, porque su secreto es oscuro y sus cauces desconocidos. Quienes leímos durante la juventud el libro Siddhartha, de Hermann Hesse, lo recordamos perfectamente. Y ahora, cuando me adentro en la novela Los ojos del hermano eterno, de Stefan Zweig (que traducen del alemán J. Fontcuberta y A. Orzeszek para el sello Acantilado), puedo refrescar esa sensación con la historia de Virata. Este personaje glorioso y de rica textura es un noble que adquiere fama cuando se pone al frente de las tropas leales al rey, quien ha sufrido una rebelión que amenaza con derrocarlo. Heroico hasta lo inverosímil, Virata se alza con la victoria, pero mata involuntariamente a su hermano mayor. Esa desgracia lo impele a alejarse para siempre de las armas y aceptar el cargo de juez real. A partir de ese momento, Virata irá descubriendo que las decisiones de su cargo afectan a la vida de otras personas, y también opta por retirarse de esa función. Lenta, pero inexorablemente, pasa de ser “El Rayo de la Espada” (guerrero) a ser “La Fuente de la Justicia” (juez); y de ahí evoluciona hasta convertirse en “El Campo del Buen Consejo” y después en “La Estrella de la Soledad”. Cada escalón supone una bajada social y una subida espiritual, que le sirve para purificar su espíritu e ir acercándose a la divinidad. No siempre quienes lo rodean entenderán sus decisiones (ni siquiera sus hijos), pero Virata acaba por convertirse en un anciano feliz, que ocupa un puesto misérrimo en su sociedad y que, tras su muerte, es olvidado de forma unánime.

La fábula de Zweig (claramente ligada a la de Hesse y a ciertas páginas de Tagore) requiere que los lectores escuchen en silencio las enseñanzas espirituales que su protagonista obtiene y que han de ser meditadas de forma serena y respetuosa.

Absténgase los lectores demasiado materialistas o superficiales.

1 comentario:

mariano sanz navarro dijo...

Un autor que venero y una obra que no conocía. Gracias una vez más.