Cuando
se enumera el catálogo de grandes autores teatrales del siglo XX español hay
varios nombres que siempre surgen: Federico García Lorca, Antonio Buero
Vallejo, Fernando Arrabal. En ocasiones, se añaden los nombres de Antonio Gala,
Lauro Olmo o Francisco Nieva. Pocas veces se completa con Alejandro Casona. Se
suele recordar La dama del alba (sobre todo, porque se sigue leyendo en
algunos institutos), pero poco más. Para mí, el asturiano Alejandro Rodríguez
es uno de los grandes, aseveración que corroboro en cada nueva lectura o
relectura. En este mes de septiembre he abordado La casa de los Siete
Balcones, un drama doméstico que se vertebra sobre la esperanza, la
ilusión, la locura, la falta de escrúpulos y la ambición, sobre las palabras
que no consiguen salir de la boca y las que no llegan en las cartas, sobre la
inocencia y sobre el amor imborrable.
Genoveva
vio partir a su novio hacia América, hace varias décadas. Iba allí para
conseguir una posición económica que les permitiese contraer matrimonio. Las
noticias fueron otras: dicen que en Argentina se casó con otra mujer, olvidando
a Genoveva. Pero la anciana se aferra a un trocito de carta que consiguió
salvar del fuego, donde la llamaba “Mi querida queridísima”. ¿Cómo resignarse a
creer que la ha olvidado? El cartero, cualquier día, le traerá una nueva carta,
donde el novio le pedirá que se suba a un barco y acuda a su llamada amorosa.
Entretanto, tiene que convivir con su sobrino Uriel (que parece mudo, pero que
habla con sus parientes fallecidos), con su cuñado Ramón (un violento avaro,
que quiere descubrir dónde ha ocultado Genoveva el oro y las joyas de su
hermana, tras su muerte), con la sirvienta Amanda (que accede a ser la amante
de Ramón, confiada en que tarde o temprano logrará convertirse en la señora de
la casa) y con el médico don Germán (que vela por su salud, física y mental).
Cercada por las presiones de su cuñado y conducida hasta el límite del llanto
por el silencio de su novio, Genoveva solo accederá a revelar el sitio donde
esconde su tesoro mediante un engaño cruel: hacerle creer que por fin ha
llegado la ilusionante carta. Y Ramón y Amanda urdirán su estrategia.
Emocionante
(y, en sus páginas finales, muy emocionante), esta pieza de Casona consigue
poner lágrimas en los ojos de quien está leyendo. En los míos, desde luego, lo
ha hecho.

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