domingo, 20 de septiembre de 2026

Cada cosa en su sitio


 

Dedico un día completo a la lectura de Cada cosa en su sitio, de Azorín, que es un libro, como casi todos los suyos, donde resulta complicado utilizar las etiquetas convencionales. ¿Son cuentos, realmente? Digamos que son páginas de Azorín. Es lo más atinado. O, si se quiere, pequeños cuentecillos que quizá no sean tales, valga la paradoja. Antes bien, parecen viñetas, dibujos de acuarela, leves pinturas de orden psicológico, apuntes casi al modo carpetovetónico, en los que los personajes charlan mientras pasean por el monte, dialogan en la consulta de un médico, en la celebración de un bautizo, sentados frente a un balcón o degustando un poco de vino, morigeradamente. Esas situaciones le permiten al escritor de Monóvar reflexionar sobre la luna, los primores de los olivos, el disfrute de los paisajes campesinos, los viejos relojeros vocacionales, la inveterada costumbre madrileña de ir a tomar el sol en la Puerta del Sol, el trabajo brumoso de las almazaras, los avatares de la historia de España o el carácter melancólico de ciertos espíritus… Y eso sin olvidarnos de algunas sorpresas morrocotudas (que también las hay en el tomo y que anonadan por venir del “conservador” Azorín). Por ejemplo, uno de sus personajes anhela la diversificación administrativa de España (“Siempre, en España, se han usado las palabras patria y nación con referencia a las regiones. Los autores clásicos están llenos de eso. Y si antiguamente se hablaba de nación, en la certidumbre de que existen varias naciones en España, con más verdad se puede hablar hoy. La nación es comunidad de tradiciones y sentimientos. Hoy lo sabemos perfectamente. Nación es Cataluña y nación es Vasconia”); y otro (por quedarme en dos citas y dejar el resto para el futuro lector), repudia abiertamente la férrea intransigencia de la religión católica, con su infame Inquisición (“Se consuela uno un poco pensando que dentro de algunos siglos no habrá en España ni persecuciones por las ideas, ni represión del pensamiento, ni procesos arbitrarios, ni mucho menos bárbaras torturas”).

En todas las páginas, Azorín establece su propio ritmo de escritura, esas frases cortas que tanto irritan a algunos, la lentitud de su mirar (“No he de salir ya de este paso. No salir de su paso, es decir, no perder la serenidad, la ecuanimidad, es una norma esencial en la vida. Otros que escriban como quieran: yo escribo… como escribo”, p.128). Y, por supuesto, las obligadas visitas al diccionario que las páginas del alicantino Azorín exigen, con su vocabulario inusual, antiguo, de rancio abolengo. Anotaré diez de esas palabras, por si alguien quiere someterse a examen: galicinio, crezneja, tabelión, engurrio, liara, alborga, maganto, cojijo, ostugo y revellín. Vocablos que yo ignoraba y que, probablemente, jamás usaré o volveré a ver escritos en otros autores; pero que me encanta descubrir en las páginas de don José, como quien ojea paños antiguos al revolver las entrañas del arca de la abuela.

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