Leo
el volumen Mensajes de un mundo olvidado, donde se recopilan algunos de
los artículos y conferencias de Stefan Zweig, traducidos por Esther Cruz y que
ven la luz en el sello Catedral. Y he quedado tan deslumbrado y he subrayado
tantos fragmentos en el volumen que voy a limitarme a cederle la palabra.
En
“El mundo en vela” (1914), el austríaco nos traslada sus reflexiones sobre el
sueño intranquilo que en aquel año sofocaba a los habitantes del mundo,
perplejos ante “la terrible realidad de la humanidad: la guerra de todos contra
todos”, ante la cual no cabe sino sentirse desolado (“De qué manera tan
terrible parece extenderse la aniquilación absoluta sobre este mundo
perturbado”). En “La torre de Babel” (1916), Stefan Zweig indica que, viendo la
tenacidad con la que los hombres se aprestaron a construir la famosa torre de
Babel, “por primera vez Dios tuvo miedo de los seres humanos, pues eran fuertes
cuando se asemejaban a él, cuando eran una única entidad”. Y descubrió que
“solo sería más fuerte que ellos si los seres humanos dejaban de ser pacíficos
y sembraba la discordia”. Con el paso del tiempo, los humanos fueron
olvidándose de ese individualismo insensato e infértil y volvieron a compartir
sus saberes, sus vidas y su comercio. Dios, nuevamente preocupado por esa
reunificación, volvió a mostrarse cruel y permitió la actual guerra (“Este es
el terrible momento actual. La nueva torre de Babel, el gran monumento de la
unidad espiritual de Europa, ha caído, y quienes la construyeron se han
disuelto”). En “La historia como poeta” (1931) acepta
que la historia no siempre es brillante: más bien es anodina y tediosa, pero
tiene momentos especiales en los que actúa como poeta, generando episodios
mágicos e inolvidables (“La historia pasa años fluyendo con normalidad a un
ritmo casi monótono, pero en algunos instantes extraordinarios, de pronto, las
orillas se juntan, brotan los rápidos, surge una corriente frenética, una
tensión excitante, y de golpe la escena histórica se llena y rebosa con una
horda de figuras”. De los pueblos que han sido grandes narradores (como Grecia
o Roma) conservamos, nos dice, muchísima más información que de los demás. No
se trata de que fueran los únicos, sino que “se contaron” mejor (“De esto eran
también conscientes todos los príncipes y califas de la antigüedad y de la Edad
Media: no basta con el acto, debe haber algo que lo reseñe, algo que lo
conserve vivo, y por eso mantenían a sus trovadores, músicos y cronistas”). En “La
idea europea en su evolución histórica” (1932) se muestra como un fervoroso
creyente en el concepto de Europa (y en su necesario liderazgo mundial) y alude
a “esa generación nuestra que creía en la unidad de Europa como en un
evangelio”. Aquel factor de cohesión que fue el latín, y que más tarde asumió
la música, ahora lo protagoniza la tecnología. Él cree que prevalecerá la unión
frente a las disputas, “pero no me atrevo a prometer tal cosa. Pido disculpas
por ser un pusilánime”. Por desgracia, vemos “cómo las decisiones más
importantes se retrasan siempre, cómo las resoluciones más cruciales no se
preparan en el último momento, sino en el siguiente”. En “La unificación de
Europa. Un discurso” (1934) afirma que la
idea de Europa no es algo instintivo y natural, sino “el fruto lentamente
madurado de un pensamiento superior”. En “1914 y hoy” (1936) vaticina la inminente
preparación de otra guerra, y declara con dolor: “Quienes hoy desean la guerra
operan con un riesgo cien veces menor que sus predecesores de 1914, porque
pueden desarrollar sus actividades abiertamente y sin impedimentos, porque ya
no han de buscar medias tintas morales que disfracen sus planes y, sobre todo,
porque están seguros de la absoluta indefensión y la obediencia incondicional
de sus conciudadanos”. En “El sentido de la creación artística” (1938) vemos un
importante intento de explicar cómo se gesta y se desarrolla una obra de
creación: desde los ejemplos de artistas que crean casi sin correcciones
(Mozart o Van Gogh) hasta los que requieren mil ensayos y mil enmiendas
(Beethoven). Lo usual suele ser una mezcla de inspiración y de trabajo (soplo
divino y esfuerzo humano). En “La historiografía de mañana” (1939) asevera que el odio no es un impulso que brote de un modo
espontáneo, sino que se cultiva, se mima, se riega con la propaganda adecuada.
De ahí que resulte tan fácil manipular a las masas con la apelación a los
instintos más virulentos. ¿El remedio? Una pedagogía del respeto y la unión
(“Para que la nueva generación sea mejor, más humana y sobre todo más feliz que
la nuestra, que ha estado guiada por la guerra en mitad de su existencia y ha
quedado por tanto con el corazón machacado, habrá que educarla mejor y de manera
más humana”). Todas las engañifas que nos han inculcado sobre lo especial,
único y maravilloso que era nuestro país tenían un solo objetivo: “Convertirnos
en ciudadanos patrióticos, en futuros soldados, en súbditos sin voluntad”. Por
eso, los libros escolares nos hablan, en un 90% de los casos, de héroes y de
fechas de batallas: para afianzar en nuestra mente la idea de que la guerra es aquello
que hace avanzar al mundo (“Se cuenta la historia como exclusivamente bélica”).
Habría que realizar un esfuerzo para contar la historia sin convertirla en un
glorificado rosario de charcos de sangre. Hay que “liberar el mundo de dicha
hipnosis”, antes de que sea demasiado tarde. Y por eso conviene insistir en que
“los tres mil años de nuestra humanidad consciente no han sido solo un juego
sangriento de gladiadores que un dios ebrio mandaba representar absurdamente,
sino que en esta grandiosa obra de teatro somos nosotros mismos los héroes, los
narradores, los poetas, los creadores”. En “La Viena de ayer” (1940) eleva un
encendido canto elogioso a su ciudad natal, donde “uno siempre tenía la
sensación de respirar aire internacional y no estar confinado a una lengua, una
raza, una nación, una idea”. Y en el escrito “En esta hora oscura” (1941), que
cierra el volumen, Zweig reflexiona sobre la hora siniestra que está viviendo
el mundo por culpa del nazismo (“Quizá la más oscura de toda la historia”).
Hay que leer a Stefan Zweig, porque con él se disfruta y se aprende. Hay que leerlo siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

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