En
uno de sus poemas, el escritor alemán Bertolt Brecht se planteaba reticencias
sobre los grandes personajes de la historia, interrogándose sobre si sus
proezas las habían ejecutado ellos solos, o más bien su fama se debía (como
pregonaba el sentido común) a los heroísmos sumados de las personas que los
rodeaban. Ni Alejandro Magno conquistó medio mundo “por sí solo”, ni ningún
faraón erigió pirámides “por sí solo”. Sin duda, tenía razón. Me ha venido el
recuerdo de ese poema mientras leía las Historias marginales, del
chileno Luis Sepúlveda, porque en sus páginas nos habla de héroes anónimos, de
héroes no tanto “cansados” (Pérez-Reverte) como invisibles, de personas que
enarbolaron su estandarte ético sin que los aplausos coronasen su tarea: el que
luchó para que las multinacionales no esquilmasen las selvas de su país; el
poeta que sobrevivió a la experiencia criminal del campo de concentración nazi;
el sindicalista que no dejó de plantear reivindicaciones laborales, pese a que
no siempre resultara fácil alzar el dedo y la voz; los obreros que arrancan de
la montaña el mármol para que los artistas lo conviertan en arte (“Lectora,
lector: cuando te enfrentes a una estatua esculpida en mármol de Carrara,
piensa en los cavatori y en los marmolistas de Piedrasanta. Piensa en
ellos y saluda su digno anonimato”, p.71); su amigo Freddy Taberna, quien
“tenía un cuaderno con tapas de cartón y en él anotaba concienzudamente las
maravillas del mundo, y estas eran más de siete: eran infinitas y se
multiplicaban” (p.81); las delicadas y emotivas historias del perro Fernando y
del gato Zorbas; la ingratitud como única recompensa para ciertas personas que
lucharon para defender su país y ahora viven de una pensión miserable (puede
verse el texto “Las Rosas Blancas de Stalingrado”); o, para cerrar una lista
que quiero breve, con el fin de que ustedes acudan al libro y conozcan las
demás historias, ese poema inspirador del checo Jan Palach que se reproduce en
la página 105: “Yo me atrevo porque / tú te atreves porque / él se atreve
porque / nosotros nos atrevemos porque / vosotros os atrevéis porque / ellos no
se atreven”.
Quizá (es la conclusión a la que llego después de cerrar el libro) una parte de la felicidad de nuestras vidas radique en localizar (y merecer) a esos héroes discretos, a esos superhombres y supermujeres silenciosos. ¿Tienen ustedes claro cuáles son los suyos?

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